Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 110
26 de julio de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Amanda o Las infinitas ventanas del resto de la vida
Eduardo Mariño

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

"...frecuentes indicios de su presencia,
suspirando sobre mí en los vientos vesperales".
Poe, Eleonora

Asomarse a una ventana y sentir el abismo de las palabras

Me gustaría poder fijar con precisión los pasos que dejamos caer la primera noche que cruzamos esta específica calle donde ahora, desde mi ventana fría, sólo puedo discernir las fugacidades ajenas de mil otras noches. Por lo pronto, una idea salta y sobreviene entre todas. Una idea voraz con olor a cuello desnudo y labios inocentes.

En tu libreta sólo encuentro ahora una brevísima anotación previa a ese encuentro: "15 de septiembre: minucioso atardecer-arrebol de sueño, cruel necesidad de tus besos". Supongo que ese atardecer profético dio pie —tras las azarosas noches sucesivas— a ese desaforado ejercicio de melancolía al que tanto me he habituado cuando escribo sobre ti. Una danza de palabras buscándose nos acercó desde las mesas de un bar podrido de soledades. Escribías furiosamente en una libreta, ofuscada como siempre por esa mot juste que no sale, por esa angustia que no se queda en el papel. Me acerqué disimulado con el humo de tus innumerables cigarros y estuve leyendo un rato, hasta que un brusco manotazo cerró la libreta y me increpó en una ironía que luego se me haría tan familiar como tú misma.

No creo haberte invitado a leer sobre mi hombro.

Lo siento... yo.

Olvídalo. ¿Me invitas una cerveza?

Sí... claro... yo...

¿Tú...? ¡Ja! Sí, tú.

Claro, ¿por qué no?

Luego el silencio vociferando la necesidad palpable y dolorosa de estar en otro sitio, acaso en otro tiempo. Amanda, dijiste. Yo en silencio paladeé tu nombre antiguo y de poema, en silencio miré tus ojos y tu pálida sombra de vida escurriéndose en dedos largos y fósforos presurosos. Tras ese sigiloso atisbo a un mundo abismal, mi nombre acaso era una blasfemia. Con la punta de un dedo dejé a mi mirada hacer círculos de espuma en la barra, como un niño o un hombre-lobo perdido en su contradicción de bestia inocente de sí misma.

Entonces escribes, Amanda.

Yo no lo diría así. Más bien creo que hago apuntes para una Amanda menos sueño, más real. Posible.

Yo... he conocido a un par de escritores; y yo mismo incluso alguna vez he emborronado cuadernos, pero tras fatigar mi vista y adulterar mis sueños, me convencí de que el sueño alcanzable es lo otro, lo que nos deja fuera.

Interesante, pero no es lo mío, ya te dije: Yo hago apuntes. No sé exactamente para qué, ni con qué intención, apunto cosas que luego pierdo. Como todo, uno anota algo en sus propias páginas, quizás en su piel, para después, irremisiblemente, perderlo.

Perder, caramba... ¿has perdido mucho, Amanda?

Todo, cuánto... nada. ¿has perdido la lluvia alguna vez? —dijo mientras encendía otro cigarrillo con una nitidez pasmosa—, ¿un atardecer, una espera, un beso firme y certero que se aluden, pero no llegan? No sé si en realidad he perdido algo más que palabras que nombraban posibles cosas, posibles ausencias —hablaba entre bocanada y bocanada, como si necesitase del humo para sacar su entraña— pero en realidad, ya lo he dicho antes, son sólo apuntes en una libreta que jamás leemos del todo.

Salimos del bar sin mirarnos, ni decir nada más. A aquel diálogo inconstante le había seguido nuestro silencio más profundo. Luego la calle, luego la noche, pasos acompasados que sin embargo se saben distintos, inalcanzables. No sé en qué esquina nos perdimos el tiempo, prefigurando que luego nos perderíamos el rastro. Recuerdo tu frase precisa, tu melancolía apenas anunciada antes del beso, pero no, no es fácil nombrarte así, Amanda, nada fácil. Hoy siento que necesito todas las palabras y dieciséis manos para intentar tocarte desde lejos. Para anotar como tú lo hiciste hasta entonces, una Amanda posible mediante las mágicas operaciones de la nostalgia. Y sin embargo, no hago más que repetirme una y otra vez, girar en círculos en torno a hechos y circunstancias acaso insignificantes pero sostenibles en el ambiente por su propia intensidad de parvulario descubrimiento: Tu piel en ráfagas aquella noche de septiembre, un delicado matiz de pérdida en cada beso, una inusual esperanza en el adiós.

 

Pero el muro tiene ventanas

Recordarte esta noche, Amanda, es como buscar en las infinitas ventanas del resto de la vida un rostro perdido en una ventana indescifrable, un diálogo distante en una vida anterior. Como dejarse llevar por el humo de un cigarrillo solitario, que busca en su flamígero puntual destello ser un faro, un giro de conciencia, acaso un lejano icono que se pierde entre su bruma, es decir, mi propia bruma. Mido uno a uno los rincones de cierta soledad antes de dedicarme a recrear en términos suficientemente claros lo acontecido en las noches subsiguientes, pero ni aun así puedo negarme el hecho de que alguna frase leída con el rabillo del ojo me ha perturbado al punto de hacer difuso todo intento de despejar incógnitas en torno a esos días. Y nada, luego sólo lanzarme inerte a revivir tu hombro desnudo apoyándose sin ganas en una pared que consentía en silencio mi reflexión ambulante. Tu voz flotando, nombrando y formulando equivocaciones y recuerdos, buscando letra por letra la razón del disimulo, sin temblor alguno en la entonación y los ligeros susurros. Sensible humanización del fuego diario de estas calles, luces que reflejan amarilleando el humo sin dueño, hombro sin fin en un muro que nos supo, que abrigó la sonrisa que nadie nos vio mientras fuimos la noche sin otros pretextos, nosotros mismos perdidos en un hondo murmullo sin palabras. Furor de dedos y miradas ajenas queriendo buscarse entre humo y ruidos y fragmentos de olores, queriendo pertenecerse entre lo perdido y lo encontrado.

Pero esto me hace transgredir las normas y los supuestos de un sencillo recuento.

Supongo debo crear, diseñar y bosquejar con perfectísima precisión de fiera los procesos y raíces de cada circunstancia y sus posibles consecuencias, Amanda, con un mínimo de honestidad. Es decir, hacer de tus apuntes y los míos una historia consistente con la caótica aleatoriedad de un sueño enamorado, con su orden espacial detenido en el aire frío que nos fundía. Una Amanda posible sin literatura, una belleza adivinada, como la de Breton, pour la simple mouvement de vos mains.

 

Una ventana cerrada es ninguna ventana cerrada sobre mí

Como un bosque multiforme extendiéndose sin límites bajo una bruma densa y perfumada, como un sueño que entremezclado con la música del mundo tendiese a envolverme; así fue llegando de tarde en tarde el convencimiento de una inusual dependencia de estos hechos con los apuntes recién venidos de una libreta entreabierta en un bar.

(Lo que estaba escrito debajo de la fecha 16 de junio era aun más inquietante; tras la palabra VENENO, en letras firmes y marcadas, venía una especie de letanía: "Casa de los tormentos, ángel de rostro envuelto que mira sobre el hombro en un bar rojizo...", y catorce líneas adicionales de caótica enumeración de arbitrios, artefactos verbales y sueños desgajados, perplejidades que no se adivinaban entonces en tus dedos largos y pálidos, ni en tus pausados suspiros).

Nos vimos un par de veces después de esa noche. Durante fugaces segundos me dedicaba a estudiar con voraz ternura tu rostro, tus gestos. Como un obseso detallaba la languidez y el fulgor de esa mirada tenue a través del leve cristal. ¿Cuánto tiempo, cuántos fragmentos de Amanda caben entre los dedos sin disolverse en el olvido como agua en el agua? Percibo que no es lo precario del amor ni la fragilidad de la belleza lo que hace terrible al mundo; es, acaso, su ineludible realidad. Nunca dejas de asomarte a otro fondo, o como decía Emerson, "tras un abismo siempre hay otro abismo". Tras la esperanza de ser ese apunte borroneado que anhelaba de ti, siempre estuvo palpitándome la posibilidad de estar leyendo otro abismo, la aventura dispersa de otro "ángel de rostro envuelto".

Pero así fue. Un día, mientras agitabas tenuemente el café, ibas describiéndome con ternura la delicada cadena de pensamientos que había seguido a nuestra anterior despedida. Hablaste de las imágenes que como en una visión de carácter místico habían acompañado la caminata nocturna hasta tu casa. Dibujaste con humo los pormenores del sueño que habitaste durante la madrugada y luego, longividente, me detallaste insomne aún por tus besos, en una habitación que no te conocería jamás. No sabes cómo temí que de un momento a otro esta especie de trance pasara a otro horizonte, empezara a aludir a hechos y situaciones que sin límite para el asombro me hubieran sacudido, o al menos, confundido en cuanto al verdadero valor intrínseco de esos instantes. Nos levantamos de la diminuta mesa con la sensación compartida de que apenas emprendíamos una jornada de alguna manera iniciática. Lo supe al ver las formas que el café derramado dejaba sobre la superficie cristalina de la mesa y la serenidad con que dijiste: "terminaremos esto en otro sitio".

Tomé tu mano al salir del café y no lo evitaste; al contrario, percibí en tu gesto una actitud de tranquilidad —no de la resignada tranquilidad del gesto simple, sino la de la fe— y el deseo a la vez de sentirte protegida, paradójicamente frágil en mi mano aun más frágil. El ojo contraído, la cabellera revuelta te daban un aire de reto que no era, sin embargo, más que un disimulo ante la noche. Cerraste tu mano en la mía, y eso fue, Amanda, lo que hizo que la noche, en verdad, fuese noche. Frunciendo el entrecejo, la calle insolente aullaba su sed de nosotros. Entramos en un bar difuso y bullicioso. Pedimos cerveza aun antes de sentarnos y, como si todo debiese desencadenarse sin previo aviso, empezaste a hablarme de Mauricio.

 

Corazón delator

"Trataré de no entrar en detalles, porque en realidad, la profusión de circunstancias sólo atenuaría todo lo que de infame y tierno tiene la historia. Además, hay cosas que deben reservarse al silencio, si en verdad necesitas contar algo.

Conocí a Mauricio hacia el ‘97. Ya le había visto algunas veces en la universidad, pero nunca se había dado la ocasión de acercarme, a pesar de los comentarios que se corrían sobre él. Hasta que el hado fue favorable y, en esa ocasión, era yo quien espiaba sobre su hombro mientras garrapateaba su letra de insecto en unas hojas amarillentas; pero no estaba escribiendo, ni tomando apuntes, para entonces ya corregía las galeradas de su libro, y aunque descuidado y mal vestido, tenía un cierto aire de intelectual, de alguien entregado únicamente a su proceso creativo".

La cerveza parecía eterna... lentamente asimilaba tus frases musicalmente enlazadas y tu intención de difuminar los hechos hasta hacerte irreconocible, o acaso mantener tu posición de testigo en los hechos que ibas hilvanando ante mi casi celoso silencio. Tomabas un sorbo diminuto, apenas humedeciendo de manera inocentemente sensual tus labios, y continuabas.

"En ese tiempo era una niña, Eduardo, una niña que soñaba algún día ser una gran escritora, y entrar en un café y ver a un tipo que te gusta, corrigiendo afanosamente un libro, fue algo que, francamente, me impresionó. No sé si después viviré algo parecido, o si las trancas de la vida me han hecho ver las cosas de otra manera, pero todavía siento que lo único que podía hacer era quedarme ahí, detrás de él, espiándole en silencio, reverenciándole en secreto, amándole desde siempre".

En ese instante te detuviste, como si el mencionar de esa manera el amor te hubiera hecho estremecer algo dentro, o si la cerveza de pronto hubiese recuperado su capacidad de amargura; bebiste lo que quedaba de un trago, como tomando fuerzas para proseguir o limpiando esas palabras de tu aliento.

"No fue sólo ese instante, de su mirada pasé a una oscilante cerveza compartida, de la cerveza nerviosa en mi mano al geométrico laberinto de sábanas en su diminuta habitación, una habitación en un amanecer que me contenía desnuda al día siguiente, y a la vez me arrobaba en sus palabras. A eso le siguió una lluvia de encuentros y desencuentros, de realidades que se alternaban con un terrible y delicioso juego, que consistía a ratos en buscar la mejor frase para cerrar el día y abrirnos las puertas de la noche en que, libres de la sencilla tozudez que nos impone el amor, me sentía, en sus brazos y en sus frases precisas, otra Amanda: una Amanda desgarradoramente humana, como un poema de Bukowsky o una canción de Charly García".

Después no hablaste en toda la noche más que para pedir un café y anunciar que debías irte "para no hacerte daño contándote lo que ha sido conocerte leyendo sobre mi hombro; sin embargo puedes guardar mi libreta, creo que después de esta noche me será más fácil dejar de hacer apuntes... esos apuntes un año antes me hubiesen prevenido mejor, sin embargo ya no valen nada".

Me diste las gracias por ser tan paciente y te fuiste caminando lento entre las mesas, sin mirar atrás. Esa noche el insomnio me devoró entre celoso e intrigado, creciendo en mí como un déjà-vu de esos helechos de escarcha que se forman en las ventanas.

 

Retrato oval o ventana de fragmentos inconclusos y entretejidos

Durante un tiempo, sólo pequeños mensajes o borradores de cartas que parecían poemas fue lo poco que obtuve de Amanda. Solía dejarlos en la librería que frecuentaba o al azar en los muchos sitios donde sabía la buscaría en vano semana a semana. De sus apuntes sólo pude inferir que había estado tratando de hilvanar la historia que me contó a grandes rasgos, como si ésta le hubiese ocurrido tiempo atrás a otras personas y que había sido o querido ser simple lectora de papeles ajenos.

En diciembre, un par de días antes de mi cumpleaños, recibí más que una nota: era la invitación a celebrarlo con "una charla y un café que seguramente serán mejores que la última vez". Me citó en un bar de las afueras, donde el rumor del boulevard amortigua a ratos las frases y la brisa del río nos recuerda nuestra condición de simples hojas de abedul arrastradas en la corriente.

Le pregunté tonterías, como el camino a casa tras la última conversación, los poemas apenas entrevistos en la libreta y el color de sus labios fruncidos. Sin contestar, empezó a derramarse en silencios alternados con cigarros y frases sueltas. Mientras iba hablando desnudaba las palabras con los ojos abiertos, como si no hubiese de esperar ya más sorpresas y el hambre de piel buscara ese algo que no se siente con claridad en los huesos del verbo o el primer cigarrillo después del amor.

"Prácticamente me fui a vivir con él. Nunca me ha costado vivir de paso, y compartir silenciosamente sus tardes, sus ratos de escritura y el largo café eran, para mí, poco menos que un estado ideal. Ocasionalmente me dibujaba, o me apuntaba en pequeñas frases, en poemas que luego me mostraba orgulloso y atesoraba, y como él mismo decía: ‘...tal memoria de días compartidos y pasos que se encuentran merece un espacio construido de algo más que palabras y momentos’. En realidad no pasó mucho tiempo. Tal vez la intensidad de algunos instantes hace que, cuando recuerde, me parezcan eternidades algunos fugaces días de abril. Algunos reencuentros posteriores también me producen esa sensación. Es raro, Eduardo, esta es la tercera o cuarta ocasión en que trato de organizar esta historia, la primera vez que intento contarla a alguien y aun así me siento inútil. No es nada fuera de lo común, poco más que los ocasionalmente venturosos encuentros y desencuentros de una pareja de locos, pero es difícil poner orden en un encadenamiento de circunstancias que hicieron de mi vida un sueño surrealista y que ahora trata de escabullirse en la realidad, entretejerse en días ajenos en forma de apuntes. Pero, sobre todo, es difícil hablar de Laia".

Tuve la creciente intuición de que asomarse al mundo de Amanda era como asomarse sucesivamente a un universo poblado de tiempos y personas que, aunque tal vez podían ser consistentes en sí mismos, tendían a algo de moho y habitación cerrada por años. Su relato siguió, incoherente, denso. Casi imposible de seguir en forma de un relato, más bien, un sueño o una serie de transparencias y densidades coloreadas, como uno de esos cuadros de Amílcar Alejo, que a veces te sugieren una catedral y a ratos una ventana al averno.

"Un día, mientras pensativos cigarros me distraían entre sus innumerables libros, encontré a Laia. Era hermosa, Eduardo, la pálida ensoñación de sus mejillas, sus labios entreabiertos, ese rizo oscuro sobre los ojos en el casi sepia de la foto revelada por la nerviosa mano de Mauricio, en un París no tan distante. Lo que estaba escrito detrás no dejaba lugar a dudas sobre el significado de esa imagen, de esa mirada, de ese sueño al que me asomaba desde una cortaziana traducción de Poe: ‘Aprendo la distancia como quien aprende a devorar su propia carne. Rue Didot, 1997’. Había leído esa frase, con innumerables variantes, con atroces implicaciones, en muchos textos, borradores y hasta en las conversaciones fragmentadas y entrecortadas de Mauricio. Pero nunca creí que sus alcances fuesen tan severos como para mantener esa fotografía entre las gastadas páginas de ‘Leonora’ ".

Aquí la historia empezó a tomar otro cariz. La palabra de Amanda se hizo dura, breve y sus frases cortas me daban a entender que contar esto era duro, aun para ella. No tanto por el papel que hubiese podido jugar en el argumento, como por cierto aspecto doloroso que apenas se entreveía expuesto en su deshilado relato.

"Un par de semanas después la impaciencia me agobiaba. Temía preguntarle incluso inconscientemente. No se trataba entonces de celos, o algo parecido. Un interés hermenéutico en ese recurrente símbolo era ya casi mi única ambición. Estaba enfermándome de interpretar a Laia en Mauricio, a mí misma tal vez. Me sentía así: como el arte secreto de una trama que se teje en torno a una frase y que no conoces jamás del todo. Pero lo único que logré fueron evasivas respuestas de una inconclusa estadía en París, a veces aludida en forma de ‘...un libro sin argumento ni punto de partida, uno de esos sueños que no sabes ni cómo empiezan y que alguna vez tratarás de buscar en otro sueño, hasta culminarlo u olvidarlo, como esos sueños que nunca recuperas al amanecer’ ".

Tras contarme —o, más bien, dejarme intuir— algunas otras cosas —más sorprendentes por el énfasis en hacerlas parecer parte de un texto aún en construcción que por su intrínseca sordidez o infamia— apagó con violencia el cigarrillo al tiempo que cerraba —como algunas semanas atrás, la libreta— su historia con Mauricio y Laia, y de alguna manera, la nuestra:

"En junio, Mauricio tuvo que viajar un par de semanas. Reconozco que tal vez fue una bajeza de mi parte, una infamia que ni siquiera lo que entonces descubrí puede mitigar. Pero aproveché esa ausencia para hurgar en sus papeles, en sus apuntes más íntimos. Y entonces comprendí todo: Mauricio, en su egoísta sueño de libros, intentaba culminar aquella palabra inconclusa, aquel sueño escapado de sus manos en un París ya ausente, usándome como un pintor usaría a una modelo. ¡Ay! Eduardo... cuánta vergüenza, cuánta humillación sufrí entonces al leer en página tras página nuestros meses, nuestras palabras, mi obliterado sueño transcurriendo en otro lugar, con mi propio rostro adornado de un rizo sobre los ojos, una palidez ajena y un nombre de cuatro sencillas letras".

 

Una libreta no siempre es una ventana o un autorretrato

Guardo silencio. No hace falta terminar el relato para comprender que para Mauricio —no sé si para mí— esa Amanda de palabras sólo había sido una forma de completar un sueño roto y distante. Eso tal vez justifique inventar una vida a base de apuntes, acaso intentando en vano reescribirla de nuevo, como lo dicho antes: hacer, de esa Amanda de frases deshiladas, una Amanda menos sueño, más real. Posible.

Tan real o posible como la jugarreta que una frase al azar de Edgar Poe y el recuerdo de sus dedos largos le han ganado a mi nostalgia en este largo invierno de París.


       

Aumentar letra Aumentar letra      Reducir letra Reducir letra



Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 2 de agosto de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes