Me llamo Guadalupe y estoy aquí, levantada de la tumba, para que no sigan diciendo tantas mentiras, para
que nadie crea esas historias de que si estaba loca, de que si andaba por las calles contando las bolitas
del rosario por uno que me dejó vestida de matrimonio a las meras puertas de la iglesia. Si alguna locura
me quieren achacar, es la de haber nacido ese día del eclipse en que todo se puso oscuro, como los ojos de
aquellos que esperaban lo peor, esos ojos que más querían oír que ver, pegados a las paredes como los
perros a las patas de los catres, deshilachándose en las sombras. A todo el espanto se le arrimó otro
espanto, el de los gritos de mi madre que eran, dicen, un ventarrón que hacía temblar la lumbre de los
braceros. La Dolores que salió corriendo a traer agua del patio, sólo abrió la boca para decir que por
allá afuera echaban chispas las estrellas queriéndose salir del cielo. Luego, yo lloré de hambre bajo el
sol entero, enterito como los mangos y las guayabas que colgaban de los árboles llenos de trapos rojos.
Ese día a todos les agarró la urgencia de encontrarse en las banquetas y en medio del habladero
descubrieron que las palabras también les servían para tirar el miedo.
Yo sólo recuerdo de aquel entonces el olor de la leche hervida en las vasijas, los pasos apurados, el
zumbido de las moscas metiéndose en la voz de las visitas que se mecían despacio en las poltronas de
cuero, no se les fuera a caer el silencio que traían cargando. Yo las veía bajo el calor de los tejabanes,
enrollándose las faldas para que les entrara el aire, las oía hablar del mundo como si el mundo les
quedara muy cerquita, como si lo conocieran de hacía mucho, pero a mí el mundo me sonaba muy lejos, algo
que estaba detrás de esas nubes amarillas que por más que estiraba los ojos no me dejaban pasar con su red
de alambres y de pájaros. De mi padre guardo su figura achaparrada, azotando la puerta después de decir:
"me tienen harto" y la tarde en que, sin decirnos nada, nos miró de arriba para abajo y,
arrastrando una cola de perfume, se fue de la casa.
La casa siempre estuvo llena de mujeres prietas, mitoteras de querer lo que no les pertenecía. Les
bastaba doblar la hoja de un tamal para armar un cuento. A mí me tenían envidia, se les veía de lejos,
porque yo era blanca, porque a mí me consentían hasta por no hacer nada y sin que nadie se los pidiera, se
dieron a la tarea de medirme el ocio. —Se va a tullir allí, queriendo sacarle una canción al cacarear de
las gallinas —murmuraban. Mi madre las dejaba decir y luego a las seis cerraba la tienda, tejía mis
trenzas, me hacía en la frente la señal de la cruz y nos íbamos a la misa para que no nos ensuciaran los
pecados.
De eso sí pueden hablar, lo otro son nada más inventos y aquí, junto a estas cruces de palo, sin
adornos, sobre esta tumba reseca, yo, Guadalupe, les vengo a decir la verdad.
Fue allá por las fiestas de la virgen, entre papeles picados y banderitas, cuando lo vi por primera vez.
Yo acababa de cumplir los 15 años, y aquí no quiero que piensen que soy creída, pero los espejos a mí
nunca me dijeron mentiras, era bonita, alta, chapeteada y traía un vestido con listones de muchos colores y
unos zapatos de tacón que se me enterraban a cada rato en la tierra recién llovida. Lo recuerdo como si
fuera ahora. Si parece que hago tiempo, es sólo que ya casi no sé cómo explicarles lo que sentí cuando
me tropecé con aquella mirada, verde como las luces de los cuetes que alumbraban la noche haciendo
malabares. Les juro que fue como si trajera un río que se me desbarrancaba por dentro arrastrándome hacia
él con todo y esos sueños que apurados me dibujaron un montón de cosas, hasta que encontré la voluntad
para agarrarme de la orilla del juicio. No fuera a creer que yo era de esas que se daban como las frutas del
monte que se podían comer sin dar un cinco. Mientras me aguantaba el desespero y me zangoloteaban los
pensamientos, me sacó a bailar.
Nunca supo que le dije que no porque me daba miedo quedarme encajada en el puro medio de la danza y no
quería ser la burla de todas esas viejas que se llevaban apuntándome los pasos. Todo eso sirvió para que
al rato le costara trabajo sacarme una mirada que lo pudiera mirar.
Al atardecer, se detenía en su carro de vender frutas y entraba en el abarrote revisando el pan de las
vitrinas, esculcando de reojo los rincones para ver si yo aparecía haciéndome la tonta nada más para
avivarle el deseo. Luego, nos hicimos novios. Y es que hablaba tan bonito. Mira Lupe, me decía, la verdad
debe estar siempre rellena de verdades, si no, no es verdadera, hay que coger por los cuernos al destino y
ponérselo enfrente como te puse yo a ti. Si me dejas, me mato. Todo quedaba tan clarito, que después la
voz se le desbarataba en una sonrisa que se le quedaba colgando como una hamaca en la cara.
Yo iba al templo y miraba a la virgen tan inmaculada, tan llena de gracia y luego volteaba a ver a Dios
para decirle: Mira Diosito, si tú me lo diste, no me lo vayas a quitar. Te voy a traer rezos, flores, Tú
mandas, te voy a velar la tristeza que te dan los hijos que se portan mal, ahí revolcándose en el pecado,
que porque dicen que tú los dejaste de querer como me quieres a mí, desde allá arriba, desde tu bondad.
Por eso te vengo a hacer plática, aunque yo no sepa hablar como lo hace el padre cuando nos pinta el
paraíso, lleno de arroyos y de arbolitos, donde los días brillan como si les acabaran de poner la luz y no
tiene nada de malo que Adán y Eva anden desnudos porque no los ha encontrado la desobediencia, el padre
Manuel que luego endereza el micrófono, nos acomoda con la mirada para ponernos todos juntos y como si el
mismo silencio que se lo llevó lo devolviera, nos abre con la voz las cortinas del infierno.
Yo entiendo que el amor no tiene mancha cuando es amor del bueno, cuando la carne y el espíritu andan
agarrados de la mano y para donde va uno va el otro, por eso así andábamos nosotros, en uno solo, yendo y
viniendo entre los olores de las macetas recién regadas y de la ropa secándose al sol. Aún siento sus
frases caminando por mi oído, las olas de sus manos alegrándome los miedos, tirados en el colchón,
escuchándonos la vida, hasta que los ruidos de la calle nos venían a juntar.
No voy a negar que aunque ya le pertenecía, no me gustaba contar los olanes del vestido de la boda,
tampoco que a ratos me quería ir a vivir al monte, o a un cerro a dónde fuera con él, pero le había
prometido a Dios que sin sus bendiciones no me iban a llevar a ninguna parte.
Andaba yo por los 16, cuando aquellas fiebres le llenaron el cuerpo de unas ronchas negras que parecían
charcos de lodo hirviendo. Mi madre lo cuidó como a un hijo, a las medicinas del doctor les revolvía los
remedios de esas yerbas que olían tan feo y eran como sus consejos, amargos pero quitaban el dolor. Una
noche, después de muchas, me despertaron unos ruidos del otro mundo, unas palabras sin vocales que salían
por el agujero de sus labios tiesos. Fue entonces cuando supe que la muerte me lo andaba acariciando. En
medio de la oscuridad, me correteó el miedo y acabé en el patio, debajo de los mangos. Alcé los ojos
calientes de tanto llorar para enfriarlos en las ramas de los árboles y ahí, como si de pronto me nacieran
las fuerzas y hasta pudiera volar, juré con todo el amor que le tenía que si Dios le volvía a poner la
vida, lo soltaba de la mía para siempre.
No me voy a alargar contándoles que me amaneció, que ya las sombras andaban trepadas en las bardas como
pendientes de cuándo me iba a ir, sólo les diré que no pasaron ni dos días y ya se le podían arrancar
las costras y que al cuarto le volvió la gracia de vender naranjas.
Desde entonces traigo un dolor. Creí que me iba a costar trabajo quitármelo de encima de poco a poco,
no se me fuera a matar de verdad, que tal vez a sus ruegos me arrepentiría del pedido para echarme de nuevo
a sus brazos, suplicándole al Señor con las rodillas peladas de subir las escaleras de la iglesia que por
favor me perdonara, que ya le iría pagando con muchas penitencias. Quién hubiera pensado que lo iban a
abrazar las ganas de voltear para otras mujeres.
Que si fui muy bruta, que si nadie sabe para quien trabaja, se transparentaban en las lástimas las
carcajadas. Pero a mí nunca me salpicaron las amarguras, porque yo, Guadalupe, la más bonita, la más
alta, la más chapeteada les iba a limpiar a todas el cochinero que traían por dentro.
Sí, tres veces me rogó y tres veces le dije que no. Luego me vestí de blanco, me colgué un rosario
para contarlas una por una en las bolitas, para que no se me olvidaran nunca las miradas filosas de sus
caras prietas y blanquearles con mis rezos las burlas y los odios.
Cuando atravesaba la plazuela, bajo el cielo caluroso y el aire que sonaba a cucharas revolviendo el
hielo molido de los raspados, a mí me refrescaba el alivio de la mirada del Arcángel San Miguel, que nada
más me divisaba desde su torre tan alta, abría con su espada las nubes rojas y amarillas para que pasaran
los ángeles, revoloteando de gusto entre los globos y las palomas y me acompañaran hasta la casa del
Señor. Apenas me paraba en la puerta y ya me estaban esperando los santos y las vírgenes ahí en sus
nichos, detrás de las veladoras que alumbraban con sus llamitas tantas virtudes juntas. Nunca me cansé de
mirarlos, escuchando las plegarias, olorosos a flores, con sus diademas doradas, tan lejos y tan cerca, como
aquel mundo que yo sólo pude tocar con la imaginación.
Han pasado muchos años desde que vine a parar a este hoyo donde se junta la tierra con la tierra y las
almas se sientan a esperar la repartición de los castigos. Unas lloran, a otras les agarra el habladero
como si ensayaran para luego distraer al ángel de la justicia; yo al que espero ver llegar es a él,
envuelto en un montón de arrugas, mal comido y mal planchado, con la memoria gastada de pensar que todas
las noches yo le iba a jalar las patas, aunque ganas no me faltaron, mejor le seguí guardando todas sus
mentiras para aventárselas como un puño de lodo a la cara. Dice la Dolores que me vio nacer, que ya no
tarda, que me aliste bonita para cuando venga a ponerme flores, pero yo sólo sueño con mirarlo de frente
para que se le apague del susto la poca vida que le queda y así, descansar en paz.