Vamos bajando
Diciembre. ¡Tanto quehacer!
Adrianita habla hace una hora por teléfono:
—...esta mañana pusimos el Nacimiento, y adornamos el pino. Quedó bello... No, lo armamos con los
adornos del año pasado, ya sabes cómo está la cosa... Mi mamá, haciendo hallacas con las vecinas, Amalia
y Helenita. Ahora seguro nos llaman para ayudar.
—Coño, Emilio, que no te comas el cochino, ¡ya van tres veces, vale! —gruñe Amalia en la cocina—
lo que tienes que hacer es ir a comprar medio kilo de aceitunas que se nos olvidó, y un cuarto de uvas
pasas, que se están acabando ya, nada más que con el guiso.
—Claaaro, el más pendejo.
—Bueno, los demás están ocupados, chico —dice Helenita, con dulzura.
—¡Ocupados nada! Esteban está durmiendo la rumba de anoche.
—Bueno, pues él duerme, ¡así que vas tú! Aceitunas verdes con hueso, que pa’rellenas no hay real,
y uvas pasas negras —dice Carlota, su madre, entregándole el dinero.
Emilio, un zagaletón altanero y presumido, pendiente siempre de sus ropas de marca y de sus amiguitas de
la universidad, sale a hacer el mandado, azotando la puerta.
—Carlota, ¿tan mal están las cosas? —pregunta Amalia.
—Ay, mija, qué te cuento. El negocio quebró. Pagamos la luz este mes, de vaina. La construcción,
obviamente, se quedó por la mitad y mi cirugía plástica esperará. Me pondré más rimel en las pestañas
para que me aguanten el párpado superior, y seguiré con las ojeras, que ya parecen nalgas. Emilio y
Esteban van a tener que dejar la universidad, igual que Adrianita. Ella tenía un viajecito con las amigas
para carnaval... Iba, ya no va. Aún no lo saben, pero los tres se van a tener que poner a trabajar en lo
que sea. Lo que sea... —concluye, en un murmullo.
—Bueno, y el abuelo Martín, con su dinero, ¿no puede ayudarlos? —pregunta Helenita.
—Él piensa que cada quien tiene que pasar las duras y sobrevivir a pulso. Además, tú sabes que mi
esposo Julio no comulga con pedirle al papá. Uno atestado y el otro orgulloso. Por otra parte, culpa al
viejo de la muerte de mi suegra, sabes que no se hablan desde que pasó eso —le aclara, bajando la voz,
mientras las dos deshuesan los pollos y Amalia corta el pernil.
Las manos desprovistas de anillos brillan de grasa, mientras elaboran una preparación que se originó en
la comida de los esclavos y que ahora, más que alimento, es tradición por lo ubicua y artesanía por lo
compleja.
Carlota, entre una y otra labor, se fuma un cigarrillo en la ventana de la cocina, mientras contempla el
esqueleto de lo que será una gran terraza, anexa a la casa. La construcción es una rampa con cierta
pendiente, paralela a la cuesta de la colina. Más abajo se despliega en una curva airosa frente al
despeñadero del valle distante. Con una vista inolvidable, de fábula, la tarde allí es inmensa y abierta.
Por ahora sólo tiene la placa del suelo. Por ahora... ¿por siempre? Carlota llora en silencio, pues desde
que compraron el terreno, hace años, esa terraza ha sido su razón de ser, y la de Julio. Estuvieron a
punto de lograrlo, y se embromó todo.
Abandona sus sueños y se enfoca en la realidad inmediata, lo que tiene enfrente.
—Adrianita, tú limpias las hojas. Sin romperlas, por favor. Luego las clasificas. Antes, levantas a tu
hermano y le dices que venga.
Esteban llega casi enseguida, hosco y sin afeitar.
—Mamá, ¿qué hay de desayuno?
—Lo que tú te prepares, mi amor. Te aseas y después de desayunar, te pones a picar aliños.
—Yo quiero saber qué pasó con la conexión a Internet.
—Pasó que se acabó, y la televisión por cable, también. De paso, los celulares duran hasta este
mes.
—¿Qué? ¿Sin celulares, ni cable, ni Internet? Qué es esto, ¿la Edad Media?
—No. Es la peladera, ¿entiendes? Y no me molestes con tus quejas, da gracias que hay hallacas.
—Sería el colmo —se va y al rato regresa, prepara un sandwich y se lo come sentado en la cocina,
mirando por la ventana, como hizo antes su madre. Luego pregunta:
—¿Y la terraza?
—Azul quedó, Esteban —contesta Adrianita desde el lavadero.
—¡Bien bello, pues! —extrañamente obediente y con un resoplo, se pone a picar el pimentón, el ají
dulce, el cebollín y el ajoporro. Emilio regresa, deja la compra sobre la mesa y Carlota le encomienda
fregar los trastos sucios, que ya hacen un montón grasiento. Obedece también, y al pasar le da un empujón
a Esteban, que le mete un codazo. En eso entra el abuelo, muy anciano, con cara adusta. Amalia piensa en su
propio padre y siente la autoridad que emana de ese cuerpecito enteco y torcido, hecho un garabato sobre la
silla de ruedas, que con un motor zumbón, es el único aviso de su llegada.
—Buenas tardes. ¿Habrá un cafecito?
—Claro, Don Martín —Amalia lo prepara y se lo entrega, entre la compasión y el temor.
—¿Cómo van las hallacas?
—Bien, progresando, ya las vamos a armar.
—¿Y qué son? ¿caraqueñas, o andinas con garbanzos?
El anciano da media vuelta sin esperar la respuesta, y se pierde ronroneando por los corredores.
Comienzan a armar las hallacas: la hoja, el onoto en manteca fundida, la masa, el guiso, los adornos,
envolver con la segunda y la tercera hoja, amarrar el pabilo. Una y otra vez.
Al rato llega Julio, también pidiendo café, como su padre. Carlota se lo alcanza y le pregunta cómo le
fue.
—Igual. Tú sabes, aquello que teníamos pendiente, no se va a dar. La gente tiene miedo de invertir
—una sombra cruza las caras de todos. Contaban con ese negocio.
—Bueno, ya se verá —suspira Carlota. El trabajo prosigue en silencio, el día casi se acaba, y las
primeras hallacas ya hierven en la olla enorme. Al rato, se inicia un ruido como de truenos.
—¡Ay, los fuegos artificiales del Club!
Todos corren hacia la pendiente de la terraza a ver el espectáculo que se repite cada año en
Nochebuena. El abuelo llega de último, en carrera para no perderse de nada. Alcanza el umbral de la cuesta,
y en lugar de frenar, empieza a bajar, cobrando velocidad, más y más. Tozudo, pierde el control del
armatoste, pero no pide auxilio. Helenita deja de mirar el espectáculo y emite un grito agudo que sobrepasa
los estampidos: "¡Se va a caer!". Corren tras el anciano, que manipula desesperado los controles.
En su carrera, sigue bajando, bajando, conquistando velocidad. La silla trepida embalada y no pueden
alcanzarlo. Frente al horizonte negro, iluminado con los fuegos de artificio que parecen sacarle fotos,
describe una cabriola azul-naranja y desaparece, aún aferrado a la silla.
Nunca se supo si fue mal cálculo de Martín, si los frenos estaban dañados, o si alguien le dio un
impulso avieso. La policía preguntó mucho, a todos, en grupo y por separado. Hablaban en privado tres de
ellos, y luego volvían a la carga, turnándose. Pero como la silla quedó desintegrada, no servía como
evidencia. Y ya pasada la medianoche, los dejaron en navideña paz.
El tarugo
¿Cómo hace uno para no reírse de un tarugo así?
Es un pariente, pero ni echando mano de la mayor de las compasiones ni del teórico cariño me puedo
contener. Es de esas personas de quien todos hablan bien, pero de quien todos huyen.
Va por la vida dando lecciones. Pomposo y fatuo, suelta sus párrafos relamidos, con pronunciación
perfecta de rancia estirpe ibérica. Mientras, mira transido a lo lejos, como quien declama una oda, y luego
baja la vista y se queda pensando en su sabiduría insondable, con cara de haber puesto un huevo.
Paco, consustanciado con el ridículo, es capaz de decir en público una palabreja con tanto riesgo para
el escarnio eterno como cucurbitáceas, y además, engolado como un mayordomo de La Moncloa.
¿Cómo hace uno para no estallar en carcajadas ante su cara? ¡Si te reprimes es peor!
Compartir su mesa es un deleite, ¡un jolgorio! Pero con la asfixia de la risa come uno poco o nada, que
es lo que él quiere, porque además es tan cicatero como el Dómine Cabra, que dormía de lado para no
desgastar las sábanas. Tanto, que no enciende los bombillos de la sala hasta que ya es noche entrada, y
luego le sale peor, pues hay que pagar los cachivaches rotos por los tropezones de las sombras.
En sus cumpleaños, los trozos de queso son tan mínimos que no les cabe el mondadientes. Mientras
distraído tratas de pincharlos, se escabulle y te sirve un trago, no de la botella fina que con aspavientos
plantó en la sala, sino del lavagallos producto de la caña de azúcar, que esconde en la cocina. Instruyó
hace tiempo a su mujer para que sólo ponga dieciséis cuadritos de cebolla en los perros calientes, ocho de
cada lado de la salchicha. Y ella, fiel mimo, se concentra en la simetría axial, con los labios fruncidos
sobre los dientes de rata.
Sobre la Tierra no existe quien no desespere ante su don de la Impertinencia Perfecta, pues tiene la
manía de hacer comentarios doctos en el peor momento, como cuando le robaron a su anciana madre la cartera.
Luego, él elaboró una disquisición interminable y pedante sobre la diferencia entre un hurto, un atraco y
un robo. Su madre temblaba de miedo e indignación. ¿Y él?, discurriendo, embelesado en vericuetos,
escogiendo con deleite los vocablos más propios y selectos.
Un buen día, Paco y su incondicional cónyuge, a quien se le cae la baba cuando escucha sus sesudas
aseveraciones, resolvieron viajar a Barquisimeto. ¿Avión? No, muy caro. ¿Autobús expreso? Igual, ¡caro
aun! Deciden entonces tomar un autobús corriente.
El terminal es un lugar con alta densidad de vivos, pleno también de todas las pestes que azotan a las
clases económicamente débiles, tales como el ruido y la cochambre ubicuas. Aceras y asfaltos infames,
llenos de huecos donde cabe un perro, de los grasientos y ávidos que hay por todas partes. Autobuses
destartalados, que por costuras y aporreos vierten guarachas y vallenatos a todo volumen. Resuellos fétidos
brotan de sus motores arruinados. Fritangas olorosas a aceite rancio, donde con total certeza se pescará
cólera o lombrices intestinales.
—Ocumareee, Santa Tereeesa, Charaaallave, Valles del Tuuuy —vocea un revendedor de pasajes.
Allí llegaron el Tarugo y su mujer, tempranito, con sus ropas atildadas, sus joyas y su neceser. Entre
la muchedumbre humilde y bullanguera destacan como una mosca en la sopa. Al rato de estar en la fila para
comprar el pasaje se les acerca un individuo.
—¡Hola! ¿cómo está? —dice confianzudo, al tiempo que toma a Paco del brazo. Éste responde al
saludo, algo sorprendido.
—¿Usted como que no se acuerda de mí, verdad? —dice el hombre, zalamero.
—Sí... claro que me acuerdo. ¿Cómo está el trabajo? —otorga, todo correcciones, pensando que es
un obrero de la constructora donde presta sus servicios.
—¿El trabajo? ¡Muy bien! ¿A dónde van ustedes? —cambia de tema, y el otro no lo capta.
—A Barquisimeto —le suelta información, el muy ingenuo.
—Pero, ¡qué casualidad! Yo también. ¿Porque no se vienen con nosotros? Voy con un amigo que tiene
un taxi. Vamos a buscarlo al estacionamiento —baja la voz, como en complicidad— y así no pagan pasaje.
No pagan...
las palabras mágicas. El Tarugo olvida precauciones, se le desdibuja el mundo, y una lágrima de gratitud
asoma a sus ojillos, que tantos centavos han sumado y restado en su roñosa vida. Se conmueve en lo más
íntimo con su buena suerte y accede presuroso. Caminan los tres por varias calles, bajo la lluvia, los
paraguas abiertos, pisando charcos y barro, hasta llegar a un viejo edificio, donde el hombre se sumerge al
sótano por una sórdida rampa. Al rato regresa.
—Oiga, que mi amigo no tiene dinero suelto para pagar el estacionamiento. ¿Tendrá tres mil
bolívares? Luego, en el camino, les brindamos el desayuno.
—Aquí tiene usted.
El tipo se devuelve. El Tarugo y su mujer se quedan allí, confiados. Espera y espera. Pasa una hora, y
otra. Ya harta, su mujer se va después de un pleito y lo deja allí, empeñado en que sí lo llevarán a
Barquisimeto. Él, que es tan sagaz, no puede creerse que lo hayan timado.
Aún debe estar allí, bajo la lluvia, en la acera, rebosante de clarividencia, convencido de que sí lo
llevarán a Barquisimeto, porque no hemos sabido nada más de él.