4 de agosto de 2004
Querido Jorge:
Estuve leyendo el último número de la revista. Creo que pocos sitios en la red, en español, tienen la
belleza formal y el contenido de Letralia, ya te lo dije antes y lo repito. Me honra ser partícipe
desde hace años en tu revista que siento también mía.
Estuve meditando un poco luego de la lectura. Sobre todo en tu parecer acerca de declaraciones de
Caballero Bonald quien, hablando francamente, más allá de que da en el clavo, descubre poco y nada. Claro,
se trata de alguien conocido, de larga trayectoria y siempre y entonces es más atendido y escuchado; pero
dice lo que cualquiera que escribe supo a los... veinte años a lo sumo.
Me acuerdo de que, siendo yo adolescente, sabíamos el nombre del ganador de tal o cual premio literario,
en mi Pergamino natal, varios días antes de que el "jurado" se reuniese. Imaginemos, entonces,
certámenes organizados por las grandes editoriales, perdón: por los grupos editoriales, pulpos
todopoderosos, donde hay dinero y mucho en juego. Se "premia" a quien se supone venderá más y
mejor, no importa calidad, aunque luego esa persona, adherida al sistema, vaya a parar al pozo del olvido
más o menos como un residuo hogareño.
A lo largo de mi vida obtuve algunos premios que me sirvieron para publicar —de otro modo yo seguiría
siendo un inédito o casi—, no respondo por los jurados, quién sabe cómo actuaron en cada caso, pero sí
puedo asegurar que mi conciencia está limpia —al menos no imité jamás a muchos que, para resultar
elegidos, te seré franco, organizan almuerzos, distribuyen algunos pesos y organizan veladas entre
sábanas.
Con frecuencia los medios "descubren" a tal o cual escritor, en general narrador, y en los
últimos años novelista de novela histórica, luego de ser convenientemente galardonado, incluso se filma
su obra, se lo entrevista aquí y allá y, en general, se lo abandona como a un limón seco —de más está
decir que se trata de limones de escaso jugo la mayoría de las veces.
Un escritor de mi generación elaboró un manual para escribir poemas; otro, para redactar cartas de
amor; otro sobre cómo escribir un best-seller.
Y así. En la última Feria del Libro de Buenos Aires, en un stand de los más grandes, que valen miles y
miles de dólares, el retrato de Rulfo tenía el mismo tamaño que el de Ludovica Squirru —quien elabora
horóscopos desde hace años.
No importa talento, calidad; importa si vende o no. Imagínate, entonces, qué venimos a ser los poetas.
Prefiero tocar este tema en algún mensaje próximo.
Sobre lo de Dalí, creo que tampoco el manchego descubre cosa nueva; don Salvador fue un romántico
extremo —convirtió su propia persona en obra de arte como soñaron antes Byron y el resto—, pero, en
nuestros días, Dalí lo sabía perfectamente, esa identificación no podía ser sino paródica,
histriónica, y en esa dirección fue él —allí puso su genio al que nunca dilapidó, lo concentró como
nadie.
Por último, por ahora, querido Jorge, Marx se equivocó en pocas cosas y su propuesta de transformar el
mundo —y no simplemente comentarlo o explicarlo— sigue siendo, ante un estado de cosas intolerable, algo
ineludible. Aquí, esta mañana, alguien hablaba por radio de que se acerca la hora de decir basta al FMI
—creo se avecinan tiempos decisivos— y hoy se programan numerosas concentraciones en todo Buenos Aires,
con un número de policías nunca antes visto.
Te dejo con una de mis frases favoritas, de Simón Rodríguez, a quien seguro conoces mejor que yo: O
inventamos o erramos.
Un abrazo.
Carlos Barbarito
http://d-sites.net/barbarito