¿Por
qué el feminismo y los movimientos por los Derechos de la Mujer surgieron en Occidente? Creo que la
respuesta es bastante sencilla: los derechos de la mujer devienen como problemática consciente luego de la
declaración de los derechos del hombre, lo que podríamos fechar (sólo por comodidad intelectual) en los
años de la Revolución Francesa. Sin embargo, nada de esto hubiese sido posible sin la previa revolución
humanista y la revolución del Renacimiento, la que, paradójicamente, aunque deliberadamente se eche al
olvido, fue una consecuencia del comercio con la cultura islámica anterior. Estos derechos y libertades,
establecidos explícitamente en Francia hace dos siglos, fueron confirmados en la Declaración Universal de
los Derechos Humanos. Tanto en 1948 como en 1979 (año de la Convención Internacional sobre la Abolición
de todas las formas de discriminación contra la Mujer) quedó explícito e insoslayable que la mitad de la
población del mundo había sido, hasta entonces, relegada en sus derechos como si se tratase de una especie
animal diferente a la del hombre.
En el mundo islámico —para no entrar a complicar el análisis considerando esa gigantesca región
humana que es el este asiático e, incluso, la mitad sur de África— no existió algo parecido. ¿Pero,
por qué? Si bien en la Edad Media el mundo musulmán se encontraba más inclinado hacia un humanismo que
era fanáticamente negado por la Iglesia en Europa, luego del Renacimiento el hombre comenzó a tomar un
lugar central. Al mismo tiempo que la astronomía, la física, la biología y, finalmente, la psicología,
lo sacaba del centro material, al mejor modelo ptolemaico, la filosofía (en su camino hacia la
epistemología y hacia la ética humanista) lo puso en el centro de todos los objetivos terrenales y
metafísicos. Mientras tanto, y del otro lado del Mar Mediterráneo, el mundo islámico giraba en otra
dirección, volviendo más a las raíces religiosas que le habían sido propias al cristianismo europeo en
su apogeo. De esa forma, la máxima mahometana que más gustan olvidar los fanáticos, "la tinta del
sabio es más valiosa que la sangre del mártir", se convirtió en la más moderna, fanática y
retrógrada —"el que viva de la pluma morirá por la espada", la que he leído hace pocos años
en el informe de una agencia de información internacional, llegada de Argelia, si mal no recuerdo. La
historia es así: trágico-paradójica.
En el mundo islámico no existió nada parecido a la subversión del hombre a la autoridad divina, como
sí ocurrió en la Europa del humanismo. No ha surgido dentro del seno de su cultura la reivindicación de
los Derechos de la Mujer porque tampoco existió una reivindicación de los Derechos del Hombre. Esto, que
puede parecer extraño a primera vista, no lo es, ya que si bien las sociedades islámicas son
predominantemente masculinas en su organización, el hombre no es el centro del derecho ni de la reflexión
crítica de su propio destino, sino que está sometido a la fatalidad de la divinidad.
El feminismo tuvo, a mi entender, desde el siglo XIX, un período heroico donde su lucha fue por el
reclamo de un reconocimiento de los derechos igualitarios de las mujeres. Ya pasada la mitad del siglo
siguiente, se podría decir que ese reconocimiento fue logrado. Actualmente, aceptar públicamente la
igualdad de los Derechos de la Mujer es una posición "políticamente correcta" —lo que, dicho
sea de paso, no deja de ser una amenaza a la lucidez crítica de estas reivindicaciones—, tanto que es
sostenida casi unánimemente, incluso en el seno de las sociedades más machistas de Occidente.
Sin embargo, ahora la lucha de las mujeres se orienta en otro sentido: lograr que ese reconocimiento se
materialice (se da la paradoja de que en el mundo islámico han existido muchas mujeres presidentes, pero
ninguna en Norteamérica ni en la mayoría de los países occidentales). Para ello, existe multiplicidad de
organizaciones estatales, privadas, ONGs, etc., que se están encargando del trabajo. Las estrategias son
varias y los resultados dispares. Podemos reconocer algunas corrientes: 1) el clásico feminismo combativo,
otrora fructífero pero que, al haber obtenido su primer objetivo (el reconocimiento) se ha vuelto más bien
inoperante y panfletario; 2) una corriente autocomplaciente en la cual se procura afirmar que las mujeres no
sólo son víctimas de un tirano llamado, indiscriminadamente, Hombre, sino que además son buenas,
sacrificadas, solidarias, inteligentes y bonitas. Esta ideología simplista tiene un campo fértil en
Internet, en la televisión y hasta en simposios y congresos muy bien organizados. Recientemente, en uno de
éstos se llegó a la siguiente conclusión: "Hay que montar redes de mujeres ‘triunfadoras’ que
puedan establecer una relación solidaria hacia el resto de mujeres que quieran ‘triunfar’. (...) Ser
solidarias. Hay que evitar decir ‘La culpa es de las mujeres’ y evitar criticarnos entre nosotras".
1 Todo esto acompañado por novelas proselitistas donde no se indaga en la condición humana (o
mujereana) ni se incomoda con cuestionamientos o reflexiones molestas, sino todo lo contrario: se dice lo
que las mujeres quieren oír decir de sí mismas, lo que, por otro lado, le viene como anillo al dedo al
siempre expansivo mercado de consumo; 3) una corriente que ve en el hombre no sólo al objeto de sus
frustraciones personales sino su enemigo y rival con el cual es necesario competir: cuando exista igual
número de científicas, de políticas, de conductoras de camiones, de ajedrecistas y de hombres que
menstrúen y den a luz se habrá logrado el próximo objetivo; para esta corriente, está de más decir, o
la naturaleza es injusta o el ciclo de reproducción de la mujer es una imposición cultural del macho que
nunca quiso darle el pecho a sus críos; 4) un grupo que ha entendido que las mujeres deberían tener los
mismos derechos que los hombres, pero éstos no se materializan porque existe una pesada herencia social,
económica y cultural que estructura los símbolos y hasta los espacios físicos en función de un poder
masculino. Dentro de este grupo, incluso, podemos encontrar mujeres que alcanzan a comprender que la
herencia cultural del machismo también somete a los hombres, aunque de una forma menos evidente: el mayor
acceso de las mujeres a las universidades también significa la presión laboral y exitista de la sociedad
hacia los hombres; la sociedad tolera menos un hombre que estudia y es mantenido por su esposa que trabaja,
que la situación inversa, por no hablar de las presiones sexuales a las que están sometidos los
adolescentes varones por parte de la sociedad y de sus propias madres.
De mi paso por la Universidad de la República del Uruguay siempre he rescatado muchas cosas. Una de
ellas, por ejemplo, fue la total ausencia de discriminación de género entre nuestros compañeros de aula,
hecho que ha sido reconocido en una pasada discusión con otros ex compañeros. Si bien es cierto que las
estadísticas pueden decir que hay más mujeres alumnas y menos académicas que hombres (es una realidad
mundial, incluso en los países más desarrollados), es probable que el número de los dos grupos cambie y
se equilibre en un futuro próximo. Sin embargo, creo que es valioso destacar que los varones estudiantes (y
luego profesores) nunca nos sentimos disminuidos por tener a nuestro lado una compañera con un mejor
rendimiento curricular que el nuestro, ni por tener a una académica grado cinco como jefa de cátedra, sino
todo lo contrario: la mayor discriminación siempre estuvo en base a los méritos morales e intelectuales de
cada uno, independientemente del sexo. Entiendo que esto sólo puedo referirlo, a título personal y que,
sin duda, habrá testimonios contrarios. Sin embargo, rescato que exista el hecho en sí, el cual me
gustaría ver ampliado a una escala más universal, a riesgo de estar cometiendo una nueva falta de orgullo
o vanidad.
Como todo movimiento de resistencia, la lucha de las mujeres históricamente ha tenido un sustento
sólido, justo y humano. Con el tiempo ha logrado importantes avances para la humanidad en general, con
lógicos tropiezos y otros argumentos pobres que sólo han logrado confundir sus objetivos más nobles. Es
de esperar que su lucha —crítica y autocrítica— siga siendo apoyada no sólo por los hombres más
inteligentes, sino también por mujeres inteligentes. Tampoco ellas son perfectas.
- Resultados y conclusiones del proyecto "Mujeres en positivo hacia la tecnología". Simposio
sobre "Mujeres y tecnología" con un lema de debate: "¿Las tecnologías ‘aman’ a las
mujeres?". Regresar.