
Guerras sin Tom ni Sonia
No existe tal cosa, ejércitos buenos, ejércitos malos. Existen soldados, con una orden: matar a los
soldados enemigos antes que los soldados enemigos los maten a ellos. La segunda opción es tomar
prisioneros.
El problema de tomar prisioneros es que media hora antes unos y otros intentaban devastarse. Que es,
cuando menos, dar lo mejor de sí en una conflagración. Ningún tratado internacional, que los hay por
muchos, sobre los modales a observarse con los prisioneros de guerra, ha entendido bien ese resentimiento.
"¡Que le des un vaso de agua! Está bien, está bien... Pero conste, sargento... Me lanzó una
fragmentaria cuatro kilómetros atrás...".
De las guerras tengo que decir, son buenas para que cada quien enseñe lo peor de sí mismo, o lo mejor,
pero esto es menos usual. A nuestra especie no la vemos de común mostrando bondad en situaciones que no son
extraordinarias, de ahí mi escepticismo para que la muestren cuando la vida y la muerte son la apuesta
puesta sobre la mesa.
No me sorprenden las barbaridades de la guerra porque la guerra es, en sí misma, una barbaridad. Vidas
sorprendidas en su último aliento, despropósitos y más despropósitos, la guerra convierte en normal lo
que no puede ser normal. El asesinato de la madre judía embarazada de seis meses, y los de sus cuatro
hijas. La tragedia de los palestinos desplazados a guetos, listos a morir por orden alfabético. ¡No, no me
sorprenden!
Tampoco deben sorprendernos las torturas a civiles iraquíes a manos del ejército estadounidense. No
deja de pillarme, sí, que nos conmovamos por unas historias y que otras en cambio, las excusemos como
normales. Es esa visión rosa, a mitad de camino entre la estupidez y un razonado cinismo, a según que, hay
ejércitos buenos, la que tanto me enfada.
A mis hijas que tengo, y a los otros que ya vendrán, pretendo enseñarles, al menos, el buen juicio que
no distinga a unos seres humanos de otros. A que con serenidad y mucho de bondad sean lineales en la harta
complicada misión de un acendrado espíritu de justicia. A eso y no a otra cosa me refiero.
Tengo, como muchos(as) otros(as), la enorme responsabilidad de no llenar las páginas de los periódicos
de enunciados y sugerencias que hagan aun más inhóspito este mundo. Yo pretendo honrar esa
responsabilidad. De ahí que no acepto, porque no se puede aceptar, el morbo que algunos políticos
venezolanos le ponen a un eventual conflicto armado con Colombia. ¿Será que combatirán en la hora
menguada de la frontera volátil? No lo creo, correrán de primeros. La falta de cojones y la sobrada
imbecilidad son desproporciones simultáneas en este tipo de personajes.
Verdades elípticas
Las guerras no arrancan en los campos de batalla. Las ráfagas inaugurales, acaso superiores a las de
utilería, están lejos de constituir el auténtico primer misil. ¡La selección del enemigo! Tras el
infamante atentado contra Las Torres Gemelas del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001, el
presidente Bush escogió el suyo, Saddam Hussein y la desconsiderada dictadura baazista.
Sirvió Bin Laden, financista e ideólogo confeso del atentado, a efectos de reconocer, salvo Persia, la
cartografía comprendida desde Mazar-e Sharif hasta Al Basrah, y para el emplazamiento militar en oriente
medio. La salafia jihadia o salafismo combatiente, la red swarming
del millonario terrorista, amplísima y de comandos descentralizados hace que —como apunta David de Ugarte—,
tomada en su conjunto, sea poco vulnerable, y no constituía como tampoco la reducción de un solo hombre,
victoria categórica.
Por otra parte, acerca del Saudí, pronto tendría la administración americana que dar hartas
explicaciones sobre el morreo de vieja data entre su familia y la de Bush, generosamente compiladas por el
director Michael Moore —ganador de un Oscar en 2000 por su controversial documental Bowling for
Columbine—
en Fahrenheit 9/11.
Una peli tan surrealista como cierta, demasiado para el gigante Disney, que pese a su experiencia con la
fantasía, ha decidido vender lo que antes produjo a la Miramax Films de los hermanos Weinstein.
Un año antes el cronograma táctico norteamericano lucía invencible. Superioridad tecnológica-militar
asfixiante y lealtad unánime —razonada en la guerra como doctrina preventiva— de las grandes cadenas
televisivas. El tiempo de la guerra formal cayó vencido, así el tirano, en su lugar una cruenta e
irreductible resistencia cobró finalmente las omisiones acordadas, la fidelidad patriótica se hizo
incómoda tras interminable goteo de videos, boletines, imágenes y crónicas filtradas en las webs
encargadas, para mayor inri, de erosionar el antiguo dogma sobre cómo el control de los grandes media
garantizaba la opinión pública. En su lugar se erige algo de lo que en lo sucesivo oiremos hasta el
cansancio, el swarming
informativo. Hermano bermejo del swarming
bélico. Nueva dimensión social de la tecnología, ya no unidireccional en mandos corporativos y sí de
hilos o reticular.
Dice Ugarte que vencer no es igual a controlar el terreno, aunque ayuda, agrego yo. La forma
contemporánea de conflicto es el swarming,
no la batalla de tanques. Una guerra irregular en la que distintos grupos y tendencias, no coordinados
explícitamente entre sí, en una suerte de orden espontáneo del caos y apenas centralizados en la doctrina
común de sus filas, aumentan su virulencia hasta aislar a los ejércitos tradicionales sin dejarles
posibilidad real de respuesta.
En Venezuela el swarming
ha servido como modelo teórico. La guarimba, por ejemplo, una red como dirección, sin jerarquía, en la
que cada quien sabe lo que se debe hacer. El swarming
informativo que practica el gobierno para evitar el aislamiento en el monopolio editorial y, finalmente, el
verdadero modelo organizativo del llamado proceso, la red de redes.