Si sólo en imágenes habita el hombre, en el espíritu, que ata al hombre a la totalidad, se hallará
también lo salvador. La mirada del poeta deberá ser de tal modo que pudiera ver aun en lo terrible y en
apariencia sólo repulsivo lo que Es, y que también tiene importancia con todo el resto de lo existente.
"Así como no se admite elección alguna, tampoco se permite al creador que se aparte de ningún ser
existente: un solo rechazo —afirma R. M. Rilke, y es menester escucharlo sobre todo hoy—, en cualquier
momento lo arroja del estado de gracia, y lo convierte irremediablemente en pecador (Cartas a Cézanne)
y también enfatiza: "Acostarse con un leproso y compartir con él todo el calor de uno mismo hasta la
calidez del corazón en las noches de amor: es necesario que eso haya sucedido alguna vez en la vida de un
artista como superación hacia una nueva beatitud".
Esta beatitud es una nueva manera de comunión entre hombre y mundo, no un relegarse místico en las
entrañas de un absoluto allende el habla y las apariencias. "Ah", canta ditirámbicamente Rilke,
"nosotros contamos los años, y hacemos divisiones aquí y allá; acabamos y comenzamos y vacilamos
entre lo uno y lo otro. Pero hasta qué punto es uno todo lo que nos sucede, cuánta relación hay entre una
cosa y otra; surge y crece, y va hacia sí misma, y nosotros en el fondo sólo tenemos que estar aquí, pero
simplemente, pero con empeño, como la tierra que consiente las estaciones, clara y oscura, y totalmente
inserta en el espacio, no anhelando descansar sino en la red de los influjos y fuerzas en que las estrellas
se sienten seguras" (Cartas a Cézanne).
Y así llegamos a ver en la muerte no la duplicidad ontológica que mancha todo ente y la percepción de
todo lo real, sino "el lado de la vida que no se halla vuelto hacia nosotros y que nosotros no
iluminamos"; es preciso —insiste Rilke en una carta al conde von Hulewicsz—, que tratemos de
realizar la mayor conciencia de nuestro existir, que se halla en los dos ilimitados dominios y se nutre
inagotablemente de ambos. La verdadera forma de la vida, y la sangre del más amplio circuito, corre a
través de ambos; no hay un más acá ni un más allá, sino la gran unidad, en la cual los seres que nos
rebasan, los "ángeles", encuéntranse en su morada. Y ahora, la posibilidad del problema del amor
en este mundo, ampliado así por su más importante mitad, total al fin y a salvo".
En otra parte concluye Rilke esta afirmación: "Fortalecer la confianza en la muerte desde las más
hondas alegrías y magnificencias de la vida y a la misma muerte, que nunca fue algo extraño, y ajena,
hacerla de nuevo como a la callada cosavedora de todo lo que vive, más reconocible y palpable" (Epistolario
español).
Y ya en el vislumbre de la total unidad donde todo instante conlleva en sí la impronta de lo eterno porque
pertenece a la totalidad del Ser, Rilke escribe: "Este ligero estar ahí de un hombre, de un viviente,
sobre la cara de la muerte, es como el hechizo de aquel poema griego en que dos amantes intercambian sus
vestidos, y así confundidos y trasmutados se abrazan cada uno en la envoltura y en el calor del otro".
(Epistolario español).
Suprimidos los dualismos de la diferencia ontológica, preparados para recibir a los muertos que viven en
nosotros, podemos también advertir: "tensa y animosa, sin prisa, la estrella cayendo a través del
espacio de la noche, era como si cayera al mismo tiempo a través de mi interior", y en otra parte
escribe también: "la llamada de un pájaro, sobre la cual yo tuve que cerrar los ojos, son
simultáneamente en mí y fuera de mí como en un espacio único e indiferenciado"... Al fin,
encontramos el alma de Orfeo, padre del poema, origen de lo invisible que se encarna y rehuye eternamente lo
visible. Él es el Dios de la transformación y su canto (el canto del poeta) es la reunión de todo lo que
Es.
Por eso pudo Rilke escribir en los Sonetos orfeos:
"Canto es existencia". El canto es la fuerza pura que atrae todo ente en pos de sí, hasta la
noche del desamparo sagrado; así lo afirma Heidegger cuando dice: "El canto ni siquiera necesita
imitar lo que hay que decir".
El canto es el pertenecer al todo de la recepción pura. El cantor es atraído por la corriente del viento
del inaudito medio de la naturaleza plena. El canto es él mismo: "Un viento" (Sendas perdidas,
trad. Rovira Armengol).
Rilke es, en este sentido, el único poeta órfico de nuestra edad. Orfeo representa la necesidad de que
todas las cosas desaparezcan: "¿No es demasiado si el vaso de rosas a veces sobrevive? / ¡Oh! ¿Cómo
no comprenden que le es preciso desaparecer?" (V. S. de Orfeo). Mas, "por encima del cambio y del
movimiento / más vasto y más libre / perdura aún tu preludio. Dios que empuñas la lira".
El ángel donde se opera la transformación de lo visible en invisible es vástago del Dios de la lira,
que fundió en su canto redentor los reinos de Dionisos y Apolo; lo invisible e inmensurable y el ámbito
mesurable, que hace al aparecer de cada ente en su ser. La lira de Orfeo es la música del Dios que hace
mover los mundos; el canto es la ley más profunda de todo lo que existe. Orfeo es, de este modo, el poeta
de lo abierto en donde el divorcio contra todo lo que es queda superado en la "reminiscencia
inversora" donde la muerte es: "'La ley ("gesetz"), así como la sierra
("gerbirge") es la unión de las montañas ("berge") es el conjunto de su
estructura" (Heidegger, Sendas perdidas).
No puede dejarse de lado la afirmación de Blanchot de que Orfeo convierte el movimiento de morir en
movimiento infinito y posibilidad infinita de seguir muriendo en el interior de lo que es, por lo cual se
regresa eternamente desde el no ser al ser.
Por fin el hombre se ha convertido en pastor y guardián del ser contra el elaborar objético y su
medida; la caducidad de todo ente y de todo el mundo sujeto a la representación y a la conjunción de lo
"realizable del elaborar y lo objético del mundo". (Heidegger).
"Para nosotros", dice Rilke, "es grande ser flor". Su itinerario se remonta
constantemente a las faldas del monte Kaukaión. Como Orfeo, Rilke va en busca del amor (Eros es más
antiguo que cualquier otra divinidad) y por él cruzó de lo visible a lo invisible: "Tal como somos
nosotros, los fugitivos, pasamos sin embargo por entre las fuerzas perdurables para cumplir un cometido
divino"; también para salvar al todo de la noche del mundo (el corto día de la técnica) acudió a la
revelación de la palabra poética que es cura por la luz: Orfeo o Arpha: de "aquel que cura por la
luz" (Edouard Schure); hablar así es ya una transparencia gloriosa, dice Blanchot en El espacio
literario.
Como Orfeo, Rílke se convirtió en su propio canto, haciendo de la naturaleza la trascendencia misma, la
unión de todas las cosas en el país de los hiperbóreos y el camino que conduce al templo de Delfos:
"Almendros en flor, la única tarea que podemos realizar aquí es la de / reconocernos, sin el menor
resto de duda / en la manifestación de lo terrenal" (Epistolario español).
A partir de Holderlin, de Rilke, de Nietzsche, es posible pensar hoy el significado de esta frase:
"No hay nada nuevo bajo el sol sino lo antiguo en el inagotable poder de metamorfosis de lo
inicial...". "La historia es acontecer (advenimiento) (ankuft) de aquello que no ha dejado de ser,
y nada sino esto viene a nosotros" (Heidegger, Principios del pensamiento).
Sólo por ello podemos nosotros cantar con Rilke en medio del corto día de la técnica: "La
existencia aún reserva encantos; en cien lugares está todavía en sus comienzos / un juego de fuerzas
puras / y a las cuales nadie toca a menos que se arrodille y venere" (XX, S. a Orfeo).
La veneración del poeta sólo se dice celebrando; la celebración del poeta es el fundamento de un
originario acordar, tomar medida de lo que es (el ente), la celebración es el cofundamento que recibe el
mundo en cuanto tal y su correspondiente hábitat; la celebración es el corresponder del hombre a la
libertad como fundamento; es el libre claro de lo abierto en donde luz y sombra juguetean libremente
recreando de este modo, eternamente, el mito y la génesis del poetizar y devolviendo al hombre, el cetro de
una nobleza verdadera: el antiguo poder de desaparecer para que lo invisible y lo visible, el tiempo y la
eternidad, se funden en la belleza de una rosa. La misma, por supuesto, del epitafio de Rainer María Rilke,
por todos conocido.