El auditorio estaba repleto de gente, la cual se había aglomerado desde muy tempranas horas con la
ilusión de poder verlo, de poder escucharlo y simplemente de estar cerca de él. A pesar de los esfuerzos
del alcalde, el viejo Matías, quien fungía de comisario desde que mataron al teniente Salas, la policía
se sentía totalmente incapaz de controlar a la gente quien seguía apelotonada en la puerta del antiguo
cine del pueblo, a pesar que un lacónico letrero anunciaba que las localidades estaban agotadas.
Yo fui el empresario que lo descubrió, yo fui la persona que lo sacó adelante, que lo amamantó en los
vericuetos del arte escénico, el que lo parió ante multitudes que gritaban desaforadas ante su simple
presencia. Fui yo el que tuvo la visión el día que hizo su primer milagro. Nos encontrábamos en el río,
matando la tarde del domingo, después de un extraordinario y suculento almuerzo como sólo los ofrecen en
la sierra sur. Me disponía a descansar en la hamaca cuando se oyeron gritos de mujeres. Dos de ellas
corrían hacia nosotros gritando que el hijo de la Martina se había caído al río, que la corriente se lo
llevaba y que se estaba ahogando. Traté de correr hacia el río, pero su voz me detuvo. Di vuelta y lo vi.
Estaba totalmente sin ojos, temblando y musitando entrecortadamente un lenguaje que jamás había escuchado,
salvo al padre Hilario en las misas dominicales. Entonces, el fluir del río se detuvo, y pudieron rescatar
al muchacho. Sin embargo, nadie se dio cuenta del milagro. Ni del río que detuvo peligroso caudal, ni los
diez segundos en los cuales se le rescató al hijo de la Martina. Nadie recordó cómo fue, todos decían
que, efectivamente, había sido un milagro, pero no compartían la visión que experimenté. Parece que
tampoco él se había percatado mucho del prodigio que acababa de realizar, porque siguió jugando con sus
amigos como si nada especial hubiese ocurrido.
Pero allí tuve la primera impresión, la visión, el presentimiento. Pero tenía que ocurrir nuevamente
para confirmar, para desechar cualquier pensamiento que esto tenía que ver con la casualidad, con la
suerte. Dos semanas más tarde, Aurelio, el hijo de los Escobar, murió de fiebre tifoidea. Él se le
acercó al cajón blanco donde se encontraba el cadáver del niño, lo tocó, y el cadáver dio un salto y
comenzó a toser. Nadie se dio cuenta cuando él lo tocó. Todos los allí presentes no dieron crédito a lo
que veían, y en forma parecida creyeron en la intervención divina para recuperar y resucitar al niño.
Definitivamente, era un milagro.
Comencé a entrenarlo durante más de seis meses. Recorríamos los pueblos, y yo traía a su presencia
cojos, ciegos y toda una sarta de enfermos que él sanaba sin problema alguno. Todos regresaban diciendo que
el niño los había sanado, pero ya para entonces estábamos en camino hacia el siguiente pueblo. La fama
del niño comenzó a generar una enorme expectativa entre las personas de la sierra sur. Fue allí cuando
tomé la decisión de realizar presentaciones y curaciones masivas, donde el niño daría toda su alma, todo
su corazón, toda su fuerza para curar tanto a cojos como a tullidos, a malsanos como a poseídos, a
tísicos como a hemorroísas, a mancos como a mudos, a ciegos como a sordos.
Nuestra primera presentación fue todo un éxito. Hizo caminar a tres cojos, hizo dar a luz a una niña
virgen y realizó un acto de levitación durante veinte minutos mientras el auditorio entonaba el rosario.
Yo gané cerca de tres mil dólares en esta presentación, mientras que él ganó el cariño y respeto del
pueblo. Si lo vieras hoy, era un niño, ni siquiera sabía claramente lo que hacía. Los curas trataron de
hablar y de discernir con él en ese idioma, pero el niño lo único que quería era jugar. Y dormía casi
diez horas diarias, sin que nada interrumpiera su sueño, no se daba cuenta aparente de su poder, de su
habilidad, y también del peligro que significaba para la sociedad y para él mismo.
En todos los pueblos hice dinero con el niño. La gente se agolpaba desde muy temprano en la mañana para
comprar entradas; daba pena verlos queriendo saber dónde se hallaba el portento de los milagros, aquél que
devolvería la alegría de las familias al hacer ver a un ciego o caminar a un cojo, o hacer escuchar a un
sordo. A todos curó, a todos sanó, comenzaron también a invitarnos a almuerzos de agradecimiento, a
pedirnos más cosas, a exigirnos que mejoremos su situación económica.
La Iglesia mantenía su total escepticismo con respecto a sus poderes de milagro, aunque no sacaron
ningún comunicado que afirmara o negara dichos poderes, como si estuvieran esperando algo más. En la
última presentación en la ciudad de Puno, una turba enardecida por tocarlo casi lo mata, lo tuve que
rescatar casi sin respiración. Porque después de todo, era humano, eso estaba a la vista. Dormía, comía
y hacía sus necesidades como cualquier persona. Su conversación era razonable para cualquier muchacho de
diez años de edad, jugaba igual que el resto, como si fuera absolutamente ajeno al poderío que mostraba
durante las curaciones.
Finalmente, tomé la decisión de llevarlo a la capital, explicándole que ya aquí no existía ningún
futuro, además de que, siendo honesto, había curado a cuanta persona se le había puesto al frente, por lo
tanto, nuestro negocio no podía florecer más en estas zonas. Por otro lado, la capital está más poblada,
lo cual incluye toda una población de tullidos y deformes que era necesario ayudar. Las finanzas iban bien,
mi cuenta bancaria cada día aumentaba, y ciertamente pagaba mis impuestos, por lo que nadie podía acusarme
de explotador o de tratante de menores de edad.
Cuando llegamos a Lima, fuimos inclusive invitados a un programa de televisión, donde un descreído
animador lo invitó a que hiciera un milagro delante de cámaras. Para esto, trajo a un ciego y le pidió
que lo hiciera ver. Él se acercó, puso sus deditos en los ojos del invidente, y en pocos segundos comenzó
a exclamar que veía, que ya podía ver. A la salida del local, había más de cinco mil personas
esperándonos coreando el milagro y pidiendo una intercesión de mi muchacho para ellos.
Nos presentamos en varios locales, y nuevamente la multitud estaba agradecida, enardecida por este
portento de milagros. Sin embargo, lo que sucedió al final de una función fue el detalle que confirmó su
santidad y designio divino. Comenzó a palidecer y levantó las manos al cielo. Pensé que iba a realizar
otro milagro de levitación; sin embargo, volteó, me miró con ternura, y me dijo: "Adiós,
padre", y poco a poco ascendió al cielo. Nunca más lo vi.
Ahora regento una asociación que lleva su nombre. Todos los días recibo visitas de esas personas, los
cojos, ciegos, mancos, que esperan nuevamente ser como nosotros. Y él creo que los sigue ayudando. No los
cura más, pero intercede en nombre de estos pobres. Y mi cuenta bancaria, sin duda alguna, pues creo que es
el mayor de todos los milagros realizados.