Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 113
30 de agosto de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Alguien tendrá que decir
la verdad al amor

Jota Síroco

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El amor es un trozo de papel hecho pedazos
(Charles Bukowski).

Es el amor
lo que destruye al hombre
(Nicanor Parra).

Alguien tendrá que decir la verdad
al amor,
alguien debiera gritarle al oído
que sólo hay temblores en la fiebre,
que perdió la luna
el rímel,
el misterio
y la canción
cuando lo de la Nasa,
que no hay citas rondando las esquinas
y en las tabernas
cerraron los rincones donde nos besamos.
¿Qué te puedo contar
si ni siquiera ya los camioneros
se masturban anónimos
frente a los almanaques?

¿Quién sabe si alguna vez
la luz
te descubrió joven
y consciente de que a nadie
podría ofender el deseo,
que era la mirada
tan pura como la desvergüenza
y el pudor no aguantaba
ni el primer asalto?

Quién sabe si alguna vez
el desnudo
volverá a romper la mañana
y gritará la mentira
de un poema de amor.

¿Quién sabe
si podríamos soportar
tanto sufrimiento?

Alguien tendrá que cantar las cuarenta
al amor
pues no quedan espadas como labios,
ni paños de oro,
noches de vino y rosas,
alguien tendrá que recordar a ese farsante
que pintan bastos
en la partida gris de las alcobas.

Cánsate de ser bueno
/a
Es de plomo,
lamento la confesión a estas alturas,
no poder decir "Basta"
o "Hasta aquí hemos llegado"
y dar un puñetazo en donde corresponde
a quien exactamente corresponde,
poner una vela al diablo,
especialista en fuego no lo olvides,
pero no puede ser
no hay más cera
que la que se derrite...
por tus huesos.

Por eso, insisto,
alguien tendrá que cantarle al amor
la verdad del barquero,
la que murmura a voces
que sólo existe la orilla que se aleja,
que hay mar de leva
y que los tiburones
huelen la claridad
y la sangre
a través del fango,
habría que decir
que se ha tragado el tiempo
más cuerpos que la dinamita.

No sé si alguien
volvería a bailar
el tango
de las sábanas blancas,
el sabor de la sombra,
la insolente lágrima de la roca,
el llanto salado de la tersura.
Quizá exista
quien pueda recordar al tacto
el origen del deseo
y la razón de ser
de la primera luna.

Pero seamos justos
alguien tendrá que pegar las cartas rasgadas
y leer los poemas secretos,
alguien tendrá que descubrir
cada uno de nuestros laberintos,
el origen de nuestra tristeza
y la desaparición del canto,
alguien tendrá que buscar
los cuatro pies al gato del amor
antes de que se atreva
a sacarnos los ojos.

A veces me parece que no estás,
—otras soy yo el que falta—
que volaron
las cenizas de las horas
y corremos
sin mirar hacia atrás,
en dirección contraria,
por ver si la vida
es o no es
un círculo
cerrado

Alguien tendrá que sacarle
los colores
al amor
que no es rojo pasión
como pintaron,
que es rojo de vergüenza
y amarillo quizá
como bandera vaticana,
azul como el olvido,
verde
como el pensamiento nocturno
de los viejos.

Cuando sólo me quede
un segundo
de vida,
exactamente eso
un mínimo
segundo,
el menguante suspiro
antes
del sueño,
te querré con la fuerza
de las horas,
los años
que la vida regala,
te intentaré robar
entre la fiebre
un beso.

Alguien tendrá que medir las costillas
al amor,
ese niñato,
ponerle a la altura de las circunstancias,
mirarle a los ojos
con la frialdad del polo
y no permitir siquiera un parpadeo
antes de obligarle cantar por soleá
los misterios de dolor,
la pena que esconde,
las soledades que hasta los ciegos
ven.

A estas alturas,
cuando tan sólo siento
la urgencia impertinente de nunca tener prisa,
la insufrible pasión de amar sin sobresaltos,
la obsesión terca y dura de atesorar caricias...
A estas alturas
en las que uno se cae y besa el suelo
o la cabrona muerte sisea sin mirarte...
me amanece un día de perros
y no sé a qué árbol quedarme,
corazón.

Alguien tendrá que partirle la cara
al amor,
para que aprenda,
zumbarle el hígado,
noquear su estudiado silencio.
Hacerle
que escupa los dientes
ya que no echa la palabra del cuerpo...
tan cínico
como un jesuita.

Yo no te haré pasar ese mal trago,
esa resaca agria del olvido,
lo más que puedo hacer
es aguarte la fiesta,
apagar las estrellas demasiado temprano,
proponer al sereno
un error en las llaves
y decirte lo siento
como saben decirlo
los farsantes.

Alguien tendrá que reírse
en las mismas narices del amor,
ante su pasmo,
frente a su orgullo
frente a su altiva
desfachatez.
Alguien tendrá que avergonzar al amor,
llamarle gordo, bajito, torpe, calvo
y hasta ma-ri-pon-són,
(él se siente muy mal con esas cosas,
fijaos si es imbécil)
porque nunca le dijeron
tales lindezas.

No mientes el amor
en casa del ahorcado
ni el poema en casa del poeta
ni la muerte en casa del cadáver.
No mientes el amor,
ni mientas.

Alguien tendrá que plantarle cara
al amor,
olvidar su sonrisa,
su seducción,
sus artes...
sus malas artes...
alguien tendrá que cantar su ordinariez,
su petulante
eterna adolescencia,
sin olvidar
ni una sola de sus trampas,
ni una sola de sus conquistas,
ni uno solo de sus engaños,
alguien tendrá que llamarle
tahúr de taberna
y triste arramplasueños.

No hay otra escapatoria que el regreso,
ninguna cueva más
que la palabra,
por eso
guardaré
entre las hojas de un libro
de cristal
una mirada inmensa
como el mar nocturno,
una sonrisa in fronteras,
mi callada ong del desconsuelo,
y un beso pequeño y clandestino
(como la ORT)

Alguien tendrá que pararle al amor
el reloj de la espera,
desparramar la arena de la clepsidra,
colgarse del tiempo
como de una soga
para dejarlo tirado en la noche,
alguien tendrá que clavarle
la fina daga del minutero
en la misma fuente de la sangre,
alguien tendrá que enseñarle
lo que es la soledad.

Yo sé que no nací para estar solo,
fue a finales de siglo,
aún puede recordarlo la lujuria,
borraron con sus labios
el rastro frío de la madrugada
y apagaron con su sola presencia
las hogueras insomnes de la sangre.
Sus besos,
sus adioses,
ni fuerza siquiera me dejaron
para doblar las esquinas,
ni bajo tortura
os diría sus nombres,
se escribieron quizá con la tinta del olvido,
sí podría hablaros de sus ojos.

Alguien tendrá que pararle los pies
al amor,
ponerle zancadillas
hasta hacerle doblar el corazón
ante las lágrimas de los abandonados,
frente el silencio de los sufrientes,
junto el aullido eterno de los suicidas,
alguien tendrá que ponerle firme
y dormir alerta
ante la amenaza inevitable
de otros veinte poemas.

La línea escurridiza del deseo
limita al norte con el corazón
y al sur con el silencio,
no hay dios ni ayuda que pueda detenerlo.
Se engancha en el proyecto de veladas caricias,
le enerva una voz,
le quiebra una mirada,
le distrae un murmullo,
le sobresalta el roce de una tela.
Aquellos que se ríen del deseo
soportan la cadena de la soledad
y quienes no sucumben en sus brazos
guardan la pena eterna de su ausencia.
El deseo
no tiene edad,
ni sabe de perdones.

Alguien tendrá que partirle las piernas
al amor,
hacerle arrodillar ante el fracaso,
por las palabras mudas,
los besos,
la pasión,
la sobredosis,
los versos que tú nunca escribiste
ni yo tampoco,
las noches, las caricias,
los gemidos anónimos,
la sonrisa ardiente de los esqueletos...

Yo le pago esta ronda al olvido
a la luna del día,
a los hielos de agosto,
vendrán a pedir cuentas
los clochards de París,
los mimos de Venecia,
los viejos carteristas de la calle Alcalá...
Pero tomo y obligo
yo le pago esta ronda al deseo,
a los ojos que nunca rieron,
a las bocas que nunca han mordido,
yo le pago esta ronda al infierno.

La verdad
nadie debería escupir al amor,
sí tendría que ser obligatorio
fiarse tanto de él
como de un puente de juncos
en los oscuros rincones de los puertos,
darle un beso de Judas en la frente,
uno de la camorra entre los labios
y ofrecerle promesas
a traición...
los trucos que de él aprendimos,
en los que se ensañó.

Malo sería
perderme entre tus brazos,
peor aun
perdernos,
por eso miénteme,
engáñame,
hazme llegar al cielo
pero prométeme
que pase lo que pase
nunca me llamarás cariño,
ni honey, por supuesto,
ni, claro está,
mi vida.

Alguien tendrá que curar la ceguera
al amor,
para que no oscurezca
tantas tardes de abril,
tantos abrazos,
para que apunte allí
donde es más necesario:
hacia los nombres solos
sin su flecha,
hacia los corazones
con el "y" vacío.

En la hora descuidada de la siesta
descuidadamente nos miramos,
más cuidado pusimos en los besos,
ágiles en las manos,
mudos en la palabra,
casi perfectos fuimos en el engaño.
Por eso,
cuando supe
de tu temprana muerte,
abracé la pasión como bandera
y puse precio a la noche.

Alguien tendrá que sentar al amor
frente a las tardes del domingo,
frente a las noches sin fin de los inviernos,
alguien tendrá que cortarle la lengua en los cines,
en los asientos traseros de los coches,
en las siestas de marzo
y en las noches de agosto,
alguien tendrá que ponerle mordaza a los besos,
al temblor gris del alba,
alguien tendrá que regalarle silencios
como gritos.

Ya no tengo valor
para la huida,
porque no me queda tiempo
para el olvido.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 20 de septiembre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes