Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 113
30 de agosto de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Cuatro poemas
Sergio Omar Otero

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Obsequio

De un tiempo inmemorial que guarda,
Celosa en su redondez calcárea,
Sus miles de silencios ancestrales
Que se cobijan en sus pétreas aristas,
Me observa callada, imperturbable.

Sabiduría de aguas profundas
Que entraron por sus fauces otrora,
Le otorgan la suficiente arrogancia,
La firme serenidad pretérita
Para hacerme saber contemplado

Sus gastados bordes marroneados
Son arenas detenidas que se pierden,
Hacia dentro de su corazón, hoy vacío,
Para plasmar marinos colores azulados
Vacía cuenca que me examina

Su pie, negro de aguardar andanzas,
Retorcido en un visceral enredo,
Quieto ya de profundidades recorridas
La sostiene firme, altiva y señera
En su amenazante puesto de vigía.

Guarda en su seno una muesca,
Profunda, lateral y vieja herida,
Su suave cuerpo munido de quietud
Anidaba en ella y hoy su ausencia
Su vacío, otra ausencia me señala

Superpuestas capas de la vida
Le forman, ordenadas, laja sobre laja
Capa sobre capa, obedientes, fila sobre fila
Su exterior de antiguo animal marino,
Que en queda actitud me aguarda.

Me pregunto si habrá logrado conmover
Su inalterable memoria de los siglos,
Alcanzada quién sabe en qué comienzo,
Quién sabe en qué abismos, en qué simas
Tu mano al separarla de la tierra.

La misma quietud que perturbaste,
Cuando de salados confines fue quitada,
Arrastró consigo, incansable, laboriosa
Hasta ese pequeño rincón de mi biblioteca
Desde el que hoy, con esmero, me adueña

Todo aquel que a mirarla se atreve
No ven en ella más que una simple ostra,
Petrificada ostra de ostroso lucimiento,
Son mentes que no observan, son ojos que no ven
La huella de tu mano, el perfume de tu piel.

Y si no ven esto, que es tan evidente,
Cómo pedirles que vean, que sientan
Que escuchen, palpiten, comprendan
Lo vívido de tu presencia, de tu voz
Diciendo simplemente: la tomé del mar

Y la ostra, antigua, vetusta y macerada,
Cobra el sonido de tu risa, y fiel lo guarda,
Atesora el brillo de tus ojos, y lo oculta
Y luego me lo obsequia, para que a solas
Pueda recordarlo, disfrutarlo, tenerlo, amarlo

La huella de tu mano, el perfume de tu piel
El sonido de tu risa y el brillo de tus ojos
El blanco de tus dientes, el roce de tus labios
Tu presencia, toda tu presencia, toda ella entera
Gracias a la ostra, todavía hoy conmigo tengo.

 

Estoy caminando

Estoy caminando una calle cualquiera
Mis ojos no miran,
Para eso están los de los otros,
Para que miren
Por donde yo transito mi paso cansado
Y que se cuiden,
De mi andar apresurado y pausado
Pues mi apuro se debe
A que estoy en una ciudad sin perros.
No, no son perros esos
Que llevan con cuidadoso cuidado
De a cuatro, cinco o diez
Los paseaperros de veredas ocupadas,
Esos son canes, tristes
Canes de departamentos apilados.
Los perros son otros,
Los de dientes afilados, de colas libres,
Ondeantes, sucios
Lomos, patas fuertes y de orines marcados.
Esos son los perros
Que esta ciudad no tiene, no quiere.
Como no quiere hombres,
Ni mujeres esta ciudad desea ni quiere
Le basta con los oficinistas,
Los abogados, los doctores, los taxistas,
Le alcanza con las modelos,
Las vendedoras, las floristas y alguna que otra
Puta alzada en celo
Por eso me camino despacio, lento, terco
Una calle cualquiera,
Por eso es que no veo, que vean otros
Lo que no quiero ver.
Que ellos gasten sus ojos viendo lo que no está
Que gasten sus zapatos,
Apurados, corriendo corridos todos los días,
Todos los meses, los años
A mí me basta con el andar apurado, urgente,
De caminar por dentro,
Por donde tus manos anduvieron y siguen andando,
Por esa esquina dibujada,
Tal vez hasta pintada y acuarelada en besos
Y para eso no necesito ni quiero
Ojos que vean lo que yo veo, y siento y quiero.
Hasta tal vez no necesite
Caminar una calle cualquiera, basta que me pare
En un adoquín de luna
Y vea hombres y mujeres, y perros, muchos perros
De dientes apretados,
De patas fuertes, de lomos sucios, de colas libres,
Para eso tengo estos ojos
Los que no tienen otros, los que nadie más tiene.

 

Almas gemelas

Llegas, arrebujada de palabras,
Cubriendo con letras tu frescura.
Te hojarascas en frases escogidas...
Prolijamente escogidas,
Para cubrir a la ansiosa niña
Que en una tierra sin agua,
Va en busca de su libertad querida.

Te recibo con humos de silencio,
Acuno tu gramática en mirar callado,
Y en el sigilo con que arrullo
La pausa vehemente de tus tiempos...
Te descubro nuevamente niña
Sobria, prudente de valor alzada.

Blindada y blandiente atizas mi alma,
Sin saber sabiendo cuán atizada está.
Y te vuelves, grácil, al escudo de tus verbos,
A la adjetivación constante de niña asustada
Que todavía busca, incesante, inconsciente,
Sentir cobijo suave, profundo y tierno.

Veo verte venir, con la sonrisa letrada,
Y me amplío, callado... para que te expandas
Hasta el límite justo, preciso, estudiado,
De la niña encantada, que en la comisura deja,
Apenas asomado, el deseo querido y temido,
De un tiempo pasado, de un tiempo alcanzado.

Te asomas mujer, verborrágica y tierna,
Desgranas mil temas, prolijos, fecundos,
Intentando evitar que en los ojos del cuerpo,
En los gestos del alma, atisbe la niña guardada.
Infantil te retozas, gozosa de tu madurez
En un juego sencillo de candor y empeño.

Pero hay un momento, imperceptible, fútil,
En que rindes tu condición de mujer
Y la niña se asoma, sonriente y confiada
Y toma con su mano, por mí esperada
Mi vida y mi sueño, por tanto guardado.
Dos almas gemelas, distintas e iguales,
Al final de un camino se han encontrado.

 

Yo no pisé Manhattan

Yo no pisé Manhattan,
Tampoco fui a Miami,
Jamás estuve en Davos,
No conozco Francfort,
No vi el sol de Mónaco,
Ni brumas en Londres,
No sé del frío de Montreal,
Ni del calor de Cancún
Ni de la bohemia de París,
Ignoro cómo es Roma,
Sólo sé el nombre de Berna
Nada vi de Nueva York,
No tuve marchas en Madrid

No me aturdieron las bombas en Gaza.
No me emocioné en Moncada,
No pasé hambre en Somalia
No tuve miedo en Saigón,
No lloré en Hiroshima ni en Nagasaki,
No me desangré en Nigera,
Ni en Laos, Camboya o Liberia.
No me despedacé en Montenegro,
No estuve tembloroso en Tel Aviv,
No corrí ni he muerto en Tlatelolco,
No fui invadido en Afganistán
No me atrincheré en Irak,
No he sido sospechoso en Dublín.

Como bien puedes ver, no he sido
Un ciudadano, de esos que llaman
Del mundo, de recorrer el mundo.
He sido un simple mortal sedentario,
Aferrado a mi tierra, mis amores, mi cielo,
Y sin embargo y no obstante ello,
Me he desgarrado en todos y cada uno
De esos tantos lugares del mundo,
en muchos con bronca, porque en ellos,
ciegos ojos de duras caras matan,
con sonrisa en los labios y apretones de manos,
Y en otros, porque han lacerado mi alma
Mil muertes injustas, mil niños llorando.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 20 de septiembre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes