Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 113
30 de agosto de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Huérfano de Elisa
Armando Oscar Borgeaud y Osvaldo Julio Croce

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Por tan poca cosa sentirse secretamente feliz, por levantarse temprano un domingo a jugar a la soledad —Elisa viajó a Buenos Aires— y ensuciarse los dedos con la tinta fresca del infaltable diario local.

Luis saborea un poco de queso blando, los ojos yéndose por la ventana con los ruidos leves del madrugón. Planifica el día entero entre surcos de silencio que el ronroneo de la heladera abre en la mañana fresca.

Desde su casa natal, cuando las tardes eran más lentas, escuchaba el jadeo de las máquinas ferroviarias intentando subir cuestas imaginarias; cada tanto el silbato pidiendo auxilio, la voz de su mamá llamando al calor seguro de la cocina, el vaso de leche, las tostadas con manteca.

Había en aquella melancólica embajada una radio eléctrica sobre un estante del armario; él rezaba en voz baja alguna lección; escuchaban tangos, boleros, valses; crepitaban alegría las milanesas y el guardapolvos escolar desde el respaldo de una silla era centinela con distintivo azul.

Ceba un mate; el periódico —partitura que nadie silba— tendido bajo la pava y el estuche de los anteojos, escarabajo marrón. Corta una última tajadita de queso, lo devuelve al refrigerador. Desliza su sombra entre manchas de sol.

Desde el dormitorio, a la íntima luz del velador, percibe desinflarse el pulmón de la calle; tabletean las persianas asordinadas de algunos negocios; mira sobre la cómoda una pequeña caja de madera labrada que su padre muerto hizo, como pudo, a los doce años. Renueva la certeza: algo ocurrirá alguna vez.

Sale sin apuro; contempla la casa detenido en la isla de su vereda. Ha de sufrir las ausencias de luces, piensa; tendrá insomnios sin pasos apurados, aliento caliente en las siestas de verano. Con los años le parece cada vez más grande; posee rincones donde pararse a llorar, cajones cerrados para siempre.

Luis camina dominguero, recorre todo con la mirada del último acomodador del cine América. Una esquina resplandece dentro suyo; lo detiene el recuerdo de una sombra: pantuflas, camiseta blanca, pantalón pijama. Tantos años sentado en el escalón de mármol ahuecado de pisadas, jubilado vigía de aquella casa colonial, paredes oscuras, yuyos en la cornisa. A veces, memora el paseante, lo encontrábamos apoyado en el plátano junto al cordón, buscando entre los cables con su mirada en alto, esperando vaya a saber qué. Tal vez la muerte que al final llegó.

Algunos bocinazos lo hacen reaccionar en medio del tránsito; se apura; llega a la otra orilla. Equilibrista entre tiempos, entra a la panadería; piso recién lavado, aroma antiguo de cigarrillos negros. Fecundo olor de levadura cae sobre el platillo de la balanza, cruje pan caliente en la bolsa, milonguea el aire por la cortina desmemoriada de colores.

Luis vuelve por las diez de la mañana; canta entre árboles. Justifica un vino tinto de buena calidad en el almuerzo: por tantos ayeres, por la pobre Elisa que andará perdida entre parientes capitalinos y ganas de subir a cualquier ómnibus que la devuelva por aquí.

Sobre la pared llagada de humedad y pintura verde cuelga un espejo con la puerta del bar por donde aparece el hombre llevando la bolsa preñada de pan. Ante sus ojos dos sillas de plástico, el petrificado borracho de costumbre, el paisaje nevado que desespera cagado por moscas; un almanaque Ferretería París —escultural rubia semidesnuda, sonriente, ofrece pomos de "Pegamento Pajarito"— eterno en Abril 14.

Las fotos se burlan, piensa Luis, esta mujer es una abuela sin remedio; echa los codos sobre un mostrador encharcado de caña. Abraza con la zurda una botella de cuello largo, etiqueta sobria, Vino Fino Tinto, pregunta cuánto es, saca billetes con la derecha, como prestidigitador manco.

Sale del espejo y del bar. El borracho dice salud; responde lo mismo.

Cruza la plaza; vuelve de la mano segura de papá, disipando el miedo con fuerza, rescatado de otra mañana infantil con cielo oscuro y palmeras como pájaros terribles.

De regreso en su casa Luis prepara la comida en silencio, nítida la presencia del abuelo. Corta y agrega hojitas de laurel en la cacerola abollada de cumplir su misión; las hornallas sisean suaves en esta cocina que también es mano protectora. Desde allí cada año Elisa anuncia que los días se acortan y él siente que ha perdido algo para siempre.

Por sobre el hombro puede verla planchando en la luz opaca del atardecer, pero hoy está solo. Tiende un mantel, un plato, sirve directamente de la cacerola. Se sienta, despliega aquella servilleta con iniciales bordadas que era de la abuela, mastica despacio, siente el sabor de los bocados, paladea el vino, deja que lo envuelva la radio sin apuro.

Dos, tres pitazos de sobremesa, lee artículos políticos, sirve café con dos de azúcar. Se descalza; imagina las costuras de brea —venas de las calles sin nadie— los gorriones entre la siesta, que huyen del cielo inaguantablemente azul.

Al rato busca la calma de la siesta.

Cuando se despierta decide pasar el trapo de piso por las baldosas del patio; dan las seis, llega otro golpe de añoranza. Huérfano de Elisa elige una silla desvencijada, una voz profesional que lee la síntesis final de la jornada desde otra radio, más chica.

Más tarde pone en marcha la bandeja giradiscos, herencia de su adolescencia. Busca en un estante alejado de los discos compactos, saca el sobre cuadrado de un vinilo, mira la foto, extrae el círculo negro, limpia una pelusa, apoya la púa con suavidad.

Luis vibra como cada vez con la música de Piazzolla.

Marejadas de sombra inundan todo; Elisa tardará todavía un poco; el bandoneón lo disuelve en la penumbra rayada por los focos que corren sin rumbo atrás de la persiana.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 20 de septiembre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes