Historia con luna
Y busca en espiral esa mañana que se le perdió en el mes de todos los santos. Revisó los amplios
bolsillos de sus pantalones, porque ahí suele tener casi todas las cosas importantes, buscó y encontró
dos facturas vencidas, medio beso, un horario escolar fuera de uso, los pétalos de un diente de león y al
fondo una posibilidad doblada a la mitad y luego otra vez a la mitad y después vuelta un triángulo que al
doblarse las orillas cambiándole el perfil y volteándola podría convertirse en barco. La mañana no
estaba, supuso entonces que se habría salido como tantas otras cosas importantes que han rodado fuera de
sus bolsillos justo en el momento en que sus ojos se distraen atendiendo el sentido de los autos que
transitan junto al suyo. Tramita por la tarde la devolución de esa mañana en específico, pero en la
oficina de los objetos extraviados le espetan que ahí no hay mañanas, nunca han existido y que si alguna
se extravía sinceramente dudan que vaya a dar ahí. Frunce un poco el ceño y recuerda que al despertar
pensó en armar un barco de papel. Pero sucedió que al querer tomar la mañana y subirse al día que le
esperaba, se dio cuenta del grave problema, ya no había mañana. Se sienta en la banqueta con los codos
sobre las rodillas, el mentón en las manos y los ojos en la luna. Cae la noche y se entristece, sabe que
esa mañana era importante y ya no la tiene, y al no tenerla no puede recordar por qué lo era. Ha dejado de
ver la luna, atisba el asfalto y en ese instante se da cuenta que sus bolsillos amplios están sufriendo de
fuga nuevamente; intenta tapar las salidas pero se topa con una mano ajena que sostiene los elementos
fugados y trae consigo una sonrisa entera y un barquito de papel.
Historia con sol
Abre los ojos sin salir del sueño. Se baña en recuerdos fragmentados de una vida que ya no vive
mientras intenta delinear las verdades de la vida en que ahora se desliza. Siente en la mano el picaporte de
la puerta y guardando las proporciones se dispone a tomar por asalto el día que comienza. Tal como lo hizo
la mañana de hace dos mañanas y como lo hará probablemente la siguiente, decide que ese día también se
ganará el pan suyo y compartido de cada quincena y así entonces labora las ocho horas correspondientes.
Como lo prometido es deuda y ella es obsesiva, al final de la jornada ayuda a contar historias recortando
pedazos de papel; busca y encuentra peces con y sin pecera, piernas sin rostros, brazos sin torsos, cabellos
enmelenados, corazones extraviados, una mariposa con alas de hilo y una que otra mirada perdida que, al
encontrarla, aparece muy campante paseándose sobre una piel, ajena por recién conocida, que entremezclada
con los pedazos de sueño que aún la acosaban, le resulta maravillosa. No pudo ella saber esa noche si se
debía a la coloración delicadamente triste que bordea esos ojos que la enternecen tanto, o fueron las
ganas ondulatorias que esa piel iluminada le provoca en la punta de los dedos lo que al cabo de varios soles
y algunas lunas le tatuaron el recuerdo entre párpado, pestaña y boca. En alguna mañana extraviada, ella
estuvo mirando el cielo y contaba a la par de las nubes los caminos, cuando se dio cuenta cómo una brecha
con temor de puente se salvaba momento a momento de llegar a ella. Se quedó quieta, cerró los ojos, el
signo en su frente se dolió y entonces lo supo. La brecha no la intersectará, porque él con su
maravillosa piel a cuestas aún busca en espiral una mañana que se le perdió en el mes de todos los
santos, y su equipaje no cabe en el barquito de papel que ella, vuelta Penélope, dobla y desdobla con
esmero en tanto mira el cielo y vuelve a contar a la par de las nubes, los caminos.