Destino
Respiro azufre y llamas, y me inflamo internado en memorias,
en temperaturas de abrazos y besos perdidos,
sobre incendios nocturnos, sobre oscuros claveles mojados,
sobre el gemido de pobres rosas blancas sacudidas en mi mesa,
sobre la más porfiada luz que habita en la carne
y en la sangre de este loco mundo nuestro.
¿Cuánto más? ¿cuánto menos?:
el viento del sur aviva su rojo movimiento,
y el fósforo amanece envolviendo mi pacto imperfecto,
haciendo de mí leño frágil y seco
expuesto al ardor del amor o al loco atrevimiento de la sangre.
El auxilio celeste invoco,
y él me mata y me lanza rostro en tierra con su lluvia intempestiva,
y en su ayuda mi barro arde como la vieja herida del alma
que niega arrancar de mí esta entendible inquietud:
más me daña, más me vive; más me muero, más siento.
¡No, no puedo estar tan equivocado!
porque si al fondo de la tierra he bajado
después del arduo trabajo mortal,
mi largo camino aún se contenta en la cruz
y los reposos que otea en su distancia.
Y yo grito con mis ojos apretados:
¡aquéllos que ignoran el silencio,
aquéllos que no saben de agonías ni de muertes;
vengan a mi lado a conocer este calor persistente;
vengan y aprecien en mi fuego aquello
que les falta para sentirse vivos como yo!
Vengan a verme vivo al amar y al pecar,
al sanar y al morir en mi muerte naciendo.
¡Sí!, porque mi vida más que mía es del amor y del pecado:
en el mar, en el cielo, en el bien, en el mal
y en todo lo que eso me ha dado
para no sentirme equivocado, sino libre y amado.
Átomo
Del alto carruaje silvestre caen las frutas maduras
en las anchas zanjas del arte intempestivo,
y en la tierra la vida salvaje sigue machacando sin frenos
su continua intervención revestida de azul.
Se sucede y multiplica en las grandes baladas nocturnas
lo que ha sido inexplicable para siglos y leyes humanas,
y el incienso molido prepara hoy su alucinante vuelo
y el serio deseo de repetir su calurosa manifestación patriarcal.
Las frutas maduras están en mis manos
tiñendo con vapores su fundamental misterio,
y junto a ellas se cuelan el vino y el pan
por las múltiples rendijas del sueño.
Todo viene brincando como un átomo
envuelto en su desesperado milagro,
dispuesto él a estallar su programación
en el territorio del fuego aguardando en las brasas.
Abren la profundidad del pecho prematuros latidos
de un adorable sistema de besos y abrazos
capaces de encender con su color
la mutación expectante de la piel...
...dichosa la piel en mi memoria desgreñada,
en cuyos labios sensitivos se dibuja
la vertiginosa precipitación de los espasmos.
Dichosa el alma que ignora la luz abatida por las nubes
y disfruta la coronación de su mullida capital nocturna
junto a peces y algas transparentes.
Siguen las frutas donando su jugo,
y en esta febril bebida de dioses
escribo embriagado y aturdido en caída vertical,
proyectando cuerpos desnudos en las diversas inmediaciones del aire.
Cúpulas
Al tronar el relámpago del verso que ilumina
la sureña magnitud de este otoño,
llegan las cúpulas audaces
abriendo paso a la fragancia
de intensos besos terrestres.
Llega el polen con su corazón mojado
en las estancias del norte,
espera en el sur el obrero de los versos
la dulce oferta de la abeja en sus patitas.
Así celebramos la espera, el trabajo,
el sacrificio, la miel y el pan.
Bebamos, pues, amada mía,
el vino guardado en las bodegas,
y ahora que la lluvia ha limpiado el aire
y abunda el oxígeno de las ardorosas hazañas,
encendamos la lucha y el sudor
hasta encontrarnos desnudos en la luz de la mañana.
Enredo amarillo
Llegará el instante bendito en que el fósforo aumentado
quemará zapatos, cinturones y locos relojes.
Los botones, entonces, saldrán batiendo la emigración
de sus redondas alas lejos de la herencia y del nido.
Llegará el día anhelado, cuando la bengala
salte aclamando su luminosa pirotecnia,
y empuñando su afilada alegría
en la cómplice presencia del petróleo
arrasará camisetas, pantalones,
ombligos y gordas agendas.
Desembotellaremos, entonces, la energía contenida
en el vino dorado y encerrada en la genial imaginación.
Habrá que desempolvar también el costo y la materia
de tan deliberada inspiración del espíritu.
Desencuadernaremos, aun más, la celulosa confección
y la imperfecta resistencia del extenso calendario urbano
que apuntó en su alma el día del dulce delito.
Arrancaremos sus hojas, una tras otra, beso tras beso,
hasta agotar en la pasión el orden perfecto
de los inocentes números sorprendidos en la noche.
Primavera, verano, otoño e invierno serán en medio nuestro
la increíble estación inventada en el secreto.
La geografía, toda inevitable, irá levantando su espalda
con hojas amarillas repartidas en las sendas de este otoño preñado,
y en medio de tantas láminas de oro crecerá un fantástico fuerte
de troncos ancestrales cruzando con su savia explosiva
las delicadas fronteras de la vida.
Mis raíces intervendrán con románticas vocales
el húmedo seno en tu tierra,
y desde el fondo del útero habitado
explotará el poder del fuego multiplicando anchos ríos azufrados.
Habrá sangre y vida. Habrá piel contra piel.
Habrá dulces palabras arrullando en los labios,
y nuestras sílabas coquetas vagarán inventando
mil corazones en la periferia del oído,
hasta morir todas ahogadas en el huerto en donde crecen
y entregan su vida los besos prohibidos.
Habrá un encuentro de cuerpos desnudos
asumiendo su mundanal pobreza;
y en medio de tan alborotado hacinamiento
guardaremos las caricias en este pedazo de otoño,
esperando el momento indicado en que volvamos a empezar
con la ayuda de un nuevo y romántico beso.
Vértigos
Apenas el dolor permite recordar cómo fue mi vida ayer:
cómo mi corazón rugió con la inquietud del más poderoso ciclón.
Este día soy navío a la deriva, una hoja entregada
a fríos vaivenes de una enorme tempestad de desengaños.
Viajo envuelto en locas direcciones,
velocidades y arrugados vértigos de plomo.
¡Desencadenados están todos los dolores!
¡todos los flacos atributos de la muerte!
¡Ha muerto el Rey! ¡Qué terrible noticia!
Ha caído de su trono, tal como cae un vago elemento descompuesto.
¡Cubran pronto mis ojos con un pétalo de auxilio azul!,
no quiero contemplar la mortandad en mis manos,
ni el gris hechizo que deforma mis caballos y tropas,
ni el duro sendero de piedras que va manchando mi herida
camino al hospital que hierve instalado bajo grandes nubes negras.
¡Que vengan, por favor, el silencio y la noche,
que lleguen con su cerrada y efectiva terapia!
¡Mi corazón sólo quiere dormir!
Lenguaje
Yo dibujo un preciso camino en los estambres de la tierra,
y en mi contundente paso canto el lenguaje
de la lluvia que humedece mis zapatos:
y esto me sucede porque vivo convencido
de que el crudo invierno de mi patria
jamás se ha desocupado de mí, y después del peso de su frío mensaje
brillará la promesa de que pronto el sol entibiará
la tierra y el agua de mis manos,
y todo con el fin de recibir la primavera,
su perfecto arco iris y un genial regalo de colores.
Y cuando lleguen a mi barro su sonrisa y sus palabras,
un verde instrumento establecerá el sonido nuevamente en mi ventana:
sin desiertos ni vanos apetitos.
Sin la sombra que fue subiendo y cubriendo con penumbras
mi escolar diccionario amarillo:
ese libro lleno de palabras despeinadas,
sílabas que soltaron cartas y crecieron escondiendo sueños
bajo la cándida humedad de mi cama.
Y mañana, otra vez, como la luna en las alturas
de los versos, mi corazón arderá con las estrellas
que brillan para todos los amantes que se atan azules de amor
en los cálidos jardines de la noche.
Y con mis manos repletas de canciones,
amaré la vida dándole mi vida al amor.
Nombre
Mi nombre es Daniel, y no puedo pasar un solo día
de mi eléctrica existencia sin recordar que me llamo Daniel.
Mi nombre ha sido siempre inquieto;
ha pasado largas travesías de su vida
viajando entre el cielo y la tierra,
acarreando sencillas canciones de agua
y aplausos de luz o tierra vegetal.
Mi nombre tiene los números y el incansable movimiento de un reloj:
se contenta cuando en el canto cierro repentinamente los ojos
para reposar el día, y se alegra también cuando alzo
mis robustas cejas atendiendo a las horas
que asoman su nariz ardiendo en la distancia.
Algunas veces mi nombre también ha perdido su noble identidad:
sobre todo cuando en la hora nocturna
han llegado extravagantes pájaros picoteando silbidos y sueños,
todos con artes de Daniel y de nombre.
Sin embargo, yo no puedo ser lo que soy, sin mi nombre,
sin su color de paz y su olor a guerra,
sin el latido blanco que vive encendido en el alma bendita
de la harina interpretada en su sonrisa del pan.
Yo no puedo ser yo sin el luto de mi nombre,
parecido al rumor del carbón oculto en las entrañas de mi pueblo,
que revienta su oscura energía revelando su gris homenaje
a las altas rodillas del sol sobre los cerros.
Mi nombre compró hace muchos años las alas infinitas de un sueño,
y en él va elevándose hasta el silencio más alejado del cielo.
Y como un rugido presente en las cumbres terrenas del invierno,
vuela desnudando su vértebra, su marcha en el horizonte de los ojos,
y luego vuelve depositando sus respuestas junto a mis zapatos,
los mismos que caminan conmigo mis caminos cada día.