Las ratas están de fiesta
Azúcar recorría las calles deprisa, como si las conociera desde siempre. El cielo prometía
desmoronarse de nuevo. Esos días de finales de mayo eran difíciles para todos los que osaban buscar el pan
y el vino cuando caía la noche. Era hora de un descanso. El trayecto fue más largo que otras jornadas,
sólo algunas parejas insípidas, protegidas por el descaro, hacían acto de presencia sin ver más allá de
sus bocas. Con los pies adoloridos se despojó de los tremendos tacones rojos que amenazaban con hacerla
caer, tan pronto pisó la entrada del parque comunal. —Lindos zapatos —pensó al deshacerse de ellos,
echándolos de un golpe en la fuente de tortugas hambrientas.
Gotas de lluvia le salpicaban la cara, hacía tanto que no sentía los dedos de Dios acariciándole la
piel. Encendió el último cigarrillo bajo el puente de enamorados y suspiró, tragando el humo del aire a
bocanadas. Los gemidos de una pareja distante chocaban en sus oídos como una historia repetida. Allí en el
anonimato era libre al fin para llorar a cántaros; por ese que le quitó todo lo que le sobraba, que le dio
de lo que no tenía. Corrió hacia la lluvia, persiguiéndola, cuando el sonido se volvía insoportable. Se
sentó hasta verse inundada de la magia del cielo y destrozó la poca tela que le envolvía las piernas,
dejándola arrinconada sobre el banco de cemento agrietado que le sirvió de trono por unos segundos. Se
levantó casi de inmediato, nacieron en ella unas ganas enormes de continuar. A cada paso sentía el alma
empaparse de alivio; se despojaba de espíritus cansados.
—Anselmo solía llevarme en brazos a visitar el mar, a flotar por la arena —repetía como haciéndole
eco al recuerdo. Esos días eran azules aunque la virgen llorara de vez en cuando.
Sin darse cuenta palpó su cuello delicado y sus dedos recorrieron casi espontáneamente el pecho.
Colgaba de éste el medallón de mamá, que grabado en letras de oro decía: "Con el tipo de amor que
nunca muere"... entonces tuvo la sensación de llevar un collar de espinas amarrado a la garganta y por
un momento no pudo respirar. Pensaba tanto en ella, sobre todo cuando la noche arropaba sin piedad su
corazón. No es que fuera fácil sobrevivir a la distancia, a la muerte; al contrario la vida suele volverse
agria e insignificante para los que quedan.
—Hubiera querido seguirte, pero sabes cuán fría es la eternidad —suspiró.
De vuelta a la realidad, al advertir el rosario de la abuela enredado en su mano, posó los ojos en la
oscuridad seductora. Con la intención de evocar una plegaria, se arrodilló sobre los adoquines añejos con
los huesos desnudos, en medio de los sollozos placenteros de ratas vecinas.
—Triste mi historia, señora amada, si supieras que tu fe me ha condenado a los extremos de ni siquiera
dejarme pisar su templo de piedra.
Cerró sus puños fuertemente al sentir el golpe de la lluvia en su cara, quemándola, y estalló entre
ellas el legado. Pedazos del rosario llenaron el suelo de sacrilegio para algunos, de idolatría para otros.
Y vino el deseo de acostarse en medio de este rompecabezas, pero maldijo el impulso. Sintiendo vergüenza
dejó atrás el instrumento divino hecho pedazos. Prosiguió su camino hasta que los pasos de un extraño le
llenaron de terror. Entre la neblina divisó la imagen de un niño que se acercaba sigiloso.
—¿Qué haces aquí a estas horas de la noche? —preguntó curiosa, tratando de recordar dónde había
visto antes esos labios.
—Escapé —susurró él, esquivando la mirada.
—¿Hacia dónde van? —inquirió al notar que no estaba solo.
—Aún no lo sabemos —contestó el niño, mientras acariciaba con brusquedad al pajarillo que tenía
atrapado en el puño; sonrió.
—Deberías dejarlo ir, seguramente alguien lo espera —recorrió con la mirada los árboles.
—¿Acaso quieres que lo deje en libertad?, no sabes el tiempo que he perdido en su captura —sus ojos
parecieron entristecer.
—Es tu decisión. Vuelve a tu casa, niño, no sospechas lo peligroso que es pasar la noche en estas
calles; podrían lastimarte —dio la espalda, alejándose a pasos agigantados.
—Si le temes tanto a estas calles, entonces... ¡sé libre, Azúcar!
Un hilo de frío recorrió su espalda casi desnuda, deteniéndole al instante los pies al ver sobrevolar
sobre su cabeza aquellas alas. El terror se apoderó de sus sentidos al recordar los femeninos labios.
—Pronto —susurró sin atreverse a mirar atrás.
El frío inescrupuloso se colaba por las ventanas de su alma. El pecho que tanto placer vendió ahora
sólo era una burla para ella misma. Los árboles se movían rabiosos en complicidad con el viento, las
hojas revoloteaban violentas, cortándole los muslos al caer. Sus ojos se humedecieron al adentrarse en las
profundidades del parque que la tragaba y recordar. Sacó la polvera de su bolso y se rozó los labios con
la lengua tibia. Vio su reflejo invertido en el espejo.
—Estos labios son parte de tu femineidad dulzona —le dijo alguna vez Anselmo, el mismo que al final
se enamoró del misterio de su boca, de lo prohibido de su entrepierna.
Se revolcó el cabello con las manos, como buscando alejar la memoria, como se espanta un mosquito. Más
allá una vieja mecedora infantil esperaba.
Se columpió atrevida, agarrándose de las sogas débilmente hasta perder el equilibrio. Enlodada,
sucumbió ante la tentación de retomar las riendas; regresó sin mayor prisa al punto de origen. La fuente
de tortugas olvidadas esperaba ansiosa bañarla en sus aguas. Se zambulló mientras la marejada sucia le
salpicaba el rostro, con tanta fuerza que sus oídos comenzaron a retumbar. Todo lo que tocó se convertía
en cenizas que saltaban de sus manos. Como esos seres distantes que se le habían perdido; como ella se
esfumó del camino de Dios. Moribunda dejó a sus ojos escupir una lágrima por la mujer que dio la vida por
alejarla de las garras del incesto.
—Pobre de ellos y de la abuela con su fe...
La encontraron temprano. La cabeza sumergida, y las manos entrelazadas sosteniendo el rosario de la
abuela. Los curiosos movidos por un morbo natural se arremolinaron. Algunos clientes infieles evaluaban
sustitutas. Entre tanto, el predicador más ferviente condenaba en público la escena, y maldecía en
privado la ausencia. Padres de familia aceleraban el paso con sus hijos de la mano, rogándole al Señor que
el motivo de tal acción no se debiera al hallazgo de alguna enfermedad silente, de esas que no pasan de
moda. Prometiendo castrarse si sucumbían nuevamente ante tal tentación. Las chismosas del barrio
revoloteaban en busca de los detalles más escabrosos, con el estómago característico de un forense. Sin
imaginar que la mayoría de sus esposos navegó más de una vez en las aguas profundas de la infidelidad.
Cerca de las doce, cuando el calor amenazaba con reventar, la arrancaron de allí. Inolvidables y con
perfección casi celestial, flotaban dos tacones rojos junto a la única prueba de una virilidad olvidada;
carcomida por las tortugas hambrientas del parque.
Flores para tu boca de cemento
Los quejidos de un calendario ultrajado me contraen. Sobre la mesa un vaso se desborda, hinchando la
madera. Juego con el reloj, viudo de minutero: son las once y algo. Fuera me espera un domingo de primarias,
calles abarrotadas por emigrantes de la capital. ¡Que celebren los cuervos! ¡Que mueran las bocas con
tendencia a los excesos! Saco mi banderín, aleteando por las ventanas. El marco de tu foto baila vacío,
mareando las paredes. Con ojos pequeños persigo el vaivén, cae... se detiene... sinfonía ruidosa el
choque del borde contra el suelo. De pronto, todo es paz, un eco golpea mis oídos ciegos, jadeante copulo
en desorden con una voz. Buscando calles, siembro flores en tu boca de cemento.
Toallas sucias
Sábado en la memoria, descubro por la casa mil escondites. A mitad de la escalera, foto familiar se
impone. Ojos paternos, fijos, traspasándome el pecho. El perro ladra hambriento, mordiendo el cuello de las
muñecas. Rosas secas en el jardín, piscina de verano invadida por el hongo. Armario oloroso a madre que no
llega. Miro el reloj, saco cuentas, la tarde cae maliciosa. El sonido de los autos me detiene en la ventana.
Dentro, truenan quejidos de violencia. Enciendo la radio, programa infantil; obsequio de fin de semana.
Salto, grito, canto fuerte, no quiero escuchar otra voz que no sea la que sale por mi garganta. No quiero
oír... no quiero oír... no quiero oír... De repente, la música cesa. Retrocedo, enmudezco, cierro los
puños. Boca paterna me persigue, estoy castigada, terminó el juego. Sube por mi vestido... me hala...
caigo.
—¡Incluiré a la puta de tu madre en la lista de mis muertos!
Medio pasillo más tarde, se cierran las puertas del cielo. Las toallas están sucias, y ya es hora del
baño.
Entre los dedos: mi complemento eterno
Viajaba por las esquinas inimaginables de los sueños, inspirada en lo que se debió transformar mi vida
alguna vez. Cuando sentí una fuerza malévola recorriéndome con placer, ahuyentando tabúes primitivos.
Dedos miserables que osaban despertarme para suplicar un poco de amor. Con la boca aún reseca, fijé los
ojos en el lado izquierdo de la cama desnuda y sonreí... qué difícil se hace a veces evitar los
recuerdos, asesinar la memoria. Era una de esas madrugadas frías que insistían en ponerme los pelos de
punta, simplemente no estaba acostumbrada a tanta soledad. Siempre tan rodeada de fantasmas traviesos, de
prosa, de poesía. Y ahora que apenas recordaba mi nombre, el silencio de una madre, la presencia de
hermanos; si es que alguna vez existieron.
Me apoyé en el rincón vacío de la cama, recorriendo la habitación semi alumbrada con los ojos aún
dormidos. Como vagando por el pasado, iba rescatando trayectos escondidos de mi infancia. Tenía claro lo
que fui en un principio, no en lo que me estaba convirtiendo.
Frotaba el colchón buscando ese, mi complemento eterno. Sabrá la vida si alguna vez lo tuve tan cerca.
Entre mis manos latía aún la piel de tantos...
De un golpe salté. El suelo me esperaba ansioso, buscando poner de nuevo mis pies sobre la tierra; no
más sueños. Hasta entonces me di cuenta de que había tomado con tanta calma mi paso por la vida, atrapada
en ese miedo que me obligó a refugiarme en mi peor enemiga; yo misma. Nadie ha osado hacerme tanto daño.
Se han evaporado los amigos, las noches de bohemia, los regalos; sobre todo mi sangre...
Regreso, aún quedan nueve dedos de mi vida por contar...