Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 114
20 de septiembre de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Cuentos
María Estrella Pérez

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Las ratas están de fiesta

Azúcar recorría las calles deprisa, como si las conociera desde siempre. El cielo prometía desmoronarse de nuevo. Esos días de finales de mayo eran difíciles para todos los que osaban buscar el pan y el vino cuando caía la noche. Era hora de un descanso. El trayecto fue más largo que otras jornadas, sólo algunas parejas insípidas, protegidas por el descaro, hacían acto de presencia sin ver más allá de sus bocas. Con los pies adoloridos se despojó de los tremendos tacones rojos que amenazaban con hacerla caer, tan pronto pisó la entrada del parque comunal. —Lindos zapatos —pensó al deshacerse de ellos, echándolos de un golpe en la fuente de tortugas hambrientas.

Gotas de lluvia le salpicaban la cara, hacía tanto que no sentía los dedos de Dios acariciándole la piel. Encendió el último cigarrillo bajo el puente de enamorados y suspiró, tragando el humo del aire a bocanadas. Los gemidos de una pareja distante chocaban en sus oídos como una historia repetida. Allí en el anonimato era libre al fin para llorar a cántaros; por ese que le quitó todo lo que le sobraba, que le dio de lo que no tenía. Corrió hacia la lluvia, persiguiéndola, cuando el sonido se volvía insoportable. Se sentó hasta verse inundada de la magia del cielo y destrozó la poca tela que le envolvía las piernas, dejándola arrinconada sobre el banco de cemento agrietado que le sirvió de trono por unos segundos. Se levantó casi de inmediato, nacieron en ella unas ganas enormes de continuar. A cada paso sentía el alma empaparse de alivio; se despojaba de espíritus cansados.

—Anselmo solía llevarme en brazos a visitar el mar, a flotar por la arena —repetía como haciéndole eco al recuerdo. Esos días eran azules aunque la virgen llorara de vez en cuando.

Sin darse cuenta palpó su cuello delicado y sus dedos recorrieron casi espontáneamente el pecho. Colgaba de éste el medallón de mamá, que grabado en letras de oro decía: "Con el tipo de amor que nunca muere"... entonces tuvo la sensación de llevar un collar de espinas amarrado a la garganta y por un momento no pudo respirar. Pensaba tanto en ella, sobre todo cuando la noche arropaba sin piedad su corazón. No es que fuera fácil sobrevivir a la distancia, a la muerte; al contrario la vida suele volverse agria e insignificante para los que quedan.

—Hubiera querido seguirte, pero sabes cuán fría es la eternidad —suspiró.

De vuelta a la realidad, al advertir el rosario de la abuela enredado en su mano, posó los ojos en la oscuridad seductora. Con la intención de evocar una plegaria, se arrodilló sobre los adoquines añejos con los huesos desnudos, en medio de los sollozos placenteros de ratas vecinas.

—Triste mi historia, señora amada, si supieras que tu fe me ha condenado a los extremos de ni siquiera dejarme pisar su templo de piedra.

Cerró sus puños fuertemente al sentir el golpe de la lluvia en su cara, quemándola, y estalló entre ellas el legado. Pedazos del rosario llenaron el suelo de sacrilegio para algunos, de idolatría para otros. Y vino el deseo de acostarse en medio de este rompecabezas, pero maldijo el impulso. Sintiendo vergüenza dejó atrás el instrumento divino hecho pedazos. Prosiguió su camino hasta que los pasos de un extraño le llenaron de terror. Entre la neblina divisó la imagen de un niño que se acercaba sigiloso.

—¿Qué haces aquí a estas horas de la noche? —preguntó curiosa, tratando de recordar dónde había visto antes esos labios.

—Escapé —susurró él, esquivando la mirada.

—¿Hacia dónde van? —inquirió al notar que no estaba solo.

—Aún no lo sabemos —contestó el niño, mientras acariciaba con brusquedad al pajarillo que tenía atrapado en el puño; sonrió.

—Deberías dejarlo ir, seguramente alguien lo espera —recorrió con la mirada los árboles.

—¿Acaso quieres que lo deje en libertad?, no sabes el tiempo que he perdido en su captura —sus ojos parecieron entristecer.

—Es tu decisión. Vuelve a tu casa, niño, no sospechas lo peligroso que es pasar la noche en estas calles; podrían lastimarte —dio la espalda, alejándose a pasos agigantados.

—Si le temes tanto a estas calles, entonces... ¡sé libre, Azúcar!

Un hilo de frío recorrió su espalda casi desnuda, deteniéndole al instante los pies al ver sobrevolar sobre su cabeza aquellas alas. El terror se apoderó de sus sentidos al recordar los femeninos labios.

—Pronto —susurró sin atreverse a mirar atrás.

El frío inescrupuloso se colaba por las ventanas de su alma. El pecho que tanto placer vendió ahora sólo era una burla para ella misma. Los árboles se movían rabiosos en complicidad con el viento, las hojas revoloteaban violentas, cortándole los muslos al caer. Sus ojos se humedecieron al adentrarse en las profundidades del parque que la tragaba y recordar. Sacó la polvera de su bolso y se rozó los labios con la lengua tibia. Vio su reflejo invertido en el espejo.

—Estos labios son parte de tu femineidad dulzona —le dijo alguna vez Anselmo, el mismo que al final se enamoró del misterio de su boca, de lo prohibido de su entrepierna.

Se revolcó el cabello con las manos, como buscando alejar la memoria, como se espanta un mosquito. Más allá una vieja mecedora infantil esperaba.

Se columpió atrevida, agarrándose de las sogas débilmente hasta perder el equilibrio. Enlodada, sucumbió ante la tentación de retomar las riendas; regresó sin mayor prisa al punto de origen. La fuente de tortugas olvidadas esperaba ansiosa bañarla en sus aguas. Se zambulló mientras la marejada sucia le salpicaba el rostro, con tanta fuerza que sus oídos comenzaron a retumbar. Todo lo que tocó se convertía en cenizas que saltaban de sus manos. Como esos seres distantes que se le habían perdido; como ella se esfumó del camino de Dios. Moribunda dejó a sus ojos escupir una lágrima por la mujer que dio la vida por alejarla de las garras del incesto.

—Pobre de ellos y de la abuela con su fe...

La encontraron temprano. La cabeza sumergida, y las manos entrelazadas sosteniendo el rosario de la abuela. Los curiosos movidos por un morbo natural se arremolinaron. Algunos clientes infieles evaluaban sustitutas. Entre tanto, el predicador más ferviente condenaba en público la escena, y maldecía en privado la ausencia. Padres de familia aceleraban el paso con sus hijos de la mano, rogándole al Señor que el motivo de tal acción no se debiera al hallazgo de alguna enfermedad silente, de esas que no pasan de moda. Prometiendo castrarse si sucumbían nuevamente ante tal tentación. Las chismosas del barrio revoloteaban en busca de los detalles más escabrosos, con el estómago característico de un forense. Sin imaginar que la mayoría de sus esposos navegó más de una vez en las aguas profundas de la infidelidad.

Cerca de las doce, cuando el calor amenazaba con reventar, la arrancaron de allí. Inolvidables y con perfección casi celestial, flotaban dos tacones rojos junto a la única prueba de una virilidad olvidada; carcomida por las tortugas hambrientas del parque.

 

Flores para tu boca de cemento

Los quejidos de un calendario ultrajado me contraen. Sobre la mesa un vaso se desborda, hinchando la madera. Juego con el reloj, viudo de minutero: son las once y algo. Fuera me espera un domingo de primarias, calles abarrotadas por emigrantes de la capital. ¡Que celebren los cuervos! ¡Que mueran las bocas con tendencia a los excesos! Saco mi banderín, aleteando por las ventanas. El marco de tu foto baila vacío, mareando las paredes. Con ojos pequeños persigo el vaivén, cae... se detiene... sinfonía ruidosa el choque del borde contra el suelo. De pronto, todo es paz, un eco golpea mis oídos ciegos, jadeante copulo en desorden con una voz. Buscando calles, siembro flores en tu boca de cemento.

 

Toallas sucias

Sábado en la memoria, descubro por la casa mil escondites. A mitad de la escalera, foto familiar se impone. Ojos paternos, fijos, traspasándome el pecho. El perro ladra hambriento, mordiendo el cuello de las muñecas. Rosas secas en el jardín, piscina de verano invadida por el hongo. Armario oloroso a madre que no llega. Miro el reloj, saco cuentas, la tarde cae maliciosa. El sonido de los autos me detiene en la ventana. Dentro, truenan quejidos de violencia. Enciendo la radio, programa infantil; obsequio de fin de semana.

Salto, grito, canto fuerte, no quiero escuchar otra voz que no sea la que sale por mi garganta. No quiero oír... no quiero oír... no quiero oír... De repente, la música cesa. Retrocedo, enmudezco, cierro los puños. Boca paterna me persigue, estoy castigada, terminó el juego. Sube por mi vestido... me hala... caigo.

—¡Incluiré a la puta de tu madre en la lista de mis muertos!

Medio pasillo más tarde, se cierran las puertas del cielo. Las toallas están sucias, y ya es hora del baño.

 

Entre los dedos: mi complemento eterno

Viajaba por las esquinas inimaginables de los sueños, inspirada en lo que se debió transformar mi vida alguna vez. Cuando sentí una fuerza malévola recorriéndome con placer, ahuyentando tabúes primitivos. Dedos miserables que osaban despertarme para suplicar un poco de amor. Con la boca aún reseca, fijé los ojos en el lado izquierdo de la cama desnuda y sonreí... qué difícil se hace a veces evitar los recuerdos, asesinar la memoria. Era una de esas madrugadas frías que insistían en ponerme los pelos de punta, simplemente no estaba acostumbrada a tanta soledad. Siempre tan rodeada de fantasmas traviesos, de prosa, de poesía. Y ahora que apenas recordaba mi nombre, el silencio de una madre, la presencia de hermanos; si es que alguna vez existieron.

Me apoyé en el rincón vacío de la cama, recorriendo la habitación semi alumbrada con los ojos aún dormidos. Como vagando por el pasado, iba rescatando trayectos escondidos de mi infancia. Tenía claro lo que fui en un principio, no en lo que me estaba convirtiendo.

Frotaba el colchón buscando ese, mi complemento eterno. Sabrá la vida si alguna vez lo tuve tan cerca. Entre mis manos latía aún la piel de tantos...

De un golpe salté. El suelo me esperaba ansioso, buscando poner de nuevo mis pies sobre la tierra; no más sueños. Hasta entonces me di cuenta de que había tomado con tanta calma mi paso por la vida, atrapada en ese miedo que me obligó a refugiarme en mi peor enemiga; yo misma. Nadie ha osado hacerme tanto daño. Se han evaporado los amigos, las noches de bohemia, los regalos; sobre todo mi sangre...

Regreso, aún quedan nueve dedos de mi vida por contar...


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 4 de octubre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes