I
Son los primeros días de 1919 y Borges está feliz. Ha terminado exitosamente sus estudios en Ginebra y
en poco tiempo viajará a España, donde ya cuenta con algunos contactos en el movimiento literario
ultraísta. Ahora cuenta con unos días de descanso, en esos años algo inusual para él, y los aprovecha
para practicar su deporte favorito: leer por placer. Lo atrae el misterio del Medio Oriente y vuelve a leer
las aventuras de Marco Polo, que ya lo habían deleitado en su infancia. Las sombras del invierno llegan
temprano y Borges se inclina sobre el libro, más tarde las campanas impertinentes intentarán recordarle la
hora, pero hace ya tiempo que no hace caso de las iglesias o de sus voces.
Aunque carece de la riqueza imaginativa de Las mil y una noches,
el relato del marino veneciano responde a ese escondido afán de aventuras que Borges sólo más tarde
podrá intentar satisfacer en sus escritos. Borges se detiene en los pasajes que describen a la secta de los
asesinos. El relato lo fascina, habla de palacios fastuosos con hermosas doncellas dispuestas a dar al
visitante todos los placeres que requiera, de manera similar a lo que el fiel musulmán ha sido prometido
por el Profeta como recompensa por la lealtad de su daga. A Borges lo fascina el tema del precio de la
conciencia y recuerda haber leído que el frecuentemente olvidado Marlowe, que nos dio el primer Fausto,
habría sido asesinado en una pendencia de taberna. Borges juega con la idea de que aquel asesinato fue el
precio que pagó el autor por exponer la tentación mefistofélica.
Borges lee rápido y cuando termina con Los viajes de Marco Polo
comienza una lectura nueva, no menos fascinante: la crónica de los viajes al Medio Oriente del rabino
Benjamín de Tudela, entre 1160 y 1173, es decir poco más de un siglo antes que Marco Polo.
Borges intenta imaginarse al rabino Benjamín. Lo supone barbado y se pregunta qué pudo haber llevado a
un hombre estudioso, como corresponde a un rabino, a abandonar su tierra de Navarra, aún segura, para
arriesgar su vida explorando mundos que pocos europeos habían visitado antes. ¿Habrá ido en búsqueda de
alguna de las tribus perdidas o a explorar el posible regreso a las tierras que Moisés le eligió a su
Pueblo?
El texto relata de un pueblo que responde a un líder de nombre Sheik-al-Hashishin, que vive en las
montañas cerca del Monte Líbano. Estas gentes sólo son fieles a su líder y cumplen todas sus órdenes,
matando a quien él les ordene. La crónica del rabino señala que estos "asesinos", como se los
conoce hoy en adaptación del nombre de su líder no son musulmanes (como dice Marco Polo) sino que
responden al profeta Kharmath.
En Buenos Aires otros asesinatos llenan el tiempo y, mientras Borges lee, una turba enardecida llega con
sus palos y sus piedras a las calles del Once y de Villa Crespo en una rutina que viene desde siglos y que
habrá de continuar años después en las calles de la culta Europa (pero ésta es una disquisición y los
cristales de Berlín aún vibrarán con las risas de los niños judíos por veinte años más). Desde la
otra vereda del mar Borges se entera con horror a través del relato escondido en las páginas interiores de
la "Tribune de Genève". Se imagina las pancartas del odio avanzando bajo la discreta protección
de la policía mientras se cerraban puertas y ventanas y Buenos Aires se escondía. No es la primera vez, y
no será la última, que esa tierra a la que él le reservó tanto cariño habrá de mostrarle una triste
cara de bajeza.
En Buenos Aires el día siguiente comienza con olor a pólvora, pero allá lejos Borges contempla la
placidez del lago vibrante de luz y de sol. Vuelve a su lectura y se entusiasma de su progreso. Al comenzar
la tarde da por terminada la tarea. La secta de los asesinos y las crónicas diferentes de los dos textos
que ha leído le plantean un misterio y se siente feliz. Revisa sus notas.
II
Han transcurrido tres años y el estudiante ya es un hombre. Su vida es el arte de escribir y lo ejerce
en la ciudad de su niñez, Buenos Aires. Recorre sus barrios y mientras camina evoca un mítico pasado que
lo atrae más que la realidad gris. Con paso lento y mirada aún atenta camina los barrios del Sur y se
sorprende frente a la grosería de una carnicería que profana la calle con su mercancía cruel. No
encuentra otra opción que lapidarla con versos por la ofensa. Ensimismado en la creación pasa frente a una
casa vieja, que no es diferente de las innumerables otras, y mira casi sin ver el bronce gastado al costado
de la puerta en el que figura un nombre ya casi olvidado: Kharmath.
Llega el recuerdo y Borges cede a su curiosidad y tímidamente oprime el timbre. Lo atiende un chiquilín
de 10 u 11 años, y el escritor por una razón que no entiende no piensa "pibe" sino
"botija" y luego se dice que a nuestras muchas deudas a los uruguayos los argentinos debemos
agregar el préstamo de algunas palabras felices. "No están", dice el botija, anticipando la
pregunta. Luego demuestra iniciativa empresarial y sugiere, "si quiere, yo le tomo los datos para que
lo llamen. Ahora no hay mucho trabajo y van a poder ocuparse de usted rápido". Borges propone volver
otro día. "Venga el miércoles", dice el botija. Si viene antes del almuerzo seguro que los
encuentra". El escritor pregunta qué quiere decir Kharmath y el botija se encoge de hombros,
"creo que es una marca internacional. Operamos por concesión, ¿sabe?".
Llega el miércoles y Borges camina el camino conocido para encontrarse con un hombre joven, quizás de
su misma edad, simpático y cordial. "Pase y tómese un mate", viene la invitación. Están en la
cocina, que es como todas las cocinas, con una imagen de Gardel presidiendo la mesa y varios sifones y
botellas de vino Toro testificando sobre los hábitos de la casa. "Mire, yo me imagino que para usted
esto no es fácil", dice el anfitrión, "pero le aseguro que está tratando con un grupo serio,
con mucha experiencia. Como entenderá, lamentablemente la discreción me impide darle referencias, pero
llevamos ya varios años de trabajar en el país y contamos con apoyo tecnológico extranjero del mejor
nivel. Le puedo asegurar que podemos resolver su problema, por más difícil que a usted le parezca. Además
nuestros precios son muy razonables, no pedimos ningún adelanto y sólo cobramos después de que la tarea
ha sido concluida satisfactoriamente". Las preguntas se agolpan en la mente de Borges pero no se siente
seguro y deja que la prudencia las acalle. Acuerdan una nueva cita pero el escritor no regresa.
III
Transcurren muchos años y Borges avizora el final. Sabe de los honores y de la fama y el país entero
conoce su imagen triste. Un viejo amigo, compinche en eso del escribir, lo invita un día a cenar a un
restaurante de la Recoleta y el escritor acepta, no tanto por eso de la comida que no es importante para
él, sino porque disfruta de la compañía y de la buena conversación. En eso están, lamentando los
tristes avatares de la política nacional y la agónica muerte de la Argentina que ambos quisieron tanto,
que es un triste presagio de la muerte propia, cuando se acerca un señor de cabellos grises y opulento
desplazar. "No creo que usted me recuerde", dice, "pero por supuesto a mí me es imposible
dejar de reconocerlo. Nos conocimos hace cincuenta años y usted entonces me llamaba botija", agrega.
La memoria llega acompañada por la sorpresa y el escritor hace las preguntas a que obliga la cortesía.
"¿Se acuerda de Kharmath?", pregunta el envejecido botija. "Ahora soy el presidente",
comenta con orgullo. Cuando el escritor pregunta por aquel otro que él conoció, se encoge de hombros y
dice enigmáticamente "...gajes del oficio, tuvo una buena vida". Luego recupera el tono alegre y
agrega: "estamos operando en Chile, Uruguay y Brasil y no damos abasto. No entiendo a los que viven
quejándose, en este país si uno tiene voluntad de trabajar y sabe hacerlo bien nunca faltan oportunidades,
lo importante es que el Estado no limite la iniciativa privada". El botija regresa a su mesa y poco
después el mozo acerca a la mesa del escritor una botella de Dom Perignon. "Cortesía del
Doctor", dice.