Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 115
4 de octubre de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Tres relatos
Nicolás Iglic

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Niños iguales

A mí me gusta mucho ir a jugar a la casa de Pedro. Yo sé que las personas dicen que son gente rara, pero yo no les hago caso. Pedro tiene los mejores juguetes. Yo le pedí a papá que me compre el trencito que tiene Pedro, pero papá me dijo que era muy caro y que nosotros no podemos pagarlo y yo le pregunté que entonces cómo puede ser que Pedro sí lo pueda comprar y papá me dijo que ellos tienen plata porque el papá tiene un buen trabajo y yo le pregunté a papá por qué él no tiene un buen trabajo y papá medio se puso mal.

Los papás de Pedro son bastante raros. Me contó Pedro que ellos quieren que los nenes que vienen a jugar sean iguales que Pedro. Pero ojo, no iguales de pelo o de cara, sino iguales de jugar para que no se aburran, ni se peleen. Pedro antes tenía un amiguito, Arturo me parece que se llamaba, que no era de mi colegio porque iba al de las monjas y parece que el papá de Pedro no lo quería mucho porque no era igual que Pedro en los juegos y entonces no jugaban bien y entonces después ya no se lo vio más al nene ese, Arturo me parece que se llamaba.

El otro día jugamos mucho con una estación de servicio que tiene muchos autos y un lavadero que tiene espuma y todo y después los llevás por una rampa a otro piso y los secás y después lo llevás a estacionar arriba y tiene barreras para que no pasen los autos y todo. Y cuando Pedro salió del cuarto porque lo llamaba la mamá tardó un poquito y escuché como unos gritos pero no muy fuerte y después volvió Pedro. Pero fue raro porque no parecía el mismo Pedro. Y no es que la ropa no era igual porque era la remera naranja y el pantalón azul pero parecía como otra remera y otro pantalón azul, pero a veces uno se equivoca y por ahí yo estoy hablando pavadas, pero sólo digo lo que me pareció. Además, cuando volvió se puso a jugar con el lavadero de autos, que no tenía nada que ver, si él ya había lavado todos los autos y ya los secó y los estacionó y todo: ¿cómo va a volver y ponerse a lavar autos como si estuvieran sucios? Yo no sé porque antes no le pasaba eso y me pareció muy raro que se fue del cuarto y cuando volvió parecía que era otro Pedro con otra ropa, del mismo color pero otra ropa y además se puso a jugar con algo que ya jugó antes y lavó todos los autos que ya estaban recontralavados y secos y estacionados. A mí me pareció muy raro y me lo quedé mirando y él me preguntó qué mirás y yo le dije que nada.

Ojo que en el colegio nunca pasa algo así. Siempre es Pedro y no se cambia por nada pero a la tarde, cuando fui a jugar y jugamos un poco con los juegos electrónicos que tiene uno que está rebueno con aviones y barcos, y estábamos justo atacando la isla en el medio del océano, a Pedro lo llamó la mamá y Pedro se fue del cuarto. Ahí escuché que discutían o algo así y al rato volvió Pedro. Y de nuevo lo mismo, que parecía otro Pedro pero ojo que la ropa era toda igual, porque tenía una remera verde como antes y pantalones negros pero no parecía la misma ropa sino otra remera verde y otros pantalones negros. Además, se puso a atacar a los barcos que iban hacia los submarinos, ¿y cómo va a hacer eso si antes estábamos atacando la isla en el medio del océano? Yo ahí me preocupé porque dije que tal vez el papá de Pedro se iba a enojar conmigo porque yo no soy igual que Pedro de ir y cambiar así nomás de juego y olvidarme que estaba bombardeando una cosa y me voy para el otro lado a atacar los barcos que iban hacia el submarino. Y entonces el papá se va a enojar conmigo que yo juego todo el tiempo con lo mismo o no con lo mismo pero que no te voy a lavar los autos dos veces si ya estaban lavados o a dejar de atacar la isla y ponerme a perseguir los barcos que iban para el otro lado.

A Pedro le gusta mucho jugar con el laboratorio que tiene para hacer experimentos pero no lo tiene en el cuarto porque la mamá dice que no es bueno tener un laboratorio de experimentos en el dormitorio porque es peligroso y además ocupa mucho espacio pero como la casa es grande pusieron el laboratorio en una sala que hay al lado del comedor. Anteayer jugamos a que estábamos inventando una fórmula super secreta y hablábamos bajito y en clave para que los espías no nos pudieran robar la idea porque dice mi papá que hay gente que se copia de los inventos que tienen otras personas así que a veces es mejor ser copión que inteligente pero yo no creo porque un inteligente se pone a hablar bajito y el copión no se puede robar nada.

En eso Pedro se manchó la remera con un líquido amarillo pero siguió como si nada y yo tampoco se lo mencioné porque los hombres no nos hacemos problema por esas pavadas, no como las mujeres que enseguida se ponen a gritar si se ensucian. Entonces lo llamó la mamá y Pedro salió enseguida y escuché que discutían y cuando volvió tenía la remera impecable, que seguro la mamá se la hizo cambiar para que no ande sucio. Pedro no siguió con lo del invento secreto, sino que agarró la plantita que tenía en una maceta, y se la puso a regar con un gotero y dijo que había crecido, pero yo le dije que la maceta tenía un cartelito que decía Arturo y él me dijo que sí, y la otra decía Pedro y que como Arturo no venía más alguien tenía que cuidarla y yo le dije que yo la iba a cuidar si él quería y le podía cambiar el cartelito y ponerle Joaquín, para que se sepa que es mía y Pedro me dijo que no le iba a poner Joaquín y que le iba a dejar Arturo y que la iba a seguir regando él y yo le dije que él tendría la otra plantita y entonces él miró para otro lado como que no me escuchó y después volvimos a jugar con otra cosa. Y entonces lo llamó la mamá de nuevo y yo me quedé sólo y vi que Pedro sólo regó la plantita con el cartelito de Arturo pero que la de Pedro no la regó y me pareció raro, pero pensé que lo iba a hacer después. Entonces volvió Pedro y ahí me pareció raro porque tenía la remera con la mancha de líquido amarillo y entonces pensé que se volvió a cambiar vaya uno a saber por qué y se puso de nuevo la remera manchada y le dije que podíamos regar la plantita porque sólo regó una maceta y él me dijo que estaba seca y yo le dije que claro, que la que dice Pedro estaba seca pero la otra no y él me dijo que la otra no importaba y que por él se podía secar y ahí de nuevo le dije si podíamos cambiarle el cartelito y ponerle Joaquín y Pedro dijo que a él le importaba la que decía Pedro y que la iba a regar sólo a esa. Yo entonces me di cuenta que ya me tenía que ir a mi casa y me fui pensando que Pedro estaba muy raro, pero igual me gustaba ir a su casa porque tenía muy buenos juguetes.

Ayer cuando iba para la casa de Pedro a la tarde a jugar, una señora estaba repartiendo unos cartelitos con la foto de un nene, que decía bien grande Arturo. Se ve que el nene se perdió y la señora lo estaba buscando y yo pensé para mí que se llama igual que el nene que jugaba con Pedro y hasta tiene el cartelito en una de las macetas que Pedro dijo después que a él no le interesaba regar y yo pensé que por ahí puede ser el mismo nene. Después le comenté a Pedro que una señora estaba repartiendo un cartelito con una foto y con letras grandes que decían Arturo y ahí Pedro se enojó mucho conmigo y me dijo que yo era un chismoso y que no me importaba si Arturo venía o no venía más a la casa y yo le dije que él tenía razón y que yo no dije que era el mismo Arturo y que no se enoje que a mí me gusta venir a jugar. Pero él siguió gritándome y yo le dije que si seguía así me iba a ir y no iba a venir más a jugar y él me dijo que no me iba a dejar irme y yo le dije que me deje tranquilo porque si no me iba a ir en serio, pero él me siguió gritando y yo le dije que me iba y entonces llamó al papá y yo me puse a llorar, pero el papá vino en seguida y lo retó a Pedro y le dijo que no podía ser que siempre se pusiera mal con los amiguitos después de un tiempo de jugar con ellos y se pusiera a retarlos y que así no vamos a ningún lado y que no puede ser que haya que estar obligando a los chicos a jugar con Pedro. Entonces me dijo Joaquín por favor acompañame y fuimos a una sala que había ahí al lado y se me puso a hablar y me explicó un montón de cosas de cómo era la familia de ellos, que Pedro es así, que la mamá es asá, y un montón de cosas y me dijo que yo ya era para ellos como de la familia y que podía jugar con todos los juguetes y con la bicicleta que había en el parque y en la pileta y todo y que me sirviera lo que quisiera de la cocina.

Hoy todo es un poco raro y tengo un poco de sueño, pero por suerte me dice la mamá de Pedro que hoy no hay que ir a la escuela, y le pregunté por Pedro y me dijo que él sí fue a la escuela y me mostró dónde está la ropa y que hoy me toca el pantalón negro y la camisa verde y que mañana ella me iba a decir, y me mostró los cajones donde tenía todo de a tres, con tres pantalones azules, tres remeras rojas, tres camisas blancas, tres sacos marrones y así. Y me sirvió el desayuno y me dijo que le podía decir mamá y yo dije que está bien y que tengo un poco de sueño y que quién es ese nene que es igual que Pedro y mamá me dijo que yo también soy igual y que hoy no hagamos ruido porque Pedro va a traer a un nene a jugar y que si nos portamos bien podemos jugar también nosotros con ese nene que es compañerito del colegio que me parece que lo conozco, que se llama Mario. Y cuando íbamos para la sala sonó el timbre y era un policía que vino porque parece que había un nene que se perdió en el barrio, y yo creí que era ese tal Arturo, el de la plantita, pero parece que no, que es otro, que se perdió después y que también venía a jugar con Pedro, que se llamaba Joaquín, creo, pero después no pude escuchar más nada y me fui a jugar por la otra puerta al laboratorio y me fui a ver cómo estaba la bendita plantita para regarla porque si no se podía secar, porque decía la maestra que a las plantitas hay que cuidarlas mucho, porque si no se enferman y se mueren así que para mí hay que cuidarlas, pobres, que no le hacen mal a nadie, pero eso sí, yo la que dice Pedro ni la toco, que la cuide otro, y menos la que dice Arturo, que a mí no me importa, porque si no la puede cuidar, cosa de él, que yo riego la mía, la que dice Joaquín, que aparte es la que mejor está creciendo.

 

El rey blanco

El turco Katz se mató el enésimo mosquito posado en su nuca y resopló de fastidio. ¿Qué hacía este hincha de Racing de Avellaneda en el medio de la selva? Al igual que el club de sus amores, caminaba sin rumbo, de mal en peor. Estaba pensando en el cómo y el por qué, cuando se le apareció una bella mujer en el medio del camino, que repetía una palabra.

¡Chango! ¡Chango!

¿Chango? ¡Sí, el Chango Cárdenas! ¿Cómo no? Qué golazo, ¿no? ¡Nos llenamos de gloria ese día! ¿Y usted como lo conoce, bomboncito?

¡Chango! ¡Chango!

Si, ya la entendí, Chango. Le pregunto cómo lo conoce. Yo sé que la academia es lo más grande que hay, pero de ahí a que nos conozcan en el medio de la selva, hay una cierta distancia.

¡Chango! ¡Chango!

Era evidente que la chica no entendía ni medio de castellano. Por alguna razón repetía esa palabra, que significaba vaya uno a saber qué y se acercaba sugestivamente al turco, que no tardó en tomarla de la cintura y comenzar a besarla. En eso estaban cuando de la espesura salieron como cien negros grandotes con lanzas y lo levantaron al turco como a un muñeco. Al grito de ¡Chango! ¡Chango! lo llevaron hacia la tribu. Cuando llegaron ya estaban todos esperando. Guerreros, mujeres y niños, todos gritando lo mismo. El turco presentía que se acababan sus horas, cuando apareció un negro flaquito con peluca amarilla, que venía a ser como el médico brujo y hablaba castellano.

¡Tú ahora deber casar con hija de jefe!

¿Casarme yo? ¡Pero si yo soy de Avellaneda! Quería ir a un safari y me perdí y acá estoy. Pero ojo que no hicimos nada con la piba, apenas un besito, ¿vio? Dígale al jefe que yo no soy de andar faltando el respeto a las hijas de los jefes, ¿vio? Y aparte que tampoco le vendría mal a la morocha un poco de... usted sabe... acción.

Tú ser Chango, el hombre blanco que llevará a nuestra tribu a la gloria, según las sagradas pinturas de la Cueva Dorada.

¿Yo? No, don, debe haber un error. Si yo iba para el safari, ¿qué voy a ser el elegido?

Si tú no ser el elegido, tú deber morir. Guerreros preparar hoguera y tú arder en honor a los dioses.

Bueno, tampoco es para tomarse todo tan así, ¿no? Imagínese, don, que me toman de sorpresa. Pero bueno, si la cosa es así, yo me caso. Ahora los dejo, que me voy para Avellaneda para preparar todo. ¡Qué contenta que se va a poner mamá, que siempre me pedía que sentara cabeza! A ver, permiso, permiso. Escúcheme, don, ¿un mes le parece bien? En un mes vuelvo con mis invitados y hacemos la fiesta. ¿Quedamos así? ¡Hasta luego!

No llegó muy lejos, el pobre. Mientras lo sujetaban, comenzaron a sonar los bombos. De la choza más grande, salió un gigante con cara de malo. Era el jefe. Detrás de él apareció una chica, nada agraciada por cierto, de unos noventa kilos.

¿Quién es la gordita, don?

Ser hija de jefe, Chango.

¿Cómo? ¿Encima no es la otra, la linda? ¿Me tengo que casar con esa?

O tú casar, o hacemos hoguera.

La fiesta duró tres días y tres noches. A pesar del alcohol y del cansancio, el turco se mantenía alerta para tratar de escapar. Como intuyendo algo, una docena de guerreros no le quitaban la vista de encima. Después pasó el tiempo, y el turco dejó de pensar en volver a la Argentina. Cada tanto se escabullía en la choza de la morocha aquella y olvidaba sus penas. Se hizo amigo de la gente y se adaptó a la vida de la tribu.

Un día notó al jefe muy pensativo. Es que jugaban al fútbol contra la tribu vecina y perdían siempre, muchas veces por goleada. Y si no ganaban el siguiente match, iban a perder cincuenta mujeres a manos de la tribu contraria, según las leyes de la zona. El turco también iba a perder a su morocha, que iba a ser elegida seguro, por su belleza.

El partido empezó tarde, porque hubo una discusión sobre la inclusión del turco en el equipo. Los contrarios decían que un hombre blanco no podía participar. Estaban en que sí y que no, cuando entró la gordita, la esposa del turco y le pegó un cachetazo al capitán de los contrarios, que fue seguido por una lluvia de trompadas de los dos bandos. Cuando se calmaron un poco, se juntaron los jefes de ambas tribus y decidieron que había que jugar el partido, con el turco Katz inclusive.

Cuando lo vieron jugar, los contrarios se tranquilizaron del todo. El turco era un tronco. En un avance le dieron un pase y el turco le pegó al arco, con la mala suerte de que se le salió la zapatilla, que fue a parar arriba de una palmera. Los contrarios se desarmaban de la risa. Pero curiosamente, era la primera vez que no podían marcar goles. Todo lo ocurrido los había puesto nerviosos.

Faltando un minuto para terminar, el turco vagaba por la cancha mirando vaya a saber dónde. De repente la pelota fue para su lado, a cuarenta metros del arco contrario, y le pegó con bronca, descalzo, para clavarla en un ángulo. Igualito que el Chango Cárdenas cuarenta años antes, hizo el milagro.

Para aumentar la leyenda, el turco, convertido en héroe salvador de su tribu, decidió no jugar nunca más. Sus zapatillas fueron puestas en un altar en la Cueva Dorada. Y su tribu decidió no jugar más contra la tribu vecina, para dejarlos con el veneno. Argumentaron que un equipo que sufre un gol de un hombre blanco, debe retirarse.

 

El llamado

No me digas que Pedro también...

Ayer a la tarde. No se la esperaba nadie. Viste que Pedro no tenía problemas.

Es cierto. Pero dicen que le llega a todos: ricos, pobres, tristes, felices.

Haberlo sabido cuando se fue tu mamá, ¿no?

¡Claro! ¡No nos hubiéramos hecho tanto drama! ¿Cómo es que dicen? Mal de muchos...

Y el laburo, ¿bien?

Se fue el jefe. Ayer a la mañana, dicen que le vino el llamado. Saludó a todos y se fue. Le pidió a Sosa que lo acompañe. Fueron hasta la Costanera Norte y Sosa se volvió en el mismo taxi. Dicen que estaba muy tranquilo. Un angelito.

Todos igual. Parece que ya son millones en todo el mundo.

Un científico suizo dice que es un gen para evitar la superpoblación.

Suena lógico.

Che, si te viene el llamado, ¿vos qué hacés?

¡Qué sé yo! Creo que le aviso a mi familia, a los amigos... ¿y vos?

Lo mismo. ¿Viste ese pájaro? Tenía la cabeza roja.

¿Qué te pasa, viejo? ¿Desde cuándo te fijás en algo que no sea la guita? No te estará pasando algo raro, ¿no?

No hagas bromas, ¿querés? Me llamó la atención el pajarito, y nada más. ¡Mirá si voy a ser uno de los elegidos!

A cualquiera le puede tocar. Che, está linda la ciudad, ¿no? La gente parece más tranquila.

¿Que la gente qué? ¡Si están todos locos! ¡Me parece que a vos sí te está pasando algo!

¿Sentiste la ola?

¿Qué ola?

La de recién. Cuando miraste para allá, me levantó del piso.

¡Dejate de bromas, que estoy bastante paranoico!

¿Bromas? ¿Y el aroma? ¡Decime si es broma!

Tenés razón. ¡Qué perfume! Esto es hermoso. ¡Nunca me sentí así en mi vida!

Che, es el llamado. Mandale un saludo a mis conocidos.

Esperá, que yo también lo tengo. El cuarenta y cinco nos deja bien.

El que va a aeroparque. Ahí viene. Lástima que no tengo una mochila como la tuya, para ponerle piedras.

Pero te podés poner en el bolsillo del sobretodo. Y con esas botas, no vas a tener problemas.

Che, que lindo se ve todo. ¡Qué paz!

Estamos llegando. Mirá, está lleno de gente.

Están despidiendo a los que se van. ¡Qué hermoso!

Che, nos tiramos juntos, ¿no?

¡Cómo no, compañero!


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 18 de octubre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes