"Y yo me atrevo a tocarlo, a cortarlo en dos, a metérmelo
en la boca. No pasa nada, ya sé: eso es lo terrible. ¿Te das
cuenta de que es terrible que no pase nada? Cortas el pan, le
clavas el cuchillo, y todo sigue como antes".
El Perseguidor, J. Cortázar
Cercada contra la pared, entre mi amante y dos extraños, avanzaba a pasos inquietos con la fila de
adeptos que esperaban entrar el teatro que anunciaba el concierto de Thelonious Monk. De jazz sabía poco
pero aquella mañana me había asegurado de leer una reseña que relacionaba a Thelonious con la vitalidad
del síndrome etnográfico que es la Nueva Orléans: el dislocamiento de razas entre el nuevo mundo y el
antiguo, entre la esclavitud y el colonialismo, entre la santería y la inquisición cristiana. Entré al
teatro con el súbito deseo de adentrarme a lo desconocido, como si lo inesperado fuese a explicarme mejor
frente a aquellos que dormían en el sopor de lo cotidiano.
Ya adentro, encontré el lugar previo que coincidía con el numerito de mi boleto. Me saqué el abrigo
largo, el gorro de lana, los guantes multicolor, la bufanda y me estiré las ñoñas arrugas de las medias
por debajo del pantalón. En pocos instantes y mucho antes que pudiese ponerme cómoda, se apagaron las
luces obligándonos a acostumbrarnos a la oscuridad y al incógnito, dejando como relieve único el
escenario, un lucero sobre el piano de cola y una estrecha luz como sordo estallido sobre un micrófono
solitario para el saxofonista acompañante. No se hicieron esperar. La entrada. Gran aplauso. La venia. Dos
saludos. El comienzo.
Casi al instante me invadió la sensación nerviosa que uno padece el primer día de escuela cuando el
rostro estilizado de la madre se cubre de pánico mientras dice adiós desde la acera. La melodía fue
trepando por las hileras de incrédulos y creyentes, inaugurando miedos, posicionándose al frente de muchas
y variadas expectativas. Pero Thelonious no estaba allí para satisfacernos. Pronto me di cuenta de que se
había adentrado en un mundo interior en el que el público no era otra cosa que una masa de carne y
músculo, o lo que es peor, materia gris en la oscuridad desconocida. Articulaba cada tecla del piano con
alevosía, desde el fondo de su esclavitud heredada y la tremenda jactancia de contar con identidad propia
por saberse excluido.
Nos vimos forzados a adoptar la improvisación como una lengua irracional, nacida del desesperado anhelo
del embrión por comunicarse con los vivos. Hice un esfuerzo enorme por integrarme pero no encontré una
tercera luz que me iluminara. Cerré los ojos para leer con los oídos el lenguaje no escrito, un
significado pertinente tal vez al tercer ojo, cuando un manotazo en el piano, disonante y violento, me hizo
recuperar los sentidos. Vi a Thelonious caer de espaldas tras la banca del piano, los brazos aún extendidos
hacia el teclado y la pierna derecha extendida en son de piano forte.
Hubo una exclamación general de sorpresa seguida por un barullo insensato y el estremecimiento de voces
que se agitan cuando las placas de dos continentes se estrellan, su epicentro siendo Thelonious. El
saxofonista lo vio derrumbarse, le tomó un par de segundos agitarse de encima aquello que llamamos
inspiración y correr en pos de Thelonious, el argonauta americano. Lo agarró de un brazo pero Thelonious
no le dejó ni siquiera ponerse de cuclillas, espantando su preocupación con un gesto impaciente de I’m
fine, I’m fine. Se levantó totalmente ausente del asombro de la audiencia y los ojos desviados del
manager escenográfico, para sentarse a continuar con el acorde interrumpido. El saxofonista apenas logró
recobrarse para correr en posición firmes sobre la tarima, el resto de la canción tocando como con
salvavidas a merced de un océano cruel, abandonado por igual por musas y sirenas. De la misma manera la
audiencia no logró recobrar la serenidad de inmediato y nos invadió una náusea colectiva de sentirnos
ajenos a nuestro capitán.
Lentamente la música recuperó su dominio sobre el tiempo. Sin embargo, los de este lado de la sala, los
pocos de nosotros que nos habíamos situado estratégicamente detrás del pianista para verle las manos y el
teclado, notamos unas manchas negruzcas, más gruesas que el sudor habitual de la vida de escenario, en la
camisa color habano de Thelonious. Las manchas expandíanse por el terreno vasto y virgen de la camisa, una
después de otra oquedad del textil adhiriéndose a su piel negra. Entonces vislumbré lo que parecía ser
un fino hilo de sangre que le bajaba del cuero cabelludo hasta la nuca y por debajo del cuello de la camisa
cual río tributario en libro de cartógrafos. Mientras tanto, Thelonious se había dejado abandonar al
siseo constante de teclas y martillos, tocando movido por cierto sabor a swing añejo y aquel vaivén que
uno identifica con los ciegos aunque con la certidumbre de que Thelonious lograba ver mucho más allá de la
distracción de nuestros cinco sentidos.
Con su clásico (tambaleo) brusco de cabeza, Thelonious terminó por salpicar de sangre las teclas,
embadurnándose los dedos y por el mismo camino, dejando huellas digitales en acordes algo afónicos al
estertor de tantos corazones que se adentran en la selva y oyen aullidos de habitantes desconocidos.
Sorteaba blancas y negrillas de manos abiertas como tanteando muros y puertas selladas, como estoy segura la
palpan los muertos repentinos, y sin embargo daba siempre golpe certero en este o aquel acorde. En su
confabulación con el piano, Thelonious fue desenterrando lo que uno piensa no existía entre las teclas. Se
fue inventando proposiciones estrafalarias como aquel que cuenta verdades a medias y así dulcemente nos
lleva al borde del acantilado por un camino que se achicaba con cada improvisación. El saxofonista lo
seguía de lejos sumergido en un pánico fangoso que no era otra cosa que el vacío eterno. Thelonious no
detuvo su viaje más allá de sí mismo y nosotros no tuvimos el valor de detener la euforia en metástasis
que amenazaba con contagiarnos a todos. En el fondo del pasillo, un señor tosía con una carraspera de
viejo incurable.
Me invadió un escalofrío óseo brutal y busqué desesperada el abrigo y la bufanda para combatir un
frío que se multiplicaba desde adentro y pretendía derrotarme. Miré a mi amante y noté en sus ojos
dilatados el terror de una realidad que no tiene por qué explicarse y sin embargo es más real que la del
diario vivir. Una que otra vez, cuando podíamos reconocer el esbozo de una melodía, tal vez un camino ya
recorrido, nos compadecía cierta confianza de que la experiencia nos abría nuevos horizontes. Pero
entonces Thelonious se paró del asiento y se puso a bailar, sí, a bailar, en pequeños círculos al
síncope de un saxofonista que obviamente estaba bajo el poder absoluto de un jazz inmisericorde. Sudaba a
quemarropa, adentrándose más y más en un viaje sin regreso, Thelonious alentándolo con su aparente
indiferencia plena de autoridad. Mi amante lloraba ya y yo me quité el abrigo y la bufanda exhausta por el
calor apremiante.
El final de la hora por fin llegó y el escenario se llenó de luz como cuando uno sale del follaje y se
encuentra con el río, la mar, las ruinas de una civilización abandonada. Thelonious limpióse las manos de
sudor y sangre en el pantalón negro. Otra venia y la ovación. La mirada asfixiada del saxofonista. El
saludo de partida. Y los de este lado aún atónitos, pocos con la fuerza para levantarnos del asiento y sin
lograr despachar los ojos del piano que pintarrajeado de un poco de muerte, nos había dejado del otro lado
de la puerta.