En esta casa el ruido escondido entre las paredes es blanco y liso, se parece al invierno. Nunca he visto
nevar. Para mí esas imágenes forman parte de una fantasía donde la claridad se infla. Intuyo al frío
sinónimo de volumen. Poseo (o al menos eso he creído) una mirada instruida y conozco bien las cualidades
de la luz. Mis padres me inculcaron la pertinencia de ver. Soy una buena observadora, para eso fui educada.
Desconozco la luz del norte, desde niña he soñado con la posibilidad de contemplar la cadencia de largos
atardeceres y las distintas caras de la luz. Donde nací oscurece de golpe, en cambio aquí, en Johnson, las
puestas de sol son largas y eróticas. Una de las primeras lecciones aprendidas fue la referente a la
luminosidad y su relación con el grosor. "La nieve es una idea", solía repetir Emma. Hoy,
mirando las montañas aún desnudas frente a mi ventana, creo que tenía razón. Parece que nevará pronto.
Llevo 30 años imaginando la nieve. Sé esperar.
Dicen que cada paisaje posee voz propia. O al menos eso decía papá. Nunca aprendí a escuchar a la
naturaleza; Andrés sí, mi madre le enseñó. A mí me educaron para ver; suena pretencioso, lo sé; pero
en mi caso, la vista más que un privilegio ha sido una misión. El oído no es el mejor de mis sentidos; en
cambio el tacto me ha ayudado a observar cada día con mayor precisión. Se corresponden. Si he captado las
cualidades blanca y lisa de este espacio se debe a que me he preocupado por tocar y entender las texturas.
Esta casa, desconocida físicamente, es parte crucial de mis recuerdos. Aquí creció Emma, la mamá de
Andrés.
La tía Emma nació en este pueblo, Johnson, Vermont; sin embargo, se marchó muy joven —y no por una
decisión personal— a la Ciudad de México. Su padre mató a un hombre y la familia pagó el castigo.
Dejaron la nieve para siempre. Cada quien tomó un rumbo propio y Emma optó por mi padre. Andrés tampoco
conoce la nieve. Pero ahora no sólo la conoceremos: nos convertiremos en seres de nieve. Ambos tenemos
miedo. Poco a poco nos hemos habituado a los sonidos y a los colores, ¡qué distintos! A pesar de los
relatos de Emma pensaba que el paisaje era menos colorido, lo imaginaba un tanto melancólico, pero creo que
ese halo lo provocaba la nostalgia. Me ha sorprendido la viveza de los ocres, la fortaleza de los verdes,
sobre todo la contundencia del blanco me ha azorado. Para los ingenuos suena ridículo que alguien se
refiera a la claridad del blanco; los buenos observadores saben distinguirla.
Aún no me he adaptado a las nuevas tonalidades. Me ha resultado difícil guardar en mi memoria visual
los tonos y texturas de mi vida en México. La ciudad de pronto surge entre las montañas. No extraño el
ruido ni el paisaje atiborrado de imágenes, pero sí la sensación de calidez que me ofrecía la urbe.
Johnson es un pueblo muy pequeño, chaparrito y regordete, tiene más cielo que tierra. Aquí uno aprende el
silencio. ¡A mamá le hubiera encantado! Aún no nieva. Ansío presenciar el espectáculo, pero temo la
reacción de Andrés...
Estamos solos con la abuela. Lo único que tenemos es esta casa y las ganas suficientes para disfrutar el
paisaje que nos enseñaron a perseguir desde chicos. Los vecinos nos miran, intuyen quiénes somos, sobre
todo por sus ojos, son como los del abuelo. Nos observan, lo siento; pero esta casa repele las malas
miradas. Ignoro si la gente nos tiene miedo o piedad.
El otoño está a punto de terminar. El bosque es un esqueleto y nuestras voces se escuchan diferente.
Emma aseguraba que la nieve era benévola porque ayudaba a escuchar mejor. Por lo pronto, la gente se
prepara, delinean las casas y veredas con luces de colores, realizan un dibujo colectivo, que en las noches
cobra fuerza. Me gusta el experimento. Andrés y yo venimos de una ciudad muy grande donde la noche es una
ficción. Acá hemos descubierto la oscuridad. Conozco la planeación del pueblo de memoria, sé bien dónde
está la estación de bomberos, hacia dónde corre el río, dónde está la farmacia, la escuela, el mercado
de lana. Emma se encargó de que no olvidáramos nada. Me inculcó cada detalle, rincón, cada gesto,
finalmente, soy la mirada de Andrés.
Aquí la gente tiene una personalidad sonora. Los habitantes son invisibles, no los vemos, pero vaya que
sí los escuchamos. Emma tenía razón, éste es el lugar idóneo para Andrés. Las sombras son dueñas del
espacio; es la única explicación que encuentro para comprender que los rostros no sean lo suficientemente
contundentes como para ser recordados. En donde crecimos, la gente tiene un carácter visual por encima del
auditivo. Allá en nuestra ciudad la salvación es la mirada. Como cualquier urbe, es ruidosa, tan
escandalosa que la persistencia de los sonidos chillantes es el telón de fondo. Esa monotonía nos impide
el silencio necesario como para aprender a escuchar: la mirada es nuestro deber. Tampoco significa que
seamos unos expertos del arte de la contemplación; pero las personas ejercen el poder de sus rasgos. Ahí
está su identidad: en su forma de moverse, en la serenidad de sus ojos, en la ira de sus labios, en lo
salvaje de sus pómulos, en la vestimenta... en fin, cada quien debe construirse un espectro visual,
suficientemente fuerte para ser recordado. Sin embargo, allá el ruido es tan grande que nubla la vista.
En mi ciudad los sentidos estorban. La línea entre el tacto y la agresión es endeble; la frontera entre
el olfato y glotonería es muy débil... Y qué decir del gusto, la confusión entre dulce y rancio es una
constante. La agudeza de los cinco sentidos es una desgracia. El único funcional (si acaso existe) es el
sexto, ese que llaman intuición. Pensar en el sexto sentido es un barbarismo (una ingenuidad). Estoy
convencida de que es un invento de algún publicista, en el mejor de los casos, si no es que se trata de una
campaña política o una estrategia de colonización. Ignoro cuál es el origen, pero a su inventor (si se
le puede nombrar tal) le ha dado buenos resultados. La gran mayoría está convencida de ejercer el tan
prestigiado sexto sentido; no se ha percatado del mal uso ni del desprestigio entre sus usuarios. Me causan
ternura aquellos que despilfarran su sexto sentido en decidir entre un capuchino descafeinado o uno normal,
entre bajar por las escaleras o por el ascensor... El sexto sentido se ha convertido en el pretexto perfecto
de cualquier error, ha propiciado la irresponsabilidad. Emma nos advirtió: "nunca tomen una decisión
guiados por el ‘sexto sentido’, no lo olviden". Tenía razón. Dos días después de su muerte,
Andrés y yo comentamos que nuestro deber era regresar (aunque nunca hubiéramos estado antes) a Johnson,
era nuestra obligación, pero decidimos obedecer a la intuición, y permanecimos en nuestra gran casa en la
ciudad respetando lo que supusimos "voluntad de los muertos". Cuando murió papá, Andrea, Emma y
la abuela nos cobijaron en sus memorias; después murió mi madre y nos heredó una fortuna considerable,
Emma murió desamparándonos, pero no fue intencional. Nuestra intuición nos duró poco, Andrés confesó
su deseo por conocer la nieve, el cual yo compartía. Así que preparamos las maletas y convencimos a la
abuela de que era lo mejor. Me alentaba la curiosidad por conocer más a mi padre —le encantaba el inglés
y la poesía de Whitman—, por vivir rodeada de otro idioma. Emma discrepaba, prefería el español, quizá
por su naturaleza barroca, en este otro sonido reaprendió sus sentidos. Tuvo la capacidad (y la lucidez) de
enseñarnos a distinguir los movimientos y las actitudes de ambos idiomas. Somos bilingües, no porque
dominemos el inglés y el español, sino porque nos enseñaron a mí a contemplar y a Andrecito a escuchar.
A mí me costó más trabajo. Él es más perspicaz y paciente, para dominar un idioma el requisito
principal es la paciencia. Andrés se parece mucho a su mamá.
Crecimos con la certidumbre de la muerte, al contrario del resto de los niños. Emma tenía una idea muy
concreta de la realidad, al contrario de mi madre. Tenían visiones del mundo opuestas, aunque no ajenas.
Mamá era más condescendiente. La abuela la calificaba de tonta. "Mira que permitir la infidelidad,
aceptar en casa no sólo a otra criatura, Andrecito no tiene la culpa de nada, ¡pobre!, sino la Emma ésa;
lo que no sé es dónde crecen esas mujerzuelas ni de quién aprenden el cinismo; porque nadie puede negar
que además de todo la tal Emma es una cínica y una enferma... una puta desgraciada que le robo el marido a
mi hija. Pero esa puta resultó ser más lista que Andrea... ¡Dios mío!, mi hija es una imbécil... No, es
una, perdóname Dios por estos malos pensamientos, una pendeja, mira que además de todo aceptar que el
niño se llamara Andrés ‘por ser el masculino de Andrea’. Pero no tiene la culpa el indio... El peor de
los tres es tu padre, ese maldito —Diosito, perdóname otra vez— cabrón, polígamo"... Andrés y
yo crecimos escuchando el coraje de la abuela, una ira que se transformó en cariño, el cual ha negado
hasta ahora y continúa vituperando a nuestras madres. Nos hemos acostumbrado a los arranques
melodramáticos, de hecho los disfrutamos, sin duda es una buena actriz. Emma, mamá y papá están muertos
y la abuela los sigue insultando. Desde que llegamos a Johnson no ha parado de quejarse, por lo que
adivinamos que le agrada nuestro nuevo hogar. Recuerdo a la abuela rengando día y noche, pidiéndole
perdón a Dios por sus "blasfemias", por sus cabrón, pendejo, hijo de la chingada... y cocinando.
Andrés y yo somos muy privilegiados. Tres mujeres nos educaron, aprendimos tres visiones distintas que se
han integrado plácidamente a nuestras perspectivas. Somos, además, una buena mancuerna: mi don es la
mirada y el suyo, el entendimiento.
A mamá no le fue fácil aceptar a Emma, a Andrés lo quiso antes de que naciera. Para papá la decisión
fue difícil. Para Emma fue un cambio más en su vida. Las dos lo amaron intensamente y él también. Mi
hermano creció sin conflictos y yo sólo sé que hubiera deseado que aparecieran antes.
Papá admiraba a Whitman y a la nieve. Vino a Vermont porque le parecía que sólo aquí podría entender
el concepto de la nieve (y de lo blanco. Ahora sé que tenía razón) y para arreglar un negocio en
Montreal. Nunca le gustaron los canadienses (a Emma tampoco) y Johnson resultó ser una sede perfecta, no
muy lejos de Canadá, pero tampoco demasiado cerca. Un poblado donde el inglés marca el paso y el paisaje
está lejos de la cursilería del idioma francés. Se conocieron en la Book Store.
Nunca hablaron del encuentro. Sin embargo, desde entonces, papá tenía incrustado el color de la nieve en
las pupilas. Emma llegó a la casa cuatro meses después.
Para una mujer sobreprotegida como mi madre, la noticia de que papá tendría un hijo con otra tuvo un
doble significado: dolor y liberación. Creció con la certeza de un hogar y de un hombre, pero también
creció con la insatisfacción de no disfrutar la soledad. El ruido de la realidad —ésa ejercida por los
otros sobre la propia— la lastimaba. No creía en Dios, "si existiera, no habría una infinidad de
realidades, sino sólo una que albergara distintas perspectivas". Consideraba a la realidad un collage,
ése fue el tema y la técnica principales de su obra. Mamá sabía escuchar, Andrés fue su mejor alumno.
Este talento fue determinante para entender la situación, por eso gozó la llegada de Emma y su panza. El
dolor inicial no fue provocado por el desamor, sino por el desprendimiento. La sensación se parecía más
al miedo. Papá confundió la actitud de mamá con los celos —le tranquilizaba más la certidumbre de una
mujer celosa, no dispuesta a renunciar ni a compartir a su hombre—; pronto se percató de su error; con la
llegada de Emma, mi madre descubrió su vocación: la soledad y la pintura constituyeron el camino más
corto.
Papá nunca se recuperó del golpe que significó la respuesta de mamá. Su masculinidad fue vulnerada,
la abuela dice que los hombres no saben cómo asumir la fragilidad; "no es su culpa, la responsable es
la genética", dice, yo no tengo experiencia, pero supongo que es la repetición de una actitud
aprendida, "sólo nuestro Andrés es diferente", presume. El orgullo no se hereda, se mama.
Presenciar el cambio en el rostro y en la voz de su esposa le enseñó la tristeza. Mi padre amó mucho a
mamá, quizá aun más después de que apareciera Emma. A ella también la adoró.
Cuando llegó Emma a la casa, mamá ya tenía preparado un cuarto para Andrés. No cabe duda, fue un
niño muy deseado. Pintó en la pared un mural muy bonito: "es su historia", sonreía mamá,
"nena, pásame el color azul", me decía. Para cualquier niño de cinco años la noticia de un
hermanito no es muy grata. Sin embargo, la visión de la felicidad de mi madre me hizo amar también a ese
bebé. Se transformó en otra, no sólo se veía más guapa, su mirada ganó fuerza y sus gestos tomaron
gravidez. Se convirtió en una mujer con el mundo entero puesto en las caderas. La niña sobreprotegida, la
muchacha obediente desapareció; papá nunca dejó de extrañar a la Andrea de antes. Para mí fue una
bendición; para mi abuela, una penitencia. Mamá era una mujer muy extravagante. Antes de Emma su figura
era lánguida y sin embargo no conocía la soledad; en cambio, después, su presencia se volvió estridente,
llamativa, por fin dominaba su espacio, reclamó su identidad y se percató de su silencio interno. El mural
para Andrés fue el inicio de una serie de ejercicios que la llevaron a experimentar una diversidad de
técnicas hasta que se topó con la serigrafía. El grabado no sólo colaboró a engrosar nuestra herencia,
sino sirvió de puente al éxito y a la soledad. Mamá está catalogada en varios libros de arte
internacional, su trabajo pertenece a muchas colecciones públicas. Papá fue su promotor, creo que entonces
es cuando estuvieron más cerca. En la parte trasera de la casa instaló su taller. Ahí trabajaba siempre
sola, "busca ayudantes", le proponía papá. "¿Para qué?", refutaba ella. Y desde la
ventana Andrés y yo la espiábamos, "lo que más me gusta es el truco de la malla, es tan
bonito", le explicaba a mi hermanito, mientras la abuela refunfuñaba en la cocina horneando pasteles y
Emma atendía a papá.
Emma y mamá tardaron en entenderse. Desde la perspectiva de mi abuela se trató de competencia femenina;
"desgraciado, cabrón, mira que poner a mi hija en esta situación cuando ella es superior por mucho.
Es más bonita, más femenina, más educada... Nunca la entenderé. Si está ahí es porque quiere, ella se
merece todo". Y tenía razón, mi madre ganó por méritos ese lugar privilegiado y para Emma fue
circunstancial. Mamá sabía cuál era su destino, lo intuía aunque desconocía la ruta para llegar a él.
Emma, en cambio, nunca tomó una decisión, ni siquiera el nacimiento de Andrés.
Ahora que vivimos en Johnson he reflexionado mucho acerca de papá. He tratado de imaginarlo aquí,
oliendo los árboles, conociendo la nieve que tanto anhelaba. Lo pienso una y otra vez, trazo su figura y la
impongo en este paisaje luminoso (¡qué fuerza posee la luz! ¡Por fin entiendo la mirada de Emma!). Lo que
antes era la Book Store,
donde se conocieron, ahora es una tienda de bienes raíces. Johnson ha crecido y mucha gente, harta de las
urbes, busca refugios invernales, pareciera que de pronto la amabilidad del frío estuviera de moda. Papá
intuía esta tranquilidad; lo sabía, por eso vino aquí. Me pregunto —y tendremos que adivinarlo o
inventarlo— cómo escogió el lugar. Seguramente disfrutó mucho las caminatas, la brizna helada, los ecos
dispersos entre lo blanco, el cric crac de la nieve tapiando el asfalto, los árboles vestidos, los techos
de las casas invadidos. Imagino sus mejillas coloradas y resecas, sus labios partidos, el dolor del viento
en la frente... Lo veo frotar su nariz a la de Emma, también observo lo blanco penetrar su mirada.
Hemos esperado la nieve por muchos años. Desde niños la hemos presentido. Para Andrés será una
apropiación de su historia, para mí, de la concreción de mi destino. Los dos vinimos para descubrir a
padre, para saber qué miró, para entender qué sucedió. "Tendrás que ser sabia. Recuerda que eres
sus ojos". Crecimos con el compromiso de un día venir aquí. Nos educaron con los pies en la tierra;
nuestras madres nos cancelaron la posibilidad del "sexto sentido". Para Emma era muy importante
que entendiéramos la certidumbre; para mamá era innecesario; "las obligaciones les llegarán tarde o
temprano y la certeza es una cuestión demasiado solemne para unos niños, aun para nosotras, Emma. No
puedes tomarte la vida tan en serio. Nada puede ser tan grave, ni siquiera el sonido". Mi madre era tan
diferente a Emma, no podría calificar si mejor o peor. No se trata de evaluaciones. Sus caracteres eran tan
contrastantes como los paisajes de sus cuerpos y las intensidades de sus miradas. Pero eso lo he aprendido
aquí, en Johnson.
Mamá era una mujer sinuosa, de tonalidades oscuras. La voluptuosidad de sus movimientos la defendían
del exterior. Era una mujer llamativa, tan escandalosa que tardó demasiado tiempo en conocer el silencio.
Nunca fue una mujer de muchas palabras, sino de actos contundentes. Cuando Emma llegó a nuestra casa sólo
pronunció "bienvenida", pero cada uno de sus actos estaba impregnado de solidaridad (mamá es de
esas extrañas mujeres que creen y confían en las otras) y de cariño. Una vez que ambas, en silencio,
propusieron las reglas, el trato fue familiar. Cualquiera hubiera pensado que se conocían de toda la vida.
En ocasiones hasta Andrés y yo lo creemos. En fin, para mamá, la llegada de Emma y Andrés sirvió para
templar su físico y para retraerse de la realidad. Siempre me he preguntado por qué alguien tan ávido de
silencio carecía de paz física. Emma repetía incansablemente: "Andrea, aunque no lo creas, eres un
bicho de la nieve", mamá sólo sonreía. Sabía que era cierto, por eso le permitió a la tía Emma
narrarnos esos otros colores y temperaturas. Repito: Andrés y yo fuimos educados para la nieve.
Emma era una mujer delgada y blanca, con ojos azules como los atardeceres en Johnson, su voz era grave,
un tanto agresiva para su físico. Al contrario de mamá, poseía un cuerpo frágil, y requería de ruido y
movimiento. Hablaba mucho. El idioma nunca fue un problema, papá decía que lo importante no era
comunicarse sino hablar, "tiene una necesidad de contar que en ocasiones me aterra". "En
dónde carajo la maleducaron", reclamaba la abuela, aunque en el fondo esa torpeza, esa personalidad
atropellada la divertía (aunque nunca lo ha confesado, la quiso mucho. Los tres la extrañamos). La abuela
le enseñó el español en la cocina.
Nunca he sabido por qué la abuela vivía con nosotros. Jamás se ha referido al padre de papá (perdón,
no puedo llamarle abuelo a un desconocido), a veces me intriga pero he aprendido que su ausencia ha sido
imprescindible para nuestra felicidad. La abuela es una mujer morena de la costa veracruzana. Ella nos
enseñó el mar y los olores. Insisto, Andrés y yo hemos tenido una educación privilegiada.
Aunque a la abuela no le pareció decente la llegada de Emma, pronto se acostumbró, en la cocina
hicieron una copla perfecta. Ahí también se contaron sus secretos, sus miedos. Entre cacerolas y especies
se hicieron amigas. Entre cucharones y aceites mi abuela entendió a mi madre ("
el orgullo es mi único tesoro", afirmaba. Emma sólo respondía: "A Andrea le haría mucho bien
saberlo".
"Pero si lo sabe". "Le gustaría escucharlo". "Lo sabe, que es lo importante".
"¿Por qué eres tan ruda?". "¿Y tú tan cínica?"), a Emma ("Me preocupaba tener
un hijo que no creciera en la nieve". "Has sido una excelente maestra". "Sólo me dijo:
‘tienes que venir a México conmigo’. Nunca he escuchado una voz tan escalofriantemente cierta. Y lo
alcancé. Él sabía que vendría". "Pero, eres una loca descarriada, cómo aceptaste la oferta de
ese desgraciado. Si las tontas son dos, no cabe duda".) y a papá ("Macho, cabrón". "Es
un buen hombre". "Otra, la infidelidad es pecado". "Nunca ha sido infiel".
"¿Eres o te haces? Ahora resulta que es un santo". "¿Cuál es la época en que has visto
más feliz a tu hija?". "Después del nacimiento de Andrés". "Después del asesinato
hubiera la exclusión, amo demasiado el paisaje blanco; lo verdaderamente insoportable fue el suicidio de mi
padre. No tenía opciones. Le debo la vida a ese mal hombre, como lo calificas. Creo que vine por
agradecimiento". "Pues que agradecida resultaste".).
La cocina fue el escenario para narrarnos los detalles de Johnson; paradójicamente, junto al fuego
conocimos los secretos de la nieve. A veces mi madre se unía. A su estudio llegaban las carcajadas y optaba
por reunirse "con esas locas". Papá se mantenía al margen; nunca entraba a la cocina, su respeto
era más fuerte que la curiosidad.
La llegada de Emma transformó nuestros hábitos y nos forzó a replantearnos (sobre todo a mamá)
nuestras existencias, nos obligó a comprometernos y nos develó la sencillez... "Ser normal es lo
suficientemente loco", esta frase la repitió incansablemente durante mi adolescencia. Quizá, quien
tardó más en asimilar la situación fui yo, no sólo por la edad, sino por la herencia cultural y mi
acervo histórico. Emma se introdujo ligera en las vidas de dos mujeres resignadas y a un porvenir impuesto
(la abuela más esperaba nietos y mamá estoica cumpliría con su deber materno), y las liberó de
imposiciones, aun papá... Antes de Emma, la tristeza de papá era evidente, la nieve (añorada) se
derretía en la cabeza. Mamá reconocía el dolor de su esposo y se sentía culpable. Cuando papá entabló
relaciones con un socio en Montreal, mamá rezó día y noche para que papá por fin visitara esos lugares y
esos poemas de Whitman. Lo alentó para viajar, "tienes que ir, por ti y por nosotras, ya verás".
A veces creo que ella intuía que en ese rincón del mapamundi existía "algo" que nos haría
girar hacia otra dirección. "Tu madre nunca se equivoca", ¡qué razón tenía papá!
Hace 30 años Emma arribó a México embarazada y sin hablar español, cargando una maleta y una
dirección. Mamá le abrió la puerta, papá subió sus cosas a la habitación y me dijo: "saluda a la
tía Emma", yo le toqué la panza, "es tu hermanito", me contestó. Me aparté de inmediato y
corrí hacia la abuela, "ya lo sabía yo, ¿qué te hizo esa mujer? ¿qué te dijo? Niña.
Responde". Nunca imaginé que 30 años después, Andrés, la abuela y yo llegaríamos a una casa en el
norte de Estados Unidos, con nuestras maletas y una dirección. Sólo que nadie nos abrió la puerta.
Extraño a mamá, a la tía Emma y, por supuesto, a papá. Éste es el primer año que celebramos el Thanks
Giving
solos. La abuela reestrenó el horno, Andrés la ayudó a preparar el pavo y yo me encargué del trabajo
pesado (nunca he sido buena para la cocina).
La vida resulta tan apacible. Aún no reconozco el paisaje. Cuando Andrés me pregunta cómo es la luz,
me cuesta trabajo concretar en una imagen su suntuosidad y contundencia. Las montañas son altas pero los
brazos del cielo son muy fuertes y las abrazan. No sé quién es más pura: si la oscuridad o la luz. Si
Emma no nos hubiera aleccionado sobre la fuerza de lo blanco aquí, sentiría miedo. Blanco es la palabra
que concentra la esencia. El otoño es sensual, las hojas marrón son tan carnales; las cortezas, tan
provocativas... El paisaje invernal debe ser aun más seductor.
A Andrés le intriga el agua. "Suena diferente"; durante el tiempo que llevamos aquí se ha
dedicado a escuchar su frecuencia y ritmo. "Tenía razón Andrea" ("Estaba loca", refuta
la abuela). Ha trazado un mapa a partir de la fidelidad del sonido, "lo hice pensando en ti", eso
dice Andrés y es verdad. Me quiere muchísimo. Pero ese mapa lo trazó para acercarse más a Emma. Conocer
este lugar, adueñarnos del espacio será como seguir unidos a ella. Ese mapa será útil para revelarme (y
revelarle) el color de la nieve. "Pronto nevará, augura Andrés", coincido. La humedad así lo
indica. El invierno despierta y el olor del blanco empieza a impregnar el ambiente.
Poco a poco nos acostumbramos a nuestra nueva vida. Andrecito todavía no consigue descifrar todos los
sonidos ("el agua suena en distintas escalas, una es la que corre por el río, otra la que permanece
suspendida en las ramas, otra más la que corre por los techos o la que permanece guardada en la madera...
la que resbala por los cristales. Igual sucede con el viento, con las hojas, con la noche, con las
nubes..."). Cierro los ojos para escucharlo. La voz de mi hermano es diferente, es más grave y
armónica. En las tardes nos sentamos en el porche para sentir el frío ("¡Están locos, niños, o
qué. Entren a la casa ya!", a la abuela le preocupa nuestra salud). Ahí mientras bebemos un café y
fumamos intercambiamos detalles de lo aprehendido en el día (cada quien hace su trabajo: mi tarea es
contemplar y la suya, escuchar); le narro los tamaños de las casas, la textura de los techos, las alfombras
de hojas secas, los caballos, las colinas... Sobre todo le gusta que le cuente sobre las cascadas del río,
quiere que lo lleve. Él me habla del sonido de las llantas sobre el asfalto mojado y frío, las voces de
los niños, los roces de los suéteres con el viento, los argumentos de las ramas pelonas, la ansiedad de
las montañas por la nieve ("están desesperadas").
Las nubes emigran al este. Buscan el mar. El cielo azul se refleja en las montañas. Los pinos revolotean
y extienden sus ramas a la nieve. El viento silba, Andrés afirma "es una canción de bienvenida".
El sol brilla y marca sombras largas sobre el piso. Hoy hasta la abuela está de buen humor.
—¿Escuchas, ya viene la nieve?
Andrés se levanta. Le ayudo a abrigarse. Los dos vestimos gorras, bufandas y guantes. Coge su bastón.
Lo tomo del brazo y lo guío hacia la colina.
Estoy nerviosa. Emma me preparó durante 30 años para este momento. Andrés ha esperado toda su vida
para conocer a través de mis ojos el color de la nieve.
—¿La ves?