Una noche de dolor y melancolía decides hundirte en un colchón viejo, disfrutando conscientemente la
náusea, generando el ambiente propicio para el fracaso. Dejas al espiral de luz que atraviese con desprecio
tus pupilas, recordándote que estás vivo. De pronto una llamada da pie a la suma de eventos.
Te levantas, con la vista nublada recordando que la panza necesita azúcar y las venas sal, tomas un
sorbo helado de té y un mordisco criollo de marraqueta y sales, convencido de ser firme, de mostrar
coherencia, sales a mostrar que no te quiebras.
El primer evento, equivocar el carril y dar dos vueltas a la rotonda, entonces ahí está ella.
Temblorosa en pie, niña muda, la verdadera, no la maléfica, mirándote con el llanto a flor de piel,
sosteniendo en sus brazos la razón de tu vida. Entonces de repente la magia vuela entre el retrovisor y el
volante y tú ríes, consciente del azar y el peligro, ríes y vuelas a su risa. La inocencia de mi niña
cierra el primer evento.
De golpe el segundo acto se abre, en sus dos lágrimas tímidas, se dispara la culpa y te lleva a hurgar
en el bolsillo en busca de algunas monedas, haces una monería y compras el placebo, el suyo. Necesitas el
tuyo, pero no existe en la farmacia, vuelves con el saldo exacto en el bolsillo y ella ríe de nuevo, fiel a
su recuerdo, ríe. Tú callas, en culpa y paz y se cierra el segundo evento.
No sabes entonces en qué momento la función termina, el círculo se cierra, lo entiendes sólo cuando
vuelves al silencio y la náusea. Dejas que la pulsión haga lo suyo, que ella succione con fuerza buscando
el alimento y algo de afecto, ella succiona, ríe, te mira, se mira, pelea entre juegos cómplices y
lácteos placeres. Escapas, suave y cobardemente escapas de los ojos temblorosos y la miel penetrante.
El motor responde al primer giro de llave... Sabina... "De sobra sabes que eres la primera que no
miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera".
Aceleras y contienes llantos en un tabaco seco, de golpe el ruido, las agujas cediendo, el motor temblando.
Te detienes, desorientado, te detienes a tres cuadras de la estación de servicio.
El tercer acto se ha iniciado, a tu lado 4 monedas, el cambio del placebo que ahora toma sentido. Las
suficientes para el último respiro del tanque, las necesarias para llegar al refugio temporal. Un hombre
joven y fiel, sacado de la última película de Sanjines, te grita que no tiene, que no quiere, que no le da
la gana prestarte un maldito envase para la gasolina. Te ofende, en tu esencia mestiza y en tu criolla
supremacía, te ofende, le gritas, se calla. Miras aquel envase clavado en la pared, se burla, te da el
combustible, se chorrea en una botella rota.
Llega entonces aquel hombre regordete de dientes de oro, que rompe la ley con una cholita, dos empleados
y dos adolescentes mudos esperando por la gasolina en un viejo trufi. Te regala un envase, Pepsi Blue,
parece decir. Sólo un chorro, con lo anterior ya es un litro, son 3,50.
Ya no tienes dinero y no tienes gasolina, la rabia habló, estás igual que al principio, con frío y hambre
a tres cuadras del auto, la ira decidió este destino.
Llega quien menos esperas, el amigo de piel erosionada, el que nunca fue, el detractor literario, el
absurdo comentarista deportivo del cual te reías en la U. Querido hermano, qué suerte verte, regálame
dos litros,
te mira, ojos verdes y musgosos, te mira, su cortesana ríe, pasando 6 monedas de mano en mano, las 6
monedas que me hacen falta para el último impulso. Claro, hermano, qué suerte que me encontraste, fue
un gusto verte, Chango, ponle dos litros...
Terminó el tercer acto... yo pensando, lleno el tanque, arranco, llego, guardo el auto y me quedo
recordando la esencia de cada acto, mi colchón viejo, la sonrisa de leche de mi niña, el hombre joven con
rabia de 500 años, el regordete, el amigo, yo... Vuelvo entonces cansado a la náusea, el círculo se
cierra y me quedo pensando una vez más en lo causal y en lo cósmico.