Y "Trapoloco" se hizo Premio Nobel de Literatura. Quién iba a pensar que ese flacuchento de
bigote negro y guayaberas incandescentes, que mantenía sin un centavo, produciría semejante conjuro. A
partir de la novela Cien años de soledad,
aparecida en el año 1967, la literatura colombiana exige nuevos miramientos. García Márquez es un genio,
no hay duda. Al margen de cualquier comentario por su defensa de la dictadura cubana, su novela creó la
generación garciamarquiana. Ya la Rayuela
de Julio Cortázar había establecido las reglas de juego, la manera de contar historias o no decir nada,
sin dejar de hacer literatura. Así pues, que no pocos escritores colombianos se tiraron a las frescas
aguas, a la poderosa entropía que establecía la nueva forma de novelar, de narrar la realidad
latinoamericana. Su aparición sirvió también para opacar la importante obra de Manuel Mejía Vallejo y
Germán Espinosa, y para alborotar resentimientos como el de Gustavo Álvarez Gardeazábal, que siempre
quiso estar en el llamado boom
latinoamericano, con Vargas Llosa y Carlos Fuentes, sin llenar los requisitos. Si bien es cierto que la
violencia en cualquiera de sus formas ha sido columna vertebral de los géneros colombianos, también lo es
que Cien años de soledad
presentó una novedosa metodología para contarla. La imaginación exacerbada, la hipérbole y la fantasía,
se metieron a narrar la masacre de las bananeras, que a decir verdad, no pasó de más de cincuenta muertos.
San Juan de la Cruz, santo patrono de los poetas del mundo, iluminó a Márquez para que no escribiera
novela realista sino novela de casas en el aire y mariposas amarillas. Tiene mucha razón Gabo cuando afirma
que su novela cumbre no es más que un largo vallenato. Los tacos de dinamita metidos por el culo para
suicidarse, causaron estremecimiento en unos lectores arrullados por el costumbrismo y el gélido
parnasianismo. Conviene recordar que la violencia ha sido la fuente de inspiración de todas las grandes
literaturas. Con García Márquez y Cien años de soledad
terminan en Colombia los ismos y demás sanedrines, algunos plásticos y prosternados al poder.
Centenaristas, cuadernícolas, nuevos, generación de mito como dicen algunos, generación desencantada,
generación del estado de sitio, piedracielistas, literatos de alcantarilla y dadaístas, quedaron
defenestrados por el nuevo lenguaje. Valga decir que con las excepciones de Eduardo Escobar, Jaime
Jaramillo, Jotamario y Gonzalo Arango, el nadaísmo fue eso, nada, sólo narcisismo y arrogancia
seudointelectual, cuyo primer desertor fue su propio fundador, El Profeta. No olvidemos que Gonzalo escapó
de esa turba descrestadora y malabarista. Lástima que Angelita, su compañera, lo haya articulado con el
fanatismo cristiano, destruyéndole toda capacidad poética. Adángelus,
su libro póstumo publicado por Angelita, nos da la razón. Pero bueno, García Márquez demostró que
Macondo era tan universal como París o la Catedral de Notre Dame. Aracataca, esa polvareda perdida en el
Magdalena, de casas envejecidas y melancólicas, clarificó el viejo debate entre universalidad y
provincialismo. Lo folclórico, lo rural y popular de nuestra literatura puede ser universal. Tomás
Carrasquilla fue nuestro primer síntoma, como lo demostró el profesor canadiense Kurt Levy, tiempo atrás.
Lo rural y costumbrista llevado a rango universal. Hay una grave confusión entre lo provinciano, pacato y
limitado, y su utilización como objeto de creación, con lenguaje universal. El secreto está en el
lenguaje, no en el objeto. Todo objeto, toda realidad, aun la más vulgar, puede tener tratamiento literario
o artístico de alcance universal. Ningún sustantivo es inexistente para un creador. Todo cuanto ven los
ojos o adivina el alma es objeto de creación artística. La falta de lenguaje adecuado ha frustrado
excelentes historias y engrosado los anaqueles de mediocridad. La característica fundamental de la poesía
provinciana es el sentimentalismo adherido a lágrimas y presentimientos fatales. Pero, ¿no son acaso las
lágrimas, la desdicha, los desgarramientos, el suicidio, el pesimismo, los condimentos primarios de la
mayoría de las literaturas? ¿Qué sería de la literatura sin el movimiento romántico? Sin ninguna
discusión, el problema del creador no está en sus objetos de trabajo, sino en su lenguaje. El lenguaje
determina lo provinciano y lo universal. Tiene tanta importancia para la literatura el barrio San Judas de
Pereira, o Las Brisas o el Barrio El Dorado o Pinares, como el Lago Uribe o los destruidos palacios de
Bagdad. En ese sentido, Aracataca o Macondo, nos universalizó nuestro abandono, nuestra falta de
democracia, nuestra explotación y terrible soledad. Guillermo Valencia, León de Greif, Eduardo Cote Lamus,
Jorge Gaitán Durán y todos los modernistas y piedracielistas se nutrieron de Europa, allí bebieron su
itinerario poético. García Márquez, en cambio, a pesar de su inicial influencia modernista, crea su
lenguaje y bebe de todo lo nuestro. Dictaduras, pacatería, violencia partidista liberal y conservadora,
explotación multinacional, masacres y desmemoria, se agudizan como objeto de creación con alcance
universal. Gabo dio una gran lección al parnasianismo colombiano, delirante y desarraigado. Queda claro que
hasta avanzados los años ochenta del siglo pasado, García Márquez y su novela influyeron poderosamente la
narrativa nacional. Empezó entonces un nuevo esfuerzo, la necesidad de otra entropía que permitiera una
novelística alejada de los cánones garciamarquianos. Entrados los ochenta se inició otra literatura
renovadora. El reto era escribir sin influencias del realismo mágico. Se volvió costumbre afirmar que los
escritores colombianos imitaban a García Márquez y era entonces urgente abandonar esa influencia tan
marcada durante casi veinte años. El asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, en el
gobierno de Belisario Betancur Cuartas, fue el detonante. Irrumpió en Colombia, sostenido siempre por la
violencia, un realismo narrativo truculento y en algunos casos amarillista y panfletario. El narcotráfico,
con sus sicarios y pablos escobares, se convirtió en la nueva violencia, la más despiadada, la más cruel
y, en consecuencia, el nuevo objeto de creación literaria. Agréguese, a esa oportunidad tan maravillosa en
la literatura, aunque duela, la toma del Palacio de Justicia por el M19 y la retoma sangrienta de los
militares colombianos asesorados por la CIA. Temas como la extradición de nacionales solicitados por
Estados Unidos, los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y las organizaciones criminales
como el MAS, Muerte a Secuestradores, creado por los hermanos Ochoa y Escobar Gaviria, enriquecieron la
curiosidad de los escritores y nos prepararon para el advenimiento de una de las más vigorosas literaturas
urbanas y sociales de América Latina. ¿Para qué sirve un escritor si no para destruir la literatura?, se
pregunta Oliveira en la Rayuela
de Cortázar. Indudable que Colombia tiene una literatura del narcotráfico. La Virgen de los Sicarios
y Rosario Tijeras
hacen parte de ese vademécum bibliográfico. Ya lo dijo Gustavo Flaubert: "El arte, como el Dios de
los judíos, se alimenta de holocaustos". Tenemos la suerte de un país recipiente de todas las
angustias continentales. Las sociedades desproblematizadas han sido estériles para la creación. ¡Es una
paradoja! Se ha escrito más poesía sobre el dolor y la muerte que sobre la felicidad y los sueños del
hombre. La tragedia, en cualquier nivel, es la mejor fuente literaria. Que lo digan Sófocles, Esquilo y
Eurípides. Para ratificar lo anterior, nuestro modernista José Asunción Silva escribía sobre reclutas
muertos en el siglo XIX: "Los pantalones de manta manchados de barro fresco, y la sangre ya viscosa
pegándole los cabellos". Somos un país escindido, inorgánico. Muy lejos seguimos de un ethos
de la transparencia y la honradez, como lo dijera el ilustre profesor Rafael Gutiérrez Girardot. De tal
manera que una febril actividad narrativa alrededor del narcotráfico y el sicariato, principalmente,
amplía la bibliografía nacional. Qué más podía escribirse en un país donde se volvió costumbre la
explosión de un carro a la entrada de un edificio de comercio y el asesinato de sus candidatos
presidenciales, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro Leongómez, Bernardo Jaramillo Ossa y Luis Carlos Galán
Sarmiento. Donde se secuestra a sus procuradores y se los asesina como a Carlos Mauro Hoyos. Donde
periodistas como Diana Turbay, hija de un ex presidente colombiano, sienten el calor abrazador de la
ametralladora. Donde se sigue viviendo como una tragedia de los siglos, su himno nacional, sus átomos
volando. El himno de Colombia es un recordatorio de nuestras violencias. Qué tal el paradigma de La
vorágine:
"Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia". En Colombia, la masacre de hoy no es más
que el anuncio de la masacre de mañana. Tenemos una literatura profunda, rica en autores, pero, sobre todo,
transgresora de la realidad inmediata. "Ninguna gran idea merece un cadáver", nos dice Héctor
Rojas Herazo. Sin embargo, la muerte no cesa. ¿Para qué poesía en tiempos sombríos? Se pregunta
Holderlin. ¿Cómo escribir para señoras camanduleras y pacatas y caballeros de perrito en los parques en
un país donde la fealdad de su violencia se asoma por todas las ventanas? La guerra está tocando las
puertas de las casas. Nos creemos inmunes porque todavía podemos ir a la tienda de la esquina a comprar pan
y los muertos no los vemos sino en periódicos. De tal manera que nuestra espiral de sangre y vergüenza
mundial se agudizan, y en los avanzados años noventa del siglo XX se presenta en toda su magnificencia la
guerra. Militares, guerrilleros, paramilitares y delincuencia organizada generan desplazamiento campesino,
destrucción total de vidas y pueblos, exilio y desarraigo. Crece, como la audiencia de Zalamea, la
contestación narrativa y poética, la literatura urbana con toda su podredumbre: crímenes, prostitutas,
basureros, contaminación ambiental, bulla de ambulancias, mierda en los andenes, bares y coperas, erotismo
exacerbado y vehículos raudos y fantasmas. Se enriqueció el texto. La novela y la poesía encontraron
nuevos respiraderos. No subestimo nuestra literatura. Si bien, por nuestra juventud como nación, dudo en
afirmar que exista una literatura nacional, sí digo con vehemencia que existen grandes escritores,
narradores y poetas de primer orden y una vasta titulación de libros. Si los mencionara, nunca acabaría,
pero conviene a la memoria, y al ejercicio de las pruebas, citar al menos a Álvaro Mutis, un novelista
engreído y con prestigio, que lastimosamente ofende el sentido latinoamericano cuando, al recibir el Premio
Cervantes, dice a los reyes de España: "Hoy, España, de manos de su majestad el rey, nuestro
señor". ¡Qué traición, qué vergüenza! Sigamos con Laura Restrepo, Jorge Franco, Harold Alvarado
Tenorio, Piedad Bonet, Óscar Collazos, Darío Ruiz Gómez, Juan Carlos Botero, Mario Mendoza, Mario Rivero,
Giovanni Quessep, Juan Manuel Roca, Héctor Escobar Gutiérrez, Susana Henao, Cecilia Caicedo, Rigoberto
Gil, Gustavo Colorado, Hernando López Yepes, Eduardo López Jaramillo, Fernando Macías, Elkin Restrepo,
Nelly Arias de Ossa, Guiomar Cuesta, Dora Mejía, Dora Castellanos, Víctor Gaviria, Alba Lucía Ángel,
Conrado Zuluaga, Enrique Serrano, Mauricio Gamboa, Marco Antonio Valencia, Felipe García Quintero, Héctor
Abad, Gustavo González Zafra, David Jiménez, Jaime Alberto Vélez, Julio Paredes, Pedro Badrán, Juan
Carlos Moyano, Oscar Torres, Fernando Herrera, William Ospina, Horacio Benavides, Rómulo Bustos, Marta
Patricia Mesa, José Raúl Jaramillo Restrepo, Germán Flórez, Amparo Romero Vásquez, Elkin Restrepo y
Fernando Vallejo, un escritor que se envejeció insultando a la madre, incapaz de asumirse como homosexual
sin traumas. Presento apenas un pequeño listado. Los nombres son muchos y de continuar terminaría con toda
certeza en un extenso directorio de escritores colombianos. El censo sería interminable. Lástima que nos
leamos tan poco. De eso sí me quejo. Ahí estamos cometiendo un error de consecuencias graves. En la tierra
del padre Cañarte, en Pereira, sí que nos ignoramos. Con tan buenos escritores sería maravilloso que nos
convirtiéramos en buenos lectores y dejáramos el egoísmo en el pasado, y sobre todo la pereza literaria y
académica. Seguimos siendo expertos en letras, pero de cambio. Sigamos...
La generación del boom
causó una revuelta literaria y, a partir de Gabriel García Márquez, Colombia ha construido otra
entropía, otro lenguaje, otro desplazamiento de lo viejo. Sin humores gástricos, el bípedo implume
nacional ha creado literatura de largo aliento. A pesar de todas las desgracias, somos un país de alta
cultura y abundante narrativa, donde opera un sincretismo cosmogónico. No tenemos una literatura
subalterna. Alfonso Reyes afirma que América Latina constituye el último reducto de la utopía, entendida
como el espacio donde lo mejor de lo humano está por realizarse y donde todos los aportes de la
civilización occidental serán enriquecidos. Pues bien. Colombia necesita redimirse y es el lugar óptimo
para construir un mundo mejor. Por suerte, la intelectualidad colombiana, nuestros creadores, no están
asfixiados ni han sido absorbidos por la prestigiosa esclerosis. Nuestra capacidad de alumbramiento
literario es descomunal, hiperbólica. Tenemos profundidad y erudición, dos categorías de la inteligencia
que no se dan juntas con facilidad. A pesar de que la mentira es el alimento matutino, nuestra literatura se
expande, crece como los tentáculos de la medusa y el pulpo, es la eclosión almática y espiritual de una
nación que nunca se rendirá. Cien años de soledad,
ese largo vallenato, es apenas un esbozo de nuestra imaginación y capacidad de sobrevivencia en la
adversidad.
Qué bueno que se fortaleciera entre nosotros la crítica literaria. En ese aspecto tenemos debilidades.
Una crítica sin gigolos ni canibalismos, una crítica de construcción de sociedad literaria.
"Profundo es el odio que en los corazones abyectos arde contra la belleza", sentencia Ernest
Junger. Dice por su parte Wittgenstein: "Los límites del mundo son los límites del lenguaje".
Ciertamente que algunos de nuestros llamados críticos literarios más parecen la radiografía de un buitre
que no ve sino carroña. Su comportamiento tanático es el de unos burócratas comentando carátulas que no
libros. La elogía y la aliteración son su hoja de ruta. El marketing editorial sí que los deforma. No
leen con profesionalismo sino que vibran al ritmo de la fama y los intereses de las grandes editoriales. En
Colombia la mayoría de los escritores no tiene vasos comunicantes. Es urgente la presencia de una crítica
literaria imparcial y sobre todo, investigadora. Para no ir muy lejos, todas las antologías de escritores
colombianos han sido sesgadas, amiguistas, clientelistas. Los autores de Risaralda y Quindío son totalmente
desconocidos por esas antologías. Hay unas que verdaderamente deforman a un estudiante de literatura. Creo
que la mayor seriedad podría encontrarse haciendo antologías regionales. Es una tarea que está pendiente.
Cinco o seis antologías de regiones darían un inventario bastante aproximado de nuestra riqueza literaria.
Insisto. Las antologías nacionales hechas hasta el momento han sido sesgadas. Creo en la existencia de una
literatura excesivamente vigorosa en Colombia, pero necesitamos más crítica. Esa literatura tendrá que
abordar el conflicto con Venezuela, el Tratado de Áreas de Libre Comercio, la paz con las autodefensas y
cada uno de los fenómenos que indican que la literatura rural y costumbrista ha muerto, quedando sólo el pathos
del desplazamiento campesino, para convertirse en objeto de creación urbana. Ya estamos abordando el tema
gay, un imposible hasta hace poco. Lo demuestra la novela de Alonso Sánchez, Al diablo con la maldita
primavera,
ganadora del primer lugar en el concurso nacional de novela convocado por el Instituto de Cultura y Turismo
de Bogotá. Lleva varias ediciones totalmente agotadas.
Pereira, por ejemplo, ya tiene sus ñeros, su catapultada calle del cartucho. La décima con calles
catorce y dieciséis, es parte de nuestro objeto literario urbano y, sobre todo, de nuestro grito de
angustia existencial.
Un escritor nunca tiene cinco sentidos, mínimo tiene seis, pues su condición de creador, de demiurgo,
de artista, surge del sexto sentido de la brujería. "Trapoloco", el humilde hijo del
telegrafista, nieto de un coronel de la guerra de los mil días y que vivió para contarlo todo, se hizo
Nobel de Literatura. Estoy seguro de que habrá más sorpresas en el constructo literario colombiano. Si en
lo social, económico, jurídico y político, no hacemos un oasis, en literatura sí. Ello, en parte,
gracias a la herencia de "Trapoloco", el caribeño flacuchento, de bigote negro, que usaba
guayaberas incandescentes.