Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 117
1 de noviembre de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Sala de ensayo
Las bibliotecas etéreas
Hugo Santander Ferreira

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Las bibliotecas etéreas

En su Philosophie des Geistes Hegel juzga a Inglaterra un país más propicio para la poesía que para la filosofía; prueba de ello su conspicua progenie de poetas. Este encomio innecesario obedece al presupuesto de que la filosofía, siendo superior a todas las artes, debe dictaminar los méritos y los desméritos no sólo de las razas, sino también de las naciones y los continentes. Más probable, si bien menos creíble, es la convergencia de una serie de bibliotecas etéreas diseminadas a lo largo de las villas inglesas, a menudo frecuentada en sueños por poetas, novelistas e historiadores.

Cierta tradición oral de Stratford-upon-Avon relata que, a lo largo de su vida, Shakespeare consultó en sueños enciclopedias de otros tiempos y otras lenguas. Fruto de aquellos delirios nocturnos son los pasajes más sublimes de sus muy predecibles tragedias y comedias1 —en especial The tempest. La revelación, se dice, ocurrió cierta noche en los albures de su mocedad, cuando Shakespeare se encontró en una biblioteca al aire libre, forrada de césped, poblada de estantes de roble vivo discretamente enraizados en espiral. Luego de hojear un volumen de poemas, Shakespeare fue abordado por un hombre hindú de piel aceitunada.

—Todos los versos —le dijo a la luz del poniente—, como todos los pensamientos, han sido previamente concebidos por el creador. La inspiración de los bardos del mundo de las sombras,2 se supedita a los escritos que las bibliotecas de la eternidad preservan. Regocíjate, William Shakespeare, pues en breve tendrás acceso a los volúmenes de la biblioteca de la protectora de esta isla.3 Al despertar Shakespeare transcribió dos de los versos más melódicos de la lengua inglesa:

      Oh, esa, esa tierra que mantuvo al mundo sin aliento
      Es ahora un muro que rechaza al viento del invierno.4

Dicho rumor coincide con el testimonio de Samuel Taylor Coleridge, quien en 1816, en el prefacio a Kubla Khan confiesa haber presenciado imágenes correspondientes a entre doscientos y trescientos versos, de los cuales, al despertar, apenas rememoraría los cincuenta y cuatro que la posteridad preserva. Este poema apareció publicado bajo el auspicio de Lord Byron, quien a su vez habría de instigar las pesadillas de Mary Shelley y Frankenstein.

En su Historia eclesiástica de la gente de Inglaterra, escrita en 731, Beda, monje de Jarrow, dedica varias páginas a Caedmon, el primer vate conocido de la lengua inglesa. Según Beda, Caedmon fue un labrador iletrado que menoscababa de su don poético. Cierta noche, siendo convidado de una fiesta, y presintiendo que la concurrencia le pediría que cantase, Caedmon se evadió para pasar la noche en compañía de sus cerdos. En breve un hombre lo importunó y, luego de lisonjearlo por desdeñar los placeres mundanos, le pidió que cantase algo al Creador. Caedmon se excusó aduciendo que él ya no podía cantar; el visitante insistió. Un tanto amedrentado, Caedmon compuso entonces un poema que recobraría al despertar. Horas más tarde, Caedmon refirió la historia a un capataz, quien indiscretamente difundió el rumor, hasta que éste llegó a oídos de Santa Hilda, fundadora de la Abadía de Whitby. La abadesa pidió entonces a sus administradores que le presentasen a su labrador; Caedmon fue convocado y luego de agradecer a la Providencia recitó el poema para deleite de Santa Hilda. El poema fue transcrito por los amanuenses de la abadía y Caedmon fue hecho monje; en adelante el bardo iletrado compondría versos sublimes hasta el fin de sus días.

Generaciones menos sensibles al misterio de la creación han preservado el poema que Caedmon compusiese en sueños:

      Ahora debemos ensalzar del reino celestial al guardia
      De Nuestro Señor el poder y su sabiduría
      El trabajo del padre glorioso, creador de cada cosa
      El Señor eterno, el comienzo instaurado
      Él creó primero la tierra, para sus hijos
      Y el cielo como tejado. El santo creador
      Del recinto de en medio. De la humanidad el protector
      El Señor eterno, quien desde el más allá ha hecho
      Para los hombres, la tierra, Señor todopoderoso.5

Notas

  1. El valor de la obra de Shakespeare no se basa en sus tramas, sino en sus versos, como lo demuestran las sosas adaptaciones de Macbeth y King Lear de Akira Kurosawa. Regresar.
  2. Este comentario arroja luz sobre nuestra percepción. A diferencia de los sueños, la vigilia depende enteramente de las sombras; los colores y las formas no son sino caprichosas superposiciones de luz ensombrecida (nota del autor). Regresar.
  3. Desde el siglo diez el mundo cristiano se refiere Inglaterra como a la Dote de María, tal y como consta en el documento firmado por Ricardo II: Dos tua Virgo pia Haec est. Regresar.
  4. O, that that earth which kept the world in awe
    Should patch a wall t'expel the winter's flaw. Regresar.
  5. Nu we sculon herigean      heofonrices weard,
    meotodes meahte      ond his modgeþanc,
    weorc wuldorfæder,      swa he wundra gehwæs,
    ece drihten,      or onstealde.
    He ærest sceop      eorðan bearnum
    heofon to hrofe,      halig scyppend;
    þa middangeard      moncynnes weard,
    ece drihten,      æfter teode
    firum foldan,      frea ælmihtig.
    Regresar.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 15 de noviembre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes