Porque ese día no le vino a panacea —y tal vez algo de discusión entreabierta a las polémicas de
café frío— quiso uno más que Franz sucumbiera al destierro. Sumido en la profunda declinación de un yo
descompuesto, el azar que a los débiles más estoicos transfigura el genio por la sangre de la que viven,
ese mismo de darse vuelta estando de frente con la cara ensimismada en un oeste de utopías; quiso un cielo
de estrellas hondas y rosadas la mejor versión de estos hechos.
Franz se alejó de Praga, hasta un humilde poblado en las afueras de la región de Moravia, aquel ocioso
corredor de paso entre Bohemia y Eslovaquia, nada más para entregarse de lleno a su aventura más extrema.
Aquella ofensiva del Castillo no había resultado tan ofensa y por el incontrolable lema que supo el
carácter aciago de su padre incluyó el retiro a sus últimos días. Más fuerza aun requirió la farsa
electrizante al alto plan literario de su autoría, la que no refiere su muerte para 1924. Aún vibra la
sala amortajada de su obra en el confín de aquellos horizontes.
Gonzalo Quevedo me ha confesado la más absurda de sus ironías. Lo visité hace unos meses, en el café
que Ernesto Suárez detenta contra la nulidad en bandera flameante y una esquina de mil Venus disfrazadas.
Recuerdo haberlo visto más relleno, como una especie de barrica dulce que años de buen vino han sabido
erosionar, y me instó a la discusión sobre la muerte de Kafka. Quevedo, ávido de los consuelos menos
convencionales, ha referido datos, por cierto severos, acerca de aquel poblado en las afueras de Moravia.
Tal pesquisa retiene detalles asombrosos del ingenio kafkiano: son incontables los bocetos en lengua checa,
las figuraciones acerca de su padre y uno que otro agricultor que vio su magnífica obra. Porque a decir
verdad la obra kafkiana revela el éxito del acero, la complicidad con la que se puede armar uno de vida
sólo con metales. La soledad.
Andando el sortilegio que proponen los acertados ensayos biográficos, decidí no acabar mis neuronas al
remolino febril de dejarme taimar, y en el café que Los Angelitos no saben llorar fui feroz garra al más
enroscado vaticinio. Franz Kafka, como referían los ensayos biográficos que obtuve del Ateneo en mi
último viaje a Buenos Aires, murió en 1924.
A veces la clave reside en evitar religiosamente cualquier tipo de narcótico, más los opiáceos de
fuerte contundencia alucinógena; y creo que fue en ese momento cuando analicé mi primer flaqueo: Gonzalo
Quevedo no es un tipo muy diferente a mí, salvando la diferencia de edad, es más bien lúcido, completo de
ojos y a las bebidas marrones, ¡OK! Toda la trastienda de aquella tarde evolucionó en puros gritos,
especulaciones y movimientos de manos, cualquiera creería que nos dexorcisábamos recíprocamente en puja
talante. Gonzalo, y refiero en ello algo de la razón que creí haber ganado para las ocho, casi vuelca el
café de su taza. Pretendí demostrarle que no cabía espacio a la tergiversación de los hechos por su
obstinación, Franz Kafka nacido en 1883, había literal y físicamente muerto en 1924. Atribuyó mi
equivocación —reconozco que esa palabra me produce urticarias cuando una refutación se gestiona a los
gritos— a una suerte de conspirador plenilunio del que gozábamos todos los fervientes y del que también
había sido presa hasta su contacto con la verdad.
Quevedo no fue más que otra presa del asombro. Nosotros fuimos presos de él.
Para las diez de la noche la mesa hervía con Gonzalo contrariando a dos profesores de la Universidad de
Filosofía y Letras que se empeñaron en desbaratar su alineación y que por cierto no paraban de
agradecerme la cena. Ellos me caían bien, eran doctos de una soberbia disciplina y eventuales aliados. Hubo
un momento en que les ofendió el tono quevediano (no por buscón) y refutaron a mansalva aquella parodia.
Para las once, un triste rincón de aquel boliche titilaba en la sumisión de una contienda más imposible
que polémica. Quevedo insistía en que Kafka no había conocido la muerte sino hasta 1929 y que la caída
de la bolsa de Wall Street ese año más el desplomamiento de las que en ella se reflejaban como espejo
biselado, fue el comienzo de la muerte tanto de su cuerpo como del mundo en su confusión.
La urdida sombra que este muchacho implanta en las cronologías más exactas pretendió ser
desenmascarada. Deslumbra con el relato de su experiencia más próxima con Kafka, su viaje a la ex
República Checa hace un año. Allá, en las vastas migajas de la Europa Central, había conocido a un
agricultor que moraba los helados parajes de un poblado no muy extenso pero en desarrollo, cerca de Praga.
El tipo decía llamarse Rondhas Melnick, también decía conocer el destino último y secreto del literato.
Con él, en un apretado inglés se habían extendido en una charla sobre la obra del escritor, la más
grande obra kafkiana, la verdadera. Discernieron acerca de lo poco contundente de El castillo,
anduvieron las reglas de El proceso
y de La metamorfosis
y la Carta al padre
no obtuvieron más que resaca. Melnick llegó a ignorar, según detalles corregidos por Quevedo, esos
trascendentes escritos porque aseguraba conocer la obra más extraordinaria de Kafka, una magnánima. Una
noche, aturdido por un destilado de papas que el viejo preparaba en un extraño alambique de metales
porfiados que en otros tiempos y formas supo ser bicicleta, Melnick aconsejó a Quevedo visitar una zona
rural de Moravia. No siendo eruditos conocedores de alambiques pero con nociones elementales, nos detuvimos
en aquella descripción que Quevedo atinó acerca del mismo pretendiendo descarrilarlo, un detalle de vidrio
tal vez o algo fantástico y así desprevenirlo en su propia coartada, la mentira que desbarataría su
delirio. Reconozco que me gustaría hoy mismo tener de adorno un alambique así.
En aquella zona de Moravia se armaba, según el viejo Melnick según Quevedo (detesto el carácter
transitorio que desvirtúa y agranda) el reto a las fuerzas del conocer literario. Había recorrido gran
parte de la Moravia, decía que los aires susceptibles eran poco respirables porque ni siquiera quedaba
lugar para ellos debido al fastuoso monumento erguido al absurdo del mundo.
Quevedo aseguró haber visitado la verdadera tumba de Kafka, también, su verdadera y más inmensa obra.
Dijo haber arribado a un paraje de químicas muertas en donde el sol se corta cuando al mediodía cae de
lleno en esa estática mole de acero. La historia quiere que cuando Franz Kafka decidió su retiro, lo
había hecho en su más intenso y majestuoso sentido figurado. Quevedo contó que para 1924, Kafka se
retiró a esa zona para recluirse, presagiar el futuro, componer su excelsa obra y morir. Hubo momentos en
los que nos costó pensar cómo y cuánto puede lograr un hombre cuando la vida le paga los últimos
céntimos a hurtadillas.
El artista del hambre, El escudo de la ciudad, El silencio de las sirenas, El proceso, La metamorfosis,
El castillo, La carta al padre, La condena
y Josefina la cantaora,
entre otros, no pasarían a ser más que un embutido excremental de las desgracias al lado de la verdadera
obra de Franz Kafka.
Antes de que nos echaran del café quisimos terminar de oír la entreverada historia de Quevedo. Aseguró
haber presenciado el inicio de una nueva era en la historia al conocer el inmenso sueño kafkiano, sin dudas
decía, un hito que el mundo entero ignora en su letargo de libros esquivos y rabiosos.
Melnick le había introducido en una riesgosa historia que delataba los últimos y secretos proyectos del
escritor checo. Logró convencerlo de que hacia 1920 Kafka ya lo tenía planeado y decidido. Montó una
infamia de exquisito sabor mundano que habíamos engullido con brío desde el mismo momento de su
desaparición. En 1924, cuando el mundo lo creyó muerto, con una de esas típicas burlas en las que se
intercambian cadáveres falsos por vivos extenuados que quieren terminar su vida en el anonimato, Kafka se
retiró hacia esos parajes en donde ya estaba esperándolo un cúmulo de materiales que variaban entre miles
y miles de varillas de acero y una máquina para soldar. En aquellos destinos, solo y convencido, había
emprendido la construcción de su más hermosa y fiel obra. Había comenzado a construir una enorme jaula de
acero, reforzada e impenetrable como la misma nada y en la que puso el empeño de toda su vida acarreando
las pesadas varillas y la máquina de soldar. Sí, Franz Kafka con esa cara de ángulos cortantes y
rapiñada por los peores rigores, soldaba.
Parece ser que los hostiles climas le dificultaron el trabajo, de cuando en cuando habría tomado notas
de lo terriblemente arduo que le resultaba mantener en pie las vigas de acero que pesaban tanto como él.
Hay exagerados gráficos sobre la obra, con orladas pérgolas mutilando el viento helado en la presencia que
sólo el acero riñe a las desolaciones; no son demasiado claros en su copia y a veces se vislumbra la
presencia ahumada de un acorazado fantasma o un demoníaco estorbo de cristales asesinos que dominan la
incertidumbre de la niebla.
Cuando Gonzalo Quevedo terminó su relato nos invadió la mudez. Debo reconocer que mi capacidad para la
sorpresa se mide por la cantidad de palabras que le ceden lugar a los gestos. Contó que el escritor checo
se había empeñado en hacer de su obra una estructura indestructible y que había perdido cuatro kilos en
su proceso de terminación. Cuando nos imaginamos a Kafka con cuatro kilos menos el escalofrío casi se
coagula en pánico. Al terminar la jaula, cuando por fin había soldado la última varilla de acero con
ancla detallista, simplemente se sentó y contempló todo. Comprendió las nubes, el esperma de su cielo
incontenible, el sol queriendo vaciar a los hombres de incertidumbres o darles por lo menos un buen día y
también un aire dilapidado en sorbos de narices que el instinto absurdo de los hombres utiliza para
reincidir. Franz Kafka había culminado su máxima obra; la fornida estructura de acero que había
concretado no tenía puerta y él, él había quedado del lado de adentro. Lo regocijaba de paz del
cautiverio por temerle finalmente a la absurda y peligrosa libertad que el mundo obsequia. Prefería
comprender sus últimos momentos de vida encerrado, apartado y protegido del mundo.
Otros dibujos muestran el proyecto terminado y a Kafka dentro. Eran algo increíbles y garabateados, más
inferí su aburrimiento en el avión de regreso que un documento fidedigno.
Gonzalo terminó de hablar y recogió asentimiento con sus ojos chispeando detrás del vaso de vino al
darle un sorbo infinito. La verdad es una construcción abstracta que nos hace poder aceptar al prójimo y
desafiar lo que no podemos descubrir. Si mal no recuerdo, uno de los profesores que estaban con nosotros en
la mesa se echó a reír como un lunático, por mi parte, mutis. Cuando Quevedo refirió los detalles más
asombrosos del hecho, nadie tuvo más para decir. La mudez había ganado la mesa y el lugar por completo
porque ya nadie quedaba. Relató sus encuentros en Cracovia con ciertos amantes de la literatura, en
Budapest y en Salzburgo había acertado contacto con renombrados vanguardistas de un movimiento no
conservador que refutaba, en base a investigaciones de elevada sapiencia, los mitos que el mundo tragaba.
Algunas fotos y descripciones andaban los bordes chocolatados del Danubio, las aguas casi negras del lago
Neusiedl, pero sólo relatos fueron los del escabroso tironeo idiomático cuando cruzó a Bratislava para
finalmente visitar Moravia. Decidimos comenzar a jugarle preguntas y la mayoría de ellas se aburrieron con
sorprendentes respuestas.
La reseña está contaminada de una magia casi inaprensible. Contó Quevedo, y recuerdo un fuego tenue
roncando en nuestra absorta expresión, que cuando es cerca del mediodía, en el mismísimo momento en que
los rayos solares enternecen esa caparazón de aceros, se produce un extraño fenómeno: el sol se eclipsa
por lo que dura su pleno ceñirse directamente sobre la jaula. Sobreviene por algunos minutos la oscuridad,
los pocos pájaros de la zona se suicidan en un canto falaz y de la tierra emergen aullidos de dolor porque
es la antelación y profecía de que el mundo se equivoca en su trote. Dato curioso es que la muerte de
Franz Kafka haya sido reseñada por este grupo de dudosa procedencia para la misma fecha en la que se
desplomó la bolsa de Wall Street y con la que sobrevino la crisis de los años ‘30. Una perfecta
convergencia entre sus obras tanto literaria como arquitectónica si puede decirse: ambas muestran la
angustia del hombre ante el absurdo del mundo. Más que un hombre, una entidad cósmica a la que le duele
sentir la casualidad de un hombre.
Esa noche volvía a mi casa reanudando cada uno de los acontecimientos narrados por Gonzalo Quevedo. El
vino, el café, la cena, los nervios más un anticuerpo justo de la incredulidad casi me depositan en el
cubil de una paranoia sin dueño: no sabía si era de él por lo expresado o mía por escucharlo.
Han pasado algunos meses ya. Hoy en día cada vez más gente y más doctos son los que se van acoplando
al rumoreo de la historia. Evidentemente Quevedo ostenta pruebas irrefutables de que Kafka no murió en 1924
sino cinco años más tarde, disputado entre el frío y las inclemencias de las adversidades por vivir
encerrado. Según dice, por comentarios que sólo deja brotar entre dientes, una ruda pulmonía lo apagó.
La historia cierra concreta y llanamente y los últimos escritos kafkianos del cautiverio que guarda en su
casa siguen la línea literaria, confirman la autenticidad del genio. Tales escritos son posesión sólo de
los miembros adscriptos a ese movimiento refutador que reúne a cuatro países y tiene su sede en Viena,
también del que él es miembro pasivo y exhibe orgulloso en una credencial de nombres irreproducibles. Una
estirpe de literatos y estudiosos corrompiendo el opio de la desinformación que riega años de ignorancia
colectiva. Dice también poseer información sobre Pármico y sus maquiavélicos métodos, quien manejaba a
Cirilo y Metodio en el proceso de cristianización cuando se constituyó la Gran Moravia en un Estado
unificado; la verdadera causa del matrimonio entre Luis XV y María Lesczinska y un estudio reciente que va
desentrañando por qué La escuela de los maridos
y El misántropo, El médico a palos
de Molière jamás debieron ser patrimonio de la humanidad por los peligros que engloban.
En cuanto a los documentos que desvían lo que se sabía hasta ahora sobre Kafka, él ha querido
compartir algunos de esos escritos con la biblioteca provincial, la de Luján y conmigo. Quiero progresar en
la revolución tecnológica por los cursos de computación que llevo en mi haber, debo a ellos la
distribución de algunos de esos ejemplares por Internet, ya se propagan por todas las librerías
inflamablemente como polvo de cereal ardiendo. Yo conservo una de esas copias que fotocopié a Quevedo,
porque me encanta ver a Franz Kafka en la lengua de la gente otra vez, siento un mejorarme el pulso cada vez
que recuerdo cuánta nueva vida le han ofrecido los nuevos comentarios del ambiente literario. Quise en una
época, ambos profesores de aquella tertulia desesperada también propusieron unírseme, intentar pertenecer
a aquel movimiento de refutadores, pero conseguir la credencial no es cuestión de Green Peace, sí o sí
necesito viajar a Europa del Este y ponerme en contacto con la central en Viena; así quien quiera
pertenecer.
Pasé casi cinco meses acopiando información que hurgaba en todos los medios posibles para comunicarme.
Buenos ensayos, correo, mailing, Internet, etc... creo hasta hoy haber conseguido lo suficiente como para
poder encarar un ensayo que, a mi parecer, va a dejar un pequeño rastro en la confusión de mis pares. Esa
insinuación será la primera que deba concretar exitosamente y devolverle el favor a Gonzalo. Igualmente no
creo que la inclinación compulsiva de Artaud a la compra de objetos eróticos sea tema equiparable a la
bisagra que fue el relato de Quevedo para la literatura.
Obviamente, ahora soy amigo de Gonzalo Quevedo. Lo soy porque admiro a los excelentes narradores con ese
poder de usurpación a lo normal para construir una gran ilusión, una enredada ilusión provisoria que
desnude la mente de seguridades para seguir intentando, en el precioso cuenco de la incertidumbre, una
enorme ilusión tan impenetrable como la jaula de Kafka. No hay poder de manipulación, no, lo que hay es
una vuelta a vivir en esos relatos, pura magia que hace respirables los asombros. La vida, la mía por lo
menos, reside en esa eterna búsqueda que justifique encontrar algo parecido a la verdad pero que no sea tan
distinta al mundo que conocemos.
También quiero aclarar, soy amigo de Gonzalo Quevedo desde que me confesó en la mesa junto a su
familia, que quiere ser escritor y que le encantaría algún día visitar Checoslovaquia.