—¡Eh, mira! ¿Has visto eso? —avisó el guarda más joven al más veterano y barrigudo.
—A ver: ¿qué? ¿Otra paloma muerta?
—¡Que no, hombre, que no! Mira.
El viejo se acercó y con un palo empezó a empujarle el dorso como a cualquiera de los animales muertos
que se encontraba casi a diario. No se movía.
—Pero... ¿cómo se habrá metido ahí? —preguntó el muchacho entre asombrado y asustado.
El otro lo miró y se encogió de hombros.
* * *
No era larga la vida que de sí misma podía contar. Apenas unos años que la habían llevado hasta ese
punto, hasta la adolescencia, la adolescencia ya madura que en breve se convierte en adultez.
Mientras paseaba tranquilamente, iba observando los edificios de la ciudad, las luces que se iban
encendiendo al atardecer. Y pensaba que nunca en su corta existencia se le había ocurrido mirar cómo
estaban hechos los edificios, si eran más o menos viejos, si el arquitecto había ideado algún adorno de
obra para la última planta, entre dos balcones. ¡Cuántas cosas se llegan a obviar! Y suelen ser las que
te rodean día a día. Aunque, bien pensado, nunca antes había pasado por aquellas calles.
Había quedado con un grupo de amigos en la plaza del Arco para ir a algún bar, contarse sus cosas, más
bien matar el rato recordando tiempos pasados, como para convencerse de que aún tenían algo en común que
justificara su reencuentro. Parecía que era la primera en llegar. Dio una vuelta sobre su propio eje, en
medio de la plaza, para cerciorarse de si había ya alguien conocido. No, realmente era la primera. Cerró
un momento los párpados y respiró el aire fresco del anochecer. Hasta le pareció puro, a pesar de la
contaminación.
Dio un par de vueltas a la plaza, se sentó en un banco, al pie de una farola. Era todavía demasiado
pronto. Se lo había advertido su tía, pero ya estaba hastiada de tanta fiesta navideña y se quería
escapar. En el fondo, estaba contenta de estar allí sola, desconocida para los extraños que pasaban. Por
primera vez le invadía una fuerte sensación de ego. Estaba acompañada de sí misma. Nunca imaginó que la
suya pudiera ser una compañía tan grata.
La plaza se prolongaba por un extremo formando un largo paseo bordeado de farolas que no se acababan de
iluminar. Su cuerpo se dirigió hacia él, como si lo llamara. Sus pies la guiaban por los bordes de piedra
de los parterres, haciendo equilibrios, como cuando era niña. Fijaba la mirada en las piedras que iba a
pisar para no caerse.
Transcurridos unos minutos, se detuvo y miró hacia atrás. Casi se había olvidado de su cita. Volvió
unos metros sobre sus pasos para ver con mayor claridad. Constató que aún no había llegado nadie. Así
que continuó andando paseo abajo, esta vez por el medio, como si todo fuera suyo. Fue entonces cuando se
fijó en que al final había un parque.
Sí, era el parque más conocido de la ciudad, aunque no el más grande. Un anciano que vivía en su
misma escalera le había contado una vez que, en realidad, ese parque no era más que un trozo de bosque que
habían preservado con un muro a su alrededor. Hacía cientos de años, el área que ahora ocupaba la ciudad
era un gran bosque, y la inmensa urbe actual no era entonces más que una aldea de campesinos. La avaricia
de las gentes quiso que la aldea dejara de serlo por medio del comercio, y así se fue ampliando el
villorrio y reduciendo la arboleda. Hasta que sólo dejaron de ella lo que ahora era el parque, como si se
tratara de una curiosidad arqueológica. Y para que resultara más cívico, le trazaron caminos bien
allanados por los que pasear, lo espolvorearon de bancos de hierro forjado pintados de blanco y lo
iluminaron artificialmente. Sus árboles, de una antigüedad insospechada, eran un adorno o, como mucho, la
sombra bajo la que se cobijaban los paseantes tras el esfuerzo de su excursión.
Nunca lo había visitado. Como tantas otras atracciones de la ciudad que, por tenerlas tan cerca, se
ignoran y desconocen. Aceleró un tanto su caminar, pues empezaba a sentir en su interior una fuerza que la
empujaba a aquel paraje misterioso. Sólo podía distinguir las copas de los árboles, opulentas de hojas
que acogían la cálida luz de las farolas. Quería ver más.
¡De nuevo olvidaba su reunión! Se volvió hacia la plaza y observó atentamente. La gente iba pasando
de un lado a otro. Un grupo de niños, dos señoras mayores, una pareja con su hija. Le vinieron a la
memoria sus padres, la vida que había llevado con ellos. Eran personas normales, trabajadoras. Se llevaban
más o menos bien, alguna que otra discusión de vez en cuando, sobre todo cuando no se ponían de acuerdo
sobre qué canal de televisión ver o si se llevaban a la abuela de vacaciones. Al menos un fin de semana al
mes salían de la ciudad con coche para ir a buscar setas o espárragos silvestres, a pescar, a casa de
algún familiar que vivía lejos. Ella era hija única, pero, a pesar de lo que suelen decir de los hijos
sin hermanos, no era el centro de la casa. Sabía que sus padres la querían como hija, y ella los quería
como padres, pero nunca su relación había evolucionado más allá de lo puramente familiar. Llevaba los
estudios más o menos bien, lo justo para ir pasando de curso y para que no le echaran la bronca. En
resumen, su vida era tan ordinaria como la de cualquier otro. Sin penas ni glorias. No obstante, a pesar de
que era consciente de que no se podía quejar y de que no carecía de nada de lo esencial, llenaba diarios
enteros con pensamientos inquietantes, deseos frustrados, sentimientos de insatisfacción e infinitas dudas
sobre cualquier asunto. Y a pesar de que siempre trataba de analizar su situación fríamente, como un
científico que desglosa un ente en componentes, los estudia, los sopesa y obtiene un resultado
satisfactorio, había un factor negativo que no acababa de reconocer. Sabía que existía, pero no de qué
trataba. Y, como el científico, si no sabía cuál era la enfermedad, no podía aplicar la cura. ¡Cuántas
veces había pensado en irse de casa! Se sentía perdida en su propio hogar, estaba casi convencida de que
si se fuera a recorrer el mundo por sus propios medios terminaría por encontrarse a sí misma. Pero la
excitante idea a la vez le causaba temor. Temor a lo desconocido, a ser demasiado débil, a encontrarse en
situaciones desagradables, a no saberlas afrontar. Si tomaba la decisión podían suceder dos cosas:
triunfar o fracasar. Si fracasaba, quizás no sería capaz de superarlo.
Olvidándose de asegurarse si ya había llegado alguno de sus amigos, dirigió la mirada al parque.
Sintió un alivio que disipó su desesperanza. Recuperó la marcha, observando atentamente cómo se
acercaban y agrandaban los árboles detrás de los muros enrejados. Se imaginaba que el parque era un bosque
donde las luces eran farolillos colgados por alguna especie de duendes que celebraban una fiesta en
comunidad. Incluso le parecía oír la música. El parque se veía tan ajeno al resto de la ciudad... Era
como si hubieran colocado allí un oasis, un mito antiguo de la naturaleza pura y benévola. Cuanto más se
aproximaba a él, más se intensificaba su deseo de entrar. La paz interior que siempre había añorado
empezaba a florecer en su espíritu.
Sonó un claxon, como un despertador: ¡la cita! Con reticencia volvió de nuevo la cabeza. Un par de
amigos y su novio se habían reunido ya en la plaza y estaban charlando. Debía ir para allá, pero no le
apetecía. Le interrumpiría su espléndida vivencia. Pero no podía dejarlos plantados. Y menos a su novio.
No quería que se preocupara, ni tampoco defraudarlo. Aunque tampoco estaba muy segura de que su falta de
asistencia lo perturbara demasiado. Aún tenían que llegar tres chicas más. Quizás podría esperar a que
se completara el grupo y, mientras tanto, seguir disfrutando de ese sentimiento insólito. Se quedó absorta
mirando desde la lejanía a sus compañeros de infancia.
Al poco se unieron a ellos las que ya se estaban retrasando. "¿Dónde estará Lara?", parecía
preguntar una de ellas. Claro, todos estaban acostumbrados a su puntualidad. Estaba indecisa. Había llegado
la hora de retomar la vida de la que con gusto se estaba olvidando. ¡Tenía que esforzarse! Dio un primer
paso, pesado, como si arrastrara una carga. Luego un segundo. Un tercero. Se notaba la vista nublada y se
restregó los ojos. Su novio la vio y la saludó levantando el brazo. "¡Eeehhh!", oyó. Y la
sobresaltó una visión horrible: los rostros de sus amigos empezaban a languidecerse, su carne se volvía
blanda y se alargaba hacia abajo produciendo dobleces en la piel que se superponían unas a otras, con un
color grisáceo enfermizo. Al mover los músculos de la cara, éstos decaían macilentamente como si fueran
bolsas de chicle espeso llenas de agua. La mano de su novio, aún en el aire, se estiraba de tal forma que
los dedos se prolongaban cancerosamente de suerte que era imposible sostenerlos y se precipitaban
vertiginosamente al suelo. Ahora todos le hacían gestos deformados indicándole que se reuniera con ellos.
Sus voces distorsionadas herían sus oídos como agujas rabiosas. ¡¿Pero qué estaba sucediendo?! Sus
horripilados ojos reflejaban en el cristal de sus lágrimas incipientes unos cuerpos que se derretían como
la cera de una vela emitiendo un hedor visible que pesadamente iba infectando el aire de alrededor.
"¡¡Dios mío, sácame de aquí!!".
A su espalda empezaba a soplar una agradable brisa nocturna, extrañamente cálida para ser invierno. Los
árboles del cercano parque la respiraban con gratitud y sus hojas titilaban acompasadas produciendo un
murmullo que, a pesar del estruendo, era capaz de oír. Retrocedió hacia el parque, pues probablemente
sería el lugar más seguro. Sus pupilas seguían fijas en sus amigos. ¿Por qué de repente sufrían esa
degradación tan espantosa? Tenía miedo de que fuera algo contagioso, debía evitarlos a toda costa. ¿Qué
terrible epidemia los devoraba?
Las hojas le seguían murmurando misteriosos sonidos al oído. Fue entonces cuando se dio cuenta. Esa
degradación no era repentina: era el resultado de un proceso que había durado miles de años. Y no sólo
afectaba a sus amigos. Toda la humanidad la sufría. Y ella también. En algún momento de la evolución, el
ser humano se fue apartando de su verdadero hogar y desviando de la órbita de la naturaleza, siempre guiada
por la lógica y el orden universales. No sólo se limitó a abandonarla, sino que se propuso dominarla e
incluso aniquilarla si era preciso. Con cada nueva generación se producía un nuevo matricidio. Pero no
habían considerado estos seres un hecho esencial: que su madre formaba parte de ellos y que, cada vez que
le asestaban una puñalada, se estaban apuñalando a sí mismos. Así fue como, ignorantes del mal que
estaban causando, fueron acumulando heridas que no se curaban y, por ende, se infectaban. Sus células
enfermas transmitían su estado a los descendientes, de modo que éstos, aunque en algunos casos fueran
inocentes, heredaban y seguían desarrollando la enfermedad. La última etapa del proceso, la tenía ante
sus ojos.
Esta constatación le reveló una nueva verdad sobre sí misma. La perturbación de su alma, antes
inexplicable, no era más que un síntoma de la degradación humana. El vacío que no la dejaba vivir
tranquila, lo compartía con todos sus congéneres. Y provenía del exterminio de la parte más esencial de
su ser. Ahora, por fin, sabía que ese vacío era una herencia ineludible de todos sus antecesores. Que
ningún viaje, por más largo que fuera, le permitiría encontrarse a sí misma. Descubrió que las
soluciones no estaban por ahí fuera, esparcidas por el mundo, esperando a ser recogidas, sino que las
tenía tan cerca que ni las había percibido.
Ahora soplaba el viento con mayor intensidad. Las hojas se agitaban vigorosamente y parecían decirle:
"Tú, que eres capaz de escucharnos, aún estás a tiempo de volver a tu origen. Deslígate de la
maldición humana". Se giró sobresaltada mirando hacia el parque. "Puedes salvarte. Puedes
salvarte".
Un aire suave y cálido la rodeaba continuamente invitándola a seguir el consejo de las hojas. Sus
amigos gesticulaban, "ven, Lara, estamos aquí", con un cuerpo tan deshecho y deforme que
resultaban irreconocibles. Se le saltaban las lágrimas, ya no de horror, sino de pena, la pena de saber que
no serviría absolutamente de nada reunirse con ellos, que no tendrían cura ni alivio en su vida. Tampoco
volvería a ver a sus padres. Ni sabría qué es tener un hijo. Ni se compraría una casita en la montaña
cuando fuera mayor. Le entristecía abandonar su vida actual y futura, pero era consciente de la inutilidad
de su presencia.
Se dejó acompañar por el tierno airecillo hacia el parque. Una emoción inexplicable regocijaba su
espíritu. Al traspasar la verja del parque dedicó un último pensamiento a todo lo que hasta entonces
había formado parte de su vida. Los vestigios del bosque le daban la bienvenida y la felicitaban por su
decisión. Se le agrandaba tanto el alma que más no le cabía. Se aproximó a uno de los árboles,
imponente y vetusto. Se sentó sobre la tierra, de cara al tronco, lo rodeó cariñosamente con sus brazos y
apoyó su mejilla en él. Cerró los párpados. Escuchaba el son armonioso y festivo del bosque. Su
respiración se volvía progresivamente más pausada y silenciosa. Desde el pie del árbol elegido se
extendió sobre ella un manto de hiedra que la arropaba.
* * *
—A ver... Está fría... ¡Creo que está muerta! —dijo el joven tocándole la mano.
—¡Menuda lata! Tendremos que llamar a la policía —resolvió con fastidio el veterano—. Si es que
llevo años diciéndolo: este parque está maldito. Espero que la multinacional consiga comprar este terreno
y acabe ya con él y planten un edificio tan grande que no pueda crecer ni una asquerosa hierba. Me da igual
si me quedo sin trabajo. Así me cogeré la jubilación anticipada.