Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 117
1 de noviembre de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Cuentos
Hernán Ferreyra

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El soldado

Cuando se vio allí, en el frente, dispuesto a morir por algo que no sabía bien qué era, pero que tenía olor a libertad o a deber o a bandera, sintió náuseas. Vomitó largo rato con sangre. Escupió todo lo que pudo de lo que quedó de mugre en su garganta y se recostó; vacía la cantimplora del agua que su cuerpo precisaba; llena el alma de la rebeldía que su juventud exigía; libre la frente del casco que rehusaba. Se iría sin cavilar: esa guerra no era suya. Pero estaba en medio de ella y estaba en un país del que apenas sabía pronunciar el nombre. Corrió hasta la trinchera, y se arrojó al suelo. Las balas silbaban como ráfagas en sus oídos. El rostro pálido de su compañero lo atemorizó. Barro, sangre y sudor cubrían su piel, sus pómulos afilados, su alargada cara de niño. Aun así estaba pálido. Sus ojos eran grises o de un azul extinto y lloraba. No se veían lágrimas (ya no le quedaban), pero lloraba. Al mismo tiempo, sonreía maliciosamente mientras disparaba furioso. Al ver esa patética imagen, el joven soldado decidió escapar de una vez. No soportaría un segundo más esa macabra muestra de humanidad. Pero no tenía adónde ir y no tenía salida. Se levantó, miró resignado su casco y, antes de alcanzar a ponérselo, una bala de fusil le partió en dos la mirada. Justo entre los ojos un agujero profundo comenzó a manar sangre. El otro lo miró mientras secaba sus ojos llorosos, pues por un momento lamentó su muerte. Segundos después, levantó la vista y siguió disparando.

 

La mosca

Una fina línea de sangre dividía en dos su cara sucia. Emergía del tajo en su cabeza, cruzaba justo al medio su frente, pasaba entre ceja y ceja, bordeaba la nariz, se inmiscuía un poco entre los labios y caía al vacío desde la hundida barbilla. La herida tenía forma de siete o de V. En un descuido, mirando al piso donde esquivaba escombros, el hombre se dio de lleno con una viga que asomaba en una pared de la obra.

Era albañil y nada sabía de medicina, de vendas o de curaciones. Era tímido y no le gustaba llamar la atención. Por eso estaba sentado en un banco, en la sala de espera del hospital, sin avisar a nadie de su dolor y echando sangre como de una canilla. Los médicos y los enfermeros, al no ser notificados de lo que le ocurría, no se acercaban o, si lo veían, pensaban que otro médico quizás ya lo había visto y seguían su camino. Él, por su parte, suponía que alguien iba a atenderlo pronto y que, si no lo hacían, era porque su caso no era tan grave y habría otros más importantes que atender. Se quedaba quieto, con las manos sobre las rodillas, y la única demostración de dolor que se veía en él era un leve fruncimiento de sus párpados y alguna que otra mirada perdida.

Mientras tanto, unos centímetros más arriba, sobre la superficie calva y dolorida de su cabeza, caminaba una mosca. Apoyaba sigilosamente cada una de sus seis diminutas patas, causando un hormigueo casi imperceptible comparado con el dolor del tajo. La atraía el olor dulce y viscoso de la sangre secándose y se arrimaba peligrosamente a la herida. Cada tanto, una mano furiosa pero cuidadosa, intentaba repelerla. La mosca negra y fea, con sus alitas finas, sacudida por alguna palmada suave, sobrevolaba la cabeza con un zumbido fino como la vibración de un hilo dental, y volvía a posarse sobre el cuero cabelludo, tranquila, como si nada hubiese ocurrido, pero más atenta y prevenida que antes.

De pronto, con un aleteo fugaz, en un movimiento certero de milimétrica precisión, se zambulló en el vértice de la V y, moviendo sus patas como cavando un pozo, fue introduciéndose rápidamente hasta desaparecer. Sacaba su trompita a la superficie, cada tanto, para tomar aire hasta que, por última vez, infló sus pulmoncitos y ya no volvió a salir.

Él hombre sintió un cosquilleo nervioso dentro de su cabeza y le pareció estar extraviado. Se sintió confundido y asqueado, como si el blanco de las paredes y los delantales fueran nocivos para sus ojos, como si la pulcritud del lugar fuera todo lo contrario a sus deseos. De a poco, una terrible sensación de náusea se fue apoderando de él y un grito, que sonó como un graznido o un chillido lejano e irritante, salió de su boca oscurecida y temblorosa. Se levantó, posó sus manos bajo las axilas, abrió sus piernas como en una U invertida y, moviendo los codos de arriba abajo cada vez con mayor velocidad, remontó vuelo y se fue por la ventana. A nadie llamó la atención su inesperada reacción, ni siquiera cuando se metió en el contenedor de residuos de la esquina.

 

Pajaritos en la cabeza

Humberto parecía un huevo alargado y flaco, con la cabeza calva siempre lustrosa y puntiaguda, los hombritos poco más anchos que sus orejas, todo derechito hasta la cintura. Parecía un huevo estirado con piernas y brazos, o una birome con capuchón en las dos puntas o una bala que mataría a la víctima y al victimario.

—¡Humberto es un loco lindo! —solía decirse en el barrio cuando, por ejemplo, con tal de hacer reír un poco a los pibes, metía la cabeza en un tarro lleno de leche que el lechero prestaba, entre risas y asombro, para la payasada, y la sacaba toda blanca goteando feliz. Otras veces se disfrazaba de banana, se pintaba de amarillo y se pelaba en la puerta de la escuela y regalaba bananitas de chocolate. O se ponía una bolsa marrón que lo cubría hasta el cuello desde los pies, encendía la radio portátil y bailaba como una lombriz contenta.

Recuerdo que fue muy triste el día en que murió, pero también fue muy extraño. Lo atropelló un auto mientras corría detrás de una carreta llena de sandías. Al caer, en el impacto, se le partió la cabeza. Momentos después, entre picotazos y trinos, un montón de pajaritos salieron para perderse en el cielo y, dentro de un líquido viscoso trasparente que se emblanquecía al contacto caliente con el asfalto, se derramó una bolita perfectamente redonda y amarilla que parecía la yema de un huevo, o quizás fuese una idea que no tuvo tiempo para nacer.

 

Seis luces

Un seis luces sobre la mesa, en la cocina. Seis generadoras del silencio más absoluto a su lado. Una pava con agua tibia, un mate ya frío y la bombilla con incrustaciones doradas: único recuerdo de tiempos mejores. A un costado, casi al borde, una marquilla de cigarrillos negros deja ver un filtro blanco y arrugado. En el otro extremo, la sección laboral del diario que hoy no está marcada.

Desde el baño se oye un sonido líquido de grifo vertiente. En la mejilla, la espuma de jabón y la navaja que arrasa pelos negros y duros como espinas. Por momentos, un chorro de agua enjuaga el filo. En el pequeño espejo empañado, unos ojos oscuros escudriñan el rostro pálido: una cara avejentada y tensa bajo el cabello entrecano. El sombrero sucio cuelga del gancho en la pared.

En la habitación, un ronquido insano. Un cuerpo tendido bajo las sábanas blancas, grises de polvo y sudores. Un cuerpo de mujer desnuda. La luz intrusa, entre las celosías, deja ver la austeridad de la imagen. La pobreza iluminada sin fuerza parece más pobreza.

Él entra en la cocina. Los zapatos gastados, sigilosos, no hacen ruido. La cara lisa siente el único calor de la casa: la hornalla encendida que, instantes después, da fuego a un cigarrillo. Una nube de humo gris azulino irrita la córnea de un ojo desprevenido, y lo irrita a él.

Con la brasa quemando sus dedos, parado a los pies de la cama, la observa largo rato. Un brazo desnudo cae, endeble, a un costado. La mano fría roza el suelo. Su cabello cubre la almohada. Su cabello teñido, antes oscuro. Dentro de ella su simiente. Una vida que se engendra despacio. Una vida que es de los dos. Bajo las sábanas grises, a la altura del vientre, algo late y él mira estático y desalentado. No es el momento ni la situación. Con la vista fija en el punto exacto donde nace un corazón inoportuno, las manos sobre las caderas, sudorosas, y los labios gruesos temblando, termina de confirmar su decisión.

El arma aguarda en la mesa de la cocina. Las seis balas a su lado. Introduce una por una, lentamente, en el tambor lustroso. La primera entra rápidamente, también la segunda. La quinta se resbala de sus dedos humedecidos por el miedo, generando un ruido seco y apagado al rebotar en el piso. El vértigo ayuda a meter el último proyectil. Y el sonido metálico de carga es el anuncio fatal de lo que ocurrirá después.

Afuera amanece. Dos farolas extinguen su luz para dar paso al sol. Adentro, un revólver ilumina seis veces el cuarto. Los primeros cinco tiros, apagan dos vidas dormidas. El último, la de él.

 

El hombre que vivía solo

Una vez, había un hombre que vivía solo y dormía en el piso. Era un hombre al que le gustaba mucho tomar vino. No era alcohólico ni estaba loco, vivía solo y dormía en el piso.

Algunas noches, sobre el frío del mármol, soñaba con una cama caliente, con frazadas muy gruesas o con una mujer. A veces, cuando, durante la cena, había bebido demasiado vino, a la cama y a la mujer las unía en un mismo cuerpo y les añadía alas. La mujer-cama lo llevaba volando por el reino de los sueños y él iba recostado en su vientre que era de goma espuma, apoyada la cabeza en sus pechos rellenos de plumas de ganso. La mujer-cama cantaba bajito, al oído del hombre, una canción de cuna muy suave y él dormía plácidamente, mientras atravesaba campos y ciudades cubierto con el delicado y sedoso camisón frazada de la mujer. Cuando la mujer-cama decidía soltarlo para que vuelva a la vigilia y él caía velozmente, a punto de estrellarse contra el piso, él se despertaba en un temblor y tenía frío.

Casi siempre, durante unos minutos, intentaba volver a dormirse para estar de nuevo cubierto por el calor de aquella mujer, pero nunca lo lograba. Entonces, descorchaba un vino de los que había dejado a su lado previendo esta situación y bebía hasta por fin dormirse. Solía pasar que, la mayoría de las veces, no continuaba el sueño anterior y el que le tocaba en gracia no le gustaba y deseaba volver a despertar. Aunque esto jamás ocurría, porque el peso del vino en su cabeza era mayor que la fuerza que él podía hacer dormido.

El hombre que vivía solo y dormía en el piso tenía cama con frazada, pero no se acostumbraba a dormir en ella. En varias oportunidades lo intentó y siempre, a mitad de la noche, se tiraba al piso nuevamente. En la cama no conseguía dormirse. Por la misma razón, tampoco tenía una mujer. A las pocas señoritas que invitó a pasar la noche con él, las asustó esta rara actitud del hombre de irse de la cama en plena madrugada.

Una mañana, el hombre que vivía solo despertó acompañado. No de una mujer, no de una persona, tampoco un animal, ni un insecto o un vegetal. El hombre despertó viendo, en la punta de su nariz, una lágrima que rápidamente cayó hacia el frío mármol. Era la primera vez que veía una lágrima, era la primera vez que lloraba. Y no sabía por qué.

La lágrima, solitaria como él, única, se estampó en el suelo confundiéndose con el blanco del mármol. Y a no ser por el brillo diminuto, el hombre no se hubiera percatado de que la lágrima seguía existiendo, aun después de caer resbalando por su nariz.

La pequeña y casi invisible gota convivió con él toda la mañana mirándolo desde abajo. Al hombre que vivía solo y dormía en el piso le parecía hermosa, estaba contento con ella y la nombró Lali, cariñosamente. Pensaba que Lali lo acompañaría por el resto de su vida y, para no correr riesgos, la absorbió con una esponjita de baño y la escurrió dentro de un frasco de mayonesa vacío.

Lali era feliz. Todas las noches, el hombre la retiraba de arriba de la heladera y la llevaba consigo a recostarla junto a él y la abrazaba. En realidad abrazaba al frasco, pero a Lali, el calor de su dueño y amigo le llegaba al rato, cuando ya el vidrio estaba cálido, y se sentía contenta de ser abrazada.

Una madrugada de invierno, el hombre había tomado mucho y, como era de esperarse, se quedó dormido olvidándose de Lali, que esperó sola y a oscuras sobre la heladera. Pasadas las horas, murió de frío. Cuando el hombre la encontró, supo que volvía a vivir solo y, como si fuese un milagro o como en un sueño, sus ojos tristes comenzaron a derramar cientos de lágrimas, y cada una de ellas más grande y más brillante que la propia Lali. Sin perder un segundo, el hombre acercó el frasco de mayonesa a su nariz, por donde chorreaban las gotas, y desde la punta cayeron, fugaces, llenándolo. Tuvo que abrir otro frasco pues las lágrimas no cesaban y luego un tarro de azúcar se llenó de ellas. Colmó también las botellas de vino vacías y algunas ollas. Al cabo de unos minutos, con un trapo secaba el piso, mientras que su cuerpo, que se secaba, se iba reduciendo cada vez más. Y ya no dio abasto ni el trapo ni los baldes y el hombre que vivía solo y dormía en el piso desapareció.

Ahora, por las noches, sobre los techos de las casas, se escucha el aleteo suave y armónico de la mujer-cama y la respiración tranquila del hombre que lleva, durmiendo el sueño eterno, bajo su camisón de seda.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 15 de noviembre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes