
Se dice que el habla es lo mejor y también lo peor que poseemos. Nuestro refranero así lo sentencia: la
lengua no tiene hueso, pero corta lo más grueso. Lo que viene a decir que las palabras pueden ser tan
hirientes como el mejor cuchillo. Ciertamente, una vez sembradas, tanto por el mar del aire como por el
cielo del papel, a través de sus variados canales, toman vida propia al igual que una planta. Una
existencia que radiografía nuestra manera de pensar y decir, de ser y actuar. Son latidos que forman parte
de nosotros. Por eso, estimo vital, proteger y cuidar el aroma de los distintos lenguajes, sus tonos y
timbres, las locuciones y jergas, los idiomas y semblantes, el habla y los dialectos, los dejes y los
dichos. Es una forma de comprender otros abecedarios, otras formas de sentir, para en el fondo entenderse.
Ya se sabe que la palabra nos distingue y diferencia. El idioma de cada cual nos revela estilos variados,
estremecimientos diversos y sensaciones distintas. Por desgracia, estudios recientes nos alertan sobre el
ocaso de algunos lenguajes. Dicen que más del sesenta por ciento de los idiomas hablados en todo el mundo
corren peligro de desaparecer. Ante la funesta situación, pienso que, al igual que se salvaguarda el
patrimonio histórico, también debiéramos amparar las tradicionales formas de comunicación humana. Somos
pura expresión. A sabiendas de que toda lengua es un mar, en la cual viven olas y alas, horizontes y
universos, los labios del que habla, convendría poner a salvo las sílabas del pensamiento injertadas en
las lenguas maternas.
Habría que impulsar sistemas de educación multilingües, sobre todo de aquellos lenguajes que tienden a
desaparecer, para no perder identidades que nos enraízan. A partir del momento en que se cultiva la
palabra, brota el temple humano, en un mundo que es de todos. Ninguna voz debe excluirse. Cada día es más
creciente el cauce migratorio, lo que conlleva el germen de una sociedad plural, que nos exige poner el
acento en las semejanzas, sin negar las diferencias, entre las que suele estar el idioma. Quizás no sea tan
saludable para la vida en convivencia adaptarse a todo, a la lengua predominante en la que uno vive,
perdiendo así importancia las jergas en la que uno fue creciendo. Abrir el árbol genealógico de los
lenguajes, lenguas y hablas, nos enriquece. Estoy convencido de ello. Por el contrario, poner límites al
mundo, acotando lenguajes, es como achicarse y empobrecerse. Téngase presente —diría el poeta— que
todas las voces son como la lluvia, que a fuerza de empapar acaban haciendo germinar a la rosa.
Coincido con los lingüistas que sostienen la idea de que hay que hablar tres lenguas: una materna, otra
de vecindad y una internacional. Cuantas más mejor. Todos los signos y señales contribuyen a la
edificación de un mundo mejor cultivado, y por ende, más humano. Todas las semánticas, fonologías,
morfologías y sintaxis ayudan a conocerse. Si orador es aquél que dice lo que piensa y siente lo que dice,
hace falta una legión de ellos para que la comprensión nos alcance. Muchas guerras surgen por
desavenencias absurdas y desatinos en la conjugación de verbos y adjetivos sustantivados. A los hechos me
remito. Cada día se hace más extensivo el dicho de que para algunas personas, hablar y ofender es lo
mismo. Sus palabras levantan muros que matan tanto como las bombas.
Volvamos a esas lenguas maternas, aquellas que como el sol iluminan sin cesar, por muy minoritarias que
sean, deben fomentarse y tenerse en cuenta, para que la transición entre los distintos medios (el educativo
y el natural, por ejemplo) deje de ser algo traumático, y confluya al acceso de todos los saberes. Sin
duda, se debería propiciar el uso de las lenguas madre en la educación desde la edad más temprana, esa
que nace con el primer sollozo del corazón humano. En este sentido, también las últimas investigaciones
demuestran claramente que la enseñanza simultánea en la lengua oficial del país y la lengua materna de
los niños, contribuye a la obtención de mejores resultados escolares y estimula su desarrollo cognitivo y
su capacidad de aprendizaje.
Las otras lenguas, las de vecindad y mundología, son igualmente necesarias para hermanarse. Todo
ciudadano que se precie de serlo del mundo ha de profundizar en las máximas posibles. Integrarse en las
lenguas, humaniza. Los que laboran lenguajes en los distintos géneros literarios o artísticos, o el pueblo
mismo que crece en diálogos, harán bien en avivar expresiones que nos renazcan y nos renueven. El mundo ha
de recoger, integrar todas las esencias íntimas de la comunicación, los jugos y sabores de todos los
tiempos y mundos, las virtudes y bondades de las gentes con sus gestos, para que nadie se encuentre en el
destierro. Si del corazón a la vida van las palabras, que ninguna quede en el camino, sin camino. La
hospitalidad nos impulsa a salir al encuentro del otro para acogerle y respetarle, incluida su cultura y
forma de vida. Por nuestra parte, hemos de ofrecerle lo que somos y tenemos. Lo importante de todos los
lenguajes, al fin y al cabo, radica en la coherencia entre lo que sienten los labios del alma y lo que
escribe la mirada.