Hace poco terminó en Rosario el III Congreso Internacional de la Lengua Española (Cile), donde se
dieron cita quienes a lo largo y ancho del mundo de habla hispana desarrollan labores de investigación y
documentación del idioma de Cervantes.
El encuentro estuvo precedido por diversos conatos de escándalo, como la exclusión de la lingüista
santafecina Nélida Donni de Mirande por supuestas razones políticas, la ausencia de Gabriel García
Márquez —quien tuvo que tranquilizar a distancia a Saramago bajo el argumento de que él realmente no
asiste a estas actividades— y las peripecias presupuestarias, entre otros. Finalmente, al menos para
quienes asistimos a través del crisol de las agencias de noticias, el evento parece haberse desarrollado
con absoluta normalidad.
En el marco del Cile, el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, puso sobre el
tapete un tema que genera preocupaciones cada vez mayores en quienes llevan el idioma en las venas: la
deformación del mismo, acelerada por la influencia que la velocidad de las comunicaciones contemporáneas
le ha impreso al acto de comunicarse.
Hacía Barcia expresa referencia al chat,
la expresión máxima de comunicación inmediata en nuestros tiempos. En el contexto hispanoparlante, el
chat de los medianos años noventa tuvo un pobre protagonismo a causa de la exigua presencia de Internet —y
de la informática en general— en los diversos ámbitos personales y profesionales. Pero en la actualidad,
la masificación galopante de la red, que va más allá de los hogares y la oficina gracias a la
proliferación de cabinas comerciales, le ha brindado al chat una ubicuidad sin precedentes. Nuestros hijos,
cualquiera sea la actividad que vayan a desarrollar en un cibercafé, lo definen sin mayores ambages:
"Voy a chatear".
Barcia se escandaliza ante las amputaciones que ha aplicado el chat a nuestra lengua. Y es que, en el
afán por decir las cosas al ritmo del corazón, los jóvenes de hoy han aprendido a sustituir el que
por una q
solitaria, a comprimir la sílaba ca
con una rotunda k
y a darle nueva vida a acrónimos ya existentes, pero anteriormente de relativo poco uso, como tqm
—que sustituye sin demasiada elegancia, pero con mucha efectividad, a esa maravillosa expresión de
nuestro idioma: "te quiero mucho".
El académico establece el límite del lenguaje contemporáneo, incidido por estas nuevas maneras de
comunicarse, en "no más de doscientas palabras" —habría que documentarse un poco para saber si
ha sido metafórico o tiene datos concretos sobre esto—, y criticó a los docentes de su país, cuya
capacitación en esta materia calificó de "incorrecta", por lo que los alumnos argentinos —y
otro tanto quizás se pueda decir de los de muchos de nuestros países— "presentan un dominio cada
vez más rudimentario del idioma".
"El privilegiar la rapidez por encima de cualquier otro valor produce un uso degenerativo de la
lengua y, por esta vía, un joven que el día de mañana tenga que optar por un trabajo, probablemente no lo
conseguirá porque no es capaz de escribir correctamente", ha dicho también Barcia. Pero, puestos a
ver, la degeneración del español, aunque acelerada en la actualidad, es un proceso vigente desde hace
mucho —toda lengua avanza hacia una evolución que en buena medida es igualmente una degeneración—
e, Ingenieros dixit,
no ha sido la mediocridad del idioma empleado por muchos profesionales un gran obstáculo a vencer para
escalar en sus respectivas áreas.
Se sabe de la errónea concepción de que ciertas profesiones pueden prescindir de la corrección en el
lenguaje, pues éste generalmente funciona aunque el hablante presente defectos en el uso del mismo. Quizás
sea inherente a la naturaleza humana que lo que algunos consideran una virtud deseable para otros sea un
lujo intelectual. Lamentablemente, no tienen las academias el poder suficiente para frenar estas
tendencias. Quizás estas tendencias sean irrefrenables.
| Post-Scriptum |
"El poeta empieza donde el hombre acaba. El destino de éste es vivir su itinerario humano; la misión de aquél es inventar lo que no existe".
José Ortega y Gasset, La deshumanización del arte (1925).
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