| Nota del editor |
El 30 de noviembre se dio a conocer el veredicto del Primer Concurso Cruel de Relatos, certamen organizado por la Escuela de Escritores, y en el que participaron más de mil autores de diversos países. Hoy presentamos a nuestros lectores los relatos que obtuvieron los favores e injurias correspondientes en las categorías "El bueno", "El malo" y "El feo".
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El bueno
Postes eléctricos que cuentan trenes
Juan Carlos Márquez, Madrid (España)
04MAY02 RECIBO ACADEMIA DUNCAN 4.05 -100,00 *2.437,35
******** -16.639 PTAS *405.541
Natación, informática, piano... y ahora ballet. Lucía debía tomar lecciones de ballet. Enma se
empeñó.
—Es muy bueno para la sicomotricidad, ¿verdad que quieres ir, cariño?
Les faltó tiempo para comprar el tutú y las zapatillas. El miércoles tuve que ir a recogerla. Los
acordes del Claro de Luna
de Debussy sonaban por la megafonía. Es difícil sentirse incómodo cuando suena el Claro de Luna.
Por eso lo ponen en las salas de espera de aeropuertos, hoteles y ambulatorios. La clase aún no había
terminado y la profesora me hizo señas desde el otro lado de la cristalera para que entrara. Lucía estaba
tendida boca arriba sobre el entarimado de madera junto a las demás niñas, lejos de las muletas. Mecía
sonriente las manos al compás de la música. Me miró y cerré los ojos para que no me viera llorar.
08MAY02 COMPRA VIAJES SOLÁ 8.05 -1.200,00 *1237,35
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Los baños de sol y los paseos por la orilla de la playa son saludables para Lucía, pero prefiero la
montaña. Quizá el próximo verano... si Enma consiente que la niña se quede unos días con mamá. Tal vez
pudiéramos retomar aquel viaje en tren por las Barrancas del Cobre. Chihuahua-Creel-Batopilas-la cascada de
Basaseachi... He leído que desde abajo se oye retumbar el torrente que choca contra el suelo y que una nube
de agua pulverizada flota entre las rocas. Cualquier viaje en tren sería de mi agrado. Con los trenes me
ocurre lo mismo que con el Claro de Luna.
Hacen que me sienta como en casa. Me gusta dejar la mente en blanco y contar los postes del tendido
eléctrico que pasan fugaces ante la ventanilla. Es algo que todos hemos hecho en alguna ocasión. En este
instante cientos de viajeros, acaso miles, estarán contando postes. Hombres con un maletín negro sobre las
rodillas, ancianas de pelo lacio y cano y perlas al cuello, niños que mascan chicle con la nariz aplastada
contra el cristal... 1, 2, 3... 6... 15... 26... Uno puede empezar el recuento en Madrid, París o Moscú y
dejarlo cuando le venga en gana, en Villalba, Lyon o Siberia, sin que se deriven consecuencias.
20MAY02 CRÉDITO HIPOTECARIO BCA 20.05 -603,81 *633,54
******** -100.466 PTAS *105.412
No necesitábamos una casa tan grande. Un apartamento de dos o tres habitaciones en el centro hubiera
sido más que suficiente, pero Enma quería ventanales y un jardín para que Lucía correteara a sus anchas.
Y todo el mundo sabe que es un disparate contrariar a una mujer embarazada. El jardín nos mantuvo ocupados
muchas horas los fines de semana. Plantamos un saco de césped, dos hileras de eucaliptos y un rosal chino
cuyas raíces se expandieron más allá de la verja. Se puso todo precioso, aunque no resultó práctico.
Las muletas de Lucía se hincaban en la tierra los días de lluvia. Aquí llueve a menudo. A veces no
escampa durante días. Era un vía crucis para la niña. No tuve más remedio que arrancar la vegetación.
Luego eché encima varias capas de cemento. Nuestra casa parece un meteorito enorme de cemento llovido del
cielo.
28MAY02 COMPRA MAR TROPICAL 28.05 -403,61 *229,93
******** -67.155 PTAS *38.257
Hace un par de años mamá regaló a Lucía un cachorro de pastor alemán por su cumpleaños, Bubi. Era
un cachorro entrañable y juguetón, un tanto torpe, aunque supongo que eso es algo común a todos los
cachorros. Se pasaba la vida enredado en las piernas delicadas de Lucía o bien dormitando en su regazo
mientras ella le rascaba con paciencia y dulzura la barriga. Un par de veces al día lo sacaba a pasear por
la explanada de cemento, sujeto por la correa. Nunca le daba pereza, por mucho que lloviera, y no permitía
que Enma ni yo les acompañáramos.
—Puedo sola —rezongaba repiqueteando con las muletas en las baldosas de mármol del pasillo.
Bubi fue el mejor terapeuta que ha tenido la niña. Pero creció. Se hizo demasiado grande. Una mañana
Lucía regresó del paseo con las rodillas y los codos magullados. Acabamos devolviendo el perro a mamá.
Le hemos comprado el acuario de peces tropicales para que se sienta responsable de nuevo. Los hay
anaranjados centelleantes, a listas negras y amarillas como tigres, ambarinos, plateados de gruesas barbas,
unos escarlatas muy simpáticos que se hinchan como globos... Lucía les echa de comer, cambia el agua, mete
líquenes y conchas, mantiene inmaculado el acuario. No es lo mismo que con Bubi. Los peces no se dejan
acariciar, son resbaladizos, aunque uno puede pasarse las horas muertas contemplándolos mientras Lucia
ensaya al piano. Nadan de un lado para otro con la boca abierta sin dirigirse a ningún sitio, con un aire
elegante y despistado. A veces chocan de bruces unos contra otros y se vuelven trompicales. Dicen que los
peces son muy frágiles, que mueren con demasiada facilidad. A nosotros aún no se nos ha muerto ninguno. Yo
creo que es porque los miramos a menudo. Creo que los peces sólo se mantienen vivos si los miramos, que,
por absurdo que pueda parecer, se alimentan de nuestro tiempo.
31MAY02 COMPRA JOYERÍA AMATISTA 31.05 -225,00 *4,93
******** -37.437 PTAS *820
Esto debe de ser mi regalo. Un reloj muy caro, con la pulsera dorada y los números grandes y romanos.
Aún faltan meses para nuestro aniversario, pero Enma es muy previsora. Lucía se quedará en casa de mamá
y saldremos a cenar a ese restaurante ruso de nombre impronunciable donde un pianista tuerto ameniza la
velada y una muchacha hace equilibrios sobre una barra de acero. Tomaremos vino tinto y champán, ostras y
ese soufflé tan raro de verduras. Luego nos besaremos livianamente en los labios y pediré al pianista que
toque el Claro de Luna.
Bailaremos acaramelados en la pista, girando y girando sobre nosotros mismos, mientras otras parejas de
baile pasan veloces ante nuestros ojos como postes eléctricos. Entonces, cuando cese la música, miraré de
reojo mi reloj nuevo o Enma echará un vistazo al suyo. Cualquiera de los dos sacará el móvil del bolsillo
y llamará a mi madre para preguntarle por Lucía. Y nos sentaremos a la mesa, junto a las copas vacías de
champán, en silencio, mirándonos como peces, mientras un camarero amable nos pide un taxi.
El feo
El ordenador
María Ascensión Rivera Serván, Cádiz (España)
Tenía miedo. Había llegado el momento de conocerle. Temía y quería a la vez pero en su interior algo
gritaba que: ¡no debía!
Quería a su marido, a sus hijos (tenía 4), el menor contaba con 3 años. Su vida transcurría entre la
casa y el cuidado de ellos. Había dejado su trabajo al quedarse embarazada del primero de ellos: Denia, la
mayor, que contaba 14 años.
Su marido trabajaba todo el día y, cuando regresaba a casa, estaba tan agotado que ya casi no hablaban.
Un día entró en una página de Chats del ordenador y empezó a hablar con un tal Richard del que tenía
una foto muy bien guardada en su secreter. Tenía 50 años, era alto y apuesto. Moreno, de ojos negros y
profundos....
Había empezado a contarle las cosas cotidianas, sin importancia para los demás, que ella hacía: llevar
a sus hijos al colegio, asistir a tutorías, atender la casa. Para él todo era importante. Todo lo que ella
hacía.
Hacía ya un mes que le había confesado que se había enamorado de ella y quería conocerla. Le decía
cosas bonitas, cosas que la estremecían, cosas que su marido hacía tiempo que ya no le decía. Cosas que
anhelaba, tantas cosas que al pensarlas, un escalofrío de placer la recorría por dentro y la hacía
perderse en esa maraña de sensaciones ya olvidadas...
Debía fijar un día, una hora y lugar para verse. Debía llevar algo rojo, eligió un clavel, como en
una cita de adolescentes. Lo prohibido la atraía como un imán y, sobre todo, sus ojos que sin hablar la
traspasaban hasta dolerle el alma.
Se puso delante del ordenador, tecleó su clave y, de repente, de la pantalla salió un destello de
colores que le dio una sacudida brutal y repentina, al tiempo que miles de tentáculos la rodeaban, la
atrapaban y buscaban su garganta: apretando, hurgando, haciendo daño.
Quería gritar y no podía. Llamar a su marido pero los tentáculos de hierro la atenazaban más y más.
De repente y tras un nuevo destello de luces diminutas de miles de colores que la cegaban, las tenazas la
soltaron. Gritó y gritó con todas sus fuerzas. Salió corriendo y gritando a la vez hasta que la sacudida
firme de su marido la devolvió a la realidad.
¡Richard! ¡Richard! ¡Tengo miedo!
Su marido le contestó: Amor, soy Tomás, tu marido y es una pesadilla. ¡Despierta!
¡Tengo miedo: me ahogaban!
Su marido le preguntó: ¿Quién era Richard, gritabas ese nombre?
Ella contestó: No sé, alguien que me hacía daño.
El malo
Al final del túnel
María del Carmen Guzmán Ortega, Málaga (España)
Otra tarde de domingo. María, como otras muchas tardes domingueras, se encuentra en la estación, y como
muchas otras tardes espera ilusionada la llegada del exprés. Pero hoy no es exactamente igual; ha ocurrido
un hecho insólito: un lujoso convoy se ha detenido en el pobre apeadero.
María, obediente a su impulso, sube al tren y lo recorre de parte a parte. Gente de toda edad y
condición ocupan sus departamentos. Curiosamente no se trata de personas distinguidas como ella había
supuesto, sino humildes, al menos la mayoría. Los hay jóvenes y viejos, ricos y pobres, guapos, feos,
gordos y flacos, y hasta niños. Todos tienen algo en común. Tristeza. Una gran tristeza se refleja en los
rostros de los pasajeros. Algunos sollozan en silencio. Otros suspiran. Se ignoran entre sí. Están
inmersos en su desolación. Nadie habla. En su recorrido por el tren, María encuentra un departamento
vacío, entra y se sienta.
El tren inicia su marcha.
Un hombre de edad indefinida entra en el departamento. Su porte inspira confianza y serenidad. Es alto y
bien parecido. Luce una cuidada barba que empieza a tornarse gris.
—Buenas tardes, María.
—Buenas tardes, señor. ¿Cómo sabe mi nombre?
El hombre sonríe y no responde. Extrañamente, ella no espera respuesta. Algo en su interior le dice que
este hombre sabe muchas cosas sobre ella. Él le ofrece su mano y ella la estrecha. Es una mano grande,
cuidada, cálida y amistosa mano de caballero.
—¿Puedo sentarme a tu lado?
—Sí. Pero... ¿quién es usted?
—Soy... parte de ti. Soy algo así como tú misma.
María no pregunta. Se debate entre la seguridad y la extrañeza. Ella sabe que él sabe. Vislumbra la
verdad. Charlan como viejos amigos y el tiempo transcurre sin sentirlo pasar.
El hombre posee una gran cultura, sabiduría y agradable conversación. María se vuelca en confidencias.
Le habla de su pueblo, de su cortijo, de su campo y de su soledad. Le cuenta su huida del terruño, sin
saber adónde huye, y que a pesar de todo no le pesa ni se arrepiente. Se siente relajada, llena de
confianza y no añora lo dejado atrás. Mira a través de la ventanilla. El tren parece correr a una
velocidad endiablada. Los árboles, las montañas, las estaciones, las barandillas de los túneles y hasta
las nubes, pasan por delante del pequeño marco de la ventana como una película proyectada a toda
velocidad.
—Ven —dice el hombre—, voy a presentarte a los demás viajeros.
—Sí, sí, por favor. Me encantaría.
—Mira. Esa señora se ha quedado viuda. Aquel hombre acaba de salir de la cárcel y nadie quiere darle
trabajo. Ese niño se ha escapado del hospicio. Aquella viejecita está muy enferma. Esa muchacha fue
violada en un parque. Ese chico intentó suicidarse porque su novia lo dejó por otro chico. Todos,
¿sabes?, todos huyen. Absolutamente todos los que han subido a este tren buscan un cambio en sus vidas.
Todos corren hacia la libertad, la paz, el amor y la felicidad.
El tren cada vez corre más deprisa. El paisaje ya no se percibe. Tan sólo una ondulación del aire,
unas líneas verticales desdibujadas dan fe de su endiablada velocidad. Ahora empieza a entrar en un
larguísimo túnel, un túnel negro, interminable, de paredes que rozan el aliento de los pasajeros con un
fuerte abrazo de piedra y humedad. El tren en estos momentos está tomando una curva muy cerrada, y es
entonces cuando María vislumbra el final del túnel. Un semicírculo blanco, muy pequeño al principio,
pero que paulatinamente se va haciendo más y más grande conforme el convoy gana terreno.
El semicírculo blanco avanza y avanza, está muy cerca, muy cerca. Lo atraviesa el tren. María sólo ve
luz, una luz vivísima, blanca, inundándolo todo, pero no hiere la vista. Y a medida que el tren sale del
túnel, una suave melodía se deja escuchar, primero débilmente y después, in crescendo, hasta llegar a
impregnar cada rincón del tren. La música ahora es intensa. Ocupa todo el ámbito. El tren atraviesa la
nube de luz. Ya sólo existe luz.
La vertiginosa marcha del tren comienza a disminuir. Se detiene poco a poco, muy suavemente, sin el más
leve chirriar de ruedas. Poco a poco, los viajeros empiezan a despertar del sopor en que estaban inmersos.
Se avivan sus expresiones. Sus semblantes se animan, se distienden. Hablan. Preguntan. Se mueven. Flota
entre ellos una tímida alegría contagiosa. Se abren las puertas. Un sol esplendoroso se cuela en el tren y
lo calienta. La mañana es hermosa y cálida. María observa cómo la noche pasó sin darse cuenta.
El andén de la estación donde el convoy se ha detenido se encuentra repleto de gente que ríe, canta y
saluda a los recién llegados con guirnaldas de flores olorosas que trasminan el aire, como si los
estuvieran esperando. Los viajeros descienden. Allá, a lo lejos, la ciudad se adivina limpia y alegre.
Abundan las torres y las cúpulas que brillan al sol. Las casas, muy blancas, se recortan sobre un cielo sin
nubes y unas montañas muy verdes. Hay jardines por todas partes y multitud de pájaros entonando un himno a
la libertad. Mucha gente por las calles, paseando sin prisas, feliz, tranquila, acariciando a los perros y
gatos que deambulan limpios, felices, libres y lustrosos.
Los viajeros van perdiendo su tristeza mientras descienden del tren. Ya han olvidado sus problemas, sus
vidas y dolores y empiezan a caminar ligeros. Ríen y cantan y abrazan a la multitud como si fueran amigos
de toda la vida. María sonríe exultante. La ciudad la atrae, ejerce un influjo especial sobre ella. Le
infunde seguridad. No es como la capital. Aquí no existe la contaminación, ni el ruido, ni la suciedad, ni
siquiera hay coches. Pero tampoco es silenciosa y fría como su pueblo. Es una ciudad alegre, llena de vida,
activa y al mismo tiempo reposada. Se siente dichosa, muy dichosa. Como nunca recuerda haberse sentido. No
la extraña el contemplar a un lobo y un cordero bebiendo en la misma fuente. Su misterioso acompañante
continúa a su lado. La mira sonriente, sin hablar, respetando su emoción. Ella le sonríe a su vez. Un
hermoso león refriega su rubio lomo por las piernas de la muchacha y una anaconda lame su mano. Todos les
saludan sonrientes.
El hombre toma la mano de María y un calor agradable sube por sus venas hasta llegar al corazón
mientras un aleteo de pájaros multicolores juega con las águilas y los halcones peregrinos.
María y su acompañante, juntos, muy juntos, se pierden entre la multitud.