Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 118
22 de noviembre de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Poemas
Winston Morales Chavarro

Comparte este contenido con tus amigos

A Eva en el destierro

Qué hermosa es Eva
Qué hermosa la serpiente que le rodea
El árbol que crece en su talle
El fruto carnoso que despliegan sus labios
Al posar sobre la ocarina
Su música en las orillas del bosque.
Qué hermoso su cabello
—Grajillas oscuras que caen sobre sus hombros
perfumados—
su nariz que respira otros mundos
y crea para tantos laberintos
el azahar y las guirnaldas que los sustituya.
Qué hermosa es Eva
Qué hermosos sus tobillos
Las huellas que dibuja sobre la arena
Para marcar el camino hacia la luz y hacia las
sombras.
Qué hermosos los hijos que le ha arrojado al mundo
El río que desciende por las colinas de su vientre
El volcán de sus ojos de fuego.
Qué hermosa esta costilla pensante
Este polvo sagrado
Esta caña aromática
Que guarda en sus pechos fragantes
Otra manzana para las épocas de lluvia.

 

Caín

Mi quinto nombre es Caín
Soy la reencarnación del polvo
El hermano mayor de los caballos marinos
El barro que echó raíces
Hasta volverse un hombre
Un río de poemas y arboladuras.
Soy agricultor
Cultivo pájaros y frutas
He vivido la mayor parte del destierro en Nod
Al oriente del Edén
En donde el árbol prohibido
Se extiende hacia los caminos olorosos que ahora
circundo.
Soy Caín
Hermano de Abel
Hermano de las hojas secas,
Del viento, de los pinos de Alepo,
De Set, del exilio y de las largas caminatas por la
arena.
Gracias a la quijada de un burro
Conozco la voz de las orillas,
El crepitar de la lluvia sobre los mundos subterráneos
El silbido orquestal de las esferas,
Las regiones desérticas del cosmos,
El palpitar angustiado del Mar Muerto.
Soy hijo de una multiplicación de huesos,
De Adamá, de la luz,
del manantial prístino que manó de las manos de mi
padre.
Cosecho peces, madreselvas, aves mitológicas,
La belleza de la divina providencia
En donde yo,
Labrador de las palabras,
Soy la parte onírica de las cosas.
Mi quinto nombre es Caín
Soy un barco de polvo
Uno de los primeros nómadas verdes;
De mí descienden Enoc, Irad, Metusael, Lamec
Y todos los hombres que tocan el arpa y la flauta.
No creo en los señalamientos, en las culpas,
Tampoco en el azar
Las cosas están escritas, prefijadas,
Soy agricultor
Y aunque a mi padre azul no le gusten mis cosechas
Hoy,
Después de tanto tiempo,
Vengo a ofrendarle mis poemas.

 

La elegía de Sansón

Como una nube de fuego
En busca de la masa de sus propias luces
Así vino Dalila a mí;
Como un canto, como un grito,
Como un eco inmortal y tembloroso,
Izado en el infinito de mis cabellos hercúleos.
Como una flecha, como un dardo, como una espada;
Besó el viento, cruzó la muerte, sesgó los trigos
Y llegó a mí con la fragancia de las viñas y los
olivares
A doblegar con sus encantos de abigarrados colores:
Los enigmas de las noches,
Los misterios de las mieses,
El fuego inclemente de las reposas
En las puertas y cerrojos de los filisteos.
Llegó a mí del valle de Sorec
Con un enjambre de abejas en la boca de los leones
¿Qué podía ser más devorador que ella
y al mismo tiempo más dulce que ella?
Como una nube de fuego
Surcando la nave poderosa de los sueños
Así vino Dalila a mí
A entretejer mis siete trenzas de cabellos
A revolver mis pujanzas en un clavo
A hincar mis cóleras en la tierra.
Llegó Dalila a mí
A desnudar la enramada de mis contemplaciones
El eco de mis sobresaltos.
Su puñal de salvajina penetró las cimas de la
inmovilidad,
Del enigma, del secreto
Extrayendo de las propias órbitas de mis labios
La forma de conducirme hacia la muerte
De volverme pasajero de su propia muerte
¿Qué podía ser más devorador que ella
y al mismo tiempo más dulce que ella?

 

Lázaro

A Jader Rivera Monje

Ahora que soy tantas cosas al tiempo
Ahora que asumo mis vidas pretéritas
Y las lanzo a la carne o al barro
para que se vuelvan poemas
o pequeñas hojas que se enfrenten
al aire rizado del Zaire
me llaman Lázaro.
Soy Lázaro
El hijo de Betania
El hermano de Martha y de María
He conocido la muerte
Su río de rosas, gladiolos, violetas, mirtos y lirios
Que he transitado, navegado y respirado
En los cuatro días que duró
Esa odisea por el mundo fascinante de las sombras.
Soy Lázaro
Tengo setenta nombres
Música, viento, pájaro, buey, lluvia
Son algunos de ellos
Creo en la resurrección
En la pervivencia
En el soplo cálido que trasciende
Más allá de estas tribus.
Me he levantado del barro nueve veces
Y ahora
Soy el polvo que no vuelve al polvo.
Mis manos y pies
Todavía están atados con envolturas de entierro
Pero también es cierto
Que bajo mi cuerpo crece la hierba
Circundan el gusano, el ciempiés, las calambrinas
olorosas,
La gaviota que remonta su vuelo
En busca de otras corrientes de aire.
Soy Lázaro
Habitante de Betania
Amigo de las sinagogas
De Canaám, de Cafarnaum, de Nazaret, de Galilea
Y de otras tierras lejanas
Cuyos nombres no entenderían
Tengo el rostro cubierto con un paño
Pero cada vez que me levanto a la vida
Cada vez que una mariposa
Me recuerda que he nacido de nuevo
El paño va cediendo paso
A otras estrellas, a otras luces, a nuevas especies de
animales,
A otros caminos.
Soy Lázaro
Y en este viaje al final de la vida
Me sentaré sobre otra roca
A hilar el cordón sagrado
El pedazo de río
Que me devuelva a otra corriente
En donde todas las voces clamen,
Todos los músicos canten,
Todas las lluvias digan:
"Lázaro, levántate!".

 

Carta de un escriba a Magdalena

A Luz

Yo no sé de dobleces de campanas
De sanear o purificar sepulcros
Pero un torbellino de hojas secas me conduce hacia tu
vientre
Y alguna parte de esa música secreta
Que tú reinventas y traduces.
Yo no sé de multiplicación de pájaros y peces
Ni siquiera escanciar las ánforas de vino
Pero busco tu cuerpo Magdalena
Como si fuera ese santuario
Donde redimir mis carnes y mis velas
Agobiadas por los golpes de las sombras.
Yo no sé de resurrecciones
—Acaso mi carne no soporte tantas instancias—
No sé perdonar las querellas con el polvo
Pronosticar las épocas de lluvia
Pero estoy seguro Magdalena
Que mi amor te reivindica de las culpas
Y talla en tu ofertorio
Una parvada de pájaros azules
Donde sopesar tus deudas y tus vinos.
Yo no sé de estrellas y ovellones
De esferas cuyo fin esté más allá del cosmos,
Pero mi conocimiento en tu cabello
Quiebra los mapas
Y mis manos no poseen otro lenguaje
Que el mismo que tú diagramas
En el río de la muerte.
Desde las selvas sirias
Hasta el mar occidental,
Desde el monte Nebo
Hasta el río Rogitama
Irá mi ancho y dulce amor, bella Magdalena,
Revestido de luz para tus hombros
Y un collar de caracolas
Hará tejido con peces de distintas geografías
Para adornar tu pubis
Y tus cabellos crispados por los astros.
Yo no sé de oratorias y viejas enseñanzas
Mi lenguaje no supera los silencios de la tierra
Pero acaso me domina la palabra
Y un Te Amo
No sea otra respuesta
Que el peso enamorado de esta cruz.

 

Papiro a las hermanas de Lázaro

Paseaban en las mañanas por los monasterios de
Betfagé.
Las veía con los párpados apagados
Por el insomnio que me causaba
La oscuridad de sus cuerpos.
Sabía la hora de su tránsito
Sabía que desfilaban desnudas por las escalinatas del
bosque
Antes del amanecer
Y el rumor descollante de los planetas.
Eran Marta y María
Hermanas de Lázaro,
Eran como dos gotas de lluvia
Sobre las arenas desérticas de Caparnaum,
Como el pétalo del crepúsculo
Sobre las noches brumosas de Tiberíades.
A pesar de la segunda resurrección de la carne
Seguían pensando en levantar en tres días la casa,
En resucitar al betanio
Para contagiar de belleza a los escribas del templo.
Aun tras la muerte del Nazareno, permanecían bellas
Bellas hasta la saciedad de los últimos caminos.
Lo único que las diferenciaba
Era el aroma inescrutable de sus ropas
El color de sus labios
Retocados por la espesura del bosque.
Paseaban en las mañanas por los monasterios de
Betfagé.
En su vorágine vegetal por las riberas del río
Desfilaban desnudas igual que gladiolos, cajetos o
sauces llorones
En su travesía hacia las lámparas encendidas de las
tinieblas.
Ni el azulejo, ni las chicoras, ni los cafhíes
Provocaban en mí, tantas cosas hermosas
Como el sonido de sus voces
En el traspatio de aquellas casas lejanas.
Eran insoportablemente hermosas
Lozanas, pensativas
Altas como los abetos de las sinagogas
En donde remontaban sus canciones
Y sus oraciones de vírgenes distantes.
Mientras un pecador como yo
Padecía sus encierros, soportaba sus angustias
Y enfrentaba su calvario
Ellas ingenuas
Doblemente ingenuas
Triplemente hermosas
Cantaban el desprecio hacia los hombres de la tierra.

 

La canción de Lucifer

Mi ídolo de bronce es el abismo
El fuego, las cavernas.
La vida del maldito
—desterrado de la luz y las alturas—
Se pendula entre el mal, el bien, lo dionisiaco.
No maldigo de las sombras
No aspiro a las venganzas,
Continúo con mi vestidura satánica
Instruyéndome en el bien
Y solazándome en el mal.
Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo,
Que mi imagen vagabundea por los laberintos y
paradigmas de la muerte.
Pocos saben que conservo mi posición de ángel
Que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante
las nubes
Que mi sabiduría multiplica la ignominia de los justos
Y la nobleza de los desterrados
Contagia de belleza a los malditos.
Voy del ascenso al descenso
Como el viento que hila los caminos:
No creo en la maldad, en el bien,
En el pasado, en el futuro
Pues los cuatro están confinados en las sombras
Y las sombras
En el hades de un espejo orbicular.
No maldigo a las alturas
No me duele la caída
Hay un punto en que todo deja de ser contradictorio
Y nada en este punto se excluye sino que interacciona.
¿Quién ha dicho que el abismo no es la altura?
¿Que la maldad —producto de la belleza—,
No es el bien?
¿Que las sombras no son la luz?
¿Que el caído no es el levantado?
Pocos saben que sobrevuelo el infinito,
El paraíso, la manzana,
Que mi vestidura de Vampiro
Me da el elixir de la noche,
Que sustraigo del día los frutos del iluminado
Y que espero sabiamente el último camino
Para empezar mis andanzas
Por la otredad, por la vaguedad,
Por lo inmensurable,
Por lo indefinible.

 

Beelzebub de Palestina

Sí, tú eres aquél
Príncipe de los infiernos
Noble ángel de los desterrados
Descifrador de paradigmas escritos en las noches
Y multiplicador de diluvios sobre las hogueras de la
muerte.
Sí, tú eres aquél
Pero cuánto distas de ser
El de aureola destellante,
Cuánto distas de la luz
A pesar de sobrecogerte en otra luz
Y cuánto de la oscuridad
A pesar de instruirte en otra oscuridad.
Sí, tú eres aquél
Ángel o demonio
El que ahora se pasea por los intrincados laberintos
Miles de servidores ahora te coronan
Se deslizan por la orilla del vasto funeral
Sobre una muerte serena que te sobrecoge;
Una muerte que se ensancha
Como la curva, como los ángulos.
Sí, tú eres aquél
El del paraíso perdido y nunca recobrado
—sobran fuerzas para no recobrarlo—
Tu delicia recae sobre el silencio que viene
Sobre la sabiduría humilde que centellea en la noche:
Pensamiento que se dibuja como una barca
En el océano de los afligidos.
Sí, tú eres aquél
—Gozas con este distintivo—
una estrella de hojas
reposa en tu frente de hiedra quemada
y vagas por el mundo
igual que otro iluminado
restituyendo el camino para los menos doctos
y provocando, a partir de tu imagen alucinante,
la animadversión a las olas ardientes de tu precipicio,
a la tierra despreciable de los infiernos.

 

La visión de Moloch

¡Desgracia a los habitantes de la Tierra!
Arremetió el maligno del infierno
Mientras veíamos discurrir
Las hondas guerras del desierto
Por los pasajes de la arena
Y sus cóleras inflamadas.
¡Desgracia! ¡Desgracia!
Los pájaros de fuego
—Encorvados por la cabellera elástica del cosmos—
surcaban los laberintos electromagnéticos del éter
y soltaban por doquier
su huevo de ira y uva venenosa
desvertebrando como un soplo
el país de los cedros y los pinos.
Por entre los montes de Armenia y el Golfo Pérsico
—En donde alguna vez se situó el paraíso—
vaga ahora, desde la época de las lunas crecientes,
el hijo de la noche.
Bañado por el Tigris, el Eufrates, el Nilo y el Pisón
—Revestido como lo que fue, antes de la rebelión y la
caída—
el maligno del infierno
se pasea con sus tentáculos de muerte,
con sus hiedras vengativas y siniestras
destruyendo todo lo que aventure por el mundo.
¡Desgracia a los habitantes de esta Terra!
Vocifera con la fuerza de los acantilados
Y las voces enhiestas de las rocas.
Una cohorte de fantasmas
Le secundan en el canto,
Un séquito de hombres
Le tributan con aceites.
Desde Aurán hasta California,
Desde las torres reales de la gran Seleucia
hasta las bocas cerradas del Mississippi
se pasea el maligno del infierno
por las llanuras volátiles de Proserpina.
Sus principados y potestades
Se doblegan como ramas
Al paso majestuoso de los falsos evangelios.
Sus columnas de humo y fuego
Continúan tatuándose en la tierra
Como una señal de insólitos presagios
Mientras la noche se retuerce
Al florecer del hongo radioactivo
Y el hombre
Evocando la memoria de la Sodoma de los moabitas
Queda prendido al viento
Como la estatua del Apocalipsis,
La torre de sal de los últimos sepulcros.

 

El hombre

Mashiaj es mi Pastor
Nada me falta.
Me sobrarán las frutas, las hojas, las veletas,
Las esferas que transitan por el éter,
El poema que crece silencioso
En el árbol prohibido y permisivo de la noche.
Mashiaj es mi Pastor
Nada me falta.
Me supliré de las cosas que circundan por el mundo:
Los cantos, las quebradas, las orillas
Y recostaré mi espalda
Sobre las piedras del desierto,
Contemplaré el vuelo estrepitoso de los ríos
Sobre el lienzo claro-oscuro de los valles.
En la época en que escasee la vida
Y Satanás se levante como un himno en la baraja
Mashiaj me surtirá de la frescura:
Caminaré desnudo por el cosmos
Como una estrella más del infinito
Como un cometa sobre el lienzo luminoso de la muerte.
Y vendrán la fama y la derrota
Como dos hermanas, hijas de Calíope,
Y no les temeré
ni huiré de ellas
porque suyo es mi pecho
que discurre como el agua
y suyo es mi paladar
que saborea la caída.
Mashiaj es mi Pastor
Nada me falta;
Los tres días de oscuridad
Me harán reflexionar sobre las sombras;
Las hormigas diminutas del desierto
No roerán un céntimo de aire,
La destrucción de las ciudades
No oscurecerán el diario florecer
De las lluvias y los astros;
Y vendrá la luz con sus velos y sus danzas
—Acaso mi ceguera se nutrirá de estas canciones—
y mi espada se surtirá de sus cabellos
rompiendo el abismo hacia la tierra prometida.


       

Aumentar letra Aumentar letra      Reducir letra Reducir letra



Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 17 de enero de 2005 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes