Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
Y más la piedra dura, porque esa ya no siente,
Pues no hay dolor más grande que el dolor de estar vivo
Ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Rubén Darío. Lo fatal
Como tantas otras veces, un intenso martillazo en la sien la despertó. Al abrir los ojos, la luz del
día fue a clavarse directamente en sus pupilas y dudó de la realidad de su visión. Por un instante creyó
haber cumplido su objetivo traspasando, por fin, el umbral de la muerte. Sin embargo, cuando consiguió
sacar la cabeza del rincón donde había ido a parar —entre la bañera y el retrete— pudo comprobar que
su propósito se había frustrado.
Todo el lavabo estaba lleno de los vómitos de la noche anterior, la grifería dorada, las jaboneras con
sales perfumadas, incluso su espesa melena estaba pegajosa y llena de grumos... Había dormido en un charco
de vómito durante varias horas y ni siquiera se había dado cuenta, no recordaba nada. Recogió con unas
toallas toda aquella suciedad propia, llorando, con un asco inmenso, maldiciendo su suerte. Se había
tragado todas las pastillas que encontró en el botiquín, pero el alcohol le había jugado una mala pasada.
En lugar de ayudarle a digerir el atracón de somníferos y ansiolíticos, la ginebra le provocó unas
náuseas terribles y todo el arsenal de bolitas blancas saltó violentamente de su estómago salpicándolo
todo.
Absorta en la limpieza de aquel estropicio, sintió que su sufrimiento no alcanzaba siquiera los tintes
trágicos de otros dramas personales, sino que sólo era uno más de los absurdos y patéticos episodios que
poblaban su memoria. ¿Cómo pudo concebir semejante idea, tal despropósito, si ella no se sostenía de pie
después del tercer trago?
Era francamente ridículo no contar con la posibilidad de que lo vomitara todo a la media hora.
A pesar del tiempo transcurrido, estos incidentes, con los que solían terminar todas sus fiestas, no
habían variado en absoluto. Ella había sido siempre así, fácil de emborrachar, poco resistente a las
mezclas de licores que tanto gustaban a sus amigos de la facultad, debido, seguramente, a su cuerpo menudo y
a la falta de costumbre con la bebida, incluso en las fechas señaladas. Ella era la abstemia del grupo, la
que hubiera podido conducir de madrugada de no ser por aquella fobia absurda que le impedía sentarse al
volante de un coche sin echarse a temblar. En el fondo de su mente debían estar presentes los recuerdos de
aquella tarde de domingo en la que se cruzó con un conductor novato y perdió los dientes encima de una
carrocería rojo sangre, en medio de un vecindario atónito que comentó el atropellamiento durante meses.
Desde entonces, tenía la sensación de que todo aquel que circulaba a su alrededor acabaría
aplastándola contra el asfalto y, para evitar ese temor, iba a pie a cualquier sitio... Caminando,
corriendo casi, pues siempre se le hacía tarde para llegar a todas partes. Esta desventaja, sin embargo, le
había procurado unas piernas fuertes, musculosas, tanto más desde que acudía a clases de danza dos veces
por semana. Allí, delante del inmenso espejo, al compás de la música, había conseguido alargar sus
muslos, estilizar los tobillos, que siempre enfundaba en unos zapatos de tacón muy delicados. En aquellos
días los pies la sujetaban, con elegante desenvoltura, a una realidad que ella creía cada vez más
armoniosa, más deliciosamente femenina y sensual.
Cumplida ya la treintena se instaló en una vida cómoda, de esposa joven, mientras esperaba encontrar la
oportunidad profesional que merecía su formación. Leía plácidamente por las noches y aguardaba a su
marido, con quien pensaba compartir todos sus sueños. Nada en aquel momento feliz de su existencia le
hacía sospechar que, un día, acabaría durmiendo en el suelo, rodeada de la última botella de cerveza y
los restos de polvo blanco alineados en el mármol de aquel cuarto de baño que había decorado con tanta
precisión colorista.
Ni aun en plena adolescencia, cuando los problemas de columna y de acné la llenaban de dudas e
inseguridades, hubiera podido imaginar tan sórdido final. Su retrato era, entonces, la viva y perfecta
imagen de la responsabilidad, estudiante modélica, joven promesa de la literatura para sus padres, amigos y
profesores, el triunfo de la voluntad encarnada en una quinceañera de palabra ágil y gestos generosos, de
pensamiento inquieto y cuerpo frágil. Un campo abonado de esperanzas, un proyecto que alcanzaría su cima
tan pronto como el futuro la impregnase de la experiencia necesaria.
Todo en ella auguraba un porvenir espléndido. Hasta que, una noche alguien le ofreció una forma intensa
y peligrosa de vivir el presente, aquel punto impreciso en la intersección del tiempo y el espacio en el
cual no había reparado nunca, excesivamente preocupada por los frutos que podría cosechar mañana, si
conseguía merecerlos...
En el instante en que su cerebro recibía la blanca comunión, deshechas las venas de la nariz por la
lenta ascensión del polvo inmaculado, se sentía vigorosa e incansable, capaz de recorrer las largas horas
de la madrugada y la salida del sol, imparable en su carrera de falsas ilusiones, hasta que caía, acabadas
ya todas las líneas borrosas del espejo, sobre algún áspero colchón. Con los ojos desorbitados, el pulso
acelerado, el corazón empujando con fuerza la sangre que amenazaba con desbordar los estrechos cauces
azulones por donde circulaba, lloraba y rezaba para que aquella noche fuera la última.
No se atrevía a hablar con nadie, se limitaba a esconder los pañuelos sanguinolentos y se quejaba de un
insomnio pertinaz, fruto de una terrible ansiedad. A medida que se dejaba vencer una y otra vez, todo se iba
deteriorando a su alrededor, inmersa en una vorágine de autodestrucción.
Primero la abandonó él, dejando sobre el mueble del recibidor las llaves de la casa y una tarjeta de
crédito a su nombre para que pudiera sobrevivir mientras llamaba de puerta en puerta suplicando cualquier
trabajo humillante. Después, se fueron ellos. El padre malgastó su dinero en toda clase de auxilios, pagó
las deudas atrasadas sin preguntar el sórdido destino que habían tenido los repetidos ingresos que
realizó en su cuenta, la acogió bajo su techo cuando embargaron su vivienda. Los hermanos se habían
callado muchos dramas delante de una madre que invocaba inútilmente el recuerdo de una hija que ya no
existía, pero esta complicidad sólo consiguió agravar el problema y precipitó el final.
Arrinconada en la soledad más absoluta, cogió del botiquín todas las cápsulas que creyó más
mortíferas y se tragó tantas como pudo. Pero en el momento en que engulló la última, una náusea
repentina provocada por el ardor del alcohol las precipitó todas al exterior con la fuerza de una lava
volcánica. Todo quedó esparcido por el suelo y, sobre el bálsamo de su desesperación, se durmió
profundamente.
Pasadas las dos del mediodía un rayo de sol se filtró por la ventana y fue a parar sobre la melena
desordenada que le cubría la cara. El tibio calor la despertó, se retiró de los ojos la madeja de pelo
ondulado, con una mano aún temblorosa, y sintió, por primera vez, un olor agrio que le atravesaba las
atrofiadas pituitarias hasta ir a parar a su deshecho cerebro. Aquel hedor a putrefacción la levantó de
golpe situándola frente al espejo. Horrorizada, se contempló a sí misma en el fondo del abismo. No sólo
no había conseguido huir de él, sino que la luz del día le mostraba una realidad desnuda, más sucia e
implacable que nunca. La devolvía a la vida consciente.
Pasó varias horas sentada en el suelo, intentando poner orden en los pocos pensamientos que no había
fulminado la tormenta de la noche anterior. Recordó que aún le quedaba un coche viejo que le pertenecía
según la repartición de bienes que había acordado el juez y que, evidentemente, no conduciría jamás.
Aquel trasto inservible le podía proporcionar un fajo de billetes que invertiría en un pasaporte para un
destino lejano, un nuevo paisaje donde empezar una nueva vida, si es que aún le quedaba alguna...
El sol la recibió en el aeropuerto con un fuerte latigazo que le hizo sudar toda la inmundicia acumulada
en la piel. Arrastró la maleta medio vacía por entre las callejas antiguas, pobres y ruidosas, despintadas
del azul y el verde que lucieron en una época más pletórica, llenas de gente morena que vociferaba con
cualquier pretexto la miseria festiva de sus vidas. En los portales y los balcones las mujeres gritaban a
las criaturas que corrían sin zapatos por el inexistente asfalto, con una sonrisa en la boca, desafiando la
penuria. Los autobuses se esforzaban por circular, atiborrados de almas que soñaban con un horizonte de
tierra adentro, lejos de la prisión isleña donde la historia los había transportado para proveer del
fruto dulce de la caña al resto de la humanidad libre.
Los negros, los esclavos, los hijos de los esclavos, los déspotas uniformados, los turistas de piel
achicharrada, los artistas que se atrevían a salir de sus guaridas y los escapistas más audaces, todos
desfilaban por el Malecón con parsimonia, sin reparar en el tiempo que inútilmente señalaba un reloj de
sol.
Su nueva vida carecía de los brillos de otros tiempos, apenas disponía de un cuchitril desamueblado
para cobijarse. Sin embargo, en aquella precariedad compartida sus días transcurrían con una intensidad
inusitada y deslumbrante, desvelados, por fin, los sentidos de la pesadilla que los había paralizado.
Aquella música de ritmo empalagoso, la embestida feroz del océano contra las rocas, los martilleos de una
tarde de lluvia tropical contra los cristales, la humedad sobre la piel horadada de los campos, el cántico
de una lengua que habla de amor...
A medida que aquella nueva realidad la cautivaba, se despojó de su pasado, abrazó una nueva identidad y
buscó la manera de echar raíces para siempre.
La idea de abandonar la isla le helaba la sangre. Poco le importaba el que todos los demás quisieran
huir, al fin y al cabo —pensaba— cada uno ha de ser libre para escoger las fronteras de su propio
infierno.
Desde la minúscula habitación de alquiler en que se refugiaba por última vez contemplaba las sombras
chinescas de una palmera bajo la luz mortecina de un farol. Empujada por las ráfagas de viento, las ramas
deshilachadas dibujaban la silueta siniestra de un verdugo que le tendía la mano con cínica amabilidad
para ofrecerle la misma cicuta que aún envenenaba su memoria.
Volver era entrar de nuevo en el corredor de la muerte. Tarde o temprano estaría muerta. Sólo sería
necesario, entonces, rematar la faena escogiendo el tiro de gracia definitivo. Tal vez una digestión más
potente de somníferos, una caída libre desde algún balcón florido en pleno mes de mayo...
Como un tiro en plena sien, recordó unas palabras de Coelho: "Morir mientras vivo". Aquella
frase encerraba todos sus deseos: quería seguir viva, consciente, y aceptar la muerte, llegado el momento,
con lucidez.
Una y otra vez aquella frase asaltó su mente durante la madrugada, hasta que, al final, atisbó en ella
una salida. Hizo una llamada urgente, habló atropelladamente: un certificado de defunción falso a cambio
de una noche en brazos de aquel hombre moreno de anchos hombros bajo la leve camisa blanca le parecía un
buen trato. Al fin y al cabo, era una buena forma de renacer, llena de un significado casi simbólico. Por
otra parte, el papel que trataba de comprar no sorprendería a nadie, considerando los antecedentes de una
muerte anunciada. ¿Quién podría dudar de un certificado que afirmase que su figura se perdió entre la
marea que subía furiosa por los muros del Malecón y fue imposible encontrar sus restos en medio del
océano?
Cumplido el trato, se dispuso a recoger el informe de nefastas noticias que debía enviar mediante correo
aéreo a los pocos allegados que aún estuvieran interesados. Fiel al enérgico espíritu mercantilista que
le había dado el valor para conseguir su renacimiento y con la alegría de quien siente, por primera vez,
dominar su destino, salió de su habitación sin reparar en la amenaza de un huracán tropical.
La tarde era gris, repentinamente tormentosa. El taxi que debía conducirla hasta las oficinas de su
improvisado amante burócrata circulaba con dificultad bajo la lluvia, el viento lo zarandeaba como un
juguete en manos de un niño travieso.
El ruido fue de una anticipación demoledora, las ruedas chocaron contra las palmeras produciendo
horribles volteretas. La luna delantera reventó tras el impacto esparciendo minúsculos cristales teñidos
de un rojo brillante, intenso. La puerta trasera cedió con la violencia del choque y escupió, en medio de
un charco, un cuerpo que, con un hilo de voz, decía ininteligibles palabras con una extraña sonrisa: Muero
mientras estoy viva.