Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 13, del 18 de noviembre de 1996

Las letras de la Tierra de Letras

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Cuentos de Dirk Bruss

Dirk Bruss

Olivo

Se esperaba la llegada del Mesías. Con el problema de la Deuda Externa, los países pobres deseaban fervorosamente al Ungido.

José vivía en el barrio El Carmen. Todos se burlaban de él porque no había conocido mujer. Pero ahora se preparaba para su boda con María, doncella aún.

A todas éstas, José tenía una ardiente admiradora a la que no correspondía: Lola. Su puro amor por María le impedía sucumbir ante el ofrecimiento que hiciera Lola de sus íntimos encantos.

El día anterior a la boda, María se acostó temprano. Se durmió. Al poco rato le habló el Espíritu Santo.

—Serás madre del Hijo de Dios. Le pondrás de nombre Jesús.

—¿Cómo va a ser? Nunca me he acostado con un hombre.

—Has sido tocada por Dios a través de mí, el Espíritu Santo. ¡Bendita tú entre todas las mujeres!

Al día siguiente despertó preocupada. "Nadie me va a creer, y José menos aún".

Por supuesto, José al escuchar el cuento no le creyó absolutamente nada y hasta la acusó de puta. Encendido en rabia, salió de casa de María a la vereda. Caminó un rato y se encontró a Lola.

—¡Huuy! ¡Que carota traes! ¿Qué te pasó, mi Cheíto lindo? Estás que echas chispas.

—Nada.

—¿Seguro?

En ese momento José pensó que, si se lo hizo María, ¿por qué no podrá hacer lo mismo él?

—Ven, mi amorcito —dijo insinuante José a Lola.

"No lo hagas", retumbó una voz en la mente de José. "¿Qué será esto?", se preguntaba. La voz insistía en su advertencia, mientras José tomaba de la mano a Lola. Volvió a hablar la implacable voz:

—No lo hagas, José. Cuanto te dijo María es cierto. Soy el Espíritu Santo.

—¡No joda! —casi gritó José.

—¿Qué pasa? —interrogó Lola.

—Nada. Estoy loco. Es mi imaginación.

Caminaron. Luego llegaron a un hotelucho barato. Pasaron todo el día allí. Por supuesto, María quedó plantada y la boda no se efectuó.

Meses después, a María le crecía la barriga y José continuaba su tórrido romance con Lola. Los chismes y murmuraciones no cesaban en el barrio, y todos se preguntaban quién sería el padre de la criatura pronta a nacer. La historia del Espíritu Santo no la creía ni la madre de María, como era lógico.

A José lo seguía atormentando la misteriosa voz:

—Recapacita José. O irás al infierno.

—Mándame al infierno, imbécil —gritó desesperado.

En ese momento sintió una sacudida en todo su cuerpo, como un shock eléctrico que hasta la misma Lola sintió estando en sus brazos. A los segundos murió. Lola lloró por semanas.

El día del parto María dio a luz un varón. Lo llamó Jesús.


Junto a la chimenea

(Graciela Guzmán y Dirk Bruss)

"Tengo el cerebro petrificado, no tengo ideas para nada ni nada que hacer. Y todavía ella me sugiere escribir un cuento".

"Mi intención era motivarlo a hacer algo creativo, era activar todo el ingenio que sé que posee, y que hace tiempo se quedó dormido. Quizás pienso que se durmió por mi presencia, y quizás por mi presencia su genio se apague. Y no quiero eso para él, por eso le insisto en que escriba aunque él no lo quiera...".

"No he escrito palabra alguna. En pocos minutos terminará de ojear el diario y dirigirá su mirada hacia mi cuaderno. No quiero que no quede nada escrito. Bueno, al menos está la palabra `cuento' subrayada".

"Lo miro de reojo mientras ojeo el diario, y lo veo mirar el papel insistentemente, como pidiéndole que haga brotar de sí mismo las palabras... Sólo ha escrito la palabra cuento, y la ha subrayado, como para enfatizarle al papel que desea ver un cuento sobre él, pero no escribe. Sólo mira la hoja y fuma un cigarrillo...".

"Lo que voy a hacer es escribir cualquier cosa para que se vean diez o quince líneas. Total ella no se acercará a leer aún, pues al terminar con el diario irá a preparar café".

"Parece un niño obligado a hacer la tarea cuando ha estado distraído en la clase, y no sabe cómo comenzar... Quizás mi presencia le impida concentrarse mejor, así que iré a preparar café y algo de comer".

Cuento:

Habían tres veces tres historias distintas entre sí que una vez confluyeron. Ustedes me dirán que ya está muy trillado lo de exponer tres historias paralelas y simultáneas que en un momento se encuentran y coinciden. Pero no os preocupeis: esta es una gran, gran, gran historia.

—Oye querido, ya está bien. He traído algo para merendar, ¿qué te parece si después salimos?


Metamorfosis (ésta, no aquella)

(Basado en la filosofía de la vida de Emilio Durand, que se resume en el refrán que siempre recita: "No me arrepiento de lo que hice, sino de lo que dejé de hacer").

Se desnudó, tomó pico y pala, se enterró hasta las rodillas y dijo:

—Estoy cansado de joderme tanto y trabajar para vivir. Seré como las plantas: viviré del aire, del agua, del sol y los nutrientes del suelo.

Los transeúntes que pasaban por el terreno baldío se asombraban, reían o lo insultaban. Sus hijos se encerraron en casa para no pasar vergüenzas. A su esposa le dio un ataque histérico violento y le mató el perro. Sus compañeros de trabajo de la TV local lo tomaron como "la noticia del siglo", y con razón, porque sus miembros se fueron convirtiendo en ramas (de las que brotan hojas) y sus pies se transformaron en raíces.

Después de un tiempo, dejó de ser novedad y fue olvidado por la gente.

El flamante arbol vivía felíz. Los pájaros revoloteaban en sus ramas y vivían en él. Cotejos, ardillas y otros animales correteaban sobre él. Lo único malo eran los insectos, pero no era gran problema, porque el grupo conservacionista de esa pequeña ciudad era celoso de la seguridad del "Hombre Arbol".

Años después convirtieron el terreno baldío en un parque, en el que sembraron muchas otras plantas.

Esa fue la desgracia del Hombre Arbol. Al parque venía su familia: esposa e hijos. Su ausencia del hogar mal encaminó a sus críos, presenció cómo un patán y vividor conquistó a su desamparada mujer.

Al principio hervía de celos al ver a aquel sinvergüenza besarla en ardiente pasión y manosearla inclementemente bajo su sombra. Pero luego lo invadían una gran tristeza, un gran dolor y una inmensa impotencia. Ese bribón hizo infeliz a su ex esposa el resto de su vida con sus majaderías y golpes, sin poder el Hombre Arbol hacer nada. Sus hijos, tampoco fueron felices, lo que aumentó su dolor. Peor aun fue ver morir, uno a uno, a todos los suyos. Fueron tiempos difíciles, sin duda. Sin embargo, sus nietos, bisnietos y tataranietos, le dieron más alegrías que tristezas. Hizo un balance de su vida y resultó positivo.

Le quedaban pocos años de vida, pero no pudo morir de viejo. Lo mató un tractor que convirtió el sitio en estacionamiento.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983