
Mientras se dirigía al lugar, iba rememorando los momentos que compartieron: tantas travesuras cuando niño, sus primeros escarceos amorosos, la muerte de sus padres... eran demasiadas las cosas que poseían en común, como para ejercer el abandono. El sabía que le había fallado, en el crepúsculo de su existencia; pero la culpa no era suya, sino de la vida, para decirlo con un lugar común, y confiaba en obtener su perdón en esas últimas horas.
No se apresuraba demasiado, sin embargo. Posiblemente algo de cobardía le hizo tomar los caminos más tortuosos, para retardar el momento del último encuentro. Releyó el periódico mediante el cual se enteró de la fatídica noticia, con la secreta esperanza de que algún embrujo hubiera borrado la página en donde estaba escrita. Pero estaba allí, y nada ni nadie cambiaría ese hecho. La nostalgia y posiblemente los remordimientos le hicieron imaginar el dolor que padecería: quiso que su organismo también se sintiera desfallecer, y deseó morir en su compañía. Ese ejercicio de expiación le hizo bien, tanto a su cuerpo como a su espíritu, y lo preparó para presenciar el doloroso espectáculo de la muerte.
Por más que quiso retrasar el arribo, sus pasos lo guiaron inexorablemente al sitio en donde iba a ocurrir el deceso. Tomó lugar lo mas cerca que pudo, entre la muchedumbre ahí reunida, adoptando la expresión que se suele tener cuando se está enfrentado a la muerte. El momento tan temido, al fin, llegó. Se escuchó un ruido ensordecedor, y al final de la calle apareció el tractor de la compañía constructora, que cumpliría la sentencia de muerte: demoler el vetusto caserón de vecindad, que tanto desentonaba con las modernas edificaciones que habían erigido en esa zona residencial.
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