Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 18, del 17 de febrero de 1997

Las letras de la Tierra de Letras

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Reencuentro con Aída

Teresa Caballero

La vecchia Aída era un ejemplar que hoy podría figurar en cualquier film de Fellini. Cuando apareció en el pintoresco y cambiante escenario de la casa de mi abuela debía tener unos ochenta años, pero con la agilidad que hubiera querido tener yo a los veinte. Esto a pesar de su doble joroba disimulada, en parte, con una enorme capa negra que ella misma había confeccionado con sus hábiles manos y los forros de dos sobretodos de mi abuelo. Usaba una especie de bonete, negro también, con una forma que más que a la de un gorro frigio se parecía a lo que llevaban en la cabeza los dux de Venecia. Esto era perfectamente explicable, pues Aída era veneciana.

Aída fue niñera de los hijos de un tío mío diplomático y éste la trajo a Buenos Aires con ellos cuando murió su mujer, precisamente en Venecia. Después, cuando zarparon para otro destino, ella decidió quedarse, vinculándose a la casa de mi abuela. Siempre venía a acompañarnos cuando estábamos enfermos, o a trabajar en interminables labores, cosiendo y descosiendo, para lo cual se colocaba unos minúsculos anteojos con bordes de oro y su joroba parecía pronunciarse más, al extremo que al verla sentada uno creía que con la nariz tocaba sus rodillas.

Durante estas visitas fluían de su conversación anécdotas particularísimas que resultaban más entretenidas aun, gracias a la costumbre que tenía de intercalar en los momentos más insospechados de su narración un María Vergine que más que una vocación parecía, por la manera especial que tenía de arrastrar las erres, una especie de ronquido. Como su memoria flaqueaba, el repertorio no era muy extenso, pero la repetición no quitaba nada al efecto que nos producían sus descripciones y sus crónicas sobre cuando conoció a Verdi, a Garibaldi, a Don Bosco. Tenía además la original coquetería de agregarse edad; a medida que pasaba el tiempo nos dábamos cuenta que había empezado a cumplir dos o tres años por vez.

Pero lo más fascinante de su vestimenta era la cartera, que no era tal sino una bolsa de unos treinta centímetros de largo. Lo curioso es que la había hecho con la manga de un vestido de esa tía que murió en Venecia, poniéndole un fondo y cerrándola arriba con un cordón. Nos la dejaba hurgar cuando se había cansado de hablar y suspiraba exclamando:

—Ah! Il buco nero! —Tenía horror a la muerte y creo que por eso, para alejarlo, y como algo que parecía paradójico, pues tenía la manía de agregarse años, dormía en una cuna, en el cuarto que alquilaba en Belgrano en la calle Tres de Febrero.

De esa bolsa, que de tanto abrir y cerrar, hasta hoy recuerdo en qué punto particular se trancaba el cordón, surgían como de la galera de un mago —todo en Aída era mágico— los objetos más dispares: un abanico (no sé por qué también en pleno invierno), pastillas para la tos, una cantidad de pañuelos, no de colores como sería de esperar, por la similitud con el prestidigitador, sino blancos con una guarda negra anchísima —en señal de ese luto que la vecchia llevaba desde tiempo inmemorial sin que nunca supiéramos por quién— un sinfín de boletos de tranvía (lamentablemente ni un solo capicúa, que hubiéramos podido robarle), una lupa con la que leía el diario y, por supuesto, las compras que había hecho en el trayecto. Debo decir que allí cabía hasta una sandía de tamaño mediano.

Los años pasaron, crecimos. Vinieron las idas a la facultad y los casamientos. Mi abuela murió y la casa se desarmó y, después del remate, no solamente se fueron los muebles, cuadros y adornos sino también los ecos y las sombras de los innumerables personajes que circularon por sus corredores. Y, claro está, también desapareció la vecchia.

Las vueltas de la vida me trajeron a Europa, para ser más precisa a Italia, y por supuesto que el primer fin de semana que pude, a pesar de ser invierno, me fui a Venecia a percibir personalmente su embrujo y en busca de una vivencia de ese lugar único en el mundo. Confieso que para nada me acordaba de Aída, tan lejos estaban aquellas tardes pasadas en su compañía.

Claro que lo mágico es siempre mágico. Al doblar una esquina, cerca del Campo de San Luca, me encontré con un bric a brac donde se amontonaban de una manera fantástica las cosas más inverosímiles: cómodas de un dudoso settecento sobre las que descansaban anacrónicamente espejos con marcos modernos de cristal de Murano, linternas y leones de San Marco hechos el día antes, pero por alguien diestro en una artesanía que pasa tradicionalmente de padres a hijos, etc. Pero lo más colosal, algo que me dejó sin respiración, fue un títere, un viejo polichinela.

Inmediatamente se me presentó, como reducida por los indios jíbaros o como si la enfocara con unos binoculares invertidos, la cabeza de la vecchia embutida entre la doble joroba.

Pero eso no es nada. El traje del polichinela, la funda en la que la mano hábil del titiritero se introduce para darle vida, era idéntico a la bolsa de Aída. Sí, no había duda, ¡era la otra manga del vestido de mi tía!


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983