Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 25, del 2 de junio de 1997

Las letras de la Tierra de Letras

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Poemas

Juan Pablo Ona Hartman

(Nota del editor: en la edición 12 de Letralia publicamos "La quinta casilla", cuento de este autor cubano. Hoy, también extraídos de la edición de octubre de 1996 del Boletín Cultural BIZ, presentamos varios de sus poemas. Los mentores del Boletín pueden ser contactados por correo electrónico).

En alta mar

(con perdón de Morosov)

He encontrado
para las flores del ser que profeso
con nostalgia y barquitos de papel
viajando por el contén de las aceras;
para el verde desmesurado, cómplice del río,
los cocotales de ero fino,
los montes de guin y las mariposas;
la elocuente sobriedad de las tejas francesas
y la presencia ineludible del mar;
para esa sonrisa tímida y burlona,
dibujada en el envés despótico y triste
del rictus más feliz de la inconstancia.
Estoy curado de los espectros.
No temo ser el vigía, a pesar del viento
y la violencia interminable de las alas.


Puntos de vista

En un claro del bosque de bambúes,
al borde del estanque de las carpas doradas,
el discípulo ayudaba a su maestro a rasurarse la cabeza.

—Maestro, ¿cree usted que la luna sea en exceso grande o pequeña?
—Del tamaño necesario —respondió el maestro con su melodiosa voz.

Un ruiseñor rompió a cantar.
El aire arrastraba el perfume de los nenúfares.

—Maestro, ¿estará la luna demasiado cerca o demasiado lejos?

Silencio breve.
Los bambúes arrullan al compás del viento.

—En el justo lugar —respondió el inquirido.

A lo lejos se escuchaba el chasquido acompasado
de las hachas de los lenadores. Insistió el joven:
—Maestro, ¿y habrá vida en ella?

El maestro se torno pensativo unos segundos.
Los árboles no dejaban de murmurar.
—La que sea capaz de darle —respondió al fin,
guardando en su saco de viajero el espejo ovalado.


En el laberinto

El horizonte se desnuda en aves rapaces.
Sueño reconocer al sol por su arria de gallos
mientras siguen devorando mariposas
y ya no hay flores.

Sólo el hilo hacia tus ojos es el curso,
la regresión al carcaj de la gacela,
tiñendo paredes con los poros tupidos
de mi sangre y el polvo de la tierra.


Prometeo

Las águilas del optimismo no tienen ojos;
en sus órbitas se pierde
la estocada más profunda de la luz,
ni alas, ni vísceras,
sólo en boca descomunal
tentáculos enclenques del filo mayor.

Llueven sobre mí.
Sobrevivo completamente desnudo y sin manos.
Esta moneda de atributo es real,
su artificialidad estriba en la infinitud de caras
diminutas, medianamente impresas,
donde la palabra recicla hasta el éxtasis
su brújula falsa:
la soledad es un sonido hueco
tan distante del sufrimiento que ya no es dolor
sino la suma del frenetismo cotidiano.


El nido de las serpientes voladoras

Soy quien tensa el arco y amanece,
icono que el restaurador olvida
retocando ídolos ancestrales,
construyendo luego un castigo,
desfallece y mata
(las montañas desprecian serpientes suicidas).

Mis actos son hilos transparentes,
irrompibles y absurdos
cuyo ovillo me sigue como si me aplastara.
Ya no hay hemorragia,
sólo esa huella,
esa destellada distinta,
esa ilustración en los colores más míos:
las serpientes asimilaron el reto de los pájaros
y esta cumbre es su morada.

Ahora soy el suicida.
El abismo me roba de esta montaña enemiga,
un cóndor triste me saluda
mientras
caigo.


Cuando descubras mi vocación de luna
mira al infinito;
este cuerpo enamorado, penetrante,
disputará a sorbos tu voz con el silencio;
luego me apagaré en todos tus relojes,
como si hubiese muerto.


Ahora soy tu perfume perdido entre tus dedos,
una centuria de esperanzas
vueltas del polvo al ocaso irremediable.

Donde los gallos cantaban no está el alba;
sólo en la oscuridad, al final de otras piernas,
un eslabón pervertido, una cadena fracturada,
donde hago profesión de serme extraño
¡y tú escapas!


Ahí está la hembra del pavorreal
plumaje desaliñado donde asoman los silencios
amarilla de olvidos voluntarios
desojándose al roce impecable del tiempo.
Tengo hecho volantes el corazón
por las calles de su laberinto,
al filo de las horas donde hube de consumirme en sueños,
porque siego sus margaritas
y después lloro,
como si fuese humano hacerlo.


Desgarro la noche con mis alaridos
soy el partenier de la aguja voltampérica
y es tan humano el silencio


Ella me dice que ama los números.
Piensa demostrarlo según convenga,
a finales de junio o en septiembre:
dice que el tiempo no la apura,
que da lo mismo.

Los está ordenando
para que describan un trozo de vida;
ella prepara una secuencia inteligible
de números y signos y números...
(me ha dicho que los ama
y se escurre tras sus ojos veloces)

Yo he astillado la dureza de mi eslora
en Samos, la bella patria del precursor;
imagino pasear junto al filósofo
por los extensos campos de flores
y aún no consigo
librarme de ese aroma lánguido
que imprime su espejismo en la noche.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983