Especial
Poemas para combatir la calvicie y otros pelos en la lengua
(Muestra de antipoesía o Nicanor Parra promete un discurso)

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Nicanor Parra

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Abro el libro. Un ataque de asma verbal me inclina sobre las páginas. Y allí está el peine empujando las letras hacia el cráneo desértico de una hoja de block recién arrancada de cuajo. Con sus líneas intactas y un Julio Ortega que intenta interpretar la voz de Nicanor Parra, el poeta revoltoso de Chile ha llenado de provocaciones el mundo y ha cubierto las paredes de América Latina con los graffitis de la amargura ajena. Se trata de un poeta paródico, signado por una locura que bebe el agua de un idioma como el español, fraseado por la lengua viperina de Cervantes y por los ganglios de Vallejo a la hora de hurgar y sacar a la sombra los recados de todos los demonios.

En un coloquio con su día a día, este Parra, el llamado Nicanor, hermano de Violeta, nos llena de inclinaciones ante precipicios y montañas. No en vano le cantó a la Cordillera de los Andes con una letanía propia de un cura desnudo en medio de la lluvia.

Ortega lo trae en el prólogo de Poemas para combatir la calvicie (Muestra de antipoesía), que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la Universidad de Guadalajara y el Fondo de Cultura Económica de México entregaron como libro en 1993, y que hoy, a propósito del Premio Cervantes que Parra no fue a recoger porque necesita un año para escribir el texto que oirían los asistentes al evento, a los 98 años, se nos ocurre más antipoeta, más soliloquio, más contrapunto, más notación, más canción y más articulado al mapa de sus temblores nacionales.

 

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Arrebatado por un humor cuantioso, sacado de la calle, de los rincones de los barrios, de las mismas academias, de los burdeles, de los confesionarios, de las casas de gobierno, en una inusitada precisión canónica, por decir que ha generado escuela y seguidores, fue impulsado con la acidez de sus textos a un tiempo para decir y a un tiempo para seguir diciendo mientras el peine va y viene sobre la cabeza pelada del Universo.

Tendría que preguntarle a la máquina de escribir de Nicanor Parra que el nieto llevó a Asturias para poder entender esa prédica permanente, moldeada de artefactos, poemas de emergencia, discursos, sermones, chistes, coplas, ecopoemas, hojas que llevan su apellido, trabajos prácticos y poco prácticos y hacerme a la idea de que navego en un poemario lleno de respuestas que nunca tuvieron preguntas porque no hacían falta. Y así, insatisfecho con el ritmo de su respiración, se desmintió y hasta se mintió para decirse y hablarse en una poesía que es antitodo o antídoto, pero que en el fondo, en lo más oscuro de su silencio, es poesía. Y mire que ha andado el hombre en medio de voces, de frases, rasgaduras, diálogos y monólogos. Tanto que nos deja pasmados como lectores y nos seduce con la cierta amargura de su destreza para demostrar que es tan feliz como una ostra, lo cual enorgullece a quien lo lee y lo estima o lo deja a un lado mientras el mundo se abre en manifiesto político, ecológico, crítico y hasta lacónico, por decirlo un poco con Ortega, quien lo desgrana y casi lo hace ver panteón nacional de no sabemos qué cosa y hasta de la poesía. Que vale decirlo con todas sus letras y pausas: Nicanor Parra no es calvo, pero es poeta y muchas veces no usa peine, pero sí escribe. Oral también es porque habla y cuando calla también es oral. Es decir, como cualquier poeta de trasnocho que corre para rebajar y mira la luna para no caer de bruces contra el asfalto que lo sostiene. Una bobada más. Abrigo la lectura de otro prólogo, el de Enrique Lafourcade, en el que afirma: “Humaniza lo solemne. Es su método. Le quita tontería a las cosas mediante lo cotidiano y directo, la voz coloquial, el dicho, el remoquete...”, y así en medio de un bochinche de voces, gritos y anuncios donde revisa fechas, países, candidatos al infierno... es un decir. Y también quien lo mide y lo medita José M. Ibáñez-Langlois, quien lo presenta en sus Antipoemas, como el anterior en su Poesía política. Este Ibáñez dice: “Entre risas y acrobacias ha robado el fuego sacro donde lo ha encontrado, tomando a los simbolistas la música, a los surrealistas el sueño, y al hablar espontáneo de su pueblo la intuición”. Y así, es Nicanor Parra.

 

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Sus Versos, los publicados en entrega ilustrada con fotografías de Daniel Vittet por la editorial Nascimiento, en un año que no aparece por ningún lado, Nicanor Parra le dice al lector: “Yo no permito que nadie me diga / Que no comprende los antipoemas / Todos deben reír a carcajadas. // Para eso me rompo la cabeza / Para llegar al alma del lector. // Déjense de preguntas. / En el lecho de muerte / Cada uno se rasca con las uñas. // Además una cosa: / Yo no tengo ningún inconveniente / En meterme en camisa de once varas”. Y lo hizo, se metió y salió bien librado. Hasta elegante.

Pero dejemos esos pasmos a un lado y volvamos a los Poemas para combatir la calvicie, porque, total, se trata de una recopilación de muchos de los textos que aparecen en los libros mencionados, y que hacen y deshacen en estas páginas donde el chileno sigue siendo chileno y donde en los “Artefactos” nos regala: “Revolución / Revolución... cuántas contrarrevoluciones / se cometen en tu nombre”, en una pregunta que anda de respuesta en respuesta. Y que nos afinca en este ahora donde saltan y cansan los que no tienen respuesta. También: “El pensamiento muere en la boca”. O: “Para ser Presidente hay que ser escupido previamente”. O éste: “...Y así fue como lo convirtieron en tonto útil de izquierda y en tonto inútil de derecha”. Como si nada. Y es mejor no seguir porque estos artefactos son herramientas de peligro. Así es Parra, da con porra. En “Acto sedicioso” canta: “el poeta se corta las venas / en homenaje a su país natal”. Otros cobran.

Como si lo atajara, puesto que este texto lo escribió hace muchos años, digamos que en los 90, Nicanor Parra imaginó: “con este premio paso a la categoría / de caballero de la triste figura: // donde me siente yo / está la cabecera de la mesa caramba..!”. Quién iba a creerlo.

Un poco más adelante en las mismas páginas dejó escrito: “Después del Rulfo sueña con el Nobel? / me pregunta al oído una prostituta / como si yo fuera la Susana San Juan / y ella el padre Rentería // y yo le respondo con otra pregunta: // si no se lo dieron a Rulfo / por qué me lo van a dar a mí?”. Y se lo dieron. Después, el Cervantes, que no ha ido a recibir porque no ha terminado de escribir el discurso mientras un elefante sostiene su muerte con la trompa detrás de los respetables cazadores. Cosas de un antipoeta que también dijo: “Se escribe contra uno mismo / Por culpa de los demás”. Así es Nicanor Parra. Cierro el libro.