Polaco
Wilfredo Carrizales
Trece textos de La casa que me habita, de Wilfredo Carrizales, traducidos al polaco

Un lugar en el mundo

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El tema de la casa me ha rondado desde otros tiempos. He vivido apenas en un par de casas, pero habitan en mí un sin fin de ellas, mundos que se trastocan y se transforman. Cuando empecé a traducir La casa que me habita aparecieron en derredor los derroteros de mis mundos anchos y ajenos, para recordar a Ciro Alegría. Cierto instinto y cierto primitivismo rodearon mis pensamientos, y me tuve que enfrentar con palabra y cuerpo a la vez. Visto desde la voz de un poeta y no de una poeta (y yo no lo soy) los cuerpos cambian, las esferas de las casas que han habitado en mí desde hace algún tiempo se reflejaron como una voz en el estanque y se cambiaron.

Apenas empecé la lectura para hacer la selección de textos a traducir me vino a la memoria (o quizá Wilfredo Carrizales invocó) una de mis lecturas del antiguo poeta japonés Ariwara No Narihira; en su libro, atribuido a él por Jorge Luis Borges, Cuentos de Ise, el poeta nipón canta e invoca:

Una vez un hombre [mientras se paseaba] cerca [de la casa] de una mujer, que él había oído decir que allí habitaba, pero a la que no podía enviar ninguna carta, pensaba:

Sois al igual
que aquella higuera
que en la luna se halla,
con los ojos se contempla,
pero no puede tocarse con las manos.

La mitología, la metafísica, la expresión de ciertas sensibilidades, de ciertos mundos interiores bordearon la traducción de estos 13 textos. Un misterio insondable de las imágenes y de la palabra del poeta. Tal como expresa el propio Bachelard, la casa es un objeto de fuerte geometría, y Wilfredo no puede menos ser atrapado en ella a pesar de que él nos anuncia que la casa resulta más allá de un simple espacio limitado por el viento y los pedruscos del terreno. Está circunscrito a ella y de alguna forma también se transforma en su mundo interior. Como espacio exterior puede ser pétrea, pero en cambio si viene de adentro acosan oníricas expresiones, sensualidades, subjetividades. La casa es un centro y como tal obliga, te conduce, te lleva en ella. Te obliga a estar en ella, a permanecer, a retozarla. De este modo la casa es dicho de una pasión: moverse, excitarse impetuosamente en su interior, en nuestro interior.

Hay ruidos de pies descalzos en los umbrales de las puertas. La tierra incita al polvo a profanar la inusual ternura del piso segmentado. Hay ruidos, también, de pies que, en tiempos mejores, una vez estuvieron bien calzados. Cuelgan boca abajo los recuerdos pendientes de trenzas y la brisa los mueve al penetrar silenciosamente por las ventanas que se abren a los misterios mayores.

Wilfredo Carrizales, La casa que me habita

Algunas veces el traductor juega en el texto, pace en él y sobre él. En este término sucede, parece, a la inversa. Trato de sobreponerme a sus propios límites que, como los de la casa, se llena de sus confines, pero me suspende en su propio interior, en su particular ritmo, y me pregunto qué está allí: poeta o espacio. Todo bulle, es cadencioso, su trepidante ritmo se trepa como los helechos... a la cabellera de la visitante femenina, van de costado, vienen de frente, de nalgas, hacia adelante. La casa hocica, perfuma, acorta y alarga tiempos y distancia, el reloj de pared decide cada noche dar sólo un número determinado de campanadas.

El traductor tiene que envolverse en este mundo prefijado por la fuerza interna de los muros que rodean el espacio de la casa. Ahora, por mencionar algunos, asaltan mi memoria y mi cuerpo; patios, rincones, recovecos, cocinas, altos ventanales, jardines y vergeles, entre muchos y muchos otros. Resultan y son confines de zonas olvidadas, distancias, grandes extensiones. Todo en la poesía de Wilfredo Carrizales está inundado por sus espacios íntimos e interiores y, al contrario de cerrar el mundo, lo abren, lo perpetúan hacia lo infinito, entonces aparece Bachelard nuevamente;

Pero el complejo realidad y sueño no se resuelve nunca definitivamente. La propia casa, cuando se pone a vivir de un modo humano, no pierde toda su “objetividad”.

El polaco es una lengua de extrema precisión, una pequeña escisión en la palabra puede significar el cambio total de un mundo. Ahora en aquellos espacios exigió una doble, triple, cuádruple lectura, precisamente para que, como dice Bachelard, esa casa no perdiera toda su objetividad y conservara lo humano que hay tanto desde el poeta como desde el poemario. Abandono pues a la letra ese universo pleno y múltiple que resuena desde esta poesía.

 

Bibliografía

  • Bachelard, Gastón. La poética del espacio. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2000.
  • Carrizales, Wilfredo. La casa que me habita. Cagua, Venezuela: Editorial Letralia, 2008 (accedido el 4 de julio de 2010).