Francés
Paul Valéry: “El cementerio marino”

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III. Epílogo en una sola voz

Milan Kundera cuenta en El arte de la novela lo siguiente: “Me encuentro con mi traductor: no sabe una palabra de checo. ‘¿Cómo la tradujo?’. Me contesta: ‘Con el corazón’, y me enseña una foto mía que saca de la cartera. Era tan simpático que estuve a punto de creer que realmente se podía traducir gracias a una telepatía del corazón”. Sin querer parecer irónico, creo que en el caso de esta traducción del gran poema de Valéry me ha sucedido un poco como al simpático traductor de Kundera; es decir, aunque mi conocimiento de francés es bastante escaso sentí, aun así, la necesidad de intentar una nueva versión de El cementerio marino.

Como la mayoría, creo yo, de lectores de poesía de mi generación, mi encuentro con este poema fue a través de la edición bilingüe de Alianza Editorial (1969), que incluye el texto original, un prefacio del autor, un ensayo de explicación escrito por Gustave Cohen y la traducción que realizara el poeta español Jorge Guillén, de quien apunta Ludovico Silva: “Tan gran poeta como Valéry y sin duda el más autorizado para traducirlo”, y que fuera publicada originalmente por la Revista de Occidente en 1929. El trato esporádico con el poema me hizo sentir, algunos años después, que en los versos de Valéry había matices que no estaban del todo resueltos por Guillén (sin por ello negar la excelencia de su trabajo). Con el tiempo pude acceder a otras dos traducciones realizadas por poetas venezolanos: Rafael Olivares Figueroa (Suma poética, Santiago de Chile: Editorial Ercilla, 1942) y dos versiones distintas realizadas por Alí Lameda (Caracas: revista Imagen, Nº 110, enero-junio, 1977), todas bastante disímiles entre sí y, por supuesto, muy diferentes a la de Guillén. Veamos como ejemplo esta significativa estrofa dentro del cuerpo del poema; en la versión canónica de Guillén dice así:

¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!
Me has traspasado con la flecha alada
Que vibra y vuela, pero nunca vuela.
Me crea el son y la flecha me mata.
¡Oh sol, oh sol! ¡Qué sombra de tortuga
Para el alma: si en marcha Aquiles quieto!

Por su parte, Olivares Figueroa la traslada de la siguiente manera:

¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!
Me traspasaste con tu dardo agudo,
que revibra y que vuela, y que no vuela.
¡Me engendra el silbo y mátame tu dardo!
¡Ah el sol, el sol! ¡Qué sombra de tortuga
el sol al alma, raudo y quieto Aquiles!

Alí Lameda la presenta de esta forma en una primera versión:

¡Ah Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!
Rauda me atravesó tu alada flecha
que vuela sin volar. Con su sonido
la flecha por igual me crea y mata.
¡Ah, el sol!... ¡Qué sombra de tortuga
para el alma, quieto Aquiles fugitivo!

En tanto que en una segunda versión, el poeta Lameda propone:

¡Ah Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!,
¡me traspasó tu flecha que cimbrea,
vuela y no vuela! Con su son, precisa
me estremece, y así me aniquilara.
¡Ah, el sol..! ¡Qué sombra de tortuga para
el alma, calmo Aquiles a gran prisa!

Siendo así, entonces, ¿por qué no intentar una nueva lectura del poema en nuestro idioma, otra vez? La importancia de muchos poemas también puede medirse por la cantidad de versiones que es capaz de aceptar en el traslado a otra lengua. Creo también que cada generación posee su propia sensibilidad ante ciertas lecturas y que el poema no es inmutable, evoluciona junto al espíritu de cada generación. Traducir es traicionar, eso se sabe. De allí los argumentos que aportan los autores convocados en el prefacio de esta transcripción. Por mi parte, y como justificación, quisiera asumir como mías estas palabras de Lawrence Durrell: “He procurado trasplantar más que traducir, pero ignoro si los resultados valen la pena”.

Manuel Cabesa