
Tremullición (de tu vientre)
Sentencia a tu recuerdo.
restan nostalgias,
nada alcanza para ahuyentar el sueño,
alimentar nuevamente el deseo.
Miradas, frente al cielo,
el último tacto fue previsto,
hoy estamos de espaldas a
una oscuridad largamente anunciada.
Recuerdo algún silencio,
por poco repito la locura,
y no recuerdo, no alcanzo,
cuándo desnudaste tu verso.
Ya no importan golpeteos tardíos,
no interesan sudores de luna,
sólo restan aromas a dulce vacío,
a cuarto cansado de nombrarte.
I 27-8-96
Aunque esperes el último aviso,
aunque clames al sol,
no juntarás tus aires con mis días,
no darás pie al llanto y la nostalgia.
II 30-8-96
Acabaste fundando mi ceguera,
diste luz a mi recuerdo,
desangrando dudas en la vereda.
Con cada paso mío duele más esta sombra
creciente.
III 3-9-96
¿Cuál el modo de ser en ti?
¿cuál el camino a tu huida?
¿cuál..?
Viendo que ya ultimaste el plan
(perverso) de labrar angustias.
¿Cuál la forma que vengas sin permanecer
distante, cuál?
Si sólo lo áspero nace en tu huida.
IV 5-9-96
Te esperaba distinta, algo distante pero
distinta.
Vacilante tal vez, pero lista.
Te anunciaba doliente, con clamores íntimos y
nuestros.
Te esperaba abierta al sol, presente al alba,
en caramelos de almendra y luna.
Llegaste, fuerte, de un golpe, como
suelen llegar las opresiones más ardientes,
como vienen los fantasmas al vacío.
Caminaste frágil, sembrando esta dureza.
V 6-9-96
Te esperaba amante, en dudas volátiles,
violácea, intimista (cannabilica),
por lo menos absurda.
Te esperaba y ahora escondes tu tacto en mi mirada,
sin llegar, sólo vacilante de recuerdos, sólo en la
certeza de la no espera.
Sin embargo llegaste, sin estar,
dejando caer velos de fracaso, siendo
la no espera del regreso.
A Neruda
(Pacífico de encargo)
De dos en dos cruzo sendos ventanales y claraboyas, con timidez acongojada,
en la brisa de tus tardes de paz y tormento, frente a la nube que ata la
pluma al verso.
Disipo falsas luces con el verde de tu aliento, en cada línea no cortada.
Hacia ti volcaron los mares y máscaras, a ti dieron fe las claras complicidades, en paredes víctimas y del mar, de la brisa perpetua, en Sebastiana.
Inundar el llanto en coloridos días,
percibir el romper de olas en tímido canto,
dar pie al entuerto de la pluma, al dolor
de nube adolorida.
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