
La esencia se ha develado ante su identidad.
Aflora entre la pequeña herida,
irrestrictamente se ha aferrado a sus cánones.
Resurge —cual carámbano— entre la vastedad de sus locuras.
La saliva se torna resbaladiza (con ese olor tan senil y baboso)
ante el asombre parcialmente consumado,
y por las paredes se deja serpentear
derramando gitanerías,
como el crepúsculo aquél que sin modularse a través del ambiente
no atina siquiera a estremecer el alma de un infante.
De ese todo emergen éstos mis sentidos
(no siéndome ajeno tal proceso)
aún aturdidos por esa murga de sonoridades extranjeras
y pretenden ocultarse dirigiendo su foco
a la vaguedad de las ideologías más sublimes.
Aspiran a transitar —pese a sí mismos—
entre calles íntimas, abigarradas, exquisitas.
Buscan entre los portales la sombra perfecta,
la sutil y efímera particularidad
que complete el prisma por sus colores dibujados.
Las manos de un intérprete
sólo intentan ser espontáneas ante las órdenes del talento
y repetidamente torpes
estremecen al marfil —o entraña— que desean sonar.
El asiento, la sólida colina de esta perplejidad
El material íntimo, las obras más clásicas dentro de lo ancestral
el sublime instante, las horas pálidas de la soledad.
Los miembros aunque desfasados
se deslizan por una cabina
transcurren en el espacio
de la obra y la ejecución.
El cuerpo
entorpecido por su irrefrenable esencia humana
suele pugnar por estremecer a dioses
con ritmos contemporáneos
envueltos concéntricamente en ecos primitivos.
Pero estila también ignorar su desencajo
acostumbra proyectar su cinismo
sin percatarse de la imperfección de los tiempos en que discurre,
endosando crueldades a destajo
enrollado en el bamboleo de sus medios sentidos.
He vendido la genialidad de la vida
absorbida por las necesidades de mi mundo.
La he donado a un museo a una iglesia
o a un usurero
HAY UN HUECO EN EL INTELECTO
y una oscuridad bajo la almohada
La luz de la ventana se desliza por las vaguedades de la cortina
cuando el cuadro verde se me encima
abrazando
suave en principio más enérgico después
el traco por el que respiro.
HAY UN VUELO SOBRE EL CIELO con la tierra como techo
con el cuerpo desfasado
Un gato se aproxima a succionar la sangre de mis pensamientos
se cuelga de la tela que une mi vuelo con la esencia
salta corre gira
la desgarra
y me lanza al vacío.
HAY EN EL SUELO LAS VOCES DEL ALMA las luces del destierro
los besos tras los portales.
El cuadro verde se fija en mis pies
sostiene con fuerza mi vida
la luz durante el impacto
sucumbió entre gritos y gestos
Y el gato.
El indiferente me observa
mientras tras el marco se esconde
perdiéndose en el bosque de ríos que cuento.
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