Cuando ingresé al recinto del café-jazz, el chino de pelo cortado al rape,
traje negro ceñido al cuerpo y con una flor blanca sostenida entre sus manos
cruzadas a la espalda, hacía rato que no se movía, de pie como estaba.
El micrófono vibraba con la potente voz de una negra que cantaba los blues
con los ojos cerrados. Me tomé unos cuantos brandys. El chino de la flor no se
desplazó a ningún lado.
El local estaba a medio llenar. Pero el ambiente resultaba muy animado, a
pesar de ser martes y que en Peking soplaba un fuerte viento gélido.
La negra cada vez cantaba más enlazada a una libérrima sensualidad. Su voz
se había tornado de una coloratura penetrante que sublimaba la emoción.
Aguijoneado por la curiosidad llamé a uno de los mesoneros y le pregunté
quién era el personaje de la flor.
—Se llama Mei Fu. Su novia cantaba aquí. Su nombre artístico era
homófono al de “flor blanca”. Murió no hace mucho, atropellada, al
amanecer, por un taxista borracho. Desde entonces, él viene todas las noches y
trae una flor que nunca abandona. Sospechamos que ya está mal de la cabeza...
Apuro el trago que tengo en la mesa. Salgo a la horrible madrugada de
invierno y en mi corazón creo que yo también traigo una flor nacida del alba.