Un vasto campo saturado de flores amarillas silvestres y, al cabo de pocos
años, queda convertido en un cementerio donde yacen los muertos de los últimos
conflictos armados.
La mujer que ha perdido más parientes y que ha llorado más que nadie está,
de nuevo, delante del camposanto. Se golpea la cabeza con ambas manos y se hala
los cabellos y grita y llora inconteniblemente. A sus espaldas, las tumbas,
sobrias y anónimas, se alinean hasta perderse entre la polvareda. No queda
ningún vestigio del antiguo prado. La mujer conserva en su casa una fotografía
que muestra un par de aquellas famosas flores amarillas de su pueblo y un
caballo bordado, cuya cabeza la ocupa una de tales flores.
Cuando la invade la tristeza y se torna insoportable, la mujer camina hasta
una de las obras de piedra que rodean al pueblo y pega su frente contra ella. Es
su propio “muro de los lamentos”. Pasa infinitas horas así y el
policía uniformado que cuida el lugar se le queda mirando con lástima
prestada. Él debe recurrir a todas sus fuerzas para contener las lágrimas.
La mujer escucha graznar a los cuervos y sabe que llegó el momento de volver
a casa, con la oscuridad metida en los ijares.
Siempre es lo mismo. Trae el rostro arrasado por los sollozos y antes de
alcanzar la puerta de su residencia debe pasar frente a una ventana abierta,
donde el ex combatiente sin piernas le clavará la mirada y ella no atinará a
decirle que su pena puede que resulte aun mayor que la suya propia.