Apócrifas
biografías de la noche

Marcelo Jurisich

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El autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
Internet, marzo de 1999
  Drácula II Drácula II

"Jonathan Harker cruzaba la calle cuando vio al Conde. No lo pudo evitar: una fuerza extraña atrajo su mirada y la fijó en el lugar adecuado. Era Drácula, no cabía duda. Sus ojos, su piel, sus facciones. ¿Qué haría? Era el mismo de la novela, exactamente el mismo. Harker, en cambio, ya era otro. Los años no pudren con la misma saña al hombre y al vampiro. Jonathan Harker pensó que debía hacer lo que habría hecho Jonathan Harker.

—¡Dios mío! —exclamó.

El Conde, por su parte, sonreía. Sus colmillos reflejaban la luna, aunque la luna se ruborizaba en su boca. Harker logró ver a un astronauta clavando la bandera de Estados Unidos en el canino superior izquierdo del Conde. También vio a su esposa Mina masturbándose sobre la sangre de su hijo, que yacía degollado sobre la encía roja y nauseabunda. Era siniestro. Jamás había pensado que debería vivir eso de nuevo.

Los ojos rojos del Conde brillaban con el fulgor del infierno.

Harker comenzó a hacer esfuerzos para imaginarse en otro lugar. Era un ejercicio frecuente en él. Se pensaba en otra parte y allí se encontraba al momento, ileso. Así que una vez que pudo concentrarse, deseó estar en el Paraíso. Y ahí estaba, creyendo, en su inmensa estupidez, que se encontraba a salvo de las garras del Conde. Enorme y horrorosa fue su sorpresa cuando vio que, sentado en el trono, Drácula permanecía sonriente.

—Nadie puede escaparse de mí —guapeó.

Y tenía razón. Ningún ser humano es dueño del velo de su destino. Harker lo sabía. Todos lo sabemos.

El Conde se había abierto la aorta con sus uñas; su sangre fluía a borbotones y bañaba el reino del Dante.

Aunque ya se había ido cuando Harker volvió en sí. Junto con la niebla y la noche.

Llovía".