Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 19, del 3 de marzo de 1997
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Desarmarse
Federico Joselevich
La cosa era desarmarse: desarmar la uña del dedo meñique izquierdo para
rascar la oreja y dejar que la mano siga escribiendo; desarmar la mano en
el baño para que cepille los dientes, desarmar los dientes, para poder
aprovechar el tiempovaliosodeantesdesalir, dejando el pelo en el
lavarropas, los ojos en remojo, y el culo en el inodoro; desarmar el hígado
y dejar a los riñones escurriéndose; desarmar al oído medio para que, en un
concierto de cuerdas vocales, martiricen aquiendespertamosportelefono.
A las piernas dejarlas en la bicicleta y que los brazos hagan pesas,
mientras se desarma la nariz para ir a moquearse un rato, mandando a la
boca y a su hermano estomacal a apurar el café con leche. A la salida dejar
el cerebro en el psicoanalista y los pies en la pedicura; desarmar,
desarmar, desarmar, hasta llegar al corazón para desarmarlo y dejarlo en
manos de una rubia labios escarlata muy armadita.