Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 19, del 3 de marzo de 1997

Las letras de la Tierra de Letras

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Gisela

Francy Leyzeaga

Gisela recibió la carta y, despidiendo al cartero, cerró rápidamente la puerta. Tocando sobre su estómago el voluminoso sobre entró en el cuarto y, después de pasar el seguro, se tendió sobre la cama abriendo con rapidez los pliegos de Daniel. "Querida, recordada Gisela; no hace falta decirte lo mucho que te extraño en este frío país, ya he visto caer la nieve y he sentido contra mi cara el helado viento que tanto temí, y mientras lo sentía, Gisela querida, pensaba en ti; el recuerdo de tu sexo tibio y húmedo contra mi cara, frente a mi boca, me ha devuelto gran parte del calor que le ha faltado, y tu olor, ese olor dulzón y penetrante con el que bañabas tu entrepierna y que tanto me gustaba descubrir con mi nariz, y mi lengua, Gisela, llenándote a ti también toda de él igual que un perfume que provoca un brote de jugos al momento".

Gisela introdujo su mano profundamente entre sus piernas abarcando con la mano su sexo, palpitando ya con el recuerdo de Daniel, buscando aquel olor para imaginarlo acariciándola.

"¿Te acuerdas, amor mío, aquel viaje a la fría montaña? Lo menos que sentimos fue frío, porque tú te encargaste de calentar todo para mí, incluso nuestro cuarto, tus labios sobre mi cuerpo fueron el mejor abrigo, querida mía, ¿quién mejor que tú conoce mi cuerpo? ¿Quién mejor que tú sabe dónde besar y dónde morder, dónde se comienza y dónde se suspira? Nadie, Gisela, nadie. Siempre quise que tuvieras las nalgas mucho más grandes, más voluptuosas, pero te encargaste siempre de remendar esos detalles, por ejemplo recuerdo que cuando estabas sobre mí unías tu tronco al mío y yo sentía tus rodillas en mis costados, mi miembro perdido entre tu pequeña cueva y elevabas tu trasero todo lo que podías para que yo pudiera redondear tus nalgas con mis manos, y las sentía duras pero a la vez tan suaves, quería pellizcarlas, morderlas, tan excitado me sentía".

Los senos de Gisela parecían dos granadas rojas a punto de reventar. Abrió su sostén para poder acariciarlos; ya sentía su entrepierna completamente mojada. "Todavía tengo tus bragas, las que dejaste en mi cuarto, las guardé muy escondidas en mi maleta para que mis compañeros no las encontraran, pero cuando estoy solo, Gisela, me desnudo y las beso muchas veces, he tocado mi miembro con ellas tratando de imaginar que son tus labios, recordando lo húmeda que es tu boca, y con ayuda de ellas te imagino entre mis piernas acariciando mis muslos, hundiendo las uñas en mi cintura mientras mi miembro busca camino entre tu boca hasta tu garganta. Sé que te gustaba mucho que besara tu cuello y que bajara lentamente hasta tu cintura, y allí era donde me gustaba detenerme y sentir las contorsiones de tu pelvis bajo mis labios; te quise tanto, Gisela, te adoré a ti y a tu cuerpo y siempre lo supiste, aún lo sabes, por eso sé que te entregabas como una amante nueva para mí".

Aún tenia en el cuerpo las olas del reciente orgasmo. Aún su dedo sentía la blandura de su clítoris y entre los senos erectos estaban las páginas de Daniel. "Ahora, querida mía, te digo adiós hasta que nos volvamos a ver otra vez, no se cuándo será; pero sé que algún día te volveré a ver y volverás a calentarme los inviernos.

Daniel".

Gisela acomodó sus ropas y guardó el sobre dentro de una gaveta; junto a su cama, lloró un niño en una pequeña cuna, ella se dirigió a amamantarlo.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983