Magia, trascender, literatura
En uno de sus muy útiles reportes diarios, el noticiero literario de
Librusa nos informó, hacia finales del mes pasado, sobre un hecho que en la
Tierra de Letras consideramos excepcional: como parte de una campaña
publicitaria, los primeros cinco mil compradores del Megane 2, el más
reciente modelo de la casa Renault, recibirán un ejemplar de Todos los
fuegos, el fuego, de Julio Cortázar.
¿Qué relación puede tener la Renault con el legendario autor de Rayuela?
Cualquiera de sus fieles lectores lo sabe: en "La autopista del sur" —uno
de los mejores textos del libro mencionado más arriba—, Cortázar describe
un colosal embotellamiento cuya resolución, después de unas treinta
páginas, confirma que la humanidad va "hacia adelante, siempre hacia
adelante", ante la perpleja mirada del individuo. Varios autos de Renault
adornan la anécdota del cuento.
Decimos que el hecho es excepcional porque implica a un autor nada
tradicional en los mercantiles predios de la publicidad. Es común ver
representados a Cervantes, a Shakespeare, en campañas publicitarias:
autores cuyas vidas u obras garantizan asociaciones rápidas en el colectivo
por su trascendencia universal. Otros escritores quizás no son tan seguros
en el mundo de las estadísticas, y es por eso que no vemos a personajes de
Rulfo vendiendo agua mineral ni a ancianos ciegos vendiendo enciclopedias.
En todo caso, el episodio nos ha puesto a pensar en el espinoso asunto de
la calidad literaria y de cómo este elemento, de naturaleza completamente
subjetiva, contribuye a construir el camino del autor hacia la
trascendencia. Cortázar es hoy motivo publicitario porque se tomó sus años
estudiando el idioma, analizando la estructura de la narración,
desmenuzando las posibilidades de la realidad; en fin, aplicando criterios
estrictos de calidad a su trabajo como escritor. Quizás ni siquiera
necesitó plantearse ser eventualmente un autor trascendental, pero no nos
cabe duda de que su principal preocupación fue llenar las expectativas de
calidad que él mismo tenía como lector, como insaciable y exigente lector.
Si bien es cierto que las letras universales nos han legado la verificación
de que todo hecho, toda sensación, todo brote creativo, puede ser
transformado en literatura, muchos olvidan que tales materias primas no son
en sí suficientes para propiciar la transformación. Hace falta el toque de
magia: el manejo de los elementos del lenguaje con solvencia, con dominio
del oficio, lo que no es más que la calidad literaria. Ésta, que
calificábamos antes como un asunto subjetivo, puede arribar a la
objetividad cuando la subjetividad de muchos individuos está
simultáneamente de acuerdo en que el texto ostenta esa magia, siempre que
ese grupo de individuos coincida también respecto a otros textos y a otros
autores, de manera que podamos dejar de lado, en este pequeño ejercicio,
los subproductos literarios que suelen generar las modas pasajeras. Todo es
literatura, sí, pero existe un subconjunto en el que se excluye todo lo que
no es literatura de calidad, y que es determinado por el subjetivo aplauso
de muchos individuos conscientes de lo que es trascendental.
Quienes estamos en diario contacto con la difusión de literatura a través
de Internet presenciamos actualmente un fenómeno inédito en el ámbito
electrónico: la conversión de la literatura, de objeto de culto elitesco,
en objeto de mercado masivo. Las editoriales digitales y las librerías
virtuales se encuentran en franco apogeo y esto está abonando el terreno
para que más autores conozcan el milagro de un lector interesado en sus
textos. A simple vista el fenómeno favorecería al escritor, pero nosotros
preferimos alertar respecto a que siempre será la calidad literaria la que
permitirá obtener la trascendencia. Creemos que debe evitarse la
obnubilación general de este estallido: el hecho de que ahora sea más fácil
para un autor llegar hasta su público, gracias a las bondades de las redes,
es muy bueno para quienes, a pesar de escribir textos de calidad, han sido
desafortunados con las editoriales tradicionales, pero también es muy bueno
para quienes, aun escribiendo insufribles bodrios, disponen del dinero para
aparecer en una editorial digital.
En Letralia nos propusimos, desde nuestra primera edición —cuando decíamos:
"nuestra intención es apoyar a la literatura como arte, sin mayor
complicación y sin el absurdo del compromiso"—, servir de canal difusor de
la mejor literatura contemporánea en castellano. No contamos con otra
herramienta para ello que el bagaje del que, como lectores consumados,
disponen los seis miembros de nuestro humilde equipo evaluador; creemos no
estar haciéndolo mal, dado el sitial que como revista literaria nos hemos
construido a lo largo de los años. Más allá de las dificultades propias de
un proyecto que carece de todo recurso económico, Letralia nos ha prodigado
alegrías, siempre en un solo sentido: la comprobación puntual de que, en
este tiempo a caballo sobre dos siglos, la literatura en castellano es más
rica, más sólida, más diversa que nunca.
Jorge Gómez Jiménez
Editor