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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 61
21 de diciembre
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Dos cuentos

Ángel María Herrera Burguillo


El enamorado

El joven discípulo corría por los pasillos alocadamente al encuentro con su Maestro, tenía que comunicarle algo importante. Algo que nunca antes le había acontecido en su joven vida y se hallaba muy feliz por dicho suceso. Llegó por fin ante el gran Maestro y le dijo lleno de júbilo, pero con el respeto debido al anciano sabio:

—Maestro, estoy enamorado.

—Me alegro, hijo mío —dijo serenamente el Maestro—; dime, ¿y cómo sabes que estás enamorado?

—Mi corazón salta de júbilo, mi razón anda loca, no hago más que pensar en ella, en su presencia se me olvidan las palabras...

—Bien, bien, pero aparte de esos signos superficiales, ¿porqué sabes que estás enamorado?

—¿Qué quieres decir, ilustre Maestro? —repuso el discípulo intrigado.

—Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que todo lo que me has narrado, y hubieras seguido narrándome tan agitadamente si no te llego a interrumpir, son hechos superficiales, algo accesorio; de hecho no todos los enamorados los tienen, por lo que no son lo esencial para saber si estás enamorado. Sabrás que la esencia de algo es lo que hace que una cosa sea exactamente lo que es, y no sea otra cosa. Por tanto debes decirme que la posees la esencia del amor, y eso es lo que hace que estés enamorado. Y ahora, quitando los signos externos, lo superfluo y lo accesorio, respóndeme de nuevo, ¿por qué sabes que estás enamorado?

—No lo sé, Maestro —dijo apenado el joven aprendiz.

—Retírate a reflexionar y vuelve cuando sepas la respuesta.

El muchacho se retiró como le indicó su Maestro y después de larga reflexión volvió a presentarse al Maestro.

—Maestro, sé que estoy enamorado.

—Excelente; dime, pues, ¿por qué sabes que estás enamorado?

—No sé exactamente por qué, simplemente lo sé. Eso es lo que siento.

—Muy bien, hijo; bien has aprendido que el amor es un estado del alma, tal vez el más puro y perfecto, y que como cualquier otro sentimiento se tiene o no, no solamente por sus manifestaciones externas. Pero desgraciadamente no siempre sabemos cuándo lo poseemos. Me alegró que tú lo sepas, y como estoy feliz por ti te haré un regalo muy especial.

El Maestro sacó de un pequeño armario que tenía a su lado una cajita azul con unas raras inscripciones en su parte superior y se lo entregó al discípulo.

—Toma, en el interior de esta caja está resumido todo por lo que te aman. Cuando alguien lo usa, puede saber con la suficiente práctica por qué le aman todos los demás. Pero ten cuidado, también sirve para ver por qué te odian y puedes descubrir cosas de ti que a lo mejor no te gustan. Si aprendes a usarlo inteligentemente, te puede ayudar mucho a lo largo de tu vida.

El joven lo abrió y contempló con asombro su imagen reflejada en el espejo del fondo de la caja.


Sandra

Nota del autor: el problema de esta historia es que es real. Pero parece tan lejana, tan fuera de nuestra realidad, que tiene todo el aspecto de un cuento, en el amplio sentido de la palabra. Además, he cambiado algunos nombres y situaciones para que sólo parezca eso, un cuento.

La verdad es que esta historia comenzó hace mucho, cuando yo era muy pequeña. Fue aquel misionero, uno de tantos que van por los colegios tratando de explicar lo que han vivido en países lejanos, ya ni siquiera recuerdo su nombre; pero sé que fue él, el que me metió el gusanillo de ir al Tercer Mundo a salvarlo. Fui creciendo, y con la edad, también cambió mi idea de salvar aquel Tercer Mundo, comprendí que mi labor podía ser muy pequeña, pero no insignificante; eso mantuvo en mí la llama misionera.

Tenía 21 años, la flor de la vida según dicen, con toda la energía de una joven estudiante de ingeniería. A la que esa "experiencia" de la que hablan los mayores, no ha enseñado que no es posible soñar.

Yo por fin iba a realizar mi sueño, me iba a ir a Sudamérica, al Potosí. El nombre de esta ciudad es el que se usa para definir la palabra ironía, ya que en aquella ciudad de Potosí, más bien poco.

Tardé tiempo en habituarme, lo normal después del cambio de horario, clima, costumbres, comidas, forma de expresión, y 736 picaduras de mosquitos... Pero lo importante de esta historia no es cómo lo pasé allí, ni todo lo que aprendí, para lo cual no haría falta un cuento sino una novela, y en fascículos. Lo que pretendía es conseguir expresar cómo miraba Sandra. Sé que puede parecer una insignificante tarea el describir cómo era aquella tierna mirada infantil, pero aún ahora no sé si seré capaz de conseguirlo en plenitud.

La conocí en el barrio marginal donde habíamos sido asignadas Reyes y yo:

—Hola, chicos, estas son las chicas que han venido desde España para ayudarles con su tarea este verano, se llaman Reyes y Concha, salúdenlas —dijo la hermana presentándonos.

Un descompasado "hola" sirvió para darnos la bienvenida.

Pronto nos hicimos con el grupo, la verdad es que no importa el lugar, los niños son niños en cualquier lugar del planeta. El primer día había una niña que no hablaba, era Sandra, simplemente permanecía sentada en su pequeña silla de madera peruana; mirando cómo los demás chicos jugaban, estudiaban o alborotaban nomás, ensortijando su liso pelo con uno de sus dedos. Cuando la mirábamos o la invitamos a participar con los ellos, se limitaba a sonreírnos moviendo los hombros al unísono.

Pasaron unos cuantos días, Sandra tomó algo de confianza; a mí me tocaba enseñarla matemáticas.

Más concretamente, aquel día tenía que enseñarla los números desde el 20 al 29. Así visto, la misión parece fácil, sobre todo teniendo en cuenta que Sandra era capaz de recitar desde el 1 al 100. Puedo asegurar que nunca lo he pasado tan mal como el día del "20".

—Bueno, ¿qué número es éste?

—Catorce.

—Pero, Sandra, ¿qué número es el primero? ¿Es un uno? ¿No habíamos dicho que los números que empiezan por dos se dicen "veinti" y luego el número?

Ella sonreía y asentía con los hombros igual que cuando estaba sola en la silla.

Así una y otra vez, y sin avanzar nada, toda una tarde. Paciencia y simple tienen desde entonces para mí otro significado.

Peor fue el día que fui a su casa. Sandra era huérfana, había sido recogida por doña Ana, que cuidaba de sus dos hijos, que algún día heredarían lo poco que poseía.

—Toma, Conchita —era como me llamaban cariñosamente—, espero que le guste el arroz —ese plato de arroz era su única comida del día.

—Está delicioso —dije yo—; por cierto, muchas gracias por dejar que Sandra vaya a la escuela.

—No importa, ella sabe que si acaba toda su labor acá puede ir con ustedes. De todos modos no sé de qué la va a valer.

—La cultura es muy importante, siempre viene bien —dije yo con mi mentalidad europea.

—Pero no en este sitio; lo que yo quiero para ella es que sea una chica limpia, trabajadora, honrada y que llegue a ser una buena sirviente. La cultura es muy linda pero poco útil para ella.

En ese momento llegaron dos que no conocía. Tenían aspecto distinguido. Doña Ana miró a Sandra; al ver que ésta no se movía la empezó a decir qué mal educada estaba y cosas por el estilo que no comprendí ya que se lo dijo en su dialecto.

Yo permanecí quieta, comiéndome los demonios.

Los días fueron pasando, y con ellos aumentó mi cariño hacia Sandra. Llegó el día de la despedida; fui a su casa, ella no quería verme ni hablarme.

Yo, entristecida, cogí mi mochila y me dirigí hacia el autobús que llevaría al avión, fue mientras me marchaba cuando una voz infantil me quebró el corazón gritando.

¡Conchita, que sepas que voy a llorar cuando te vayas!

Tardé meses en asumir que aquella vida era la realidad de Sandra, y que lo mejor que podía hacer doña Ana por ella era prepararla para que sea una chica limpia, trabajadora, honrada y que llegue a ser una buena sirviente. Tarde más en darme cuenta de lo poco que podía hacer y de la cantidad de niños que había como Sandra. Pero desde entonces, empeño cada uno de mis días en hacer ese poco que me ha sido asignado, del que soy responsable.

Me he dado cuenta de que la intención inicial de mi historia era describir la mirada de Sandra, aquella que me penetró y que fui incapaz de mantener, aquella mirada del necesitado, que me advirtieron que jamás podría olvidar, aquella pureza, aquel amor, aquella pobreza antigua y futura; pero hoy no puedo más; las lágrimas me impiden pensar en algo nomás.



       

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