Chile podría definirse como una angosta franja de tierra recostada en una cordillera y
condenada (por bendición) a ver eternamente el mar de frente. Quizás por ello, sus mejores frutos como los
vinos y poetas, tengan sabor a suelo fértil, fragancia a brisa marina.
Una muestra, la mejor que podría encontrarse, es Pablo Neruda, nacido con otra identidad,
pomposa y exagerada, en el Parral (nombre que suena a vino), quien a punta de versos logró iniciar un largo
recorrido que lo llevó de un liceo masculino hacia la cima de las letras, pasando por varios países en donde
fungió como representante diplomático de Chile. Ahora, cuando se cumplen cien años del nacimiento de
Neruda, otros con más autoridad tratarán sobre su obra literaria, decir algo adicional sobre ese aspecto
resultaría redundante. En mi caso, me interesa dejar una panorámica visión sobre el itinerario diplomático
del poeta, recorrido que sin duda alimentó y promovió muchos versos. Para ello, tomaré como referencia las
propias palabras del escritor, recogidas en sus memorias, Confieso que he vivido.
Al parecer el nombre bautismal de Neruda, casi tan largo como su país, Ricardo Eliécer
Neftalí Reyes Basoalto, rendía un homenaje al de su madre, Rosa Neftalí, a quien no conoció pues murió
poco después de dar a luz al futuro premio Nobel. Sin embargo, en el Liceo de Hombres de Temuco ya se hacía
llamar Pablo Neruda; para no desatar las iras de su progenitor, que no deseaba un hijo literato, Neruda tomó
su apellido de otro poeta checo, a quien casualmente había leído. Temuco fue la población donde vivió al
lado de su padre casado en segundas nupcias. Pero, aunque es palpable en algunas de sus poesías la nostalgia
por esa población pequeña, poblada por campesinos y lluvias constantes, Neruda estaba destinado a viajar por
el mundo.
Es interesante observar cómo su carrera literaria fue paralela a su actividad diplomática,
siendo la primera causa de la segunda. Entre 1923 y 1924 publica sus primeros libros de poesía (Crepusculario,
Veinte poemas de amor y una canción desesperada),
mientras que en 1927 es designado como cónsul en Rangún (Birmania), y al año siguiente en Colombo
(Ceilán). La publicación de los libros le proporcionó cierto prestigio, que facilitó su ingreso a la vida
diplomática, gracias a que un amigo influyente intercedió en su favor luego de dos años de golpear la
puerta del Ministerio de Relaciones Exteriores. Neruda relata esos momentos de espera, tras largas
conversaciones con el encargado de la dirección consular: "Aunque yo carecía de dinero para comer,
salía a la calle esa noche respirando como un ministro consejero".
Fueron años de poco trabajo como funcionario consular, pues se limitaba a legalizar documentos
de embarques comerciales transportados desde la India a Chile, así como reducida actividad social, aunque le
proporcionó la oportunidad de conocer en Calcuta a Gandhi y seguramente dedicar muchas horas a la poesía,
fruto de lo cual es Residencia en la tierra.
Sin embargo, en su autobiografía se denota cierto desencanto; Neruda aclara que el Oriente no influyó en su
escritura en lo temático o estilístico, sólo como marco o escenario. "No creo, pues, que mi poesía de
entonces haya reflejado otra cosa que la soledad de un forastero trasplantado a un mundo violento y
extraño".
En 1930 es trasladado a Batavia (Java); se publican nuevos poemas y contrae matrimonio. En 1933
es nombrado en Buenos Aires para ejercer funciones consulares; tiene la oportunidad de conocer a Federico
García Lorca, lo que se constituye en su primer contacto con un país que lo marcaría como hombre y creador,
España. Con García Lorca realiza un homenaje al gran Rubén Darío, mediante un texto escrito a dos manos y
leído a dos voces, un discurso al alimón, metáfora de esa peligrosa suerte en la cual dos toreros comparten
muleta.
El año de 1934 marca un cambio en su destino como diplomático y poeta. Es designado en
Barcelona como cónsul mientras su amiga Gabriela Mistral ejerce el mismo cargo en Madrid; Neruda desde su
llegada se siente enamorado y bien correspondido del entorno español, que le reconoce como vate. Aunque en
Barcelona se siente a gusto con su jefe, Tulio Maqueira, cónsul general, los números le atormentan, mientras
en Madrid le esperan las letras. "Descubrió rápidamente don Tulio Maqueira que yo restaba y
multiplicaba con grandes tropiezos, y que no sabía dividir (nunca he podido aprenderlo). Entonces me dijo:
—Pablo, usted debe vivir en Madrid. Allá está la poesía".
En efecto, en 1939 debe reemplazar a Mistral en sus labores en Madrid, debido a unas opiniones
de la poeta contrarias al proceso de conquista español, lo que provoca su traslado. Neruda establece contacto
y amistad con los poetas de la llamada Generación del 27. Sin embargo, los acontecimientos terribles de la
Guerra Civil, particularmente el asesinato de García Lorca, inducen a Neruda a tomar partido a favor de la
República en desprecio de los militares levantados, provocando una destitución disfrazada de supresión del
cargo en 1936. De regreso en Chile, publicaría España en el corazón
e inicia una serie de acciones a favor de los republicanos españoles, que lo llevaría a desempeñar su más
entrañable cargo diplomático.
A pesar de estar recién operado y enyesado de una pierna, acepta gustoso el nombramiento en
1939 en París como "cónsul para la emigración española"; la comisión no podía ser más
explícita, Neruda se encargaría en cuerpo y alma a adelantar gestiones para que cientos de españoles puedan
emigrar a Chile, lo que más allá de simpatías políticas significó salvar las vidas de familias enteras.
"Eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del
trabajo. Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso".
La mejor recompensa de Neruda fue saberse defensor de la dignidad humana; quienes hemos pasado
por la experiencia consular sabemos que se trata de una actividad en ocasiones ingrata, que poco se reconoce,
y cuyas satisfacciones son de orden espiritual, luego de ayudar a otro ser humano en dificultades. Sin duda,
aparte de esta loable acción, Neruda siempre cumplió con sus deberes consulares; él mismo había sido
víctima en su viaje a Oriente de aquellos funcionarios poseídos por un poder inexistente, quienes no
reconocen que son servidores públicos: "Brindamos muchas veces en honor de todos los viajeros
desdichados desatendidos por los cónsules perversos que andan desparramados por el mundo".
Después de tan noble actuación, Neruda es nombrado cónsul de Chile en México en 1940, un
México "florido y espinudo". Allí se relacionaría con otros artistas comprometidos
ideológicamente como Diego Rivera. Como era su costumbre, conoció el país en sus escenarios más puros y
entrañables, donde el pueblo desarrolla su vida cotidiana. "Lo recorrí por años enteros de mercado a
mercado. Porque México está en los mercados".
Vendrían entonces los años de la militancia política, su designación como senador de la
República, las persecuciones que lo convertirían en exiliado, como aquellos a quienes protegió, pero al
mismo tiempo su consolidación como poeta, siendo reconocido en altos centros académicos y literarios del
mundo entero, que no hacían distingos de posiciones políticas. El seudónimo Pablo Neruda se convierte,
mediante acto debidamente notariado, en nombre legal. En su actividad pública llegó a ser candidato a la
presidencia de Chile, declinando finalmente a favor de su amigo Salvador Allende, quien luego lo designaría
embajador en Francia en 1971.
De esta manera, Neruda llegó al máximo cargo al que aspira cualquier diplomático, y así
como paralelamente se habían mezclado sus actividades literarias y diplomáticas, en el mismo año de su
consagración en el servicio exterior se le otorgó el mayor reconocimiento a su quehacer poético, el premio
Nobel. Sobre este último acontecimiento no hay nada que agregar. En cuanto al cargo de embajador, no fue del
todo fácil, existía la resistencia de quienes consideran que los altos nombramientos diplomáticos deben ser
otorgados a apellidos de tradición y linaje. "Tal vez los viejos embajadores se estaban vengando de un
arribista que llegaba a suplantarlos sin méritos burocráticos ni timbres genealógicos". Para fortuna
del señor embajador, fue nombrado como consejero de la Embajada otro buen funcionario con vocación
literaria, "diplomático de carrera y escritor de relieve. Se trataba de Jorge Edwards".
Como es de conocimiento general, en 1973 el poeta y diplomático Pablo Neruda moriría en su
refugio personal en Isla Negra donde, cuentan, había mandado instalar un techo de zinc para escuchar
claramente las gotas de lluvia al caer, sonido que lo transportaba a su infancia. Se encontraba también en
medio de la oscura tormenta que representó el golpe militar, el cual lo reconocía como enemigo y posible
blanco de sus ataques. De esta manera terminará el itinerario vital de Neruda, a quien la posteridad le
reconocerá como uno de los mejores embajadores del país de las letras para los hombres del futuro.