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Poemas de Li-young Lee

La ciudad en la que te amo

La ciudad en la que te amo

Y cuando, en la ciudad en la que te amo,
aun mi más excelente canción quedó sin responder,
y ascendí por las sórdidas calles,
el largo clamor de las avenidas,
y el túnel sumido en la noche en busca de ti.

Que desconté la bruma, la bituminosa
lluvia lloviendo como dientes dentro de la lata del mendigo,
o dos hombres vapuleando a un tercero en algún callejón
extrañamente alumbrado por un cubil sobre el fuego, yo
arrastré mi extinción en busca de ti.

Más allá de los patios vigilados de la escuela, las alojadas iglesias,
sinagogas con svásticas,
defendidas casas de adoración, más allá
de ventanas empapeladas1 de habitaciones de alquiler, a lo largo de la violada,
la procesada ciudadanía, en toda esta
narrada, sostenida, embasurada, patrullada2
ciudad llamo a la casa, en la que soy un huésped...

una magulladura, azul
en el músculo, tú
me golpeaste
Como hueso abraza el dolorido hogar, tan
angustiado de amarte, tu cuerpo

la forma del retorno, tu pelo un torso
de luz, tu calor
que debo tener, cada momento
de aquel fruto de aletas cartilaginosas,
invertida fuente en la cual no me veo.

Mi lengua recuerda tu herido sabor.
La vena en mi cuello
te adora. Una espada
se alza entre mis caderas,
mi oculto vellocino emite su fragancia de aceite humano.

Las sombras bajo mis brazos,
prometo, que sean tiernas, las sombras
bajo mi cara. No supongas,
pero ven, suave, otra, ruda hermana.
¿Aún, cómo me conocerás

entre los cautivos, mi pelo alargado,
mi sangre moteada, mis vías conculcadas?
En el tumulto, la confusión
de acentos e inflexiones
¿cómo me oirás cuando abra mi boca?

Búscame, uno del opaco pueblo
bajo fisurados edificios, fracturados
artificios. Di mis varios
nombres por encima de la multitud,
yo te seguiré.
Confórmame a tu belleza.

Hacíname en el incontable fuego,
bríndame la hoja de hierro, pero tiernamente.
Dóblala cien veces y
pliégala, yo no me agrietaré.
Bátela hasta la excelencia, yo te lograré.

Pero en la ciudad
en la cual yo te amo,
nadie viene, nadie
me encuentra en los ladrillos hendidos;
en la partida oscuridad,

no hay dedos que me toquen secretamente, ni boca
que saboree mi perfecta sal,
nadie despierta la miel en las células,3 encuentra al zumbador
en las costillas, el rico negocio en los huecos;
con los casquillos trabados, continúo agobiado, trasladado

por el agotamiento y el apetito del tiempo, mi sueño abandonado
y en las estaciones de bus y los pórticos del frente de las tiendas,
mi insomnio erecto bajo un cielo sombreado por alambrados, ramas
y negros vuelos de lluvia. Lujurioso cuerpo de viento

me apretuja en los pasadizos, puertas golpeteando con estrépito
como cañones estallando, un cañón estalla, un plato de pastel se retuerce
más allá, zumbando su tenue trémolo,
una bolsa plástica, gorda de viento, corre a gran velocidad y abofetea
a una encadenada cerca, enrollándola como piel aferrada.

En los lugares excavados,
esperaba por ti, y no gritaba.
En los cuartos abandonados, mi cuerpo te necesitaba,
y había tal vuelo en mi pecho.
Durante los asaltos diarios, te llamaba,

y mi voz te perseguía,
aun en dirección contraria
a aquella otra ciudad
en la cual vi a una mujer
acuclillada en la calle

al lado de un cuerpo,
y un abanico con un pañuelo volando desde su cara.
Esa mujer
no era yo. Y
el cadáver

echado allí, echado allí
tan quieto parecía con gran esfuerzo, como si
todo su ser estuviera concentrado sobre el agujero
en su frente, tan quieto
que yo esperaba que pudiera sentarse en cualquier minuto y reírse ruidosamente:

aquel hombre no era yo;
su herida era suya, su muerte no era mía,
y el soldado
quien había disparado el tiro, entonces encendió un cigarrillo:
él no era yo.

Y a los que yo no veía
en las ciudades por todo el mundo,
los sentados, parados, echados, aquellos
en prisiones jugando ajedrez con sus dientes fuera de combate:
ellos no eran yo. Algunos de ellos eran

de mi edad, aun de mi peso y talla;
ninguno de ellos era yo.
La mujer que estaba abofeteada, el hombre que estaba coceado,
Los que no sobrevivieron,
cuyos nombres yo no sabía,

ellos no eran yo para siempre,
los que no vivieron más tiempo
en las ciudades en las cuales
tú no estabas,
las ciudades en las cuales te buscaba.

La lluvia se detuvo, la luna
en sus respiros apareció arriba;
el único sonido ahora era un lejano aleteo.
Sobre el Banco Nacional, la bandera de alguna república u otros
galopes parecían agua sobre fuego desgarrada por sí misma.

Si yo sentía la noche
mover las revelaciones o crescendos,
era solamente porque estaba muerto de hambre
por el significado; la noche
simplemente se disolvió.

Y tu otredad era perfecta como mi muerte.
Tu otredad me agotaba,
como si buscara repentinamente desde aquí
a las imposibles estrellas desvaneciéndose.
Todo estaba penalizado por tu ausencia.
¿Era la plegaria, entonces, la propia actitud
para la mente que se alarga para ser libremente abierta,
pero que se engancha sobre la barba
llamada mundo, que
es dolor de diente, el actual? ¿Qué plegaria

construiría yo? ¿Y a quién?
¿Dónde estás tú
en las ciudades en las que te amo,
las ciudades que diariamente se levantan para trabajar y hacer dinero,
a las magníficas millas y las costas de oro?

La mañana llega a esta ciudad vacía de ti.
Páginas y ventanas arden, y tú no estás allí.
Alguien limpia su porción de acera,
despierta al borracho, se hunde como un lavadero,
y tú te has ido.

Tú no estás en el viento
que alguien nota en los márgenes de un libro.
Tú has escapado de los pequeños fuegos en abandonados lotes
donde las figuras humanas se apiñan,
cada cual aspirando a su propio fantasma.

Entre paredes de ladrillos, en un espacio no más ancho que mi cara,
el deshojado joven árbol erguido en el lodo.
En sus ramas, un nido de rudas bocas
bostezando y piando, flacuchos fuegos que deben comer.
Mi hambre de ti no es menos que la de ellos.

En las puertas de la ciudad en la que te amo,
el mar transporta al sol sobre su espalda,
golpea la tierra, la cual lo reprende.
Qué ardor en su deslizante peso,
una fricción sin flama sobre las rocas.

Como el mar, yo estoy recomendado por mi orfandad.
Ruidoso con telegramas no recibidos,
pendenciero con alias,
intrincado con descaminados viajes,
por mis expulsiones he venido a amarte.

Directo desde la ira de mi padre,
y largo desde el útero de mi madre,
tarde en este siglo y en un miércoles de mañana;
soportando la marca de nuestra propia experiencia
ni del cielo ni del infierno,

mi lugar natal desvanecido, mi ciudadanía merecida,
en unión con las piedras de la tierra, yo
entro, sin retirada o ayuda de la historia,
los días del no día, mi tierra
de no tierra, reingreso

a la ciudad en la que te amo.
Y nunca creí que la multitud
de sueños y muchas palabras fueran vanas.

 

Notas

  1. Ventanas empapeladas con periódicos.
  2. Patrullada por vehículos policiales.
  3. La palabra “cell” significa tanto célula como celda o celdilla del panal de las abejas.

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