¿Quién compondrá, como Píndaro, el himno triunfal de aquel atleta vencedor que me suplante?
Por estos días no he podido dejar de pensar quién estará por mí en Pekín 2008. Esta mañana, por ejemplo, pasé largo rato de pie y de perfil frente al espejo de mi baño. Estaba concentrado en la prominencia de mi abdomen; recordé entonces que, años atrás, donde ahora luzco una masa de simetría circular perfecta, en algún momento alcanzó a insinuarse una chocolatina. Era otra época; en ella, aparte de la rigurosa disciplina con el atletismo, yo estaba convencido de que, a esta edad, en estos juegos, estaría culminando mi carrera deportiva. Me imaginaba avanzando, en un trotecito suave con mucha gente y cámaras a mi alrededor, sosteniendo en mi mano la antorcha olímpica; el comité olímpico colombiano, y el internacional, habrían decidido incluirme en el trayecto final de la llama como tributo a todo lo que yo había hecho por el deporte latinoamericano. Con esa imagen pertinaz en mi cabeza salía a trotar. Mientras los reporteros capturaban cada uno de mis movimientos con la antorcha, yo me entregaba con fervor a series de quinientas abdominales; en el mismo instante en que mis ojos se perdían en la llama que flameaba, yo arrugaba mi cara en una mueca para mejorar mi tiempo en los cuatrocientos metros; cuando por fin lograba incrustar la antorcha con su ave fénix rojo en el pebetero olímpico, exaltado por la ovación de una masa de gente hacinada en las tribunas, yo metía pecho en los cuadros de la meta en una carrera de cien metros contra mí mismo. Fue uno de los mejores tiempos que he vivido. El rigor con que entrenaba y soñaba me hacían muy feliz. Gracias a ello, también, sólo conocí el licor a los veintiún años y tampoco tuve novias. No había tiempo para fiestas ni enamoramientos; tenía que entrenar. Ahora todo es diferente; aunque no he perdido mi entusiasmo por la vida, esta mañana estaba ahí, frente al espejo, con ganas de llorar porque no estaré en la pista atlética del estadio Nido de Pájaros en Pekín ni en ninguna de las trescientas dos competiciones de alguna de las veintiocho disciplinas. Ahora lloro porque no sé en qué momento ese sueño que tenía se esfumó. Miento. Hace mucho que lo sé; sin embargo en estos días, y especialmente hoy, mientras el espejo me devuelve la anatomía de mi cuerpo, esta idea ha estrujado mi ánimo hasta deteriorarlo.
Durante estos últimos días he tratado de recordar todo aquello que viví en esa época; recordé entonces una imagen que vi y que me impactó mucho. Mientras veía en el noticiero el resumen de una de las jornadas de los juegos olímpicos de Barcelona, en el noventa y dos, vi cómo un atleta de raza negra, abrazado por su padre y llorando desconsolado, intentaba alcanzar los cuadros de la meta. Me dediqué entonces, en YouTube, a buscar ese video. No fue fácil encontrarlo. El video aparece con la leyenda “Derek Redmond, dad help son to finish the race”.1 Además, está ambientado con una canción muy pertinente: “With Arms Wide Open”2 del grupo Creed. Después encontré varios; diferentes registros de lo que para mí constituye una de las epopeyas más grandes de los juegos olímpicos modernos. Se disputaba una de las series de las semifinales de los cuatrocientos metros planos. Derek, concentrado en extremo, espera en el partidor el pistoletazo de salida. Luego se ve cómo todos los atletas inician su carrera. Derek avanza con largas zancadas por el carril número cinco y, para alguien como yo, que aún sabe de atletismo, resulta evidente que tuvo una muy buena partida y que la carrera marcha bien. Sin embargo, cuando está tomando la recta de los segundos cien metros, se ve cómo, de manera violenta, interrumpe su carrera y se lleva la mano a su pierna derecha. Un desgarro. Se agazapa en la pista frente a unos reporteros. Su cabeza mira hacia el suelo y su mano sigue tomándose la pierna. No reacciona. Luego levanta su cabeza y observa, con una infinita impotencia reflejada en su rostro, el resto de atletas cruzando los cuadros de llegada. Todos pensaron que todo había acabado para ese hombre que seguía agazapado mirando la meta. Derek, entonces, se para y comienza, con tímidos saltos que poco a poco ganaban vigor, a continuar con su carrera. Mientras su pierna izquierda saltaba y lo acercaba cada vez más a esa meta que, de seguro, se había trazado desde niño, el público lo ovacionaba con aplausos. Yo sé que atrás de cada hombre que uno ve en el televisor, durante sólo unos segundos, disputando una medalla olímpica, está el sueño de un niño, una vida de entrega decidida, muchas privaciones; también, mucha alegría y mucho llanto. Pero sobre todo hay un hombre corajudo, obstinado; pundonor, mucho pundonor es lo que hay detrás de esos varones y esas hembras que corren frente a nuestros ojos. Cuando Derek ya está por alcanzar los últimos cien metros, y cuando la fatiga y el llanto son más que evidentes, su padre salta a la pista a ayudarlo. Miembros de la organización intentan detenerlo. El tipo no se deja y sigue a ayudar a su hijo. Derek, al principio, cuando ve por el rabillo de su ojo que se le aproximan, manotea y se resiste; piensa que no lo dejarán terminar. Cuando se da cuenta de quién es, deja de saltar y se abraza a él. Derek, renqueando y sostenido por su padre, sigue avanzando hacia la meta fiel a su carril. El público se ve, como telón de fondo, aplaudiendo de pie; sin embargo, puedo intuir que habría muchas lágrimas en muchos ojos. Cuando ya casi han alcanzado los cuadros de llegada, y por el asedio de los camarógrafos, el padre de Derek se desvía hacia un costado. Derek, sin embargo, de una menara muy sutil, imprime fuerza a su cuerpo y no abandona su carril pues aún no han alcanzado la meta. Unos instantes después lo consiguen.
Cuando yo vi este video tenía dieciocho años y ya empezaba a intuir, o a aceptar la idea, de que mis sueños olímpicos no se cumplirían. No sólo porque el cronograma de torneos y marcas personales que con tanta rigurosidad había diseñado no se había cumplido, sino porque entendí que la constitución de mi cuerpo no daba para ello. Por otro lado, tenía la presión de Papá, quien a cada instante preguntaba sobre mi futuro; él quería saber, y estaba en su derecho, si yo me dedicaría a mi carrera en la universidad o a correr como un obseso en una pista atlética. Papá cumplía para mí lo que el padre de Derek hizo con él, ayudarme a culminar mi verdadera meta. Aún conservo las medallas que gané; no de los títulos nacionales, suramericanos, olímpicos y mundiales que soñé, pero importantes para mí.
Hace poco, cuando fui a visitar a papá a Popayán, él, sin saber lo que tenía en mi cabeza, y por esas cosas de la vida que uno no entiende, me regaló la copia de un libro hermoso: Himnos Triunfales —Epinicios— de Píndaro. Píndaro es considerado el más grande poeta lírico de Grecia. Los Epinicios son cantos triunfales, odas que él componía con mucho fervor a los atletas vencedores de los juegos. Son hermosos homenajes que él entregaba como tributo a esos hombres que se batían en la arena en pos de la victoria. Píndaro pudo conocer, en su apogeo, los juegos de Olimpia que se celebraban en Grecia antes de Cristo; por eso, comenta Agustín Esclasans, el prologuista y traductor del libro, pudo convertirse en su máximo cantor. Píndaro, más que admiración, sentía una veneración devota por los triunfadores de los juegos.
En la olímpica “Segunda a Terón de Agriento, vencedor en la carrera de carros” (76ª olimpiada, 476 a J.C), Píndaro recita: Tal como el agua es el primero de todos los elementos, y como el oro es la más preciosa de todas las riquezas, asimismo Terón ha alcanzado, con sus virtudes, el colmo de la felicidad; la gloria de su casa se extiende hasta las columnas de Hércules. Ir más allá es algo imposible, tanto para el sensato como el insensato. Yo no lo intentaría, puesto que equivaldría a realizar un esfuerzo en vano.
Dos preguntas me asaltan desde ese entonces ¿Qué hubiese compuesto Píndaro a ese joven británico que con mucho pundonor cruzó la meta ayudado por su padre? ¿Qué cantaría el gran poeta a ese atleta que estará por mí y vencerá por mí en los juegos de Pekín? He decidido seguir los juegos desde aquí, desde lo que ahora es mi vida; cuando el atleta vencedor de los cuatrocientos metros cruce la meta, seré yo quien alzará los brazos.
Notas
- Derek Redmond, el padre ayuda a su hijo a terminar la carrera.
- Con los brazos bien abiertos.