Especial: Juegos Olímpicos Beijing 2008
Triatlón

Ilustración: image100

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ERIC, 30 años, entra haciendo ejercicios de calentamiento y estiramiento. Inhala y exhala profundamente mientras realiza su rutina.

ERIC: Pensar lo menos posible en la competencia, esa es la clave, pensar lo menos posible, no pensar si es posible, la clave es pensar lo menos posible en la competencia. Al menos la clave para mí. Esta competencia es importantísima, no se lo digan a nadie, pero ése que está ahí, sí, el señor (DESCRIBIR A ALGUIEN DEL PÚBLICO), es el de los billetes, un contrato de patrocinio en dólares para prepararme, con entrenador y todo, para el preolímpico, garantizado si quedo entre los cinco primeros, si quedo entre los diez negociable con algún tipo de evaluación posterior de desempeño o meta intermedia. Creo que tengo buen chance de conseguir el patrocinio de una, hace cuatro años estuve a esto de clasificar al preolímpico, y aunque para ser sincero ya no estoy tan fuerte como entonces, sí soy mucho más sabio. Sapiencia, sapiencia fue lo que me faltó en aquel momento y es lo que me sobra en éste. Yo, Eric Delgado, en unos Juegos Olímpicos, quién lo iba a pensar. Ir a las Olimpíadas es un sueño que me ha acompañado desde que tenía diez años. Mi papá me regaló un álbum de barajitas de la historia de las Olimpíadas, desde los griegos pa’cá. Pero como buen padre despreocupado, no se le ocurrió preguntar si el álbum estaba todavía en circulación. Y no estaba, se le había quedado frío al quiosquero que al parecer lo mantenía todavía en venta a ver si encontraba algún desprevenido, y consiguió a mi papá. Las únicas barajitas que pude pegar en el álbum fueron las que mi papá compró ese mismo día, todas las que le quedaban al quiosquero. Mi historia personal de las Olimpíadas tenía una serie de cuadros en blanco que con el tiempo fui llenando con mi imagen ganando cuatro medallas de oro frente a Hitler en el 36, estableciendo el récord más longevo del atletismo en México, salvándome por poco de la matanza del Septiembre Negro, obteniendo siete medallas en la natación del 74. Algún día, solía decirme, tendré mi propia barajita. Cuando empecé a competir en el triatlón, el sueño estaba un poco dormido, archivado en algún lugar de la memoria, pero el triatlón muy pronto se convirtió en un deporte olímpico y el sueño resurgió con toda su fuerza. Bien visto, es el único sueño que he tenido en mi vida, y aquí estoy, todavía tratando de hacerlo realidad.

Suena una CORNETA y se oye una VOZ EN OFF.

VOZ: Competidores listos para la partida.

Eric se pone el gorro de nado y se quita el mono quedando en traje de baño. Ve a su alrededor, saluda emocionado.

ERIC: Mi mamá está en el público, como siempre. Ésta es una carrera especial también para ella, me hizo prometerle el podio, no importa en qué lugar, pero quiere verme en lo más alto. Ella ha sido mi mayor fanática. No se perdió una sola de mis carreras, y siempre se las arreglaba para estar en primera fila en la partida, en las dos transiciones y en la llegada final. En cambio, mi papá nunca ha venido a verme, pero eso sí, sabe de triatlón como si fuera comentarista de televisión, apenas me ve me pregunta mis tiempos y los compara con los de Gilberto González, me quito el gorro ante Gilberto (SE QUITA RESPETUOSAMENTE EL GORRO DE NADO, HACE UNA PEQUEÑA REVERENCIA Y SE LO VUELVE A PONER). Cuando estoy yendo a una competencia me pregunta qué competencia es, quiénes van, lo piensa un momento y dice, tercero, quinto, décimo tercero, décimo noveno, vigésimo cuarto, con una habilidad para los números ordinales impresionante, no es exactamente un pronóstico, es un reto, porque no me dice en qué lugar voy a llegar sino cuál lugar no voy a alcanzar. Al volver de la competencia, se me queda mirando y yo asiento con la cabeza dándole la razón, llegué por debajo del tercero, del quinto, del décimo tercero, del décimo noveno, del vigésimo cuarto, entonces sin decir nada, vuelve a lo suyo, no me lo restriega, no se ufana, en el fondo siempre espera equivocarse, es su forma de apoyarme, sé que ahorita está ligando tanto como mi mamá, pero a su manera. Para esta competencia, dijo undécimo.

VOZ: Preparados.

Eric asume posición de partida. Suena un DISPARO dando la salida. Eric corre y se zambulle. Comienza a nadar.

ERIC: Mi estrategia de carrera es sacar la mayor ventaja posible en la natación, mi mejor especialidad, mantener lo mejor que se pueda el ritmo en el ciclismo, que nunca he sido buen pedalista, y volver por el remate en la maratón. Si todo sale bien, mañana estoy firmando contrato y comenzando mi preparación para el preolímpico.

Eric aumenta el ritmo de las brazadas.

ERIC: Ahí va Rodríguez, adiós Rodríguez, te espero en la meta. Rodríguez es uno de mis rivales en lo del patrocinio, solíamos ser amigos, entrenábamos juntos y todo, ojalá se parta un tobillo. Hace cuatro años justo, en una competencia igualita a ésta, de clasificación para el preolímpico, me hizo creer que se estaba desfalleciendo y me pidió que lo ayudara un rato a mantener el ritmo. Bueno, yo perdí el mío y él se metió un remate que me sacó como seis minutos, él clasificó al preolímpico y yo, cuatro años esperando una nueva oportunidad. No sólo en la meta, también te espero en la bajadita. Voy bien, voy bien, buen ritmo, buena brazada, me siento muy fuerte, salir del agua de primero, salir del agua de primero, cumplir la estrategia saliendo del agua de primero. Pero si esto sigue así no voy a poder cumplirla. ¿Quién va de primero? No lo reconozco. En cada competencia hay alguien nuevo, así no se puede. Está fuerte. No me le acerco. No había pensado en esta posibilidad. No tengo una estrategia alterna, no creí que esto me pasaría. Vamos, Eric, esta es tu disciplina.

Eric aumenta aun más el ritmo de la brazada.

ERIC: Vamos, ya lo estás alcanzando. Ya vamos hombro con hombro. Ya quedó atrás. A respetar, nuevón, que este es un deporte de jerarquías y todo el mundo sabe a quién le pertenece esta parte de la carrera. La natación, como dije, es mi mejor disciplina. Casi todos mis trofeos y reconocimientos han sido por lograr los mejores tiempos en el nado. Lástima que la natación sea la parte más corta de la disciplina. A veces me pregunto por qué no me dediqué exclusivamente a la natación. Porque era suficientemente bueno en ciclismo y en carreras de fondo como para ser triatleta. ¿Que cómo lo supe? Porque todo el mundo me lo decía. Bien visto, no me hice triatleta por decisión propia. ¿Cómo lo llamaría? ¿Presión de grupo? Más bien abuso de poder. En aquel entonces el triatlón era una novedad, una cosa de locos masoquistas enfermos: la descripción perfecta de mi entrenador de natación. Él estaba muy viejo para iniciar seriamente una carrera de triatleta, por eso quiso tenerla a través de mí. Me ponía a nadar distancias cada vez más largas, junto a sesiones de bicicleta y de trote como parte del entrenamiento, y luego hablaba de lo bien que me iba en todas las disciplinas. ¿Por qué desaprovecharte en una sola especialidad? ¿Por qué desperdiciar ese talento natural? ¿Por qué no intentar en el deporte del futuro? Insistió muchísimo, insistió hasta que terminé aceptando iniciarme en el triatlón, y por supuesto él se convirtió en mi entrenador personal. Pero pronto sentí que lo había dejado atrás, que necesitaba alguien mejor junto a mí. Fue duro, fue mi primera gran decisión, pude tomarla sólo cuando me convencí de que esto era serio, si esto es serio, me decía, tengo que tomar decisiones importantes. Aun así, con la decisión de sustituirlo ya tomada, intenté darle una última oportunidad: hazme un plan de entrenamiento para bajar mis tiempos en el ciclismo. Me hizo el plan, que incluyó hasta una corrección en mi postura al pedalear, lo seguí al pie de la letra, todo parecía perfecto, de hecho, mis tiempos en los entrenamientos bajaron. Pero el día de la competencia, mi primer suramericano de primera categoría, a medio camino tuve que bajarme de la bicicleta reventado, simplemente me había reventado, si algo debe saber un entrenador es cómo no reventarte. Ni siquiera hablamos del asunto, me preguntó si podía caminar, le dije que sí, me dio la espalda y se fue, no lo vi en el hotel, la cosa fue en Cartagena, no lo vi en el avión de regreso, no lo vi nunca más. Desde ese entonces, sólo he tenido entrenadores esporádicos, de cara a competencias muy importantes o cuando el presupuesto me permite el lujo. A él, le debo mi carrera de triatlonista y una mala posición al pedalear. Rematemos esto para salir del agua con la mayor ventaja posible.

Eric remata. Sale del agua.

ERIC: Esto se me está pareciendo a los nacionales del año pasado, donde el hombre de los reales me habló por primera vez del patrocinio. En esa competencia terminé sólo por detrás de Gilberto González.

Eric se quita el gorro de nadar, hace la pequeña reverencia pero no vuelve a ponerse el gorro y pasa por la duchita.

ERIC: Y como si hubiera sido el ganador, todos me rodearon a mí, me felicitaban, casi me alzan en hombros, nadie le paró a Gilberto, estamos demasiado acostumbrados a que gane, ganar tanto aburre, no sé si al ganador, pero a todos los demás nos acatarra, no puede ser, no puede ser, danos chance. Pero si todo sigue así no necesitaré que me den ni chances ni ventajas. Estoy fuerte y cómodo. Excelente resultado, excelente resultado, todo según la estrategia, salí de primero del agua, buena ventaja, patrocinio te espero en la llegada. Ahí está mi mamá, hola, mami, a veces me parece mejor triatleta que yo. Al menos debió involucrarse en la organización de triatlones, porque una cosa es querer estar ahí en la meta para apoyar a tu hijo, otra es conocer cómo funciona el asunto de la manera en que ella lo conoce: antes de la partida ya tiene cuadrado a algún muchacho que la llevará en jetsky al final de la natación, ahí se monta de parrillera en una de las motos de seguridad, de esas que se aseguran de que en la vía no haya carros ignorantes de la competencia, en la transición entre ciclismo y trote se va en el carro de algún equipo periodístico, porque si algo ellos no pueden perderse es la llegada del ganador a la meta, y ella siempre con la expectativa de que ese ganador sea yo. Sí, mamá, el podio, no lo he olvidado. Pero quien más quisiera que viera ese podio es Isabel, no pudo venir, lástima, casi nunca puede venir a las competencias, cosas del trabajo, es presentadora de televisión, está buenísima, si no estuviera buenísima no sería presentadora, presenta un programa de turismo, de aquí pa’llá, de allá pa’cá, casi no nos podemos ver, ella con sus viajes y reportajes, yo con mis entrenamientos y competencias, la relación perfecta, cada vez que nos vemos es como si fuera el primer fin de semana de novios. Aunque ya a Isabel eso no le parece suficiente. Pero sigamos con lo mío, aquí está mi bicicleta.

Eric se pone una camiseta, zapatillas de ciclismo y una gorra, toma la bicicleta y se sube. Comienza a pedalear.

ERIC: La clave de una buena competencia es seguir al pie de la letra la estrategia trazada. Repasemos, pues, la estrategia: en bicicleta, aguantar lo mejor posible. Desde Cartagena, ¡qué dura se me hace la bicicleta! Justo en la línea donde las piernas se encajan al resto del cuerpo el traje de baño se me entierra y siento el roce de la piel con la tela mojada. Pedalear se vuelve una tortura, larga y lenta, que no se detendrá hasta que confieses que no puedes seguir montando la bicicleta porque llegó el momento de trotar. Pero no importa. Ahí está uno, pedalea y pedalea, pedalea y pedalea, tratando de no sentir la tela húmeda, de ignorar que la piel se está quemando, buscando la posición para no sentirlo, respirando no por el ritmo del pedaleo sino para aguantar el dolor, contando los kilómetros que faltan para bajarse de la bici, e intentando no pensar que además de la irritación está el roce interno, porque el roce interno uno no lo siente pero es más duro y trae peores secuelas. Está demostrado que el sillín de la bicicleta, incluso el más ergonómico, afecta el aparato reproductor masculino. Me preocupa. Me preocupa porque cuando Isabel me dijo que ella algún día quería tener hijos, yo me quedé pensando y me pregunté si habrá alguna secuela; Isabel y yo somos cuidadosos pero no es que hayamos sido la cátedra del control natal. Viéndolo bien, no me importaría en lo más mínimo que un día Isabel llegara y me dijera, Eric, estamos embarazados, creo que Isabel es la ideal, la mujer de mi vida, la mujer con la que quiero sentar cabeza y formar una familia. El problema es que para el par de años que llevamos juntos, el tiempo compartido es bien poco. ¿Me atrevería a tomar una decisión así con ella? No lo sé, no puedo saberlo, hace rato la llamé la relación perfecta, perfecta ahorita, pero en el futuro no sé. Y el futuro puede ser ahora. El futuro es ahora, está tan cerca como la meta. Lo puso muy en claro: o esto del triatlón comienza a dar frutos o vas a tener que decidir entre el triatlón y yo. Isabel quiere casarse conmigo, pero siente que estoy botando mis posibilidades de tener una familia estable, de asegurarles una vida tranquila a nuestros hijos con esto que ella llama un sueño loco. Para ella, mis mejores años en la competición pasaron y quiere que me retire, que consiga un trabajo serio y que terminemos de sentar cabeza como pareja, como familia. Pero yo no puedo retirarme, no ahora que conozco tanto la competencia que sé poner las cosas a mi favor aunque me fallen las fuerzas. Y sobre todo, no ahora que todavía tengo la oportunidad de coronarme, de alcanzar mi sueño. El peor lugar en una Olimpíada es el cuarto lugar, a un pasito de la medalla pero con el cuello frío y desnudo, y si mi carrera llega a su fin en este momento, tendré que decir que en ella si acaso llegué cuarto. ¡Epa! Ahí va Gilberto González, me quito la gorra delante de Gilberto (SE QUITA LA GORRA, HACE LA PEQUEÑA REVERENCIA Y SE LA VUELVE A PONER). Acabo de perder el primer lugar, pero todo está dentro de lo previsto, voy bien, voy excelente.

Eric cambia la posición en la bicicleta para poder pedalear con más fuerza. Lo hace un rato a un ritmo bastante intenso, pero no puede mantenerlo, pronto se muestra incómodo.

ERIC: Cartagena está superada, Eric, recuérdalo. ¡Epa! Ahí va el mexicano. Y ahora el brasileño. Se están aprovechando de que no puedo pedalear bien con esta irritación. (CAMBIA DE POSICIÓN EN LA BICICLETA) Si pedaleo de esta forma no me molesta tanto. Lo malo es que voy más lento y no puedo evitar moverme en zigzag. No entiendo por qué estas competencias tienen que ser internacionales, así estaría de segundo y no de cuarto, ¡epa!, ahí va, ahí va, ¿cómo es que se llama? El juvenil, un chamo de Sucre que va para demonio. Me está reclamando que me puse en su línea de carrera para no dejarlo pasar. ¡Como si yo necesitara trucos! ¡Qué bolas tiene! ¡Qué se cree! Claro, si yo tuviera todavía diecisiete también pedalearía a ese ritmo, aprovéchalo mientras te dure. Y yo aquí, tratando de estirarlo. Hace dos meses cumplí los treinta. La parte buena fue la celebración: un fin de semana con Isabel en un resort en Jamaica, entre la compañía productora y el resort pagaron, Isabel hizo su reportaje y yo fui como asistente, tomé bastantes fotos. La parte mala, cumplir los treinta. No es que me preocupe la vejez, es que, coño, cada vez estoy más viejo, y esto se pone más duro, recuperarme de una competencia me lleva más y más días, y entrenar se está volviendo una tortura diaria. Mi cuerpo comienza a pedirme un descansito, y yo no estoy listo para dárselo. El paso del tiempo le pone gríngolas a nuestras expectativas. A los doce años iba a ser medallista olímpico en todas las disciplinas, hasta en las femeninas. A los treinta sólo aspiro a asistir a una Olimpíada. Y no puedo quejarme, es un sueño que ha tenido larga duración, mucho mayor que los sueños infantiles de la mayoría. Lo malo es que no sé si todavía tengo el derecho a soñar otro sueño. Me pregunto si todavía tengo la posibilidad de concentrarme en la natación y trazarme la meta de cruzar a nado el Canal de La Mancha o el Golfo de Cariaco. ¡Ey! ¡Y este gentío de dónde salió! Tranquilo, Eric, que la estrategia dice aguantar lo mejor que se pueda en el ciclismo, y estoy aguantando.

Eric vuelve a cambiar de posición en la bicicleta y pedalea intensa y sostenidamente.

ERIC: ¡No aguanto! Me estoy desgastando, la entrepierna me molesta mucho, no sé si pueda mantener este ritmo y sigo perdiendo puestos. Ya no estoy entre los diez primeros y no sé si estoy entre los veinte. ¡Epa! Ahí va Rodríguez, con despedida incluida, ya vas a ver, Rodríguez, ya vas a ver. Si no voy a lograr mi objetivo, al menos que Rodríguez tampoco lo logre. Que con ganarle a Rodríguez y verlo a él también sin patrocinio me conformo. Pero debo olvidarme de Rodríguez y concentrarme en mi estrategia, aunque si puedo devolverle la que me hizo hace cuatro años se la devuelvo. Por qué negarlo, aquí uno se juega su orgullo, ser el mejor, y cuando te das cuenta de que ya no podrás ser el mejor de todos vas cambiando tus metas, como un alpinista que sabe que nunca subirá al Everest, sin embargo se siente igual de realizado con cada montaña que corona. Yo sé que no voy a ganar un Ironman y que si clasifico a los Olímpicos no voy a ganarme una medalla, pero el solo hecho de ir a una Olimpíada le daría sentido y significado a mi carrera. Mi carrera, cada vez más a menudo me pregunto si ha valido la pena. Todo por culpa de ese periodista. Periodista no es gente, uno le abre las puertas de su casa, uno se pone confidente y te lo pagan así, escribiendo lo que les provoca y llenándote la cabeza de dudas y de temores. Tremendo reportaje, Las Tres Etapas de Eric Delgado, oye, qué interesante, qué original, como si mi vida misma fuera un triatlón, pero después la sinopsis: La Joven promesa, El que no cubrió las expectativas, El Veterano que taponea a los demás competidores en la carretera. ¡Su madre! Ni seguí leyendo, pero leí suficiente, leí demasiado. Ya nadie debe recordar su reportaje excepto yo, que me quedé todo cabezón, pensando si era verdad que no cubrí las expectativas, si la gente me ve como el que pudo ser y no fue, repasando los momentos de alegría y satisfacción de mi carrera para determinar cuán verdaderos fueron. Lo fueron, pero no lo son y nunca volverán a serlo porque se desdibujan, se borran ante la fuerza de los recuerdos vivos, actuales, reales, del aquí y del ahora. Recuerdo todos y cada uno de los entrenamientos interminables, los calambres, las caídas de la bicicleta, las lesiones, el frío, el calor, los sufrimientos por bajar el tiempo un minuto, por aumentar dos kilómetros, sólo para decir que hice un minuto menos o dos kilómetros más, los recuerdo perfectamente porque todo eso lo estoy viviendo actualmente y cada vez me afecta más, me duele más vivirlo. Le eché la culpa de todo a mi papá, sentí que fue él quien le metió en la cabeza al periodista lo de no cubrir las expectativas. Después de todo, su reto no era otra cosa sino expectativas no cubiertas. Entonces intenté responder al reto diciéndole orgulloso el lugar en que había llegado, y las tres veces que lo hice me replicó con el monto de dinero que tal lugar me otorgaba y la cantidad que había perdido por no haber llegado un puesto más alto. Entendí que estaba cansado de ayudarme cada vez que yo tenía problemas para financiar mi carrera, que los méritos deportivos no eran suficientes, resultados, quería resultados y ésos se miden en efectivo, no hay otra manera, porque al final los méritos deportivos se reflejan tan perfectamente en las ganancias que no tiene sentido sino perseguir la plata. Fue cuando entré en el circuito de las victorias menores, carreras fuera del ciclo olímpico o no reconocidas por la Federación Internacional de Triatlón, eventos patrocinados por marcas recién lanzadas al mercado, invitacionales de clubes, cosas por el estilo, carreras de esfuerzo menor, con tan poco prestigio en juego que alejan a las grandes estrellas, pero con dinero contante y sonante, nunca grandes fortunas pero sí suficiente para tener una entrada de dinero decente, constante, un presupuesto más o menos seguro de premios en metálico, que además abultó el pedigrí de éxitos para conseguir patrocinantes. La Orquídea de Funchal: el principal apoyo a lo largo de mi carrera, con el cheque mensual que me daba el portugués al menos me era fácil remplazar las bicicletas cuando hiciera falta. Pero cuando el portugués decidió retirarse y volver a Funchal, sus hijos cerraron la panadería, sacaron sus pasaportes de la Comunidad y se fueron a Europa, ninguno a Funchal por supuesto, y yo me quedé, de cara al que probablemente sea mi último ciclo olímpico, sin la entrada de dinero, modesta pero fija, que significaba tener La Orquídea de Funchal escrito debajo de mi nombre en todas mis franelas, gorras, trajes de baño, coolers, bolsos y bicicletas. Si gano el patrocinio podré volver a ver mi nombre bien acompañado, escrito al lado de una marca, como debe ser. Eric, échale bola, que en la meta está esperándote ese patrocinio.

Eric acelera el ritmo de la pedaleada, se ve que sufre cada vez más y sin embargo mantiene ese ritmo.

ERIC: No voy a poder, no voy a poder. Si me bajo de la bicicleta es para siempre. Vamos, vamos, aguanta, faltan pocos kilómetros, es más, la clave está en no pensar, no pensar en kilómetros, mejor pensar en minutos, faltan cinco minutos, como cuando he trabajado y estoy en una oficina mirando el reloj y tratando de dejar algo terminado antes de irme, faltan cinco, faltan cinco, sin importar que faltaran montañas de planillas por meter en la computadora, lo importante era que faltaban cinco, cinco minutos, pedalea cinco minutos más y ya. Sin La Orquídea de Funchal, el entrenamiento se volvió aun más duro, porque trabajar se volvió mi actividad principal, y eso no cuadra con un programa de entrenamiento. Lo malo de entrenar es que los sacrificios de hacerlo van mucho más allá de dedicarle días y horas sólo a mantener las marcas sin importar si está lloviendo o si es Semana Santa y todo el mundo está echado sin hacer nada, los sacrificios se extienden a las horas de no estar entrenando pero que tienen que estar perfectamente medidas y planificadas para cuando llegue el entrenamiento. Estudiar, trabajar, enamorarme, todo gira alrededor de entrenar. Cuando me gradué de bachiller nunca me pregunté qué me gustaría ser o qué carrera me llamaba la atención, simplemente revisé qué horario era más conveniente para mis entrenamientos, derecho en el turno de la noche, eso fue lo que empecé a estudiar pero nunca saqué el título, claro, si la mayor parte del tiempo la pasé dormido en clases por lo tempranito que me levantaba para trotar, nadar o hacer bicicleta, lo que tocara. Con los trabajos igual, horario flexible, poca responsabilidad, renuncia en el escritorio del jefe apenas alguien me ofrecía un dinero para que me dedicara exclusivamente al triatlón, o cuando una carrera importante se avecinaba. Y creo que eso mismo describiría mis noviazgos, horario flexible, poca responsabilidad, a eso es a lo que quiere ponerle fin Isabel. Llega el momento en que uno compite no sólo por la meta personal sino por todo lo que se ha dejado de tener al dedicarse a esto. Cinco minutos, sólo cinco minutos más, han pasado como diez y todavía me faltan unos metros para la transición. No puedo fallar, no puedo fallar. Coño, me están fallando las piernas.

Eric se baja de la bicicleta, la pone a un lado, se quita las zapatillas de ciclismo y se pone unas medias y unos zapatos de correr. Empieza a trotar.

ERIC: No, mamá, no pongas esa cara, no pongas esa cara que ya estoy suficientemente consciente de que la cosa no va bien. Habrá otras competencias, te lo prometo, mamá, no te vas a morir antes de volverme a ver en un podio importante. No puedo fallar, no en esta carrera, no cuando mi mamá me pidió como regalo ese podio antes de empezar la quimio, la radio, de ir a quirófano, porque después quién sabe. Quién sabe si el cáncer no cede, si no aguanta el tratamiento o si no podemos seguir financiándolo, que mi papá no cree que alcance el dinero, lo dijo justo después de sentenciar que llegaría undécimo, la falta que nos hace ese dinero, suerte, nunca me había deseado suerte antes de una carrera, así de necesario es el dinero del patrocinio, y no sé si lo obtenga, no sé si pueda obtener el dinero de otra manera y cada vez es menos probable que lo obtenga de ésta, porque la verdad, no sé si pueda aguantar más este ritmo, esta carrera. Aguanta, aguanta hasta el próximo poste. Así, así, paso a paso, aguanta mamá hasta la quimio, ya llegamos al poste, ahora aguanta hasta el cartel, ¿cuál?, ¿el de bronceadores? No, el de cerveza, aguanta Isabel hasta el preolímpico y ahí decidimos, ya llegamos al cartel, ahora trata de alcanzar al corredor aquel, vamos, trata de aumentar un poco el ritmo, trata de recortarle camino, trata, trata, trata de trabajar horas extra para ayudar con el tratamiento de tu mamá, no puedo, no le recorto ni un metro, no lo voy a alcanzar, no voy a obtener el patrocinio aunque esté completamente consciente de que es lo menos importante que está en juego, está en juego mi vida, mi forma de vida, la forma de vida de mi familia, a partir de mañana tendremos que ser otros, independientemente del resultado, y yo me niego a que eso pase, quiero negarme. Me estoy jugando mi última oportunidad de que todo siga igual, con sus fallas, con sus sufrimientos, pero igual, conocido, seguro, con partida y llegada. ¿Cuál es la llegada de la carrera que comienza mi madre? ¿Cuál es la carrera que mi papá deberá empezar junto a ella? ¿Dónde está la partida que me exige tomar Isabel? Y al final, ¿cómo sabré el lugar que obtuve, cómo sabré si gané o perdí? No sé, no lo sé, no quiero saberlo.

Eric trota con dificultad, cada paso lo da con esfuerzo.

ERIC: Siento que las pantorrillas me van a estallar, pareciera que los riñones se me hubieran desprendido, si tomo más agua la vomitaría, no voy a llegar, a este ritmo ni siquiera voy a terminar la competencia. Mi sueño de ir a los Olímpicos, mi año de patrocinio, la gloria y el billete perdidos el mismo día. La promesa a mi mamá, la ayuda a mi papá, el ultimátum de Isabel, mi forma de vida, mi vida tal cual la he vivido, tirada a la basura. Después de este fracaso no me queda otra sino el retiro, para qué seguir en este masoquismo. Que si aguanta hasta el cartel, que si alcanza al corredor que está... ¡si está aquí mismo y ahora lo reconozco!, es Rodríguez. Cada paso que doy estoy más y más cerca, parece que se está desmoronando, que está desfalleciendo. Déjame verte, Rodríguez, ¿quieres que te sirva de rompeviento?, ¿que te ayude a recuperar el ritmo?, ¿quieres hacerme lo mismo de la otra vez? Chao, Rodríguez, nunca había disfrutado tanto una despedida.

Por un rato, Eric recupera la fuerza, trota a un ritmo impresionante, pero pronto vuelve a bajarlo y empieza a mostrar todo el cansancio y el sufrimiento que está sintiendo.

ERIC: Cuatro años, cuatro años pensando en el momento que algo así me sucediera, poderle decir a Rodríguez si te he visto ni me acuerdo. Y para qué, para nada, no siento nada, no siento dulce en la boca, no siento frío en el paladar, no siento las piernas, no siento los abdominales, no siento los pómulos, haber dejado atrás a Rodríguez no fue otra cosa que la demostración del sin sentido de mi vida, de mi carrera. ¿Para qué coño estoy compitiendo? ¿Para ir a las Olimpíadas? Gran cosa. ¿Para ganar y decir que gané? ¿Para decir que me desquité de un tipo que me la hizo ya nadie sabe cuándo? Qué absurdo todo. Lo mejor es ponerle un parao a todo esto, no ganar, no obtener el patrocinio, retirarme y olvidarme para siempre de entrenar, de levantarme temprano, quedarme en la cama todo el domingo y no porque no me he recuperado de los calambres sino porque me da la gana, rumbear, beber, fumar, comer porquerías, eso sí es vida, es más, debí haberme retirado hace años, debería retirarme independientemente del resultado de hoy, debería detenerme aquí e irme a mi casa.

Eric se queda pensativo, aumenta el ritmo del trote.

ERIC: ¿Y qué voy a hacer si me retiro? Trato de imaginarme en el futuro y lo que me veo es contando mis hazañas: hijitos, ¿se saben el cuento de cómo me vengué de Rodríguez? Porque mi vida ha sido y es esto, no otra cosa, no tengo otra habilidad, no sé hacer nada productivo y tengo que producirlo ya, no puedo darme el lujo de estudiar, no tengo un título que me acredite en algo, nunca fui buen vendedor porque pensar en los Olímpicos no me dejaba venderles sus sueños a los demás, entrenar a otros me recordará todos los días que fracasé. No sé hacer nada, lo único que he hecho en toda mi vida es triatlones, y ahora no puedo ni terminarlos. ¿Es esto la vejez? ¿Perder la capacidad de hacer lo que siempre has hecho? Pero si tengo treinta años, no puedo estar viejo, no puedo estar acabado. Lo estoy, ya no puedo con el triatlón y ahora tengo que decidir qué voy a hacer con lo que me queda de vida, como un viejito jubilado. Tengo miedo, me da miedo dejar de competir, dejar de ser triatleta, no tener excusas, cuando me pregunten por mi mayor éxito no podré seguir diciendo que todavía estoy activo, que lo mejor está por llegar, me da miedo pararme frente a Isabel y decirle ya no soy triatleta, ya no soy nadie, ¿sigues interesada? ¿Qué va a hacer de ahora en adelante mi papá? ¿Comparar las edades de retiro de los grandes con la mía? No, gracias. ¿Y mi mamá? ¿Cómo ver a mi mamá el día que comience su tratamiento sin haber obtenido el podio? Perdón, mamá, no pude, lo intenté pero no pude. Es triste que todo vaya a terminar así, tanto nadar, tanto pedalear, tanto correr para no haber llegado a la meta. Qué meta tan estúpida. No haber logrado la cura contra el cáncer, no haber sellado el hueco de la capa de ozono, uno puede estar orgulloso de esos esfuerzos infructuosos, pero cómo estar orgulloso de haber quedado siempre a un paso de clasificar a las Olimpíadas, nadie recordará mi carrera, mis tiempos, el segundo lugar del año pasado, los cinco o seis triatlones de segunda que gané, nadie me pedirá un autógrafo, nadie me hará un homenaje, mi vida ha sido un desperdicio y lo peor es que siento terror de tenerla que cambiar, tener que empezar de nuevo.

El esfuerzo que hace Eric por continuar corriendo es inmenso.

ERIC: La estrategia fue una mierda, a quién se le ocurre, salir primero del agua, gran cosa, mira todo lo que faltaba, faltaba toda la bicicleta y el fondo, ni siquiera soy capaz de hacer una buena estrategia. Me estoy muriendo, ya me duele hasta la campanilla. ¿Cuánto falta? No quiero detenerme, no quiero detenerme. No veo a mi mamá. Para qué tomarse la molestia si todo indicaba que no llegaría a la meta. ¿Voy a llegar? Faltan pocos metros. ¿Y cuántos minutos? No pensar, la clave está en no pensar, no pensar en lo que me duelen los tobillos, no pensar en la puntada en el costado, no pensar en el destino que me espera, ¿qué destino me espera? Alguna vez leí sobre un tipo que perdió el trabajo y de todos modos se paraba todos los días, se vestía, salía de su casa y no volvía hasta cumplir su horario, de 9 a 5, de 9 a 5 todos los días pero sin hacer nada. ¿Eso me va a pasar a mí? Porque no sé cómo voy a vivir con tanto tiempo por delante, son horas y horas sin planificación, sin cronómetro, sin la fecha de la competencia en la agenda, y no quiero nuevas metas que pueda no alcanzar, no quiero soñar de nuevo, no quiero soñar nunca más, se acabó, el sueño se acabó, mi carrera se acabó, tengo que aceptarlo, no pude, lo intenté pero no pude, estoy viejo, ya no tengo fuerzas, ya no tengo energía, ya no tengo resistencia, adiós triatlón, ojalá alguien se acuerde de mí.

Eric llega a la meta. Tras cruzarla da un par de pasos más, se agacha intentando obtener más oxígeno y después de un par de bocanadas desesperadas de aire se desploma en el piso.

VOZ: Atención, atención, por descalificación de dos competidores hay un ajuste de las posiciones finales. Eric Delgado, Venezuela, décimo lugar.

ERIC: (SALTANDO DE ALEGRÍA Y EMOCIÓN) ¡Qué! ¡Décimo! ¡Y en qué momento! ¡Tremenda remontada! ¡Ni me di cuenta! ¡Qué grande! ¡La estrategia funcionó a la perfección! ¡Décimo lugar! ¡Mi papá se equivocó! ¡A negociar el patrocinio! ¡Qué grande! ¡Ojalá Isabel estuviera aquí! ¡Sí tiene sentido, Isabel, sí tiene sentido! ¡Llegaste, mamá! ¡No es el podio, pero tremendo resultado! ¡Voy a poder ayudarlos con el tratamiento! ¡Décimo! ¡Qué grande!