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Remember the Maine, 1898-1998

Miguel Horn D’Andrade

El Maine entrando en La Habana Mi abuelo materno, Salvador Andrade, nacido en un pueblo de la provincia de Málaga en 1881, a sus 17 años viajó a Cuba. Fue invitado por unos familiares lejanos a pasar las navidades de 1897 junto a ellos. En su estancia allí, que se prolongó hasta marzo del año siguiente, vivió en un ambiente que supo retratar pasado el tiempo. Me habló del revuelo organizado en La Habana ante la llegada improvisada de un enorme barco de guerra americano. Cuando pudo acercarse al buque junto con los jóvenes con quienes pasó esos meses, quedó prendado. Mencionaba la inquietud que se vivía desde que atracó el barco. Conocieron a un marino del Maine; por esta causa pidieron subir a visitar el barco pero se les prohibió. Poco antes, en el atardecer que antecedía a la noche en la que explotó la proa del acorazado habían estado recorriendo los parajes de la bahía.

Más o menos siendo ya un muchachito, les recuerdo estas narraciones que amenizaba con su buen verbo. Mi abuelo falleció en 1966 a los 87 años. Yo contaba entonces 15 y me estaba enfrentando con el bachiller superior. Lo que he relatado me quedó como unas referencias que siempre estuvieron en mi mente; como tantas y tantas cosas que a los abueletes de aquella época les encantaba contar. Con más o menos exactitud, lo que nunca se me olvidó de la estancia de mi abuelo en Cuba fue el apodo de un tripulante del Maine al que tuvo ocasión de tratar. Por lo visto, este americano tendría que hablar castellano, porque él no sabía nada de inglés. Llamaba a éste americano "Blandín" y yo me reía porque pensaba que era una derivación de "Blando"; un nombre muy extraño para un americano. Con los años, cuando me dediqué a estudiar algo de la guerra hispanoamericana y me enfrenté con el nombre del teniente John J. Blandin, pude darme cuenta de la exactitud de los cuentos de mi abuelo. Resultaron ser veraces como todas sus amenas narraciones.

Analizando el negativo de la panorámica, he estimado deducir unas conclusiones históricas sobre la crisis del Maine, leyendo del revés los renglones torcidos de la historia escrita por los vencedores para sacar algo en claro. He procurado hacerlo con tanto tacto, respeto y veracidad como lo hicieron las Comisiones Americanas de Investigación (1898 y 1911). He parado también en atender al compendio de física histórica que los profesores elegidos por Hyman G. Rickover les ofrecieron para componer un perfecto guión cinematográfico; montado sobre una perspectiva en la que los americanos siempre explican cómo se comete un crimen, pero nunca dicen quién fue el asesino. Al respecto, Rickover salió al paso de un presunto artículo que firmaba un tal "Taylor"... Pura invención americana o una fuga de información que rayaría en lo negligente. El caso es que al Tío Sam le convenía volver al lugar de los hechos y el judío polaco Rickover dio un nuevo testimonio plasmando un nuevo mar de dudas, cuyos efectos pretenden que duren otros ochenta y tantos años.


Preliminares

Conseguida la independencia por los Estados Unidos de Norteamérica, el mando de las primeras juntas de gobernación tuvo una labor compleja. Ejercer la dirección de una heterogénea población de remanentes humanos, viéndose en la necesidad de transformarlos en ciudadanos de nuevo linaje para la joven república. Esta enorme multitud había sido deportada a las colonias como mano de obra rentable durante décadas; procedían de las penumbras y sombras de cárceles, penitenciarias y penales europeos. La justicia y audiencias del Viejo Mundo hacían conducir rumbo a las Américas a todo un colectivo de fascinerosos, criminales o malhechores; todo un recital de penados a los que se les condonaba morir a manos del verdugo si aceptaban como alternativa el destierro eterno a las nuevas tierras necesitadas de presencia humana. Así, los Estados Unidos conformaron sus primeros censos con gentes desterradas en su mayor parte. La ascendencia de muchos naturales de Estados Unidos podía encontrar sus rasgos genealógicos en antiguas familias del solar europeo del que fueron alejados durante los siglos XVII y XVIII principalmente. También merecen atención aparte los negros importados como esclavos y el factor judío como peregrinos de persecuciones injustas en cualquier tiempo y rincón del mundo.

Con semejantes vecinos y habitantes emprendieron sus aventuras históricas los Estados Unidos de Norteamérica: la incultura iletrada de una vasta masa popular competía paradójicamente con las rápidas fortunas que elevaron a simples aventureros al nivel de poderosos señores. A todos aquellos que de una forma evidente levantaron verdaderos imperios económicos a golpe de riesgos, hazañas increíbles y episodios heroicos. Estados Unidos se lanza hacia el futuro con su particular demografía de etnias bien conjugadas y complejas. El Imperio de España aún permanecía junto a las costas de la nueva nacionalidad, perpetuando su incómoda presencia en el Caribe.

En el planteamiento de la política interior como exterior, Estados Unidos volcó sus pretensiones sobre las disciplinas económicas del capitalismo. La política de colonización expansionista interior avanzó en principio hacia el interior del continente. En la política exterior practican una postura aislacionista, limitada al continente americano.


Principios históricos

Los círculos y centros financieros e industriales influyen en la política exterior y conjugan el expansionismo económico —"imperialismo del dólar"—, con la intervención directa en Latinoamérica. Al surgir los trusts y los grandes complejos industriales, los reyes del big bussines se convirtieron en los dueños de la nación. El sistema propugnado por los Notables acomodados convertidos prontamente en magnates acaudalados, escribió sus órdenes particulares con el lenguaje de la francmasonería. Se le tuvo que dar a sus ordenanzas místicas estructuradas detallado rango de ley; emergiendo la clase política desde los aforos y venerables asientos de los tabernáculos.

Terminada la guerra con México, la configuración de la república USA desplegaba sus Estados federales al este y oeste con el inconveniente de incomunicación naval por Centroamérica; gigantesco obstáculo que perjudicaba los intereses económicos y estratégicos. La costa del Pacífico quedaba en otra dimensión respecto de la atlántica y viceversa. La solución pasaba por descomponer a la Gran Colombia; premeditaron la independencia de Panamá, Venezuela y Ecuador y las inversiones del gobierno de los trusts rememoraron viejos proyectos para la apertura de un canal por Panamá. El corte del istmo de Suez estaba siendo una realidad. La apertura del canal Erie en 1825 en New York dio bríos a los grandes inversionistas y la tarea del acceso por Panamá era irremediable. Existía un enorme obstáculo para que esa monumental obra se llevara a cabo: la presencia española en el Caribe. España tenía que ser expulsada de sus posesiones coloniales.


La simpleza del Maine

La magnífica obra de canalización a través de Panamá estaba presupuestada. La inversión realizada y los poderosos apresurando a sus políticos para que el proyecto se llevara a término sin más dilaciones. Al suponer un riesgo la actitud de España, los responsables de Exteriores y Defensa debían ingeniar una simple maniobra bélica, para que la hazaña de ingeniería se culminara.

Como el presidente McKinley con su diplomacia fue incapaz de conseguir el dominio sobre Cuba mediante la adquisición de la isla a España, las logias económicas lo apartaron por inepto de la tarea que perseguían, creando un "grupo de predilectos" que, desde las oscuras sombras del anonimato, se elevaron en el panorama político y militar de la época. Este equipo de juramentados, a los que se les conoció como "jingoes", tenía tanta prisa en acatar las órdenes que provenían de Wall Street que no tuvo tiempo de recapacitar sobre una solución que no pasara por la guerra provocada.

Reaniman al viejo profeta del expansionismo americano, el capitán Alfred Thaler Mahan. Encargado desde su retiro de educar y formar al Osito Theodore Roosevelt como alternativa paralela al primer político de la nación que quedaba en segundo plano. Teddy era adoctrinado por correspondencia oficial y confidencial, con los argumentos necesarios para demostrar a los congresistas que el control del Caribe, y por consiguiente el proyectado canal por Panamá, dependía de la expulsión de España de Cuba.

Anulado McKinley para la maniobra, el frenético Roosevelt toma la iniciativa en nombre de sus amos:

  • Se designa a Fitzhugh Lee general de Caballería de la antigua confederación como cónsul en La Habana. Aceptó el nombramiento traicionando así los principios que le impulsaron a luchar en la guerra civil; a matar y mandar morir a miles de hombres a sus órdenes. Llevó consigo a Cuba un séquito de confederados derrotados que acataron la bandera de la Unión a través de medidas económicas de reinserción. Aceleró las maniobras para procurar que el Maine entrara en puerto menospreciando a unas autoridades españolas corrompidas y temerosas de Madrid. La bomba fue subida a bordo del barco desde un bote por agentes contrarios a la autonomía para Cuba bajo las directrices del alférez Powelson. F. Lee fue la primera persona que hizo llegar a Estados Unidos la versión de que el Maine fue hundido por una mina española. Observó la explosión desde los ventanales de sus aposentos.

  • Charles D. Sigsbee, una calamidad como militar y como hombre. Una fiera capaz de asesinar a su tripulación y hundir su propio barco. Fue elegido para el cargo de capitán del Maine expresamente para el cumplimiento del triste naufragio. Coincidió con Wilfred van Nest Powelson en el extranjero por mandamiento de sus superiores. Cuando estalló el barco y se produjo la tragedia, cursó un mensaje en el que se apresuró a escribir: "Todos los oficiales se han salvado...". La tripulación le trajo siempre sin cuidado. Lo mismo le ocurrió siendo capitán del Kearsarge o del Texas. Un buen criminal para un bien planeado asesinato en masa. Su papel en el barco no tenía nada que ver con el régimen de gobierno del mismo; su cometido era el de "comisario político" encargado de que se cumplieran las consignas de Roosevelt.

  • Richard Wainwright, segundo oficial del Maine. Persona que se encargó de nombrar el servicio la noche del naufragio. Él, junto con el teniente Jungen, situó la bomba en uno de los pañoles situados debajo del dormitorio de la tripulación. En la tarde-noche de la explosión los oficiales Jenkins y Merrit se opusieron a que la bomba destrozara a la tripulación; ellos habían prometido colaborar en la simple voladura del barco. Se establece un altercado entre oficiales y Wainwright, Jungen y Blandin disparan contra ambos quitándoles la vida y depositan los dos cadáveres junto al artefacto explosivo en el pañol de proa.

  • La tripulación no le importaba a nadie: las tres cuartas partes eran extranjeros o negros americanos. Despojos para el Congreso y el Senado. Para que murieran todos se dieron órdenes de no bajar a tierra. Esta medida disciplinar provocó incipientes motines a bordo en una marinería foránea, aborrecida por sus oficiales y mal pagada.

  • Las comisiones de 1898 y 1911 fueron dos farsas que se tendrían que haber suprimido. Estados Unidos invadió, mató, destruyó, venció y expulsó a los españoles de sus posesiones, que era la providencia adoptada por los magnates de la economía. Los tribunales de investigación se instalaron en la hipocresía para disimular el crimen monstruoso cometido por un país contra sus propios soldados. El Maine no importaba en absoluto, desde su botadura el acorazado demostró ser un mal engendro de la ingeniería naval norteamericana. A los siete años de su entrada en servicio, apenas tenía utilidad para la marina.

  • Los componentes de la junta, cuyo papel consistía en desviar con su decisión los ánimos de sus conciudadanos, recibieron toda clase de recompensas. De los que sobrevivieron o quedaron mutilados o heridos nadie se acordó. Fueron tratados de forma vil. John J. Blandin, que resultó ser el oficial de cubierta la noche de los actos, no pudo soportar el peso de su conciencia y quiso declarar ante la comisión; lo quitaron urgentemente de la escena repatriándolo hacia Key West, a continuación lo pusieron en manos de la medicina macabra para que a los pocos días lo mataran bajo los efectos del veneno en un manicomio.

  • Sigsbee entró con el Maine en La Habana con la plantilla de tripulación al 20%. No llevaba a bordo apenas marinos americanos blancos, que habían quedado en Key West. La cantidad de desaparecidos inexistentes se achacó a la labor de los tiburones. Se explica por qué nadie supo jamás en el gobierno español cuántos tripulantes traía el barco en realidad. Fue razón esgrimida para no dejar bajar a los descontentos marineros japoneses, irlandeses, noruegos, franceses, suecos, alemanes, rusos, holandeses y negros norteamericanos que servían en aquel instante.

  • La detonación consistió en una voladura controlada para evitar que la oficialidad expectante en el otro extremo del buque resultara dañada. El alférez Powelson, que subió a bordo con la bomba aquella noche, supo indicar a Wainwright el lugar exacto dónde colocarla para evitar fallos desagradables. A continuación, el oficial del Fern abandonaba por el mismo procedimiento el lugar de la tragedia, junto con elementos cubanos contrarios a la autonomía.

  • Uno de los descendientes del matrimonio John J. Blandin y Corinne Cherbonnier hizo publicar un artículo en la prensa firmado por un tal Taylor. Era tan verdadera la información que se podía leer, y tan comprometedora, que el Tío Sam encargó a un almirante judío polaco que escribiera un guión cinematográfico que no negara pero que enmascarara en su esencia las revelaciones del artículo referido. El almirante era Hyman G. Rickover, que se rodeó de historiadores y científicos para decorar los argumentos de Sigsbee; sembrando nuevos campos de dudas y dar un repertorio de física teórica.

  • En definitiva, España había sido expulsada de Cuba, se hundió en situaciones desastrosas en las que secularmente se introduce a lo largo de la historia. Y Roosevelt ya le había proporcionado al trust el permiso de obras para comenzar a canalizar Panamá, de tal manera que la flota comercial y de guerra norteamericana pudiera tener presencia en los dos océanos sin encontrar la dificultad geográfica de doblar Hornos forzosamente. La promesa a Teddy Roosevelt consistió en la Presidencia de la nación, y como no podían coexistir dos presidentes a la vez, McKinley salió perdiendo en todos los sentidos.

  • En la próxima comisión que se acuerde integrar por los culpables ante Dios y los hombres para regresar al lugar del crimen, acerca del Maine, no sería mala idea que los americanos la animaran con dibujos de Walt Disney.


Conclusión

Lo que pasó, pasó. En una situación similar, el verdugo haría lo mismo, y la víctima perdería como perdió en 1898. De nada valen los añadidos históricos y los gestos de apariencia estéril para tratar de disimular desastres provocados en beneficio de la economía... como siempre. Flaco favor le hizo Rickover a la posteridad y a su propia forma de pensar. ¡Si es que pensó!

Se han manuscrito consideraciones acerca de la Guerra Hispanoamericana, dejando de lado las versiones engañosas que a través de un siglo impusieron los que provocaron el incidente bélico.

Dedicado a la memoria de los españoles que perdieron su vida porque nacieron para estar presentes en aquellos momentos desastrosos.


Editorial Letralia

       

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